''La desaparición del venerado Cardenal -escribe el Pontífice- suscita en mi ánimo una emoción profunda y una admiración sincera por un estimado hombre de Iglesia que vivió con humildad y fidelidad su largo y fecundo sacerdocio y episcopado al servicio del Evangelio y de las almas que le fueron confiadas. Recuerdo con gratitud su ferviente ministerio, primero como vicepárroco en los años duros de la guerra, en las periferias romanas marcadas por el sufrimiento y la pobreza; después como párroco en dos populosas barriadas, dedicado a educar, especialmente a los jóvenes, en la alegría de la fe. Nombrado Obispo Auxiliar de Roma se dedicó con intensidad apostólica a las exigencias espirituales y materiales de la gente mientras participaba asiduamente a los trabajos del Concilio Vaticano II. En el ministerio episcopal en Tortona, después como Vice-regente y Arzobispo de Cagliari y, por último de Génova-Bobbio, testimonió con sabiduría pastoral su generosa atención a las necesidades de los demás, saliendo al encuentro de todos con bondad y mansedumbre. Rezo fervientemente para que el Señor acoja al llorado cardenal en la alegría y la paz eterna y le envío, junto a los que comparten el dolor por su fallecimiento, la consoladora bendición apostólica con un pensamiento especial a las Hermanas Apóstolas del Sagrado Corazón de Jesús que lo han acudido amorosamente sobre todo en estos últimos años de enfermedad''.