A las 10.45 a.m. de esta mañana, el helicóptero que transportaba al Santo Padre FRANCISCO desde Piazza Armerina ha aterrizado en la zona del Puerto de Palermo. A su llegada, el Papa ha sido recibido por el Arzobispo de Palermo, S.E. Mons. Corrado Lorefice, el Presidente de la Región de Sicilia, Hon. Nello Musumeci, el Prefecto de Palermo, Sra. Antonella De Miro, y el Alcalde de la ciudad, Hon. Leoluca Orlando.
A las 11.15 en el Foro Itálico, el Pontífice ha presidido la celebración eucarística en la memoria litúrgica del beato Pino Puglisi.
Al término de la celebración, después del saludo del Arzobispo de Palermo, a las 13.30, el Papa FRANCISCO fue a la Misión de la Esperanza y la Caridad (Fra’ Biagio Conte) donde almorzó con los huéspedes de la estructura y una representación de presos e inmigrantes.
ENCUENTRO CON LOS FIELES
HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO
Foro Itálico (Palermo)
Sábado, 15 de septiembre de 2018
Sábado, 15 de septiembre de 2018
Hoy Dios nos habla de la victoria y de la derrota. San Juan en
la primera lectura presenta la fe como "la victoria que ha vencido al
mundo" (1 Jn 5,4), mientras el Evangelio recoge las palabras de Jesús:
"El que ama su vida la pierde" (Jn 12,25).
Esta es la derrota: pierde quien ama su vida. ¿Por qué? Ciertamente,
no porque haya que odiar la vida: la vida debe ser amada y defendida,
¡es el primer don de Dios! Lo que lleva a la derrota es amar la propia vida, es decir, amar lo propio.
El que vive para sí mismo pierde, nosotros decimos que es un egoísta.
Parecería lo contrario. El que vive para sí mismos, el que multiplica su
facturación, el que tiene éxito, el que satisface plenamente sus
necesidades parece un ganador a los ojos del mundo. La publicidad nos
machaca con esta idea, - la idea de buscar lo propio, del egoísmo- pero
Jesús no está de acuerdo y la rechaza. Según él, quien vive para sí
mismo no solo pierde algo, sino toda la vida; mientras el que se entrega
encuentra el sentido de la vida y gana.
Entonces hay que elegir: amor o egoísmo. El egoísta piensa en cuidar
de su vida y está apegado a las cosas, al dinero, al poder, al placer.
Entonces el diablo tiene las puertas abiertas. El diablo entra “por los
bolsillos”, si estás apegado al dinero. El diablo hace que creas que
todo está bien, pero en realidad el corazón está anestesiado de egoísmo.
El egoísmo es una anestesia muy potente. Este camino siempre termina
mal: al final uno se queda solo, con el vacío dentro. El final de los
egoístas es triste: vacíos, solos, rodeados solamente de los que quieren
heredar. Es como el grano del Evangelio: si permanece cerrado, se queda
bajo tierra. Si, en cambio, se abre y muere, da fruto en la superficie.
Pero podríais decirme: darse, vivir para Dios y para los demás es un
gran esfuerzo para nada, el mundo no rueda así: para salir adelante no
se necesitan granos de trigo, se necesita dinero y poder. Pero es una
gran ilusión: el dinero y el poder no liberan al hombre, lo esclavizan.
Escuchad: Dios no ejerce el poder para resolver nuestros males y los del
mundo. Su camino es siempre el del amor humilde: solo el amor libera en
el interior, da paz y alegría. Esta es la razón por la cual el
verdadero poder, el poder según Dios, es el servicio. Lo dice Jesús. Y
la voz más fuerte no es la del que grita más. La voz más fuerte es la
oración. Y el mayor éxito no es la propia fama, como un pavo real, no.
La gloria más grande, el mayor éxito es el testimonio.
Queridos hermanos y hermanas, hoy estamos llamados a elegir de qué
lado estamos: vivir para nosotros mismos – con las manos cerradas (hace
el gesto) -o dar la vida, con las manos abiertas (hace el gesto) Solo
dando la vida se derrota el mal. Un precio muy alto, pero solo así (se
derrota el mal). Don Pino nos lo enseña: no vivía para ser visto, no
vivía de llamamientos contra la mafia, y tampoco se contentaba con no
hacer nada malo, pero sembraba el bien, tanto bien. La suya parecía la
lógica de un perdedor, mientras la lógica de la cartera parecía la
ganadora. Pero el padre Pino tenía razón: la lógica del dios-dinero es
siempre perdedora. Miremos dentro de nosotros. Tener empuja siempre a querer:
tengo una cosa e inmediatamente quiero otra, y luego otra, más y más,
sin fin. Cuanto más tienes, más quieres: es una mala adicción. Es una
mala adicción. Es como una droga. El que se infla de cosas estalla. El
que ama, en cambio, se encuentra a sí mismo y descubre que hermoso es
ayudar, qué hermoso es servir; encuentra alegría dentro y una sonrisa
fuera, como lo fue para Don Pino.
Hace veinticinco años, como hoy, cuando murió el día de su
cumpleaños, coronó su victoria con una sonrisa, con esa sonrisa que no
dejó dormir por la noche a su asesino, que dijo, "había una especie de
luz en aquella sonrisa'”. El padre Pino estaba indefenso, pero su
sonrisa transmitía la fuerza de Dios: no un resplandor cegador, sino una
luz apacible que penetra e ilumina el corazón. Es la luz del amor, del
don, del servicio. Necesitamos tantos sacerdotes sonrientes. Necesitamos cristianos sonrientes,
no porque se tomen las cosas a la ligera, sino porque son ricos solo de
la alegría de Dios, porque creen en el amor y viven para servir. Dando
la vida se encuentra la alegría, porque hay más alegría en dar que en
recibir (véase Hechos 20:35). Entonces me gustaría preguntaros: ¿También
vosotros queréis vivir así? ¿Queréis dar vuestra vida, sin esperar a
que otros den el primer paso? ¿Queréis hacer el bien sin esperar algo a
cambio, sin esperar a que el mundo mejore? Queridos hermanos y hermanas
¿queréis arriesgaros por este camino, arriesgaros por el Señor?
Don Pino, el sí, él sabía que estaba en peligro, pero sabía sobre
todo que el peligro real en la vida no es arriesgarse, es vivir entre el
confort, con las medias tintas, con los atajos. Dios nos libre de vivir
por lo bajo, contentándonos con verdades a medias. Las verdades a
medias no sacian el corazón, no hacen bien. Dios nos libre de una vida
pequeña, que gira en torno a la “calderilla". Nos libre de pensar que
todo está bien si a mí me va bien y que los demás se las arreglen. Nos
libre de creer que somos justos si no hacemos nada para contrarrestar
la injusticia. El que no hace nada para contrarrestar la injustica no es
un hombre o una mujer justo. Nos libre de creer que somos buenos solo
porque no hacemos nada malo. “Es bueno –decía un santo- no hacer el mal.
Pero es malo no hacer el bien” (san Alberto Hurtado). Señor, danos el
deseo de hacer el bien; de buscar la verdad que detesta la
falsedad; de elegir el sacrificio, no la pereza; el amor, no el odio; el
perdón, no la venganza.
A los demás la vida se les da, a los demás la vida se les da, no se
les quita. No puedes creer en Dios y odiar a tu hermano, quitar la vida
con odio. La primera lectura recuerda esto: "Si uno dice: "Amo a Dios" y
odia a su hermano, es un mentiroso" (1 Jn 4:20). Un mentiroso,
porque desmiente la fe que dice que tiene, la fe que profesa Dios-amor.
El amor de Dios repudia toda violencia y ama a todos los hombres. Por lo
tanto, la palabra odio debe ser borrada de la vida cristiana; por eso,
uno no puede creer en Dios y maltratar a tu hermano. No se puede creer
en Dios y ser mafioso. El mafioso no vive como cristiano, porque
blasfema con su vida el nombre de Dios-amor. Hoy necesitamos hombres y
mujeres de amor, no hombres y mujeres de honor; de servicio, no de
dominio. Tenemos necesidad de caminar juntos, no de perseguir el poder.
Si la letanía de la mafia es: "Tu no sabes quién soy yo", la cristiana
es: "Yo te necesito". Si la amenaza mafiosa es: "Me la pagarás", la
oración cristiana es: "Señor, ayúdame a amar". Por eso, digo a los
mafiosos: ¡Cambiad, hermanos y hermanas! Dejad de pensar en vosotros y
en vuestro dinero. Sabes, sabéis que “el sudario no tiene bolsillos”. No
podréis llevaros nada. ¡Convertíos al verdadero Dios de Jesucristo,
queridos hermanos y hermanas! Os digo a vosotros, mafiosos: si no lo
hacéis vuestra vida se perderá y será la peor de las derrotas.
Hoy el Evangelio termina con la invitación de Jesús: "Si alguien
quiere servirme, que me siga" (v.26). Que me siga, es decir, que se
ponga en camino. No se puede seguir a Jesús con las ideas, hay que
moverse. "Si cada uno hace algo, se puede hacer mucho", repetía don
Pino. ¿Cuántos de nosotros ponemos en práctica estas palabras? Hoy, ante
él, preguntémonos: "¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer por los demás,
por la Iglesia, por la sociedad?”. No esperes a que la Iglesia haga algo
por ti, empieza tú. No esperes a que lo haga la sociedad, ¡empieza tú!
No pienses en ti mismo, no huyas de tu responsabilidad, ¡elige el amor!
Siente la vida de tu gente necesitada, escucha a tu pueblo. Temed la
sordera de no escuchar a vuestro pueblo. Este es el único populismo
posible: escuchar a vuestro pueblo, el único "populismo cristiano":
escuchar y servir a la gente, sin gritar, acusar y provocar disputas.
Así hizo el padre Pino, pobre entre los pobres de su tierra. En su
habitación, la silla donde estudiaba estaba rota. Pero la silla no era
el centro de su vida, porque no estaba sentado a descansar, sino que
vivía en camino hacia el amor. Ésta es la mentalidad ganadora. Ésta es
la victoria de la fe, nacida del don diario de uno mismo. Ésta es la
victoria de la fe, que lleva la sonrisa de Dios a los caminos del mundo.
Ésta es la victoria de la fe, que nace del escándalo del martirio.
"Nadie tiene mayor amor que este: dar la vida por sus amigos" (Jn
15:13). Estas palabras de Jesús, escritas en la tumba de don Puglisi,
recuerdan a todos que dar la vida fue el secreto de su victoria,
el secreto de una vida hermosa. Hoy también nosotros, queridos hermanos y
hermanas, elijamos una vida hermosa. Así sea.
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