''Éste
es el abajamiento del Hijo de Dios, que inclinó ante nosotros como un
siervo para asumir todo lo que es nuestro, hasta abrirnos de par en par
las puertas de la vida... Este estilo de Dios, que nos salva
sirviéndonos y anulándose nos enseña mucho -ha añadido-. Nosotros
esperaríamos una victoria divina triunfal, Jesús en cambio, nos muestra
una victoria humilde. Alzado en la cruz, deja que el mal y la muerte se
ensañen contra El, mientras continúa amando. Para nosotros es difícil
aceptar esta realidad. Es un misterio, pero el secreto de este misterio,
de esta extraordinaria humildad, reside en el poder del amor... Así
Jesús no sólo vence el mal, sino que lo transforma en bien...Ha hecho de
la cruz un puente hacia la vida. También nosotros podemos vencer con
Él, si elegimos el amor servicial y humilde, que se mantiene victorioso
por la eternidad. Es un amor que no grita y no se impone, sino que sabe
esperar con confianza y paciencia, porque, como recuerda el Libro de las
Lamentaciones, es bueno esperar en silencio la salvación del Señor''.
''Mientras
ofrecemos esta misa por nuestros queridos hermanos Cardenales y Obispos, -ha finalizado FRANCISCO- pidamos para nosotros aquello a lo
que el Apóstol Pablo nos exhorta: "Pensar en las cosas de arriba, no en
las de la tierra"... Que sea suficiente para nuestra vida la Pascua del
Señor, para estar libres de las preocupaciones de lo efímero, que pasan y
se desvanecen en la nada. Que nos baste solamente Él, en el que hay
vida, salvación, resurrección y alegría. Entonces seremos siervos de
acuerdo a su corazón: no funcionarios que sirven, sino hijos amados que
dan su vida por el mundo''.