CIUDAD DEL VATICANO (http://press.vatican.va - 14 de noviembre de 2018).- Esta tarde, en la Pontificia Universidad Lateranense se ha inaugurado
el Congreso Internacional de Estudios sobre el tema "La Santa Sede y
los católicos en el mundo de la posguerra (1918-1922)", con motivo del
centenario del final de la Primera Guerra Mundial. El congreso,
organizado por el Comité Pontificio para las Ciencias Históricas, se
lleva a cabo en Roma del 14 al 16 de noviembre.
Publicamos a continuación el discurso de S.E. el Cardenal Pietro
Parolin, Secretario de Estado en la apertura de los trabajos del
congreso.
Discurso del Cardenal Secretario de Estado.
Los retos de la diplomacia vaticana tras la Primera Guerra Mundial
“La catástrofe de Austria es aterradora y al mismo tiempo admirable. Su
misión histórica había terminado. Ahora comienza una nueva era en
Oriente. Sin un imperio turco, sin un imperio austriaco, sin zarismo, la
situación adquiere una perspectiva completamente nueva, que atrae la
atención del historiador y del filósofo ... Pero el mundo que se
perfila, si es diferente, no es menos interesante[1]. Por supuesto, el campo es enorme y el futuro ofrece muchas posibilidades[2].”
Las palabras llenas de emoción, que el joven diplomático pontificio
Ermenegildo Pellegrinetti, más tarde nuncio apostólico en Belgrado y
cardenal, confió, en el otoño de 1918, a su diario mientras prestaba
servicio con el visitador apostólico en Polonia Achille Ratti, el futuro
Pío XI, dejan entrever la atmósfera impregnada de temores y
expectativas que reinaba en la diplomacia benedictina, cuando la Primera
Guerra Mundial estaba llegando a su fin. Se sentía la clara conciencia
de asistir a cambios de una profundidad sin precedentes, pero también
el optimismo católico dispuesto a abrirse a nuevos caminos, que quizás
habrían agitado las certezas de ayer y comportado desafíos para el
mañana, pero también abierto nuevas perspectivas para la misión de la
Iglesia.
El Papa Benedicto XV, un pontífice de extraordinarias dotes
intelectuales y humanas, dejado desgraciadamente durante décadas a la
sombra de sus sucesores más famosos y solo en los últimos años,
debidamente redescubierto por los historiadores, y sus diplomáticos eran
muy conscientes de que la "Gran guerra", la primera de alcance mundial y
de carácter total, había marcado para Europa y para el mundo un punto
de inflexión decisivo, todavía más, el final de una época histórica. La
guerra cambió toda la geografía política y los equilibrios de poder en
Europa y en el mundo, causó el colapso o la remodelación radical de
cuatro grandes imperios: el alemán, el austro-húngaro, el ruso y el
otomano, en cuyo lugar surgieron una docena de nuevos estados, y
catalizó el lento declive político, económico y social de las grandes
potencias europeas que, antes de la guerra, se encontraban en el apogeo
de su poder y de su influencia, y después de ella tuvieron que ceder
gradualmente la preeminencia a dos grandes potencias no europeas (o con
el territorio y el radio de intereses que iba más allá de las fronteras
europeas): los Estados Unidos y Rusia / Unión Soviética. Había sucedido
precisamente lo que Benedicto XV había previsto desde el comienzo de la
guerra y de su pontificado: la guerra se convirtió en "el suicidio de
Europa"[3].
El nuevo orden europeo que tomaba el lugar del antiguo orden
colapsado presentaba no pocas razones para preocuparse. Salía de una
conferencia de paz, de la cual la Santa Sede quedó excluida y que,
marcada por la falta de ese espíritu cristiano de caridad y
reconciliación que es la premisa fundamental de una paz justa y
duradera, corría el peligro de reducirse, como observaba el periódico
del Papa, a un «choque de intereses en conflicto y de hegemonías
rivales».[4]
En la mayoría de los estados europeos, el poder político se encontraba
en manos de fuerzas políticas e ideológicas de tipo liberal-socialista y
laicista que, -aunque eran diferentes entre sí- parecían compartir el
tácito ímpetu anticatólico y el esfuerzo por expulsar a Dios y a su
Iglesia del espacio público y de la vida de los hombres. A espaldas del
laicismo, que Pío XI llamaría "la peste de nuestra era",[5]
sirviéndose de las ruinas materiales y políticas y de la devastación
moral causadas por la guerra, ya empujaba la extrema izquierda
bolchevique que, en la sangrienta revolución y la guerra civil rusa
consiguió instaurar el sistema político comunista violentamente
anticristiano y encaminado a atizar, como pronto demostrarían los
experimentos trágicos de las distintas repúblicas de los consejos, las
llamas de la revolución mundial. Europa estaba dividida por profundos
contrastes políticos e ideológicos y por los egoísmos nacionales,
atormentada por una amarga cuestión social y marcada por la dolorosa
desorientación de las masas. Éstas, bajo la impresión de la horrible
experiencia de las trincheras con la muerte y la humillación
omnipresente del hombre, de la naciente propaganda de masa, de la
creciente dependencia social e intelectual de grandes sectores de las
poblaciones de las élites políticas e ideológicas y del debilitamiento
de las comunidades humanas naturales, sobre todo de la familia, perdían
cada vez más rápido sus lazos con la Iglesia, la religión y Dios. En el
inquieto Viejo continente callaron las armas, pero no llegó la verdadera
paz, la tranquillitas ordinis.
La respuesta del Papa a este desafío no fue la añoranza nostálgica de
los tiempos pasados, -de los cuales conocía muy bien las carencias
ocultas detrás de la fachada lúcida de la "edad de oro" del antiguo
régimen, entre las cuales las cuestiones nacionales no resueltas, la
opresión social y colonial y la fe ciega en el progreso material y
técnico-, y mucho menos el llamamiento a regresar a los modelos de
estado monárquicos o pre-burgueses y al antiguo concierto de las
potencias basado en el precario equilibrio de poder, sino una visión de
la reorganización internacional fundada en la presencia activa de los
principios cristianos en la vida pública, en el amor sincero y el
respeto por el hombre y sus necesidades, como individuo y como miembro
de un pueblo, y en la organización internacional asentada en la equidad,
la justicia y la hermandad de pueblos, capaz de resolver las fricciones
de una manera pacífica. La Iglesia, pues, fiel a sus prioridades
sobrenaturales, no tenía preferencia alguna por una particular forma de
Estado o de instituciones civiles pero, -como ya habían mostrado
magistralmente las encíclicas sociales de León XIII- identificaba el
único criterio de evaluación del poder político en la libertas Ecclesiae
y en el respeto de la dignidad de la persona humana y de los derechos
de la conciencia cristiana: "La Iglesia, sociedad perfecta, que tiene
como único fin la santificación de los hombres de todos los tiempos y
de todos los países", escribía el Papa al cardenal Secretario de Estado
el 8 de noviembre de 1918, "como se adapta a las diversas formas de
gobierno, acepta sin dificultad alguna las legítimas variaciones
territoriales y políticas de los pueblos".[6]
Benedicto XV y su Curia se daban cuenta de que en la "era de las
masas" que irrumpían en el proscenio histórico ya no serían las monarcas
y las cancillerías, sino los pueblos, las naciones, las grandes
comunidades sociales quienes se convertirían en los grandes
protagonistas de la historia, y de que, caídos los tronos y los reinos
apostólicos, en condiciones de regímenes parlamentarios y de la sociedad
de masas, la Iglesia habría encontrado el apoyo y el defensor más
eficaz en sus propias masas católicas movilizadas.
El Papa Benedicto XV, que durante todo el conflicto había recordado
con perseverancia a los beligerantes las "justas y legítimas
aspiraciones de los pueblos" como condición sine qua non de una
paz justa y duradera, reconocía también el valor moral y político de la
Nación como comunidad de derecho natural profundamente arraigada en
condiciones histórico-religiosas particulares y fundamento estabilizador
de los Estados e incluía el respeto por ella en el contexto del Cuarto
mandamiento, siempre que se insertara en la dialéctica cristiana del
conjunto y del particular y no degenerara en una actitud ciega
encaminada a exaltar la Nación (o el Estado) como valor supremo e
ignorar la unidad fundamental del género humano y el universalismo
cristiano, convirtiéndose así en un peligro para la paz y el bien común.
Benedicto XV, un agudo realista y un sincero amigo del hombre en
todas sus situaciones, comprendió bien que iba a nacer un nuevo mundo
con nuevas características y necesidades, y acogió su grito: el fuerte
llamado a la libertad y a los derechos fundamentales de los millones de
hombres de uniforme que habían regresado de las trincheras, de los
millones de mujeres obligadas a cumplir las obligaciones de los hombres
ausentes, de los prisioneros de guerra, de los hambrientos, de las
viudas y los huérfanos, de los cristianos rusos perseguidos, de los
Romanoff en cautiverio o en el exilio, de los hijos de Francisco
Fernando de Este que estaban a punto de perder su último bien material;
en resumen, de todos los hombres que sufrían, ya fueran aristócratas con
apellidos históricos o los últimos entre los humildes, que esperaban
palabras de consuelo, aliento y apoyo o reivindicaban sus derechos en un
contexto político nuevo. El pontífice no tenía la intención de verse
excluido ni de ver excluida a la Iglesia de este nuevo mundo a pesar de
que se presentase como laico o laicista, ni de tener a la Iglesia
encerrada en la "sacristía" o en la intimidad de las conciencias, sino ,
-en consonancia con el viejo pensamiento agustino de que el disfrute de
la paz terrenal facilitaba a la civitas Dei su realización
concreta en la sociedad humana-, quería ubicarla en este mundo como una
instancia moral presente en la esfera pública e incisiva en la vida
internacional, no como parte interesada entre las partes interesadas,
sino como madre y maestra "no superada, no retrógrada, no importuna,
sino viva, sino beneficiosa, sino amiga ».[7]
La activa labor de mediación y de paz desarrollada por la diplomacia
pontificia durante y después del conflicto y la gran acción humanitaria
continuada incluso después del armisticio de una manera tan generosa
como para vaciar las arcas papales hasta obligar a los cardenales a
pedir un préstamo para poder dar una digna sepultura al desaparecido
gran pontífice de Liguria, fueron expresiones del nuevo papel
internacional del Papado como autoridad moral, pacificadora y abogada no
solo de sus propios creyentes, sino también del hombre en general y de
todos los valores humanos naturales. Fue una misión universal, de la
cual Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, diría en el
histórico discurso pronunciado en el Capitolio en la víspera del
Concilio Vaticano II que el Papado, humillado por la pérdida del poder
temporal “reanudó con fuerza inusual sus funciones de Maestro de vida y
del testimonio del Evangelio, como para llegar a tal altura en el
gobierno espiritual de la Iglesia y en la irradiación moral en el mundo,
como nunca antes ".[8]
El nuevo orden que se avecinaba en el horizonte podía convertirse en
"promesa y garantía de buen entendimiento y libertad honesta, o en
instrumento de la peor de las tiranías según se forme sobre los
principios francamente cristianos o sobre los de un laicismo incrédulo y
ateo", advertía L’Osservatore Romano en los albores del primer año de posguerra.[9]
Fue precisamente esta encrucijada en la que el Pontífice vio una tarea
fundamental de su acción, tanto religioso-pastoral como
político-diplomática, y que se aprestó a cumplir, ayudado por un pequeño
pero muy fiel grupo de diplomáticos, en aquella época todavía todos
italianos, formados en el viejo mundo diplomático de las cancillerías,
cenáculos y lenguajes doctos, y de un día para otro forzados a adaptarse
a nuevos entornos, lenguajes e interlocutores.
La primera etapa fundamental en este camino fue la paz. Era natural
que la diplomacia pontificia, que durante la guerra tantas fuerzas había
dedicado al restablecimiento de la paz, buscara también tras el fin de
las hostilidades sobre todo la verdadera consolidación de la paz y su
presupuesto fundamental: la distensión de los espíritus. Es bien sabido
que las conversaciones de paz tuvieron lugar sin la participación de la
Santa Sede, excluida por el artículo XV del Pacto de Londres, pero
también por la intervención de las fuerzas laicistas que decidieron
obstaculizar una interferencia religiosa-eclesiástica en los organismos
internacionales. A pesar de ello, Benedicto XV no renunció a las únicas
cartas que le quedaban para intervenir: la palabra pastoral en los
pronunciamientos públicos, la movilización de la opinión pública
católica y la presencia, al menos oficiosa, de sus representantes
diplomáticos. Incluso antes de que se hubiera reunido la Conferencia de
Paz, en la breve encíclica Quod iamdiu del 1 de diciembre de
1918, Benedicto XV, preocupado por el espíritu de imposición y de rencor
que se desprendía de los preparativos de la reunión parisina, advertía
de que la tarea del futuro Congreso sería la de combinar una paz justa y
duradera e invitaba a los obispos a que rezasen para que se
concretizase "ese gran don de Dios que es la verdadera paz fundada en
los principios cristianos”.. Al mismo tiempo, el Pontífice envió al jefe
de su diplomacia, el hábil secretario de asuntos eclesiásticos
extraordinarios Bonaventura Cerretti, a Francia, Bélgica, Estados Unidos
e Inglaterra para promover por parte de los episcopados católicos
nacionales y de la opinión pública católica una acción sobre sus
respectivos gobiernos en el sentido deseado por la Santa Sede. Cuando la
conferencia de paz se reunió en París, Cerretti, aunque excluido de las
negociaciones, se quedó en la capital francesa durante dos meses y
logró mitigar la suerte de los lugares sagrados y de las misiones
católicas alemanas en las colonias de las cuales la Alemania derrotada
había sido privada y también iniciar contactos discretos con los
interlocutores italianos para desenredar lentamente la irresuelta
cuestión romana.
Cuál fuese el contenido concreto de la visión pontificia de un nuevo
orden europeo, del cual el infatigable Cerretti intentó sensibilizar a
la opinión católica en las grandes potencias, ya era reconocible en la
famosa Nota de paz de Benedicto XV del 1 de agosto de 1917: el respeto
de la justicia y la equidad en las relaciones entre los Estados y los
pueblos, la renuncia a las compensaciones recíprocas, el respeto del
principio natural de nacionalidad y de las aspiraciones legítimas de
los pueblos, el justo acceso a los bienes materiales y a las vías de
comunicación para todos, la reducción de armamentos, el arbitraje como
instrumento pacífico de resolución de los conflictos.
Significativamente, el Pontífice prefirió, en lugar de hablar de
justicia, hablar de equidad, es decir, de la justicia animada por la
caridad cristiana, apelando al precepto evangélico fundamental del amor
al prójimo y al perdón de las ofensas, pero también a la imposibilidad
política de hacer peticiones maximalistas que no podían asegurar la
convivencia humana y amenazaban con provocar, una vez que el adversario
se hubiera recuperado, reacciones nocivas para la paz y para los mismos
vencedores de ayer.
Esta advertencia a los vencedores de no abusar de su fuerza del
momento también indicaba los límites dentro de los cuales la Santa Sede
aprobaría los tratados de paz: fueron bien recibidos porque sancionaban
el cese de las hostilidades y abrían la posibilidad de una colaboración
renovada entre los pueblos, pero aceptados con perplejidad y crítica,
cuando la paz se quedaba en el papel en lugar de en los corazones de los
hombres y las exigencias de la caridad cristiana no se cumplían. Un
dualismo similar también marcó la evaluación de la recién nacida
Sociedad de las Naciones. Su carácter universal y su propósito de
proteger la paz se parecían incluso demasiado a las propuestas del
propio Benedicto XV (desarme, seguridad colectiva, arbitraje
obligatorio) para no atraer su benevolencia, así como su carácter
liberal-laicista arraigado en la ideología del humanitarismo secular,
las influencias de la masonería internacional que acusaba y la exclusión
del Pontífice de este órgano internacional, no pudieron sino suscitar
reservas y distancias, sin impedir, no obstante, a los diplomáticos
papales que apoyaran las iniciativas individuales encaminadas a un buen
fin.[10]
Uno de los mayores desafíos para la diplomacia papal de la posguerra
fue el colapso de la monarquía centenaria de los Habsburgo. Aunque la
Santa Sede no se hiciera ilusiones sobre el estatus interno de la
monarquía danubiana, imbuida de la herencia josefina y de la tradición
jurisdiccional "falsamente sostenida por algunos como el baluarte de la
Iglesia Católica"[11],
como escribió el fundador del Partido Popular Italiano, Luigi Sturzo,
de la secularización avanzada. y de las divisiones nacionales e
ideológicas, el colapso de la última gran potencia que se reconocía a sí
misma como católica no podía dejar de preocupar a la Santa Sede. Sin
embargo, pocos días después del armisticio de Villa Giusti, el Papa
encargó al jefe de su Nunciatura apostólica en Viena, Mons. Teodoro
Valfrè di Bonzo, que "estableciera relaciones amistosas con las diversas
nacionalidades del Estado austrohúngaro que recientemente se han
constituido en Estados independientes "[12].
A la representación más noble del Papa en la corte de los Habsburgo,
transformada de un día para otro en un centro de acción improvisado mitteleuropeo,
le tocó así la tarea central de procurar a la Santa Sede las
informaciones tan dolorosamente ausentes y de construir nuevos canales
para una comunicación y una acción diplomática efectivas, para
salvaguardar así los intereses de la Iglesia y, a través de una acción
rápida en tiempos cruciales, asegurarle el lugar debido en las nuevas
estructuras estatales.[13]
El perfil del nuevo mundo que se abría ante los ojos del nuncio
comportaba no pocos desafíos: las tristes consecuencias del
jurisdiccionalismo austro-húngaro que había vinculado a las Iglesias
particulares con el Estado y con el establishment dominante,
exponiendo a la Iglesia, después de la caída de las viejas …dominantes, a
críticas severas y medidas vejatorias, las reivindicaciones políticas
de los nuevos gobiernos deseosos de no perder los derechos en asuntos
eclesiásticos ejercidos por el poder político bajo el regalismo
austro-húngaro, la pérdida de bienes eclesiásticos por medio de
incautaciones o reformas agrarias, las solicitudes de separación entre
Iglesia y Estado, los territorios de las diócesis cortados por las
nuevas fronteras políticas. Más aún: el ímpetu emocional, el fermento
político y espiritual, las oleadas de los nacionalismos no se detuvieron
ni siquiera ante las puertas de la Iglesia y dieron lugar a varias
corrientes reformistas particularmente sentidas en los países bohemios,
donde más de un millón de personas abandonaron la Iglesia Católica y
nació una Iglesia nacional, considerada como un logro religioso de la
emancipación política de la nación.
Benedicto XV y sus diplomáticos se encontraron así frente a la
necesidad de desarrollar estrategias para defender a los católicos del
impacto laicista, asegurar a la Iglesia católica un lugar debido en las
nuevas estructuras estatales, emanciparla de las cargas del
jurisdiccionalismo, viejas o nuevas que fueran, restablecer dentro de
la Iglesia la unidad perfecta de doctrina y de organización que habían
sufrido debido a causas previas, y ponerla en el camino de reconquistar
el espacio social perdido. Concretamente, era necesario restablecer el
ordenamiento eclesiástico territorial y jurisdiccional en armonía con
las nuevas realidades estatales y con las nuevas necesidades pastorales,
nombrar nuevos obispos de la nacionalidad de sus fieles, recuperar la
libertad de los nombramientos episcopales y acabar de una vez por todas
con la triste praxis de los diversos patronatos regios o estatales,
aumentar el nivel intelectual y moral del clero a través de la acción
pastoral de los nuevos obispos, la reforma de la educación y la
formación del clero en el verdadero espíritu católico.[14]
Fue una situación intrincada y un desafío difícil que la diplomacia
pontificia tuvo que enfrentar con escasos conocimiento y escasos medios,
pero con valentía y sin prejuicio alguno, y pronto logró consolidar la
situación, gracias también a la labor realizado por los nuevos
diplomáticos apostólicos, personajes extraordinarios, casi todos se
convirtieron en cardenales o incluso en pontífices: Achille Ratti y
Lorenzo Lauri en Polonia, Clemente Micara y Francesco Marmaggi en
Checoslovaquia, Lorenzo Schioppa y Cesare Orsenigo en Hungría,
Ermenegildo Pellegrinetti en el Reino de los serbios, croatas y
eslovenos (más tarde Yugoslavia), Francesco Marmaggi y Angelo Maria
Dolci en Rumania, y muchos otros.
No menos dramáticos fueron los desafíos provocados por la revolución
bolchevique en Rusia, que eliminó al gobierno zarista con su hostilidad
persecutoria hacia la Iglesia católica, reemplazándolo, después de una
breve fase de expectativas optimistas en el Palacio Apostólico, por un
régimen opresivo y enemigo de la Ley divina y natural nunca antes
conocido. Cuando el régimen soviético se reveló sorprendentemente
duradero y la situación de los católicos dentro de sus fronteras cada
vez más dramática, y cuando incluso el régimen soviético, movido por la
necesidad de consolidación, descubrió las ventajas políticas del
reconocimiento diplomático del Papa, la diplomacia del Vaticano no tuvo
miedo ni siquiera de ponerse en contacto con los revolucionarios
bolcheviques vestidos de frac y comenzar negociaciones diplomáticas
para asegurar la supervivencia del catolicismo en la Unión Soviética.
Las negociaciones fracasaron, pero la Santa Sede al menos logró enviar
una misión caritativa imponente a la Unión Soviética, contribuyendo de
esta manera a salvar miles de vidas.[15]
El cristianismo en Rusia y la Unión Soviética, sin embargo, siguió
siendo una de las mayores preocupaciones de todos los pontífices del
turbulento siglo XX.
A pesar de todas las dificultades y la continuación de la situación
de inferioridad diplomática relacionada con la irresuelta Cuestión
Romana, la guerra y las situaciones de la inmediata posguerra, la
estricta imparcialidad, las vastas acciones de mediación, de
pacificación y de asistencia y el generoso amor por el hombre y por
todos los pueblos, aumentaron el respeto y el prestigio del Papado y de
su diplomacia y fortalecieron sus posiciones en el tablero
internacional. Dicho en términos aritméticos simples, mientras que al
comienzo del pontificado, en septiembre de 1914, la Santa Sede tenía
relaciones con solo 17 Estados, antes de la muerte del Papa Della
Chiesa, en enero de 1922 el número de asociados diplomáticos aumentó a
27, entre los cuales no solo los nuevos Estados que sentían la necesidad
del apoyo del soberano más antiguo y de la autoridad moral del Papa,
sino también las grandes potencias que se habían separado antes de la
guerra de las relaciones con el Papa como Francia o Gran Bretaña, o la
República de Weimar, que abandonó el antiguo sistema en el que los
Estados de Prusia y Baviera mantenían a sus propios representantes en
Roma y albergaban a los nuncios en su territorio, y estableció
relaciones diplomáticas a nivel central. De nuevo resultó evidente que, a
pesar de todas las nubes en el horizonte, el Señor no dejaba de ayudar a
su Iglesia. Cuando el nuncio apostólico en Viena, Valfrè di Bonzo,
asustado por los acontecimientos del otoño de 1918, escribió al Papa
Benedicto XV, su amigo de juventud, una carta llena de ansiedad, el
Pontífice, lleno de optimismo alimentado por la fe, le respondió: « ...
los hombres dicen que todo depende de los eventos, yo digo, que estamos
en manos de Dios: ¿y no querrá Usted agregar que estamos "en buenas
manos"?.[16]
[1] I Diari del Cardinale Ermenegildo Pellegrinetti 1916-1922, por Terzo Natalini, Ciudad del Vaticano: Archvo Vaticano, 1994, p.
[2] Ibid., p. 159.
[3] Cf. diversos pronunciamentos públicos di Benedicto XV como por ej. Lettera pastorale al cardinale Pompilj del 4 marzo 1916; Lettera al cardinale Gasparri del 5 maggio 1917; Nota alle potenze belligeranti del 1° agosto 1917.
[4] [4] L’Osservatore Romano, 25 junio 1919.
[5] Cf. sobre todo la encíclica Quas primas de 1925, en Enchiridion delle encicliche, vol. 5, Pio XI (1922-1939), Bolonia 1995, pp. 158-193.
[6] Benedicto XV al Cardenal Secretario de Estado Gasparri en la Carta apostólica Dopo gli Ultimi del 8 de noviembre 1918, en La Civiltà Cattolica, 1918, vol. IV, p. 343; AAS, vol. 10, 1918, p. 579.
[7] Para la cita cf. Giorgio Rumi, Introduzione, en Benedetto XV e la pace – 1918, por Giorgio Rumi, Brescia, Morcelliana, 1990, p. 8.
[8] Giovanni Battista Montini, Discorsi e scritti milanesi (1954-1963), III (1961-1963), Brescia, Istituto Paolo VI, 1997, pp. 5348-5361.
[9] L’Oservatore Romano, 1° enero 1919.
[10]
Para la actitud de la Santa Sede con la Sociedad de las Naciones cf.
S.RR.SS, AA.EE.SS , Stati Ecclesiastici, pos. 506 P.O., fasc. 515,
informes del nuncio apostólico en Berna Di Maria y del consejero de
nunciatura Laghi a la Secretaría de Estado, 1934-1935.
[11] Luigi Sturzo, I discorsi politici, Roma, Istituto Luigi Sturzo, 1951, p. 391.
[12] Dopo Gli Ultimi, Carta apostólica de Benedicto XV al cardenal Secretario de Estado, en, La Civiltà Cattolica, 1918, vol. IV, p. 343.
[13] [13]Cf. Emilia Hrabovec, Der Heilige Stuhl und die Slowakei 1918-1922 im Kontext internationaler Beziehungen, Frankfurt am Main, Peter Lang, 2002, pp. 19-32, 67-78.
[14]
Cf. Gianpaolo Romanato, “Achille Ratti in Polonia el contesto del
rinnovamento cattolico dopo la prima guerra mondiale”, en Nunzio in una terra di frontiera. Achille Ratti, poi Pio XI, in Polonia (1918-1921),
por Quirino Alessandro Bortolato e Mirosław Lenart, Ciidad del
Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2017, p. 24; Emilia Hrabovec, “Pio
XI e le conseguenze pastorali dei trattati di pace nell’Europa
centro-orientale: il caso della Cecoslovacchia e dell’Ungheria“, en La sollecitudine ecclesiale di Pio XI. Alla luce delle nuove fonti archivistiche, por Cosimo Semeraro, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2010, pp. 363-395.
[15] Giorgio Petracchi, “La missione pontificia di soccorso alla Russia (1921-1923)”, en: Santa
Sede e Russia da Leone XIII a Pio XI. Atti del Simposio organizzato dal
Pontificio Comitato di Scienze Storiche e dall´Istituto di Storia
Universale dell´Accademia delle Scienze di Mosca. Mosca, 23-25 giugno
1998, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2002, pp. 122-180.
[16] Giacomo Della Chiesa, Lettere ad un amico Teodoro Valfrè di Bonzo, por y con prólogo de Giorgio Rumi, Milano, NED, 1992, p. 13.