jueves, 8 de septiembre de 2011

Benedicto 16: "Las instituciones de la Iglesia deben ser expresión del amor de Dios"

CIUDAD DEL VATICANO, 8 SEP 2011 (VIS).- El Santo Padre Benedicto XVI recibió esta mañana, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, al quinto grupo conformado por 23 prelados de la Conferencia Episcopal de la India en Visita "ad Limina Apostolorum".

S.S. Benedicto XVI recordó que en India la Iglesia "está bendecida con multitud de instituciones cuya finalidad es ser expresión del amor de Dios por la humanidad, a través de la caridad y del ejemplo de los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que las componen. Mediante las parroquias, escuelas y orfanatos, así como los hospitales, clínicas y dispensarios, la Iglesia da una inestimable contribución al bienestar, no sólo de los católicos, sino de toda la sociedad".

 Las escuelas ocupan un lugar destacado entre estas instituciones. Por ello, el Papa afirmó que deben ayudar a la maduración de las facultades espirituales, intelectuales y morales de los estudiantes, así como al desarrollo de una sólida capacidad de juicio. Al mismo tiempo, "han de presentarles el legado de las generaciones anteriores, fomentando así el sentido de los valores y preparando a los alumnos para una vida feliz y productiva".

 La Verdad salvífica ha de ser el fundamento de todas las actividades de la Iglesia, de modo que los miembros de la Iglesia "den testimonio del amor de Dios por toda la humanidad cuando entran en contacto con el mundo, proporcionando un sólido testimonio cristiano en amistad, respeto y amor, esforzándose por no condenar al mundo, sino por ofrecerle el regalo de la salvación", mediante su palabra y su ejemplo.

 Finalmente, el Pontífice destacó la labor que realizan los religiosos y religiosas en la India, y aseguró que ellos son "fuente de frutos espirituales para toda la comunidad cristiana", ya que "inspiran a otros a responder con confianza, humildad y alegría a la invitación del Señor de unirse a Él".

Así mismo, S.S. Benedicto XVI recibió hoy en Castelgandolfo en Audiencias Separadas a:

 * Dos Obispos de la Conferencia de Obispos Católicos de India en Visita "ad Limina Apostolorum":

 - Obispo Thomas Anthnoy Vazhapilly, de Mysore.
 - Obispo Gerald Isaac Lobo, de Shimoga.

* Ali Achour, Embajador de Marruecos, en visita de despedida.

* Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán (Italia).

Pobreza y desempleo afectan a la clase media-alta mexicana

CIUDAD JUÁREZ, MÉXICO.  La pobreza en Ciudad Juárez es una consecuencia del aumento del desempleo y la falta de oportunidades que permitan a la población a seguir adelante. Una encuesta reciente llevada a cabo por activistas religiosos y la Iglesia Católica confirma el aumento de la ayuda comunitaria incluso a las familias de clase media-alta en las zonas urbanas. Según el coordinador de la Pastoral Social de la Iglesia "Sagrada Familia" hay por lo menos 100 familias jóvenes que no reciben ningún tipo de ayuda y están a la espera de ofertas de empleo, a menudo los padres de familia están desempleados durante 5 o 6 meses y tratan de hacer todo lo posible para obtener la comida necesaria para sobrevivir. En la actualidad, cada semana se entregan más de 200 comidas a enfermos y ancianos, pero también reciben asistencia temporal las familias necesitadas. Todos los sábados la comunidad ayuda a proporcionar cerca de 200 comidas que satisfacen a familias enteras.

El fenómeno de la pobreza en esta ciudad se ha vuelto tan grave que también afecta a las familias que viven en zonas residenciales que son incapaces de alimentarse, pagar los estudios a sus hijos o cubrir los gastos médicos en caso de enfermedad. Uno de los problemas más graves que se encuentra en estas familias es la depresión, causada por la dificultad de salir a delante y que afecta a toda la familia. Por esta razón, la comunidad parroquial ha ampliado los servicios de salud que ofrece en su clínica, donde hay dos médicos y un dentista, así como un psicólogo que se ocupa de casos de depresión y psicosis en la que la población ha caído.

Arz. de Semarang: "Gracias al Santo Padre por su atención a los fieles de Asia"

SEMARANG, INDONESIA.  "En nombre de los católicos en Indonesia, me gustaría expresar mi gratitud al Santo Padre Benedicto XVI, por haber centrado su oración hacia las comunidades cristianas de Asia, a la que pertenece Indonesia": es lo que dice en una carta dirigida al Santo Padre, y hecha pública a través de la Agencia Fides, su excelencia monseñor Johannes Pujasumarta, Arzobispo de Semarang y secretario general de la Conferencia Episcopal de Indonesia, comentando la intención misionera del mes de septiembre de 2011 sobre el tema "Para que las comunidades cristianas esparcidas en el continente asiático, proclamen el Evangelio con fervor, dando testimonio con la alegría de la fe".
 
"Con especial referencia al contexto de Indonesia - el arzobispo escribe - Me gustaría expresar nuestra gratitud a la Santa Sede por la institución de la jerarquía episcopal en Indonesia de hace 50 años, con la Quod Adorandus Christus (3 de enero de 1961). A principios de este año, la Conferencia Episcopal de Indonesia ha invitado a los católicos en Indonesia a dar gracias a Dios por este evento, que se celebra de diversas maneras, a nivel local, en cada diócesis y a nivel nacional. Es una oportunidad para alentar a nuestros fieles a construir una Iglesia cada vez más católica (es decir, universal), y con una cara más típica de Indonesia".

Refiriéndose a la misión de la Iglesia en Indonesia, monseñor Pujasumarta señala que "la última asamblea general, celebrada en noviembre de 2010, fue un momento precioso para compartir nuestras experiencias de fe, paraa proclamar la buena noticia del Reino de Dios", y para encontrar formas concretas para "promover la inculturación, el diálogo interreligioso y la promoción social de los pobres".
"Los Obispos de Indonesia - concluye la carta - tendrán la oportunidad de ir a la visita Ad limina a la Santa Sede a partir del 29 de septiembre de 2011. Será un momento que nos animará a anunciar el Evangelio con fervor, testimoniando la belleza con la alegría de la fe".

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Mensaje de Benedicto 16 al Meeting de Rímini

MENSAJE DEL CARD. SECRETARIO DE ESTADO TARCISIO BERTONE,
EN NOMBRE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI,
CON OCASIONE DE LA 32ª EDICIÓN
DEL MEETING PARA LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS
(Rímini, 21-27 de Agosto de 2011)
10 Agosto 2011

A Su Excelencia Reverendísima
Mons. Francesco Lambiasi
Obispo de Rímini

Excelencia reverendísima, también este año tengo la alegría de transmitir el cordial saludo del Santo Padre a vuestra excelencia, a los organizadores y a todos los participantes en el Meeting para la amistad entre los pueblos, que se realiza en estos días en Rímini. El tema escogido para la edición 2011 —«Y la existencia se llena de una inmensa certidumbre»— suscita interrogantes diversos y profundos: ¿Qué es la existencia? ¿Qué es la certeza? Y sobre todo: ¿cuál es el fundamento de la certeza, sin la cual el hombre no puede vivir? Sería interesante entrar en la riquísima reflexión que la filosofía, desde sus albores, ha desarrollado en torno a la experiencia del existir, del ser, llegando a conclusiones importantes, pero con frecuencia también contradictorias y parciales.

Sin embargo, podemos ir directamente a lo esencial partiendo de la etimología latina del término existencia: ex sistere. Heidegger, interpretándola como un «no permanecer», puso de relieve el carácter dinámico de la vida del hombre. Pero ex sistere evoca en nosotros al menos otros dos significados, todavía más descriptivos de la experiencia humana del existir y que, en cierto sentido, están en el origen del dinamismo analizado por Heidegger. La partícula ex nos hace pensar en una proveniencia y, al mismo tiempo, en una separación. La existencia sería, por lo tanto, un «estar, siendo provenientes de» y, al mismo tiempo, un «ir más allá», casi un «trascender» que define de modo permanente el mismo «estar». Tocamos aquí el nivel más originario de la vida humana: su creaturalidad, su ser estructuralmente dependiente de un origen, su ser querido por alguien hacia el cual, casi inconscientemente, tiende.

Monseñor Luigi Giussani, que con su fecundo carisma está en el origen de la manifestación de Rímini, insistió con frecuencia en esta dimensión fundamental del hombre. Y con razón, porque precisamente de la conciencia de esa dimensión deriva la certeza con que el hombre afronta la existencia. El reconocimiento de su propio origen y la «proximidad» de este mismo origen a todos los momentos de la existencia son la condición que permite al hombre una auténtica maduración de su personalidad, una mirada positiva hacia el futuro y una fecunda incidencia histórica. Este es un dato antropológico verificable ya en la experiencia cotidiana: un niño está tanto más cierto y seguro cuanto más experimenta la cercanía de sus padres. Pero precisamente en el ejemplo del niño entendemos que, por sí sólo, el reconocimiento del propio origen y, consecuentemente, de la propia dependencia estructural no basta. Incluso podría parecer un peso del cual conviene librarse, como la historia ha demostrado ampliamente. Lo que hace «fuerte» al niño es la certeza del amor de sus padres. Es necesario, por lo tanto, entrar en el amor de quien nos ha querido para poder experimentar el carácter positivo de la existencia. Si falta una de las dos, la conciencia del origen y la certeza de la meta de bien al que el hombre está llamado, resulta imposible explicar el dinamismo profundo de la existencia y comprender al hombre. Ya en la historia del pueblo de Israel, sobre todo en la experiencia del éxodo descrita en el Antiguo Testamento, se comprueba que la fuerza de la esperanza deriva de la presencia paterna de Dios que guía a su pueblo, de la memoria viva de sus acciones y de la promesa luminosa acerca del futuro.

El hombre no puede vivir sin una certeza sobre su propio destino. «Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente» (Benedicto XVI, Spe salvi, 2). Pero, ¿sobre qué certeza puede el hombre fundar razonablemente la propia existencia? ¿Cuál es, en definitiva, la esperanza que no defrauda? Con la venida de Cristo la promesa que alimentaba la esperanza del pueblo de Israel llega a su cumplimiento, asume un rostro personal. En Cristo Jesús el destino del hombre ha sido arrancado definitivamente de la nebulosidad que lo rodeaba. A través del Hijo, con el poder del Espíritu Santo, el Padre nos ha desvelado definitivamente el futuro positivo que nos espera. «El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras» (ib. 7).

Cristo resucitado, presente en su Iglesia, en los sacramentos y con su Espíritu, es el fundamento último y definitivo de la existencia, la certeza de nuestra esperanza. Él es el eschaton ya presente, aquel que hace de la existencia misma un acontecimiento positivo, una historia de salvación en la que cada circunstancia revela su verdadero significado en relación con lo eterno. Si falta esta consciencia, es fácil caer en los peligros del actualismo, en el sensacionalismo de las emociones, en donde todo se reduce a fenómeno, o de la desesperación, en la que cada circunstancia parece sin sentido. Entonces la existencia se convierte en una búsqueda afanosa de acontecimientos, de novedades pasajeras, que, al final, defraudan. Sólo la certeza que nace de la fe permite al hombre vivir de modo intenso el presente y, al mismo tiempo, trascenderlo, descubriendo en él los reflejos de lo eterno, al que el tiempo está ordenado. Sólo el reconocimiento de la presencia de Cristo, fuente de la vida y destino del hombre, es capaz de despertar en nosotros la nostalgia del Paraíso y proyectarnos así con confianza hacia el futuro, sin temores y sin falsas ilusiones.

Los dramas del siglo pasado han demostrado ampliamente que cuando falta la esperanza cristiana, es decir, cuando falta la certeza de la fe y el deseo de las «cosas últimas», el hombre se pierde y se convierte en víctima del poder, empieza a pedir la vida a quien no la puede dar. Una fe sin esperanza ha provocado el surgimiento de una esperanza sin la fe, intramundana. Hoy más que nunca los cristianos, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, a testimoniar en el mundo el «más allá» sin el cual todo permanece incomprensible. Pero para esto es necesario «renacer», como dijo Jesús a Nicodemo, dejarse regenerar por los sacramentos y por la oración, redescubrir en ellos el cauce de toda auténtica certeza. La Iglesia, haciendo presente en el tiempo el misterio de la eternidad de Dios, es el sujeto adecuado de esta certeza. En la comunidad eclesial la pro-existencia del Hijo de Dios nos alcanza; en ella la vida eterna, a la que toda la existencia está destinada, se hace experimentable ya desde ahora. «La inmortalidad cristiana —afirmaba a comienzos del siglo pasado el padre Festugière— tiene como carácter propio el ser la expansión de una amistad». ¿Qué es, de hecho, el Paraíso, sino la realización definitiva de la amistad con Cristo y entre nosotros? En esta perspectiva, prosigue el religioso francés, «poco importa a continuación dónde se encuentre uno. El cielo es en verdad allí donde está Cristo. Así, el corazón que ama no desea otra alegría sino la de vivir siempre junto al amado». La existencia, por tanto, no es un avanzar ciego, sino un ir al encuentro de aquel que nos ama. Sabemos, por tanto, a dónde vamos, hacia quién nos dirigimos, y esto orienta toda la existencia.

Excelencia, deseo que estos breves pensamientos puedan ser de ayuda para quienes participan en el Meeting. Su Santidad Benedicto XVI asegura a todos, con afecto, su recuerdo en la oración y, deseando que la reflexión de estos días refuerce la certeza de que sólo Cristo ilumina plenamente nuestra existencia humana, envía de corazón a usted, a los responsables y a los organizadores de la manifestación, así como a todos los presentes, una bendición apostólica especial. También yo aprovecho la circunstancia para expresarles mi más cordial saludo.

             
 
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Benedicto XVI: Ángelus, Audiencia General y Discursos

ÁNGELUS DEL PAPA BENEDICTO XVI
Palacio Pontificio de Castelgandolfo
 Domingo 28 de Agosto de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús explica a sus discípulos que deberá «ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21). ¡Todo parece alterarse en el corazón de los discípulos! ¿Cómo es posible que «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (v. 16) pueda padecer hasta la muerte? El apóstol Pedro se rebela, no acepta este camino, toma la palabra y dice al Maestro: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (v. 22). Aparece evidente la divergencia entre el designio de amor del Padre, que llega hasta el don del Hijo Unigénito en la cruz para salvar a la humanidad, y las expectativas, los deseos y los proyectos de los discípulos. Y este contraste se repite también hoy: cuando la realización de la propia vida está orientada únicamente al éxito social, al bienestar físico y económico, ya no se razona según Dios sino según los hombres (cf. v. 23). Pensar según el mundo es dejar aparte a Dios, no aceptar su designio de amor, casi impedirle cumplir su sabia voluntad. Por eso Jesús le dice a Pedro unas palabras particularmente duras: «¡Aléjate de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo» (ib.). El Señor enseña que «el camino de los discípulos es un seguirle a él [ir tras él], el Crucificado. Pero en los tres Evangelios este seguirle en el signo de la cruz se explica también… como el camino del “perderse a sí mismo”, que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo» (cf. Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 337).

Como a los discípulos, también a nosotros Jesús nos dirige la invitación: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24). El cristiano sigue al Señor cuando acepta con amor la propia cruz, que a los ojos del mundo parece un fracaso y una «pérdida de la vida» (cf. ib. 25-26), sabiendo que no la lleva solo, sino con Jesús, compartiendo su mismo camino de entrega. Escribe el siervo de Dios Pablo VI: «Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta... morir en una cruz» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 de mayo de 1975: aas 67 [1975] 300-301). Aceptando voluntariamente la muerte, Jesús lleva la cruz de todos los hombres y se convierte en fuente de salvación para toda la humanidad. San Cirilo de Jerusalén comenta: «La cruz victoriosa ha iluminado a quien estaba cegado por la ignorancia, ha liberado a quien era prisionero del pecado, ha traído la redención a toda la humanidad» (Catechesis Illuminandorum XIII, 1: de Christo crucifixo et sepulto: PG 33, 772 b).

Queridos amigos, confiamos nuestra oración a la Virgen María y también a san Agustín, cuya memoria litúrgica se celebra hoy, para que cada uno de nosotros sepa seguir al Señor en el camino de la cruz y se deje transformar por la gracia divina, renovando —como dice san Pablo en la liturgia de hoy— su modo de pensar para «poder discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12, 2).
 

Después del Ángelus

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana, en particular a los grupos provenientes de Argentina y Chile. La liturgia de este domingo recuerda que es necesario tomar la cruz para seguir a Jesús, siendo dóciles a la Palabra y dejándose transformar interiormente, para así saber distinguir siempre cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (cfr Rm 12,2). Que el Señor, por intercesión de la Virgen María, infunda su amor en todos los corazones para que, haciendo más religiosa nuestra vida, aumente el bien en nosotros y con constante solicitud lo conserve. Feliz domingo.


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AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA BENEDICTO XVI
Plaza de la Libertad de Castelgandolfo
Miércoles 31 de Agosto de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Durante este período, más de una vez he llamado la atención sobre la necesidad que tiene todo cristiano de encontrar tiempo para Dios, para la oración, en medio de las numerosas ocupaciones de nuestras jornadas. El Señor mismo nos ofrece muchas ocasiones para que nos acordemos de él. Hoy quiero reflexionar brevemente sobre uno de estos canales que pueden llevarnos a Dios y ser también una ayuda en el encuentro con él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de la «via pulchritudinis» —«la vía de la belleza»— de la cual he hablado en otras ocasiones y que el hombre de hoy debería recuperar en su significado más profundo.

Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto.

Pero hay expresiones artísticas que son auténticos caminos hacia Dios, la Belleza suprema; más aún, son una ayuda para crecer en la relación con él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que expresan la fe. Podemos encontrar un ejemplo cuando visitamos una catedral gótica: quedamos arrebatados por las líneas verticales que se recortan hacia el cielo y atraen hacia lo alto nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras al mismo tiempo nos sentimos pequeños, pero con deseos de plenitud… O cuando entramos en una iglesia románica: se nos invita de forma espontánea al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios está de algún modo encerrada la fe de generaciones. O también, cuando escuchamos un fragmento de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro espíritu se ve como dilatado y ayudado para dirigirse a Dios. Vuelve a mi mente un concierto de piezas musicales de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al concluir el último fragmento, en una de las Cantatas, sentí, no por razonamiento, sino en lo más profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor, y me impulsaba a dar gracias a Dios. Junto a mí estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: «Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios». ¡Cuántas veces cuadros o frescos, fruto de la fe del artista, en sus formas, en sus colores, en su luz, nos impulsan a dirigir el pensamiento a Dios y aumentan en nosotros el deseo de beber en la fuente de toda belleza! Es profundamente verdadero lo que escribió un gran artista, Marc Chagall: que durante siglos los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido de la Biblia. ¡Cuántas veces entonces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para que nos acordemos de Dios, para ayudar a nuestra oración o también a la conversión del corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, en la basílica de «Notre Dame» de París, en 1886, precisamente escuchando el canto del Magníficat durante la Misa de Navidad, percibió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe; había entrado precisamente para buscar argumentos contra los cristianos, y, en cambio, la gracia de Dios obró en su corazón.

Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios. Las ciudades y los pueblos en todo el mundo contienen tesoros de arte que expresan la fe y nos remiten a la relación con Dios. Por eso, la visita a los lugares de arte no ha de ser sólo ocasión de enriquecimiento cultural —también esto—, sino sobre todo un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestra relación y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar —en el paso de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que significa— el rayo de belleza que nos toca, que casi nos «hiere» en lo profundo y nos invita a elevarnos hacia Dios. Termino con la oración de un Salmo, el Salmo 27: «Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo» (v. 4). Esperamos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, tanto en la naturaleza como en las obras de arte, a fin de ser tocados por la luz de su rostro, para que también nosotros podamos ser luz para nuestro prójimo. Gracias.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los universitarios de la Arquidiócesis de Rosario, a los grupos venidos de Santiago de Chile, así como a los demás fieles provenientes de España, Guatemala, Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a llegar a Dios, Belleza suma, a través de la contemplación de las obras de arte. Que éstas no sólo sirvan para incrementar la cultura, sino también para promover el diálogo con el Creador de todo bien. Que el Señor siempre os acompañe.


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PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL INICIO DE LA MISA CON SUS EXALUMNOS
"Ratzinger Schülerkreis"
Castelgandolfo
Domingo 28 de Agosto de 2001

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy respondemos a la primera lectura, tomada del profeta Jeremías, con el Salmo 62: mi alma está sedienta de ti, del Dios vivo; como tierra reseca, agostada, te espera a ti, el Dios vivo.
En este tiempo de ausencia de Dios, cuando la tierra de las almas está reseca y la gente aún no sabe de dónde viene el agua viva, pedimos al Señor que se manifieste. Queremos pedirle que, a quienes buscan en otras partes el agua viva, les muestre que esa agua es él mismo, y que él no permite que la vida de los hombres, su sed de algo grande, de plenitud, se apague y se ahogue en lo transitorio.
Queremos pedirle a él, sobre todo para los jóvenes, que se avive en ellos la sed de él y que reconozcan dónde se encuentra la respuesta.

Y nosotros, que lo hemos podido conocer desde nuestra juventud, podemos pedir perdón porque llevamos poco la luz de su rostro a los hombres, porque de nosotros proviene poco la certeza de que «él vive, él está presente y él es la realidad grande, plena, que todos esperamos». Queremos pedirle a él que nos perdone, que nos renueve con el agua viva de su Espíritu y nos conceda celebrar dignamente estos sagrados misterios.


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PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL FINAL DEL CONCIERTO OFRECIDO EN SU HONOR
POR EL CARD. DOMENICO BARTOLUCCI


Patio del Palacio Pontificio de Castelgandolfo
Miércoles 31 de Agosto de 2001

Señores Cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos amigos:

Esta tarde nos hemos sumergido en la música sacra, una música que, de un modo muy peculiar, nace de la fe y es capaz de expresar y comunicar la fe. Por eso, doy las gracias a los que la han ejecutado espléndidamente: a las dos sopranos, al barítono, al maestro Baiocchi, al «Rossini Chamber Choir» de Pésaro y a la Orquesta Filarmónica Marquisana, así como a los organizadores y a las autoridades que han hecho posible el concierto. En medio de las actividades diarias, nos habéis ofrecido un momento de meditación y de oración, haciéndonos intuir las armonías del Cielo. Un gracias afectuoso y especial al autor de las piezas que hemos escuchado, el maestro cardenal Domenico Bartolucci. Gracias, eminencia, por haberme agasajado con este concierto y por haber compuesto, para esta ocasión, la pieza «Benedictus», dedicada a mí como oración y acción de gracias al Señor por mi ministerio.




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S.S. Benedicto XVI: Dialéctica de la oración, entrelazarse de grito humano y respuesta divina

CIUDAD DEL VATICANO, 7 SEP 2011 (VIS).- El Papa Benedicto XVI se trasladó esta mañana en helicóptero del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo al Vaticano para celebrar a las 10:30 horas, la Audiencia General en la Plaza de San Pedro.

  El Santo Padre continuando con el tema de la "escuela de oración", habló del Salmo III, que narra la fuga del rey David de Jerusalén cuando su hijo Absalón usurpa el trono. "En el grito del salmista -dijo- cada persona puede reconocer los sentimientos de dolor, amargura y, al mismo tiempo, de fe en Dios  que según la narración bíblica acompañaron la fuga de David de su ciudad."

   En el salmo los enemigos del rey son numerosos y grandes y existe una desproporción absoluta entre David y sus perseguidores que justifica su petición de ayuda al Señor. Sin embargo, sus contrincantes también intentan romper este lazo y menoscabar su fe, insinuando que el Señor no puede intervenir: "La agresión no es sólo física, abarca también la dimensión espiritual (...) el núcleo central del ánimo del salmista. Es la extrema tentación a la que se ve sometido el creyente  la tentación de perder la fe, la confianza en la cercanía de Dios", comentó el Pontífice.

Pero, como dice el Libro de la Sabiduría, los impíos se equivocan porque "el Señor (...)  protege como un escudo a los que a Él se confían y hace que levanten la cabeza en un gesto de triunfo y victoria. El ser humano ya no está solo (...) porque el Señor escucha el grito del oprimido (...) Este entrelazarse de grito humano y respuesta divina es la dialéctica de la oración y la clave de lectura de toda la historia de la salvación. El grito expresa la necesidad de ayuda y se apela a la fidelidad del otro; gritar significa un gesto de fe en la cercanía y la disponibilidad de Dios. La oración expresa la certeza de una presencia divina, ya experimentada y creída que, en la respuesta salvífica de Dios se manifiesta en plenitud".

  El Salmo III es "una súplica llena de confianza y consuelo" y al rezarlo, "podemos hacer nuestros los sentimientos del salmista, figura del justo perseguido que encuentra en Jesús su cumplimento. En el dolor, en el peligro, en la amargura de la incomprensión y la ofensa, las palabras del Salmo nos abren el corazón a la certeza confortante de la fe. Dios está siempre cerca - también en las dificultades, los problemas y la oscuridad de la vida- y escucha, responde y salva".

  Pero es  necesario "saber reconocer su presencia y aceptar sus caminos, como David en su fuga humillante, como el justo perseguido en el Libro de la Sabiduría, como el Señor Jesús en el Gólgota. Y cuando a los ojos de los impíos parece que no interviene y su Hijo muere, es cuando se manifiesta para todos los creyentes la gloria verdadera y la realización definitiva de la salvación".

  "¡Que el Señor nos de fe, salga a la ayuda de nuestra debilidad y nos haga capaces de creer y rezar en todas las angustias, en las noches dolorosas de la duda y en los largos días del dolor, abandonándonos con confianza a Él que es nuestro escudo y nuestra gloria!", concluyó S.S. Benedicto XVI.

Recuerda Benedicto XVI al Cardenal Deskur

CIUDAD DEL VATICANO, 7 SEP 2011 (VIS/www.ssbenedictoxvi.org).- Al final de la catequesis, S.S. Benedicto XVI dirigió unas palabras en francés, inglés, alemán, español, portugués, polaco, croata, checo, eslovaco, húngaro e italiano a los diversos grupos presentes en la Audiencia General. 

Estas fueron sus palabras en castellano:

Queridos hermanos y hermanas!

Continuamos hoy con el tema de la "escuela de oración", meditando el salmo tercero, que forma parte del "libro de plegaria" por excelencia. Este salmo dirige a Dios una súplica de profunda fe y confianza. En el peligro, en la amargura de la incomprensión o en la ofensa, las palabras del Salmista abren nuestro corazón a la certeza consoladora de la fe. Dios se hace siempre cercano. Aun en la dificultad o en los problemas, Él escucha, responde y salva; ahora bien es necesario saber reconocer y aceptar sus caminos, como hizo David, cuando escapó de forma humillante de su hijo Absalom; o como el justo perseguido del que nos habla el libro de la Sabiduría; o como aparece plenamente en el Gólgota, cuando el Hijo de Dios es injuriado e insultado. La oración expresa la seguridad de una presencia divina, en la que el Señor nos regala la fe, viene en ayuda de nuestra debilidad y nos hace capaces de creer y de orar en la angustia, en la noche oscura, en la duda o en los largos días del dolor, abandonándonos a Aquel que es nuestro escudo y nuestra gloria.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la parroquia de San Francisco Javier, de Oviedo; a la Coral Médica Pedro Pérez Velásquez y al Coro Juvenil Cultural, de la Universidad Central de Venezuela; a la Orquesta Sinfónica Juvenil "Batuta", de Bogotá, así como a los demás grupos provenientes de España, Costa Rica, El Salvador, Venezuela, Argentina, México y otros países Latinoamericanos. Invito a todos a vivir, ante cualquier adversidad, una absoluta confianza en Dios de quien procede toda bendición. Muchas gracias.

 El Papa recordó con los peregrinos polacos al Cardenal Deskur, recientemente fallecido: "Ayer, durante la liturgia de las exequias, dimos el último saludo al Cardenal Andrei Maria Deskur, connacional vuestro y amigo del beato Juan Pablo II. Con la oración y los sufrimientos, llevó adelante su servicio papal, confiando siempre su propia vida a la Inmaculada. Que ella implore para él la gloria celeste".

 Por último, saludó en italiano a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. A los primeros expresó su deseo de que, al volver de las vacaciones, sepan encontrar diariamente tiempo para dialogar con Dios. "Vosotros, queridos enfermos -continuó- encontrad consuelo en el Señor Jesús, que continúa su obra de redención en la vida de cada hombre. Y vosotros, queridos recién casados, aprended a orar juntos, en la intimidad doméstica, para que vuestro amor sea cada vez más sincero, fecundo y duradero".

La Audiencia concluyó con el canto del Pater Noster y la Bendición Apostólica impartida por el Santo Padre.

Al final de la Audiencia General de los miércoles, el Pontífice recibió al Señor Michael Spindelegger, Ministro de Exteriores de Austria y Vicecanciller del Gobierno Federal Austríaco acompañado por su esposa y séquito.

Posteriormente S.S. Benedicto XVI regresó en helicóptero a Castel Gandolfo