CIUDAD DEL VATICANO (http://press.vatican.va - 28 de abril de 2021).- La Audiencia General de esta mañana ha tenido lugar a las 9.15 horas en la biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano.
El Papa FRANCISCO, continuando el ciclo de catequesis sobre la oración, ha centrado su meditación en el tema: "La meditación" (Lectura:.Jn 14,25-26; 16,12-15)
Después de resumir su catequesis en diferentes idiomas, el Santo Padre dirigió un saludo especial a los fieles.
La Audiencia General concluyó con el rezo del Pater Noster y la Bendición Apostólica.
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 28 de abril de 2021
Catequesis 31. La meditación
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy hablamos de esa forma de oración que es la meditación.
Para un cristiano “meditar” es buscar una síntesis: significa ponerse
delante de la gran página de la Revelación para intentar hacerla
nuestra, asumiéndola completamente. Y el cristiano, después de haber
acogido la Palabra de Dios, no la tiene cerrada dentro de sí, porque esa
Palabra debe encontrarse con «otro libro», que el Catecismo llama «el de la vida» (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2706). Es lo que intentamos hacer cada vez que meditamos la Palabra.
La práctica de la meditación ha recibido en estos años una gran
atención. De esta no hablan solamente los cristianos: existe una
práctica meditativa en casi todas las religiones del mundo. Pero se
trata de una actividad difundida también entre personas que no tienen
una visión religiosa de la vida. Todos necesitamos meditar, reflexionar,
reencontrarnos a nosotros mismos, es una dinámica humana. Sobre todo,
en el voraz mundo occidental se busca la meditación porque esta
representa un alto terraplén contra el estrés cotidiano y el vacío que
se esparce por todos lados. Ahí está, por tanto, la imagen de jóvenes y
adultos sentados en recogimiento, en silencio, con los ojos medio
cerrados… Pero podemos preguntarnos: ¿qué hacen estas personas? Meditan.
Es un fenómeno que hay que mirar con buenos ojos: de hecho nosotros no
estamos hechos para correr en continuación, poseemos una vida interior
que no puede ser siempre pisoteada. Meditar es por tanto una necesidad
de todos. Meditar, por así decir, se parecería a detenerse y respirar
hondo en la vida.
Pero nos damos cuenta que esta palabra, una vez acogida en un
contexto cristiano, asume una especificidad que no debe ser cancelada.
Meditar es una dimensión humana necesaria, pero meditar en el contexto
cristiano va más allá: es una dimensión que no debe ser cancelada. La
gran puerta a través de la cual pasa la oración de un bautizado —lo
recordamos una vez más— es Jesucristo. Para el cristiano la meditación
entra por la puerta de Jesucristo. También la práctica de la meditación
sigue este sendero. Y el cristiano, cuando reza, no aspira a la plena
transparencia de sí, no se pone en búsqueda del núcleo más profundo de
su yo. Esto es lícito, pero el cristiano busca otra cosa. La oración del
cristiano es sobre todo encuentro con el Otro, con el Otro pero con la O
mayúscula: el encuentro trascendente con Dios. Si una experiencia de
oración nos dona la paz interior, o el dominio de nosotros mismos, o la
lucidez sobre el camino que emprender, estos resultados son, por así
decir, efectos colaterales de la gracia de la oración cristiana que es
el encuentro con Jesús, es decir meditar es ir al encuentro con Jesús,
guiados por una frase o una palabra de la Sagrada Escritura.
El término “meditación” a lo largo de la historia ha tenido
significados diferentes. También dentro del cristianismo se refiere a
experiencias espirituales diferentes. Sin embargo, se pueden trazar
algunas líneas comunes, y en esto nos ayuda también el Catecismo,
que dice así: «Los métodos de meditación son tan diversos como diversos
son los maestros espirituales. […] Pero un método no es más que un
guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único
camino de la oración: Cristo Jesús» (n. 2707). Y aquí se señala un
compañero de camino, uno que nos guía: el Espíritu Santo. No es posible
la meditación cristiana sin el Espíritu Santo. Es Él quien nos guía al
encuentro con Jesús. Jesús nos había dicho: “Os enviaré el Espíritu
Santo. Él os enseñará y os explicará. Os enseñará y os explicará”. Y
también en la meditación, el Espíritu Santo es la guía para ir adelante
en el encuentro con Jesucristo.
Por tanto, son muchos los métodos de meditación cristiana: algunos
muy sobrios, otros más articulados; algunos acentúan la dimensión
intelectual de la persona, otros más bien la afectiva y emotiva. Son
métodos. Todos son importantes y todos son dignos de ser practicados, en
cuanto que pueden ayudar a la experiencia de la fe a convertirse en un
acto total de la persona: no reza solo la mente, reza todo el hombre, la
totalidad de la persona, como no reza solo el sentimiento. En la
antigüedad se solía decir que el órgano de la oración es el corazón, y
así explicaban que es todo el hombre, a partir de su centro, del
corazón, que entra en relación con Dios, y no solamente algunas
facultades suyas. Por eso se debe recordar siempre que el método es un
camino, no una meta: cualquier método de oración, si quiere ser
cristiano, forma parte de esa sequela Christi que es la esencia
de nuestra fe. Los métodos de meditación son caminos a recorrer para
llegar al encuentro con Jesús, pero si tú te detienes en el camino y
miras solamente el camino, no encontrarás nunca a Jesús. Harás del
camino un dios, pero el camino es un medio para llevarte a Jesús. El Catecismo
precisa: «La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación,
la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar
en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y
fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se
aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”» (n. 2708).
Esta es por tanto la gracia de la oración cristiana: Cristo no está
lejos, sino que está siempre en relación con nosotros. No hay aspecto de
su persona divino-humana que no pueda convertirse para nosotros en
lugar de salvación y de felicidad. Cada momento de la vida terrena de
Jesús, a través de la gracia de la oración, se puede convertir para
nosotros en contemporáneo, gracias al Espíritu Santo, la guía. Pero
vosotros sabéis que no se puede rezar sin la guía del Espíritu Santo.
¡Es Él quien nos guía! Y gracias al Espíritu Santo, también nosotros
estamos presentes en el río Jordán, cuando Jesús se sumerge en él para
recibir el bautismo. También nosotros somos comensales de las bodas de
Caná, cuando Jesús dona el vino más bueno para la felicidad de los
esposos, es decir, es el Espíritu Santo quien nos une con estos
misterios de la vida de Cristo porque en la contemplación de Jesús
hacemos experiencia de la oración para unirnos más a Él. También
nosotros asistimos asombrados a las muchas sanaciones realizadas por el
Maestro. Tomamos el Evangelio, hacemos la meditación de esos misterios
del Evangelio y el Espíritu nos guía para estar presentes ahí. Y en la
oración —cuando rezamos— todos nosotros somos como el leproso
purificado, el ciego Bartimeo que recupera la vista, Lázaro que sale del
sepulcro… También nosotros somos sanados en la oración como fue sanado
el ciego Bartimeo, ese otro, el leproso... También nosotros hemos
resucitado, como resucitó Lázaro, porque la oración de meditación guiada
por el Espíritu Santo, nos lleva a revivir estos misterios de la vida
de Cristo y a encontrarnos con Cristo y a decir, con el ciego: “Señor,
¡ten piedad de mí! Ten piedad de mí” — “¿Y qué quieres?” — “Ver, entrar
en ese diálogo”. Y la meditación cristiana, guiada por el Espíritu nos
lleva este diálogo con Jesús. No hay página del Evangelio en la que no
haya lugar para nosotros. Meditar, para nosotros cristianos, es una
forma de encontrar a Jesús. Y así, solo así, reencontrarnos con nosotros
mismos. Y esto no es un encerrarnos en nosotros mismos, no: ir a Jesús y
en Jesús encontrarnos a nosotros mismos, sanados, resucitados, fuertes
por la gracia de Jesús. Y encontrar a Jesús salvador de todos, también
mío. Y esto gracias a la guía del Espíritu Santo.
Catequesis y saludo del Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
Reflexionamos hoy sobre la meditación como forma de oración. Para los
cristianos, meditar significa encontrarse con Cristo, acoger sus
palabras y confrontarlas con la propia vida. Hay muchos métodos de
meditación cristiana que pueden ayudarnos en el seguimiento del Señor.
Algunos de estos métodos acentúan más la dimensión intelectual, otros
los afectos y sentimientos. Pero no debemos olvidar que el método es
solamente un medio, no una meta, lo importante es que propicie el
encuentro con Jesús, y sólo así podremos encontrarnos con nosotros
mismos.
La práctica de la meditación está presente en todas las religiones
del mundo, e incluso entre personas que no tienen una visión religiosa
de la vida. Es un fenómeno que nos demuestra que todos poseemos una
interioridad, que todos necesitamos espacios de silencio para meditar y
reflexionar, para conocernos y dar respuesta a nuestros interrogantes
más profundos.
La meditación moviliza el pensamiento, la imaginación, la emoción, el
deseo. Y eso nos ayuda a profundizar en las convicciones de fe, suscita
la conversión de nuestro corazón y nos fortalece para seguir a Cristo.
Cada momento de la vida de Jesús, cada página del Evangelio puede ser
para nosotros objeto de meditación, lugar de encuentro con el Señor y
espacio de felicidad y salvación.
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor
que nos envíe el Espíritu Santo para poder meditar su Palabra, para
hacerla vida en nosotros y así poder anunciarla con alegría a quienes
nos rodean. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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