El
Santo Padre explicó a los miles de fieles reunidos a mediodía en la
Plaza de San Pedro que el milagro está ambientado en la zona de la
Decápolis, es decir, en territorio pagano y, así, el sordomudo llevado
ante Jesús se transforma en símbolo del no creyente que cumple un camino
hacia la fe. ''Efectivamente -dijo FRANCISCO- su sordera expresa la
incapacidad de escuchar y de comprender no sólo las palabras de los
demás, sino también la Palabra de Dios. Y San Pablo nos recuerda que
''la fe nace de la escucha de la predicación''.
Lo
primero que hace Jesús es llevarse al sordomudo lejos de la muchedumbre
porque ''no quiere hacer publicidad al gesto que está por realizar, ni
tampoco que su palabra sea cubierta por el ruido de las voces y de las
habladurías del ambiente. La Palabra de Dios que Cristo nos transmite
necesita silencio para ser acogida como Palabra que sana, que reconcilia
y restablece la comunicación''.
Después
Jesús toca las orejas y la lengua del hombre para restablecer, a través
del contacto, la comunicación que estaba bloqueada. Pero el milagro
''es un don que viene de lo alto, que Jesús implora al Padre; por eso,
levanta los ojos al cielo y manda: ''¡Ábrete!'' Y las orejas del sordo
se abren, se desata el nudo de su lengua y comienza a hablar
correctamente''.
El
relato nos enseña ''que Dios no está encerrado en sí mismo, sino que se
abre y se comunica con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera
el abismo de la infinita diferencia entre Él y nosotros, y sale a
nuestro encuentro. Para comunicarse con el ser humano, Dios se hace
hombre: no le basta hablarnos a través de la Ley y de los profetas: se
hace presente en la persona de su Hijo, la Palabra hecha carne. Jesús es
el gran ''constructor de puentes'' que construye en sí mismo el gran
puente de la comunión plena con el Padre''.
''Pero
este Evangelio -subrayó el Pontífice- nos habla también de nosotros: a
menudo estamos replegados y encerrados en nosotros mismos, y creamos
tantas islas inaccesibles e inhospitalarias. Incluso las relaciones
humanas más elementales a veces son incapaces de apertura recíproca: la
pareja cerrada, la familia cerrada, el grupo cerrado, la parroquia
cerrada, la patria cerrada...¡Y eso no es de Dios¡ Es nuestro, es
nuestro pecado''.
''Y
sin embargo en el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo,
están precisamente ese gesto y esa palabra de Jesús: ''¡Effatá!''–
''¡Ábrete!”. Y el milagro se cumple: estamos curados de la sordera del
egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y pasamos a formar
parte de la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos
habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a los
que la han olvidado, o sepultado bajo las espinas de las preocupaciones
y de los engaños del mundo''.
Después de rezar el Ángelus, FRANCISCO lanzó
un fuerte llamamiento para que todas las diócesis de Europa acojan a
una familia entre las decenas de miles de prófugos que huyen de los
horrores de la guerra y las persecuciones.
''La
Misericordia de Dios -dijo- se reconoce a través de nuestras obras,
como testimonia la vida de la beata Madre Teresa de Calcuta, cuyo
aniversario de muerte recordamos ayer''.
''Frente
a la tragedia de decenas de miles de prófugos que huyen de la muerte
por la guerra y el hambre y están en camino hacia una esperanza de vida,
el Evangelio nos llama, nos pide que seamos ''prójimos'' de los más
pequeños y abandonados; que les demos una esperanza concreta y no
digamos solo ''¡ánimo, paciencia!''… La esperanza cristiana es
combativa, con la tenacidad de quien va hacia una meta segura''.
''Por
lo tanto, en proximidad del Jubileo de la Misericordia, dirijo un
llamamiento a las parroquias, a las comunidades religiosas, a los
monasterios y a los santuarios de toda Europa para que expresen que el
Evangelio es concreto y acojan a una familia de prófugos. Un gesto
concreto en preparación del Año Santo de la Misericordia. Cada
parroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, cada santuario de
Europa hospede a una familia, empezando por mi diócesis de Roma''.
''Me
dirijo a mis hermanos, a los Obispos de Europa, verdaderos pastores,
para que en sus diócesis sostengan mi llamamiento, recordando que
Misericordia es el segundo nombre del Amor: “Todo lo que hagáis por el
más pequeño de mis hermanos, lo hacéis conmigo”. También las dos
parroquias del Vaticano acogerán en estos días a dos familias de
prófugos''.
Después
el Papa recordó que en estos días los Obispos de Venezuela y Colombia
se reunieron para examinar juntos la dolorosa situación que se ha creado
en la frontera entre ambos países. ''Veo en este encuentro un claro
signo de esperanza -señaló el Obispo de Roma- Invito a todos, en
particular a los amados pueblos venezolano y colombiano, a rezar para
que, con un espíritu de solidaridad y fraternidad, se puedan superar las
actuales dificultades''.
También
mencionó que ayer en Gerona (España) fueron beatificadas las religiosas
del Instituto de San José de Gerona, Fidelia Oller, Josefa Monrabal y
Facunda Margenat, ''asesinadas por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
A pesar de las amenazas e intimidaciones, estas mujeres permanecieron
valerosamente en su lugar para ayudar a los enfermos, confiando en Dios.
Su testimonio heroico, hasta el derramamiento de sangre, dé fortaleza y
esperanza a todos los perseguidos hoy en día por motivo de su fe
cristiana. Y sabemos que son muchos''.
Por
último habló de la inauguración, el pasado viernes, en Brazzaville,
capital de la República del Congo, de los undécimos Juegos Africanos en
los que participan miles de atletas de todo el continente. ''Espero
-concluyó- que esta fiesta grande del deporte contribuya a la paz, a la
fraternidad y al desarrollo de todos los países de Africa''.