El
Pontífice también subraya que de los informes quinquenales de los Obispos se desprende que la Iglesia que vive en Portugal tiene más luces
que sombras y que su vida es serena, guiada por el sentido común, que
es escuchada por la mayoría de la población y las instituciones
nacionales, a pesar de que no siempre se siga su voz. El pueblo es
hospitalario, generoso y religioso, ama la paz y quiere justicia y el
episcopado está fraternalmente unido. Los sacerdotes están bien
preparados espiritual y culturalmente y los consagrados y consagradas
son fieles al carisma de su fundadores, mientras los laicos expresan en
el mundo la presencia efectiva de la Iglesia.
El
Papa alerta, en cambio, del abandono de la práctica cristiana de los
jóvenes después de la Confirmación, precisamente en una edad en la que
se toman las riendas de la vida futura y se pregunta si no será porque
la propuesta catequética no crece con ellos para responder a sus
preguntas e inquietudes. Por eso invita a los prelados a replantear la
cuestión de un camino de catequesis global que abarque las diferentes
edades del ser humano y los anima recordando que el Señor aseguró su
presencia constante y su asistencia infalible a su Iglesia.