Texto de la oración del Santo Padre:
SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
ORACIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Plaza de España
Viernes 8 de diciembre de 2017
Viernes 8 de diciembre de 2017
por quinta vez vengo a tus pies como Obispo de Roma,
a rendirte homenaje en nombre de todos los habitantes de esta ciudad.
Queremos agradecerte por el costante cuidado
con el cual acompañas nuestro camino,
el camino de las familias, de las parroquias, de las comunidades religiosas;
el camino de cuantos cada día, a veces con fatiga,
atraviesan Roma para ir al trabajo;
de los enfermos, de los ancianos, de todos los pobre,
de tantas personas que inmigraron de tierras de guerra y de hambre.
Gracias porque, apenas dirijimos a tí un pensamiento
o una mirada o un Ave Maria fugaz,
siempre sentimos tua presencia materna, tierna y fuerte.
O Madre, ayuda a esta ciudad a desarrollar “anticuerpos”
contra algunos virus de nuestros tiempos:
la indiferencia, que dice: “No mi importa”;
la mala educación cívica que desprecia el bien común;
el miedo al diferente y al extranjero;
el conformismo disfrazado de transgresión;
la hipocrecía de acusar a los demás, muentras hacen las mismas cosas;
la resignación a la degradación ambiental y ética;
lo explotación de tantos hombre y mujeres.
Ayúdanos a recharzar estos y otros virus
con los anticuerpos que vienen del Evangelio.
Haz que tomemos el buen hábito
de leer cada día un pasaje del Evangelio
y, seguir tu ejemplo, de custodiar en el corazón la Palabra,
para que, como una buena semilla, aporte fruto en nuestra vida.
Virgen Inmaculada,
175 años hace, a poca distancia de aquí,
en la Iglesia de San Andrea delle Fratte,
has tocado el corazón de Alfonso Ratisbonne, que en aquel momento
de ateo y enemigo de la Iglesia se convirtió en cristiano.
A él te mostraste como Madre de gracia y de misericordia.
Concédenos también a nosotros, especialmente en las pruebas y en las tentaciones,
fijar la mirada sobre tus manos abiertas,
que dejan caer sobre la tierras las gracias del Señor,
y abandonar toda orgullosa arrogancia,
para reconocer como somos verdaderamente:
pequeños y pobres pecadores, pero siempre hijos tuyos.
y así poner la mano en la tuya
para abandonarnos a Jesús, nuestro hermano y salvador,
y al Padre celestial, que no se cansa de esperarnos
y de perdonarnos cuando regresamos a Él.
¡Gracias, o Madre, porque siempre nos escuchas!
Bendice a la Iglesia que está en Roma,
bendice esta Ciudad y al mundo entero.
Amén.
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