Antes
de abordar en profundidad ese argumento, el Santo Padre recordó que la
asamblea del Sínodo de los Obispos, finalizada recientemente había
reflexionado profundamente sobre la vocación y la misión de la familia
en la vida de la Iglesia y la sociedad contemporánea. "Es un
acontecimiento de gracia -dijo- Al final los padres sinodales me
entregaron el texto de sus conclusiones. Quiero que se publique para que
todos sean partícipes de la tarea a la que nos hemos dedicado durante
dos años. Ahora no es el momento de examinar esas conclusiones, sobre
las que yo también tengo que reflexionar''.
''Mientras
tanto, sin embargo -afirmó- la vida no se detiene, en particular, la
vida familiar no se detiene. Vosotros queridas familias, estáis siempre
en camino. Y continuamente escribís ya en las páginas de la vida real la
belleza del Evangelio de la familia. En un mundo que a veces se vuelve
árido de vida y de amor, todos los días habláis del gran don del
matrimonio y la familia''.
Después
el Pontífice introdujo el tema central de la catequesis citando las
palabras del Padre Nuestro: ''Perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden''. ''No se puede vivir sin
perdonarse -explicó- , o por lo menos no se puede vivir bien, sobre todo
en la familia. Todos los días nos hacemos daño de una u otra manera.
Hay que tener en cuenta estos errores, debidos a nuestra fragilidad y
nuestro egoísmo. Pero lo que se nos pide es curar las inmediatamente las
heridas que nos causamos, entretejer de nuevo los hilos rotos. Si
esperamos demasiado tiempo, todo se vuelve más difícil. Y hay un secreto
simple para sanar las heridas: No dejar que el día termine sin pedirse
perdón ...Si aprendemos a pedir disculpas inmediatamente y a
perdonarnos, las heridas se curan, el matrimonio se fortalece, y la
familia se convierte en una casa cada vez más sólida, que resiste a las
sacudidas de nuestras pequeñas y grandes maldades''.
''Si
aprendemos a vivir así en la familia -reiteró- lo haremos también
fuera, donde quiera que estemos. Es fácil ser escéptico acerca de esto.
Incluso muchos cristianos creen que es una exageración... Pero gracias a
Dios no lo es. Efectivamente, recibiendo el perdón de Dios, somos
capaces a la vez, de perdonar a los demás.... Y es esencial que, en una
sociedad a veces despiadada, haya lugares, como la familia, donde
aprender a perdonarnos unos a otros''.
''El
Sínodo ha reavivado nuestras esperanzas en esta materia: La capacidad
de perdonar y perdonarse forma parte de la vocación y la misión de la
familia... La Iglesia, queridas familias -exclamó FRANCISCO- , está
siempre a vuestro lado para ayudaros a construir la casa sobre la roca
de la que habla Jesús. Y os aseguro, familias, que si sois capaces de
caminar cada vez con más determinación por el camino de las
bienaventuranzas, aprendiendo y enseñando a perdonaros recíprocamente,
en la gran familia de la Iglesia crecerá la capacidad de dar testimonio
de la fuerza renovadora del perdón de Dios''.
''De
no ser así -advirtió al final de la catequesis- pronunciaremos sermones
que pueden ser muy hermosos e incluso arrojaremos algún que otro
diablo, pero al final del Señor no nos reconocerá como discípulos suyos
porque no hemos sido capaces de perdonar y de hacernos perdonar. De
verdad, las familias pueden hacer mucho por la sociedad contemporánea y
por la Iglesia... Recemos para que las familias sean cada vez más
capaces de vivir y construir caminos concretos de reconciliación donde
ninguno se sienta abandonado bajo el peso de sus ofensas''.
Al
final, el Papa repitió con los miles de fieles reunidos en la Plaza de
San Pedro la frase del Padre nuestro: ''Perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
Posteriormente saludó a los fieles en francés, inglés, alemán, español, portugués, árabe y polaco.
Estas fueron sus palabras en castellano:
"Queridos hermanos y hermanas:
La Asamblea del Sínodo de los Obispos ha terminado hace poco y me ha entregado un texto, que aún debo meditar. Pero, entretanto, la vida continúa, sobre todo la vida de las familias.
Hoy quisiera centrarme en la familia como ámbito para aprender a vivir el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede ser duradero. Lo rezamos siempre en el Padre Nuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». No se puede vivir sin perdonarse, o al menos no se puede vivir bien, especialmente en familia. Todos los días, de alguna u otra manera, nos hacemos daño.
Pero lo que se nos pide es curar inmediatamente las heridas que nos causamos y restaurar los vínculos que se han dañado. Si esperamos demasiado, todo es más difícil. Y hay un remedio muy simple: no dejar que termine el día sin pedir disculpas, sin hacer las paces, de los padres entre sí, de los padres con los hijos, y también entre los hermanos. Y para esto no hace falta un gran discurso, basta una palmada y ya está. De esta manera, el matrimonio y la familia se hacen una casa más sólida, resistente a nuestras pequeñas y grandes fechorías.
El Sínodo ha visto en la capacidad de perdonar y perdonarse no sólo una manera de evitar las divisiones en familia, sino también una aportación a la sociedad, para que sea menos mana y menos cruel. Ciertamente, las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad y por la Iglesia. Por eso deseo que en el Jubileo Extraordinario de la Misericordia las familias descubran de nuevo el tesoro del perdón recíproco.
La Asamblea del Sínodo de los Obispos ha terminado hace poco y me ha entregado un texto, que aún debo meditar. Pero, entretanto, la vida continúa, sobre todo la vida de las familias.
Hoy quisiera centrarme en la familia como ámbito para aprender a vivir el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede ser duradero. Lo rezamos siempre en el Padre Nuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». No se puede vivir sin perdonarse, o al menos no se puede vivir bien, especialmente en familia. Todos los días, de alguna u otra manera, nos hacemos daño.
Pero lo que se nos pide es curar inmediatamente las heridas que nos causamos y restaurar los vínculos que se han dañado. Si esperamos demasiado, todo es más difícil. Y hay un remedio muy simple: no dejar que termine el día sin pedir disculpas, sin hacer las paces, de los padres entre sí, de los padres con los hijos, y también entre los hermanos. Y para esto no hace falta un gran discurso, basta una palmada y ya está. De esta manera, el matrimonio y la familia se hacen una casa más sólida, resistente a nuestras pequeñas y grandes fechorías.
El Sínodo ha visto en la capacidad de perdonar y perdonarse no sólo una manera de evitar las divisiones en familia, sino también una aportación a la sociedad, para que sea menos mana y menos cruel. Ciertamente, las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad y por la Iglesia. Por eso deseo que en el Jubileo Extraordinario de la Misericordia las familias descubran de nuevo el tesoro del perdón recíproco.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los
grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos a la Virgen María
que nos ayude a vivir cada vez más las experiencias del perdón y de la
reconciliación. Muchas gracias".
La Audiencia General concluyó con el canto del Pater Noster y la Bendición Apostólica impartida por el Santo Padre FRANCISCO.