viernes, 3 de junio de 2016

FRANCISCO: Regina Coeli y Ángelus de Mayo (29, 22, 15, 8 y 1°)

REGINA COELI Y ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO
MAYO 2016


ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 29 de mayo de 2016



Al término de esta celebración deseo dirigir un especial saludo a vosotros, queridos diáconos, llegados de Italia y de distintos países. Gracias por vuestra presencia hoy, pero sobre todo por vuestra presencia en la Iglesia.


Saludo a todos los peregrinos, en particular, a la Asociación europea de los Schützen históricos; a los participantes en el «Camino del perdón» promovido por el Movimiento Celestiano; y a la Asociación nacional para la tutela de las energías renovables, comprometida en una obra de educación en el cuidado de la creación. Recuerdo además la actual Jornada nacional del alivio, finalizada a ayudar a las personas a vivir bien la fase final de la existencia terrena; como también la tradicional peregrinación que se realiza hoy en Polonia al santuario mariano de Piekary: la Madre de la Misericordia sostenga a las familias y a los jóvenes en camino hacia la Jornada mundial de Cracovia.


El miércoles próximo, 1º de junio, con ocasión de la Jornada internacional del niño, las comunidades cristianas de Siria, tanto católicas como ortodoxas, vivirán juntas una especial oración por la paz, que tendrá como protagonistas precisamente a los niños. Los niños sirios invitan a los niños de todo el mundo a unirse a sus oraciones por la paz.


Invoquemos por estas intenciones, la intercesión de la Virgen María, a la vez que le confiamos la vida y el ministerio de todos los diáconos del mundo.

 
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ÁNGELUS

 SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

  

 Plaza de San Pedro
Domingo 22 de mayo de 2016




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, el Evangelio de san Juan nos presenta un pasaje del largo discurso de despedida, pronunciado por Jesús poco antes de su pasión. En este discurso Él explica a los discípulos las verdades más profundas relacionadas con Él; y así se expresa la relación entre Jesús, el Padre y el Espíritu. Jesús sabe que está cerca de la realización del designio del Padre, que se cumplirá con su muerte y resurrección; por esto quiere asegurar a los suyos que no los abandonará, porque su misión será prolongada por el Espíritu Santo. Será el Espíritu quien prolongará la misión de Jesús, es decir, guiará a la Iglesia hacia adelante.


Jesús revela en qué consiste esta misión. Sobre todo el Espíritu nos conduce a entender muchas cosas que Jesús mismo tiene aún que decir (cf. Jn 16, 12). No se trata de doctrinas nuevas y especiales, sino de una plena comprensión de todo lo que el Hijo oyó del Padre y dio a conocer a los discípulos (cf. v. 15). El Espíritu nos guía por nuevas situaciones existenciales con una mirada dirigida a Jesús y, al mismo tiempo, abierto a los eventos y al futuro. Él nos ayuda a caminar en la historia firmemente radicados en el Evangelio y también con dinámica fidelidad a nuestras tradiciones y costumbres.


Pero el misterio de la Trinidad nos habla también de nosotros, de nuestra relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En efecto, mediante el Bautismo, el Espíritu Santo nos ha insertado en el corazón y en la vida misma de Dios, que es comunión de amor. Dios es una «familia» de tres Personas que se aman tanto que forman una sola cosa. Esta «familia divina» no está cerrada en sí misma, sino que está abierta, se comunica en la creación y en la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para llamar a todos a formar parte de ella. El horizonte trinitario de comunión nos envuelve a todos y nos anima a vivir en el amor y la fraternidad, seguros de que ahí donde hay amor, ahí está Dios.


Nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios-comunión nos llama a comprendernos a nosotros mismos como seres-en-relación y a vivir las relaciones interpersonales en la solidaridad y en el amor recíproco. Tales relaciones se juegan, sobre todo, en el ámbito de nuestras comunidades eclesiales, para que sea cada vez más evidente la imagen de la Iglesia icono de la Trinidad. Pero se juega en las distintas relaciones sociales, desde la familia, hasta las amistades y el ambiente de trabajo: son ocasiones concretas que se nos ofrecen para construir relaciones cada vez más humanamente ricas, capaces de respeto recíproco y de amor desinteresado.


La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a comprometernos en los acontecimientos cotidianos para ser fermento de comunión, de consolación y de misericordia. En esta misión, nos sostiene la fuerza que el Espíritu Santo nos dona: ella cura la carne de la humanidad herida por la injusticia, por los abusos, por el odio y la avidez. La Virgen María en su humildad, acogió la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. Que ella, espejo de la Trinidad, nos ayude a reforzar nuestra fe en el Misterio trinitario y a encarnarla con elecciones y actitudes de amor y de unidad.


 
Después del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:


Ayer, en Cosenza, fue proclamado Beato Francisco María Greco, sacerdote diocesano, fundador de las Pequeñas Obreras de los Sagrados Corazones. Entre el siglo xix y xx fue animador de la vida religiosa y social de la ciudad, Acri, donde ejerció todo su fecundo ministerio. Damos gracias a Dios por este sacerdote ejemplar. Este aplauso es también para tantos buenos sacerdotes que hay aquí en Italia.


Mañana iniciará en Estambul, Turquía, la primera cumbre humanitaria mundial, que tiene como finalidad reflexionar sobre las medidas por adoptar para salir al encuentro de las dramáticas situaciones humanitarias causadas por los conflictos, problemáticas ambientales y de extrema pobreza. Acompañamos con la oración a los participantes en dicho encuentro, para que se comprometan plenamente en realizar el objetivo humanitario principal: salvar la vida de todo ser humano, sin excluir a nadie, en especial los inocentes y los más indefensos. La Santa Sede tomará parte en esta cumbre humanitaria, y por esta razón hoy se encuentra de viaje para representar a la Santa Sede el secretario de Estado, el Cardenal Pietro Parolin.


El martes, 24 de mayo, nos uniremos espiritualmente a los fieles católicos de China, que ese día celebran la memoria de la Bienaventurada Virgen María «Auxilio de los cristianos», venerada en el santuario de Sheshan, en Shanghai. Pidamos a María que done a sus hijos en China la capacidad de discernir en cada situación los signos de la presencia amorosa de Dios, que siempre acoge y siempre perdona. Que en este año de la misericordia los católicos chinos puedan, junto a los que siguen otras nobles tradiciones religiosas, convertirse en signo concreto de caridad y reconciliación.


De ese modo ellos promoverán una auténtica cultura del encuentro y la armonía de toda la sociedad, esa armonía que ama tanto el espíritu chino.


A todos os deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí.


¡Buen almuerzo y hasta la vista!


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REGINA COELI

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Plaza de San Pedro
Domingo 15 de mayo de 2016



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés, con la que finaliza el tiempo pascual, cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. La liturgia nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón al don del Espíritu Santo, que Jesús prometió en más de una ocasión a sus discípulos, el primer y principal don que Él nos alcanzó con su Resurrección. Este don, Jesús mismo lo pidió al Padre, como lo testifica el Evangelio de hoy, ambientado en la Última Cena. Jesús dice a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 15-16).


Estas palabras nos recuerdan ante todo que el amor por una persona, y también por el Señor, se demuestra no con las palabras, sino con los hechos; y también «cumplir los mandamientos» se debe entender en sentido existencial, de modo que toda la vida se vea implicada. En efecto, ser cristianos no significa principalmente pertenecer a una cierta cultura o adherir a una cierta doctrina, sino más bien vincular la propia vida, en cada uno de sus aspectos, a la persona de Jesús y, a través de Él, al Padre. Para esto Jesús promete la efusión del Espíritu Santo a sus discípulos. Precisamente gracias al Espíritu Santo, Amor que une al Padre y al Hijo y de ellos procede, todos podemos vivir la vida misma de Jesús.
El Espíritu, en efecto, nos enseña todo, o sea la única cosa indispensable: amar como ama Dios.


Al prometer el Espíritu Santo, Jesús lo define «otro Paráclito» (v. 16), que significa Consolador, Abogado, Intercesor, es decir Quien nos asiste, nos defiende, está a nuestro lado en le camino de la vida y en la lucha por el bien y contra el mal.


Jesús dice «otro Paráclito» porque el primero es Él, Él mismo, que se hizo carne precisamente para asumir en sí mismo nuestra condición humana y liberarla de la esclavitud del pecado.


Además, el Espíritu Santo ejerce una función de enseñanza y de memoria. Enseñanza y memoria. Nos lo dijo Jesús: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (v. 26). El Espíritu Santo no trae una enseñanza distinta, sino que hace viva, hace operante la enseñanza de Jesús, para que el tiempo que pasa no la borre o no la debilite. El Espíritu Santo injerta esta enseñanza dentro de nuestro corazón, nos ayuda a interiorizarlo, haciendo que se convierte en parte de nosotros, carne de nuestra carne. Al mismo tiempo, prepara nuestro corazón para que sea verdaderamente capaz de recibir las palabras y los ejemplos del Señor. Todas las veces que se acoge con alegría la palabra de Jesús en nuestro corazón, esto es obra del Espíritu Santo. Recemos ahora juntos el Regina caeli —por última vez este año—, invocando la maternal intercesión de la Virgen María. Que ella nos obtenga la gracia de ser fuertemente animados por el Espíritu Santo, para testimoniar a Cristo con franqueza evangélica y abrirnos cada vez más a la plenitud de su amor.



Después del Regina Coeli


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy, en el contexto muy apropiado de Pentecostés, se publica mi Mensaje para la próxima Jornada mundial de las misiones, que se celebra cada año en el mes de octubre. Que el Espíritu Santo dé fuerza a todos los misioneros ad gentes y sostenga la misión de la Iglesia en todo el mundo. Y que el Espíritu Santo nos dé jóvenes —chicos y chicas— fuertes, que tengan ganas de ir y anunciar el Evangelio. Pidamos esto, hoy, al Espíritu Santo.
Saludo a todos vosotros, familias, grupos parroquiales, asociaciones, peregrinos provenientes de Italia y de muchas partes del mundo, en especial de Madrid, Praga y Tailandia; así como a los miembros de la Comunidad católica coreana de Londres.


Saludo a los fieles de Casalbuttano, Cortona, Terni, Ragusa; a los jóvenes de Romagnano di Massa; y la «Sacra Corale Jonica» de la provincia de Taranto.


Saludo de modo particular a todos los que participan hoy en la «Fiesta de los pueblos», en su 25° aniversario, en la plaza de San Juan de Letrán.


Que esta fiesta, signo de unidad y de la diversidad de las culturas, nos ayude a comprender que el camino hacia la paz es este: construir la unidad respetando la diversidad.


Un recuerdo especial dirijo a los Alpinos, reunidos en Asti para la Formación nacional.


Los exhorto a ser testigos de misericordia y de esperanza, imitando el ejemplo del beato don Carlo Gnocchi, del beato hermano Luigi Bordino y del venerable Teresio Olivelli, que honraron el Cuerpo de los Alpinos con la santidad de su vida.


Y a todos deseo una feliz fiesta de Pentecostés. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí.


¡Buen almuerzo y hasta la vista!
 

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 REGINA COELI

 Plaza de San Pedro
Domingo 8 de mayo de 2016



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, acaecida cuarenta días después de la Pascua. Contemplamos el misterio de Jesús que sale de nuestro espacio terreno para entrar en la plenitud de la gloria de Dios, llevando consigo nuestra humanidad. Es decir, nosotros, nuestra humanidad entra por primera vez en el cielo. El Evangelio de Lucas nos muestra la reacción de los discípulos ante el Señor que «se separó de ellos y fue llevado al cielo» (24, 51). No hubo en ellos dolor y desconsuelo, sino que se postraron «ante él, y se volvieron a Jerusalén con gran gozo» (v. 52). Es el regreso de quien no teme ya a la ciudad que había rechazado al Maestro, que había visto la traición de Judas y la negación de Pedro, había visto la dispersión de los discípulos y la violencia de un poder que se sentía amenazado. A partir de aquel día para los apóstoles y para todo discípulo de Cristo fue posible habitar en Jerusalén y en todas las ciudades del mundo, también en las más atormentadas por la injusticia y la violencia, porque sobre todas las ciudades está el mismo cielo y cualquier habitante puede alzar la mirada con esperanza. Jesús, Dios, es un hombre verdadero, con su cuerpo de hombre está en el cielo. Y esta es nuestra esperanza, es nuestra ancla, y nosotros estamos firmes en esta esperanza si miramos al cielo.


En este cielo habita aquel Dios que se ha revelado tan cercano que llegó a asumir el rostro de un hombre, Jesús de Nazaret. Él permanece para siempre el Dios-con-nosotros —recordemos esto: Emmanuel, Dios con nosotros— y no nos deja solos. Podemos mirar hacia lo alto para reconocer delante de nosotros nuestro futuro. En la Ascensión de Jesús, el crucificado resucitado, está la promesa de nuestra participación en la plenitud de vida junto a Dios.


Antes de separarse de sus amigos, Jesús, refiriéndose al evento de su muerte y resurrección, les había dicho: «Vosotros sois testigos de estas cosas» (v. 48). Es decir, los discípulos son testigos de la muerte y de la resurrección de Cristo, ese día, también de la Ascensión de Cristo. Y, en efecto, después de haber visto a su Señor subir al cielo, los discípulos regresaron a la ciudad como testigos que con gozo anuncian a todos la vida nueva que viene del Crucificado resucitado, en cuyo nombre «se predicarán a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados» (v. 47). Este es el testimonio —hecho no sólo de palabras sino también con la vida cotidiana—, el testimonio que cada domingo debería salir de nuestras iglesias para entrar durante la semana en las casas, en las oficinas, en la escuela, en los lugares de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles, en las casas para ancianos, en los lugares llenos de inmigrantes, en las periferias de la ciudad... Este testimonio nosotros debemos llevarlo cada semana: ¡Cristo está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!


Jesús nos ha asegurado que en este anuncio y en este testimonio seremos «revestidos de poder desde lo alto» (v. 49), es decir, con el poder del Espíritu Santo. Aquí está el secreto de esta misión: la presencia entre nosotros del Señor resucitado, que con el don del Espíritu continúa abriendo nuestra mente y nuestro corazón, para anunciar su amor y su misericordia también en los ambientes más refractarios de nuestras ciudades. Es el Espíritu Santo el verdadero artífice del multiforme testimonio que la Iglesia y cada bautizado ofrece al mundo. Por lo tanto, no podemos jamás descuidar el recogimiento en la oración para alabar a Dios e invocar el don del Espíritu. En esta semana, que nos lleva a la fiesta de Pentecostés, permanezcamos espiritualmente en el Cenáculo, junto a la Virgen María, para acoger al Espíritu Santo. Lo hacemos también ahora, en comunión con los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para la tradicional súplica.



Después del Regina Coeli


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se celebra la 50ª Jornada mundial de las comunicaciones sociales, querida por el Concilio Vaticano II. En efecto, los padres conciliares, reflexionando sobre la Iglesia del mundo contemporáneo, comprendieron la importancia crucial de las comunicaciones, que «pueden tender puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales, los pueblos. Y esto tanto en el ambiente físico como en el digital» (Mensaje de 2016). Dirijo a todos los agentes de la comunicación un cordial saludo, y deseo que nuestro modo de comunicar en la Iglesia tenga siempre un claro estilo evangélico, un estilo que una la verdad y la misericordia.


Hoy en muchos lugares se celebra el día de la madre; recordamos con gratitud y afecto a todas las mamás —las que están hoy en la plaza, nuestras mamás, las que aún están entre nosotros y las que ya se fueron al cielo— confiándolas a María, la mamá de Jesús. Y juntos por todas las mamás rezamos: Ave María...


A todos os deseo un feliz domingo. Por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!


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REGINA COELI

 Plaza de San Pedro
Domingo 1° de mayo de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


El Evangelio de hoy nos lleva al Cenáculo. Durante la Última Cena, antes de afrontar la pasión y la muerte en la cruz, Jesús promete a los Apóstoles el don del Espíritu Santo, cuya tarea será enseñar y recordar sus palabras a la comunidad de los discípulos. Lo dice Jesús mismo: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Enseñar y recordar. Esto es lo que hace el Espíritu Santo en nuestros corazones.


En el momento en el que está por regresar al Padre, Jesús anuncia la venida del Espíritu que ante todo enseñará a los discípulos a comprender cada vez más plenamente el Evangelio, a acogerlo en su existencia y a hacerlo vivo y operante con el testimonio. Mientras está por confiar a los Apóstoles —que quiere decir, en efecto, «enviados»— la misión de llevar el anuncio del Evangelio a todo el mundo, Jesús promete que no quedarán solos: estará con ellos el Espíritu Santo, el Paráclito, que estará a su lado, es más, estará en ellos, para defenderlos y sostenerlos. Jesús regresa al Padre pero continúa acompañando y enseñando a sus discípulos mediante el don del Espíritu Santo.


El segundo aspecto de la misión del Espíritu Santo consiste en ayudar a los Apóstoles a recordar las palabras de Jesús. El Espíritu tiene la tarea de despertar la memoria, recordar las palabras de Jesús. El divino Maestro ya había comunicado todo lo que quería confiar a los Apóstoles: con Él, Verbo encarnado, la revelación está completa. El Espíritu hará recordar las enseñanzas de Jesús en las diversas circunstancias concretas de la vida, para poder ponerlas en práctica. Es precisamente lo que sucede aún hoy en día en la Iglesia, guiada por la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que pueda llevar a todos el don de la salvación, es decir, el amor y la misericordia de Dios. Por ejemplo, cuando vosotros leéis todos los días —como os he recomendado— un trozo, un pasaje del Evangelio, pedid al Espíritu Santo: «Que yo entienda y recuerde estas palabras de Jesús». Y después leer el pasaje, todos los días... Pero antes, esa oración al Espíritu, que está en nuestro corazón: «Que recuerde y entienda».


Nosotros no estamos solos: Jesús está cerca de nosotros, en medio de nosotros, dentro de nosotros. Su nueva presencia en la historia se realiza mediante el don del Espíritu Santo, por medio del cual es posible instaurar una relación viva con Él, el Crucificado Resucitado.
El Espíritu, efundido en nosotros con los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, actúa en nuestra vida. Él nos guía en el modo de pensar, de actuar, de distinguir qué está bien y qué está mal; nos ayuda a practicar la caridad de Jesús, su donarse a los demás, especialmente a los más necesitados.


No estamos solos. Y el signo de la presencia del Espíritu Santo es también la paz que Jesús dona a sus discípulos: «Mi paz os doy» (v. 27). Esa es diversa de la que los hombres se desean o intentan realizar. La paz de Jesús brota de la victoria sobre el pecado, sobre el egoísmo que nos impide amarnos como hermanos. Es don de Dios y signo de su presencia. Todo discípulo, llamado hoy a seguir a Jesús cargando la cruz, recibe en sí la paz del Crucificado Resucitado con la certeza de su victoria y a la espera de su venida definitiva.


Que la Virgen María nos ayude a acoger con docilidad al Espíritu Santo como Maestro interior y como Memoria viva de Cristo en el camino cotidiano.




Después del Regina Coeli


Queridos hermanos y hermanas:


Mi cordial recuerdo va dirigido a nuestros hermanos de las Iglesias de Oriente que celebran hoy la Pascua. Que el Señor resucitado dé a todos los dones de su luz y su paz. ¡Christós anésti!


Recibo con profundo dolor las dramáticas noticias provenientes de Siria, relacionadas con la espiral de violencia que sigue agravando la ya desesperada situación humanitaria del país, en especial, en la ciudad de Alepo, y que continúa llevándose víctimas inocentes, incluso entre los niños, los enfermos y los que con gran sacrificio se comprometen a prestar ayuda al prójimo.


Invito a todas las partes involucradas en el conflicto a respetar el cese de las hostilidades y reforzar el diálogo en curso, único camino que conduce a la paz.


Se abre mañana en Roma la Conferencia internacional sobre el tema «El desarrollo sostenible y las formas más vulnerables de trabajo». Deseo que el evento pueda sensibilizar a las autoridades, las instituciones políticas y económicas y la sociedad civil, para que se promueva un modelo de desarrollo que tenga en cuenta la dignidad humana, en el pleno respeto de las normativas sobre el trabajo y el ambiente.


Os saludo, peregrinos provenientes de Italia y de otros países. En particular, saludo a los fieles de Madrid, Barcelona y Varsovia, como también a la Comunidad Abrahán, comprometida con proyectos de evangelización en Europa, a los peregrinos de Olgiate Comasco, Bagnolo Mella y los confirmandos de Castelli Calepio.


Saludo a la Asociación «Meter», que desde hace tantos años lucha contra toda forma de abuso sobre menores. ¡Esta es una tragedia! No debemos tolerar los abusos de menores. Debemos defender a los menores y debemos castigar severamente a los que abusan. Gracias por vuestro compromiso y seguid con coraje en esta labor.


A todos os deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista! 


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