Estas son las palabras del Santo Padre antes de rezar la oración mariana:
PAPA FRANCISCO
ÁNGELUS
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo, 5 de agosto de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Jesús ha venido a traernos algo más, a abrir nuestra existencia a un horizonte más amplio respecto a las preocupaciones cotidianas del nutrirse, del vestirse, de la carrera, etc. Por eso, dirigido a la multitud, exclama: «Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado» (v. 26).
Así estimula a la gente a dar un paso adelante, a preguntarse sobre el significado del milagro, y no solo a aprovecharse. De hecho, ¡la multiplicación de los panes y de los peces es un signo del gran don que el Padre ha hecho a la humanidad y que es Jesús mismo!
Él, verdadero «pan de la vida» (v. 35), quiere saciar no solamente los cuerpos sino también las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre profunda. Por esto invita a la multitud a procurarse no la comida que no dura, sino esa que permanece para la vida eterna (cf. v. 27). Se trata de un alimento que Jesús nos dona cada día: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre.
La multitud escucha la invitación del Señor, pero no comprende el sentido —como nos sucede muchas veces también a nosotros— y le preguntan: «¿qué hemos de hacer para llevar a cabo las obras de Dios?» (v. 28).
Los que escuchan a Jesús piensan que Él les pide cumplir los preceptos para obtener otros milagros como ese de la multiplicación de los panes. Es una tentación común, esta, de reducir la religión solo a la práctica de las leyes, proyectando sobre nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los siervos y su amo: los siervos deben cumplir las tareas que el amo les ha asignado, para tener su benevolencia. Esto lo sabemos todos.
Por eso la multitud quiere saber de Jesús qué acciones debe hacer para contentar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado» (v. 29). Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consisten tanto en el «hacer» cosas, sino en el «creer» en Aquel que Él ha mandado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos implicar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que permufen a Evangelio, por el bien y las necesidades de los hermanos.
El Señor nos invita a no olvidar que, si es necesario preocuparse por el pan, todavía más importante es cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él que es el «pan de la vida», venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor.
Que la Virgen María, en el día en el que recordamos la dedicación de la Basílica de Santa María Mayor en Roma, la Salus populi romani, nos sostenga en nuestro camino de fe y nos ayude a abandonarnos con alegría al diseño de Dios sobre nuestra vida.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Hace cuarenta años el beato Papa Pablo VI estaba viviendo sus últimas horas en esta tierra. Murió la noche del 6 de agosto de 1978. Lo recordamos con tanta veneración y gratitud, en espera de su canonización, el 14 de octubre próximo.
Que desde el cielo interceda por la Iglesia, que tanto ha amado, y por la paz en el mundo. Este gran Papa de la modernidad, ¡lo saludamos con un aplauso, todos!
Os saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países: familias, grupos parroquiales, asociaciones y fieles.
En particular, saludo al ciclo-peregrinación procedente de Velehrad (Moravia), a los fieles de Lorca (España), y a los jóvenes y los adolescentes de Nòvoli.
A todos os deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Gracias! ¡Y buen almuerzo!
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PAPA FRANCISCO
ÁNGELUS
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo, 12 de agosto de 2018
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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
PAPA FRANCISCO
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Miércoles, 15 de agosto de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la solemnidad de hoy de la Asunción de la Beata Virgen María, el
pueblo santo y fiel de Dios expresa con alegría su veneración por la
Virgen Madre. Lo hace en la liturgia común y también con mil formas
diferentes de piedad; y así la profecía de María misma se hace realidad:
«desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lucas 1, 48). Porque el Señor ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.
La asunción en cielo, en alma y en cuerpo es un privilegio divino
dado a la Santa Madre de Dios por su particular unión con Jesús. Se
trata de una unión corporal y espiritual, iniciada desde la Anunciación y
madurada en toda la vida de María a través de su participación singular
en el misterio del Hijo. María siempre iba con el Hijo: iba detrás de
Jesús y por eso nosotros decimos que fue la primera discípula.
La existencia de la Virgen se desarrolló como la de una mujer común
de su tiempo: rezaba, gestionaba la familia y la casa, frecuentaba la
sinagoga… Pero cada acción diaria la hacía siempre en unión total con
Jesús. Y sobre el Calvario esta unión alcanzó la cumbre en el amor, en
la compasión y en el sufrimiento del corazón. Por eso Dios le donó una
participación plena en la resurrección de Jesús. El cuerpo de la Santa
Madre fue preservado de la corrupción, como el del hijo.
La Iglesia hoy nos invita a contemplar este misterio: este nos
muestra que Dios quiere salvar al hombre por completo, alma y cuerpo.
Jesús resucitó con el cuerpo que había asumido de María; y subió al
Padre con su humanidad transfigurada. Con el cuerpo, un cuerpo como el
nuestro, pero transfigurado.
La asunción de María, criatura humana, nos da la confirmación de
nuestro destino glorioso. Los filósofos griegos ya habían entendido que
el alma del hombre está destinada a la felicidad después de la muerte.
Sin embargo, despreciaban el cuerpo —considerado prisión del alma— y no
concebían que Dios hubiera dispuesto que también el cuerpo del hombre
estuviera unido al alma en la beatitud celestial. Nuestro cuerpo,
transfigurado, estará allí. Esto —la «resurrección de la carne»— es un
elemento propio de la revelación cristiana, una piedra angular de
nuestra fe.
La realidad estupenda de la Asunción de María manifiesta y confirma
la unidad de la persona humana y nos recuerda que estamos llamados a
servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo. Servir a
Dios solamente con el cuerpo sería una acción de esclavos; servirlo
solo con el alma estaría en contraste con nuestra naturaleza humana. Un
gran padre de la Iglesia, hacia el año 220, san Ireneo, afirma que «la
gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre consiste en la
visión de Dios» (Contra las herejías, iv, 20, 7). Si hubiéramos
vivido así, en el alegre servicio a Dios, que se expresa también en un
generoso servicio a los hermanos, nuestro destino, en el día de la
resurrección, será similar al de nuestra Madre celestial. Entonces se
nos dará la oportunidad de realizar plenamente la exhortación del
apóstol Pablo: «Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Corintios 6, 20) y lo glorificaremos para siempre en el cielo.
Recemos a María para que, con su intercesión maternal, nos ayude a
vivir nuestro día a día con la esperanza de poder alcanzarla algún día,
con todos los santos y nuestros seres queridos, todos en el paraíso.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
A María Consoladora de los afligidos, a quien contemplamos hoy en la
gloria del Paraíso, me gustaría confiar la angustia y el tormento de
aquellos que, en tantas partes del mundo, sufren en el cuerpo y en el
espíritu. Que obtenga nuestra Madre celestial para todos consuelo,
coraje y serenidad.
Pienso en particular en aquellos que han sido puestos a prueba por la
tragedia que tuvo lugar ayer en Génova, que causó víctimas y pérdidas
en la población. Mientras encomiendo a la misericordia de Dios a las
personas que han perdido sus vidas, expreso mi cercanía espiritual a sus
familias, los heridos, los desplazados y todos los que sufren a causa
de este evento dramático. Os invito a uniros a mí en oración, por las
víctimas y por sus seres queridos; recemos juntos el Ave María.
¡Os
saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de diferentes países! Os
agradezco por vuestra presencia y os deseo una feliz fiesta de la
Asunción de Nuestra Señora. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí.
¡Buen almuerzo y hasta pronto!
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PAPA FRANCISCO
ÁNGELUS
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo, 19 de agosto de 2018
Después del Ángelus
Explanada del Santuario de Knock
Domingo, 26 de agosto de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El pasaje evangélico de este domingo (cf. Juan 6, 51-58) nos
introduce en la segunda parte del discurso que hizo Jesús en la sinagoga
de Cafarnaún, después de haber dado de comer a una gran multitud con
cinco panes y dos peces: la multiplicación de los panes. Él se presenta
como «el pan vivo, bajado del cielo», el pan que da la vida eterna, y
añade: «el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»
(v. 51). Este pasaje es decisivo, y de hecho provoca la reacción de los
que están escuchando, que se ponen a discutir entre ellos: «¿Cómo puede
éste darnos a comer su carne?» (v. 52). Cuando el signo del pan
compartido lleva a su verdadero significado, es decir, el don de sí
hasta el sacrificio, emerge la incomprensión, emerge incluso el rechazo
de Aquel que poco antes se quería llevar al triunfo. Recordemos que
Jesús ha tenido que esconderse porque queríamos hacerlo rey.
Jesús prosigue: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no
bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (v. 53). Aquí junto a la
carne aparece también la sangre. Carne y sangre en el lenguaje bíblico
expresan la humanidad concreta. La gente y los mismos discípulos
instituyen que Jesús les invita a entrar en comunión con Él, a «comer» a
Él, su humanidad para compartir con Él el don de la vida para el mundo.
¡Mucho más que triunfos y espejismos exitosos! Es precisamente el
sacrificio de Jesús lo que se dona a sí mismo por nosotros.
Este pan de vida, sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo,
viene a nosotros donado gratuitamente en la mesa de la eucaristía. En
torno al altar encontramos lo que nos alimenta y nos sacia la sed
espiritualmente hoy y para la eternidad. Cada vez que participamos en la
santa misa, en un cierto sentido, anticipamos el cielo en la tierra,
porque del alimento eucarístico, el Cuerpo y la Sangre de Jesús,
aprendemos qué es la vida eterna. Esta es vivir por el Señor: «el que me
coma vivirá por mí» (v. 57), dice el Señor. La eucaristía nos moldea
para que no vivamos solo por nosotros mismos, sino por el Señor y por
los hermanos. La felicidad y la eternidad de la vida dependen de nuestra
capacidad de hacer fecundo el amor evangélico que recibimos en la
eucaristía.
Jesús, como en aquel tiempo, también hoy nos repite a cada uno: «Si
no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis
vida en vosotros» (v. 53). Hermanos y hermanas, no se trata de una
comida material, sino de un pan vivo y vivificante, que comunica la vida
misma de Dios. Cuando hacemos la comunión recibimos la vida misma de
Dios. Para tener esta vida es necesario nutrirse del Evangelio y del
amor de los hermanos. Frente a la invitación de Jesús a nutrirnos con su
Cuerpo y su Sangre, podremos sentir la necesidad de discutir y de
resistir, como hicieron los que escuchaban de los que habla el Evangelio
de hoy. Esto sucede cuando nos cuesta mucho modelar nuestra existencia
sobre la de Jesús, y actuar según sus criterios y no según los criterios
del mundo. Nutriéndonos con este alimento podemos entrar en plena
sintonía con Cristo, como sus sentimientos, con sus comportamientos.
Esto es muy importante: ir a misa y comunicarse, porque recibir la
comunión es recibir este Cristo vivo, que nos transforma dentro y nos
prepara para el cielo.
Que la Virgen María sostenga nuestro propósito de hacer comunión con
Jesucristo, nutriéndonos de su eucaristía, para convertirnos a su vez en
pan partido por los hermanos.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
En los últimos días, los habitantes de Kerala (India) han sido
duramente golpeados por las intensas lluvias, que han provocado
inundaciones y deslizamientos de tierra, con fuertes pérdidas de vidas
humanas, numerosos desaparecidos y refugiados, y grandes daños a los
cultivos y a las casas. Que no le falte a estos hermanos nuestra
solidaridad y el apoyo concreto de la comunidad internacional. Me siento
cercano a la Iglesia en Kerala, que está en primera linea para socorrer
a la población. También todos nosotros nos sentimos cercanos a la
Iglesia en Kerala y rezamos juntos por los que han perdido la vida y por
todas las personas probadas por esta gran calamidad.
Recemos juntos en
silencio: Dios te salve María...
Dirijo un cordial saludo a todos vosotros, peregrinos italianos y de
diferentes países. En particular, saludo a los jóvenes de Ucrania y les
animo a ser operadores de paz y reconciliación. Saludo a los nuevos
seminaristas con los superiores del North American College de Roma; como también a los adolescentes y los jóvenes de la diócesis de Verano.
A todos os deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
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VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE
A IRLANDA PARA EL IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
(25-26 DE AGOSTO DE 2018)
PAPA FRANCISCO
ÁNGELUS
A IRLANDA PARA EL IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
(25-26 DE AGOSTO DE 2018)
PAPA FRANCISCO
ÁNGELUS
Domingo, 26 de agosto de 2018
Queridos hermanos y hermanas:
Estoy feliz de estar aquí con vosotros. Estoy contento de estar con
vosotros en la Casa de la Virgen. Y doy gracias a Dios por la
oportunidad de visitar ―en el contexto del Encuentro Mundial de las
Familias― este Santuario tan querido por el pueblo irlandés. Agradezco
al arzobispo Neary y al rector, Padre Gibbons, su cordial bienvenida.
En la Capilla de la Aparición he encomendado a todas las familias del
mundo a la amorosa intercesión de la Virgen y, de modo especial, a
vuestras familias, las familias irlandesas. María nuestra Madre conoce
las alegrías y las dificultades que se viven en cada hogar.
Conservándolas en su inmaculado Corazón, las presenta ante el trono de
su Hijo con amor.
En recuerdo de mi visita, he traído como regalo un rosario. Sé que en
este país es importante la tradición del rosario en familia. Por favor,
seguid con esta tradición. Cuántos corazones de padres, madres e hijos
han obtenido fuerza y consuelo a lo largo de los años meditando sobre la
participación de la Virgen en los misterios gozosos, luminosos,
dolorosos y gloriosos de la vida de Cristo.
María es Madre. María es nuestra Madre es también Madre de la
Iglesia, y a ella le confiamos hoy el camino del Pueblo fiel de Dios en
esta “Isla esmeralda”. Pidamos que las familias encuentren apoyo en sus
esfuerzos por difundir el Reino de Cristo y por ocuparse de los últimos
de nuestros hermanos y hermanas. Que en medio de los vientos y las
tempestades que azotan nuestros tiempos, sean las familias baluartes de
fe y de bondad que, según las mejores tradiciones de la nación, resisten
a todo lo que pretende disminuir la dignidad del hombre y de la mujer
creados a imagen de Dios y llamados al sublime destino de la vida
eterna.
Que la Virgen mire con misericordia a todos los miembros de la
familia de su Hijo que sufren. Rezando delante de su imagen, le he
encomendado de modo particular a todos los sobrevivientes, víctimas de
abusos por parte de miembros de la Iglesia en Irlanda. Ninguno de
nosotros puede dejar de conmoverse por las historias de los menores que
han sufrido abusos, a quienes se les ha robado la inocencia o se les ha
alejado de sus madres se les ha dejado una cicatriz de recuerdos
dolorosos. Esta herida abierta nos desafía a que estemos firmes y
decididos en la búsqueda de la verdad y de la justicia. Imploro el
perdón del Señor por estos pecados, por el escándalo y la traición
sentida por tantos en la familia de Dios. Pido a nuestra Madre Santísima
que interceda por todas las personas que han sobrevivido al abuso de
cualquier tipo y que confirme a cada miembro de la familia cristiana con
el propósito decidido de no permitir nunca más que estas situaciones
vuelvan a repetirse; y también que interceda por todos nosotros, para
que podamos proceder siempre con justicia y reparar —en lo que dependa
de nosotros— tanta violencia.
Mi peregrinación a Knock también me da la posibilidad de dirigir un
cordial saludo a la querida gente de Irlanda del Norte. Si bien mi viaje
con motivo del Encuentro Mundial de las Familias no incluye una visita
al Norte, os aseguro mi afecto y cercanía en la oración. Pido a la
Virgen que sostenga a todos los miembros de la familia irlandesa para
que perseveren, como hermanos y hermanas, en la tarea de la
reconciliación. Agradecido por los progresos ecuménicos y por el
significativo aumento de la amistad y la colaboración entre las
comunidades cristianas, rezo para que todos los discípulos de Cristo
lleven adelante con constancia los esfuerzos para avanzar en el proceso
de paz y para construir una sociedad armoniosa y justa para sus hijos
hoy, sean cristianos, musulmanes, judíos, de cualquier confesión: hijos
de Irlanda.
Y ahora, con estas intenciones y con todas las que llevamos en el
corazón, dirijámonos a la Santísima Virgen María con la oración del
Ángelus.
Después del Ángelus:
Deseo dirigir un saludo especial a los hombres y mujeres que están en
las cárceles de este país, y agradecer en particular a los que me han
escrito, sabiendo que iba a venir a Irlanda. Me gustaría deciros: Estoy
cerca de vosotros, muy cerca. Os aseguro a vosotros y a vuestros
familiares mi cercanía y mi oración. Que María, Madre de misericordia,
vele sobre vosotros y os conforte en la fe y en la esperanza. Gracias.
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