AUDIENCIAS GENERALES Y JUBILARES DEL PAPA FRANCISCO
MARZO 2016
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 30 de marzo de 2016
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AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 23 de marzo de 2016
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AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 16 de marzo de 2016
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AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 30 de marzo de 2016
Queridos hermanos y hermanos, ¡buenos días!
Terminamos hoy las catequesis sobre la misericordia en el Antiguo Testamento, y lo hacemos meditando sobre el salmo 51, llamado Miserere.
Se trata de una oración penitencial, en la cual la petición de perdón
está precedida por la confesión de la culpa y en la cual el orante,
dejándose purificar por el amor del Señor, se vuelve una nueva criatura,
capaz de obediencia, de firmeza de espíritu, y de alabanza sincera.
El «título» que la antigua tradición judía ha puesto a este salmo
hace referencia al rey David y a su pecado con Betsabé, la esposa de
Urías el hitita. Conocemos bien la historia. El rey David, llamado por
Dios para apacentar al pueblo y guiarlo por los caminos de la obediencia
a la Ley divina, traiciona su misión y, tras haber cometido adulterio
con Betsabé, hace asesinar al marido. ¡Qué feo pecado! El profeta Natán
le desvela su culpa y le ayuda a reconocerla. Es el momento de la
reconciliación con Dios, en la confesión del propio pecado. ¡Y aquí
David fue humilde y grande! Quien reza con este salmo está invitado a
tener los mismos sentimientos de arrepentimiento y de confianza en Dios
que tuvo David cuando se arrepintió, y aun siendo rey, se humilló sin
tener temor de confesar la culpa y mostrar la propia miseria al Señor,
convencido de la certeza de su misericordia. Y no era un pecado pequeño,
una pequeña mentira, lo que había hecho: ¡había cometido un adulterio y
un asesinato!
El salmo inicia con estas palabras de súplica:
«Tenme piedad, oh Dios, según tu amor
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
y de mi pecado purifícame» (vv. 3-4).
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
y de mi pecado purifícame» (vv. 3-4).
La invocación está dirigida al Dios de misericordia para que, movido
por un gran amor como el de un padre o de una madre, tenga piedad, o sea
nos haga una gracia, muestre su favor con benevolencia y comprensión.
Es un sentido llamamiento a Dios, el único que puede liberar del pecado.
Son usadas imágenes muy plásticas: borra, lávame, purifícame. Se
manifiesta en esta oración la verdadera necesidad del hombre: la única
cosa que realmente necesitamos en nuestra vida es ser perdonados,
liberados del mal y de sus consecuencias de muerte. Desgraciadamente la
vida nos hace experimentar muchas veces estas situaciones, y sobre todo
allí tenemos que confiar en la misericordia. Dios es más grande que
nuestro pecado. No olvidemos esto, ¡Dios es más grande que nuestro
pecado! «¡Padre no sé decirlo, he hecho tantas y grandes!». Dios es más
grande que todos los pecados que nosotros podamos hacer. Dios es más
grande que nuestro pecado. ¿Lo decimos juntos?
Todos juntos: ¡Dios es
más grande que nuestro pecado! Una vez más: «¡Dios es más grande que
nuestro pecado!». Una vez más: «¡Dios es más grande que nuestro
pecado!». Y su amor es un océano en el cual nos podemos sumergir sin
miedo de ser vencidos: perdonar para Dios significa darnos la certeza de
que Él nunca nos abandona. Sea lo que sea lo que podamos reprocharnos,
Él es aún y siempre más grande que todo (cf. 1 Jn 3, 20), porque Dios es más grande que nuestro pecado.
En este sentido, quien reza con este salmo busca el perdón, confiesa
la propia culpa, y reconociéndola celebra la justicia y la santidad de
Dios. Y después pide gracia y misericordia. El salmista se confía a la
bondad de Dios, sabe que el perdón divino es enormemente eficaz, porque
crea lo que dice. No esconde el pecado, sino que lo destruye y lo
elimina pero lo elimina desde la raíz, no como sucede en la tintorería
cuando llevamos un traje y le quitan la mancha. ¡No! Dios quita nuestro
pecado desde la raíz, ¡todo! Por ello el penitente se vuelve puro, cada
mancha es eliminada y él ahora está más blanco que la nieve
incontaminada. Todos nosotros somos pecadores. ¿Es verdad esto? Si
alguno de los presentes no se siente pecador que levante la mano...
¡Nadie! Todos lo somos.
Nosotros pecadores con el perdón nos volvemos criaturas nuevas,
llenas por el Espíritu y llenas de alegría. Entonces una nueva realidad
comienza para nosotros: un nuevo corazón, un nuevo espíritu, una nueva
vida. Nosotros, pecadores perdonados, que hemos acogido la gracia
divina, podemos incluso enseñar a los otros a no pecar más. «Pero Padre,
soy débil, yo caigo y caigo». «Pero si caes, levántate. ¡Levántate!».
Cuando un niño se cae, ¿qué es lo que hace? Alza la mano a la mamá, al
papá para que lo levanten. ¡Hagamos lo mismo! Si tú caes por debilidad
en el pecado levanta tu mano: el Señor la toma y te ayudará a
levantarte. ¡Esta es la dignidad del perdón de Dios! La dignidad que nos
da el perdón de Dios es la de levantarnos, ponernos siempre en pie,
porque Él ha creado al hombre y a la mujer para que estén de pie.
Dice el salmista:
«Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,
un espíritu firme dentro de mí renueva […]
Enseñaré a los rebeldes tus caminos,
y los pecadores volverán a ti» (vv. 12. 15).
«Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,
un espíritu firme dentro de mí renueva […]
Enseñaré a los rebeldes tus caminos,
y los pecadores volverán a ti» (vv. 12. 15).
Queridos hermanos y hermanas, el perdón de Dios es aquello que
necesitamos todos, y es el signo más grande de su misericordia. Un don
que cada pecador perdonado está llamado a compartir con cada hermano o
hermana que encuentra.
Todos los que el Señor nos ha puesto a nuestro lado, los familiares,
los amigos, los colegas, los parroquianos… todos, como nosotros, tienen
necesidad de la misericordia de Dios. Es bonito ser perdonado, pero
también tú, si quieres ser perdonado, debes a su vez perdonar. ¡Perdona!
Que el Señor nos conceda, por la intercesión de María, Madre de
misericordia, ser testigos de su perdón, que purifica el corazón y
transforma la vida. Gracias.
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española, en especial a los fieles
de la Diócesis de Barbastro-Monzón, acompañados de su Obispo, Mons.
Ángel Javier Pérez Pueyo, a los fieles de la Diócesis de León,
acompañados de su Obispo, Mons. Julián López Martín, así como a los
demás grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que la Virgen,
Madre de Misericordia, interceda por nosotros, para que sepamos ser
testigos del amor del Señor, que perdona nuestros pecados, nos purifica y
nos transforma. Feliz Pascua de Resurrección. Muchas gracias.
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AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 23 de marzo de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Nuestra reflexión sobre la misericordia de Dios nos introduce hoy en
el Triduo Pascual. Viviremos el Jueves, Viernes y Sábado santo como
momentos fuertes que nos permiten entrar cada vez más en el gran
misterio de nuestra fe: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Todo, en estos tres días, habla de la misericordia, porque hace visible
hasta dónde puede llegar el amor de Dios. Escucharemos el relato de los
últimos días de vida de Jesús. El evangelista Juan nos ofrece la clave
para entender el sentido profundo: «Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El
amor de Dios no tiene límites. Como repetía con frecuencia san Agustín,
es un amor que llega «hasta el fin sin fin». Dios realmente se da todo
por cada uno de nosotros y no se guarda nada. El misterio que adoramos
en esta Semana Santa es una gran historia de amor que no conoce
obstáculos. La Pasión de Jesús dura hasta el fin del mundo, porque es
una historia del compartir el sufrimiento de toda la humanidad y una
presencia permanente en los acontecimientos de la vida personal de cada
uno de nosotros. En resumen, el Triduo Pascual es memorial de un drama
de amor que nos dona la certeza de que nunca seremos abandonados en las
pruebas de la vida. El Jueves santo Jesús instituye la
Eucaristía, anticipando en el banquete pascual su sacrificio en el
Gólgota. Para hacer comprender a sus discípulos el amor que lo anima,
lava sus pies, ofreciendo una vez más el ejemplo en primera persona de
cómo ellos mismos debían actuar. La Eucaristía es el amor que se hace
servicio. Es la presencia sublime de Cristo que desea alimentar a cada
hombre, sobre todo a los más débiles, para hacerles capaces de un camino
de testimonio entre las dificultades del mundo. No sólo. En el darse a
nosotros como alimento, Jesús atestigua que debemos aprender a compartir
con los demás este alimento para que se convierta en una verdadera
comunión de vida con cuantos están en la necesidad. Él se dona a
nosotros y nos pide permanecer en Él para hacer lo mismo.
El Viernes santo es el momento culminante del amor. La muerte
de Jesús, que en la cruz se abandona al Padre para ofrecer la salvación
al mundo entero, expresa el amor donado hasta el final sin fin. Un amor
que busca abrazar a todos, sin excepción. Un amor que se extiende a todo
tiempo y a todo lugar: una fuente inagotable de salvación a la cual
cada uno de nosotros, pecadores, puede acceder. Si Dios nos ha
demostrado su amor supremo en la muerte de Jesús, entonces también
nosotros, regenerados por el Espíritu Santo, podemos y debemos amarnos
los unos a los otros.
Y, finalmente, el Sábado santo es el día del silencio de Dios.
Debe ser un día de silencio, y nosotros debemos hacer de todo para que
para nosotros sea una jornada de silencio, como fue en ese tiempo: el
día del silencio de Dios. Jesús puesto en el sepulcro comparte con toda
la humanidad el drama de la muerte. Es un silencio que habla y expresa
el amor como solidaridad con los abandonados de siempre, que el Hijo de
Dios alcanza colmando el vacío que sólo la misericordia infinita del
Padre Dios puede llenar. Dios calla, pero por amor. En este día el amor
—ese amor silencioso— se vuelve espera de la vida en la resurrección.
Pensemos, el Sábado santo: nos hará bien pensar en el silencio de la
Virgen, «la Creyente», que en silencio esperaba la Resurrección. La
Virgen deberá ser el icono, para nosotros, de ese Sábado santo. Pensad
mucho cómo la Virgen vivió ese Sábado santo; en espera. Es el amor que
no duda, sino que espera en la palabra del Señor, para que se haga
manifiesta y resplandeciente el día de Pascua.
Es todo un gran misterio de amor y de misericordia. Nuestras palabras
son pobres e insuficientes para expresarlo plenamente. Nos puede ayudar
la experiencia de una muchacha, no muy conocida, que ha escrito páginas
sublimes sobre el amor de Cristo. Se llamaba Juliana de Norwich; era
analfabeta, esta joven que tuvo visiones de la Pasión de Jesús y que
luego, en la cárcel, describió con lenguaje sencillo, pero profundo e
intenso, el sentido del amor misericordioso. Decía así: «Entonces
nuestro buen Señor me pregunto: “¿Estás contenta que yo haya sufrido por
ti?”. Yo dije: “Sí, buen Señor, y te agradezco muchísimo; sí, buen
Señor, que Tú seas bendito”. Entonces Jesús, nuestro buen Señor, dice:
“Si tú estás contenta, también yo lo estoy. El haber sufrido la pasión
por ti es para mí una alegría, una felicidad, un gozo eterno; y si
pudiera sufrir más lo haría”». Este es nuestro Jesús, que a cada uno de
nosotros dice: «Si pudiera sufrir más por ti, lo haría».
¡Qué bonitas son estas palabras! Nos permiten entender de verdad el
amor inmenso y sin límites que el Señor tiene por cada uno de nosotros.
Dejémonos envolver por esta misericordia que nos viene al encuentro; y
que en estos días, mientras mantenemos fija la mirada en la pasión y la
muerte del Señor, acojamos en nuestro corazón la grandeza de su amor y,
como la Virgen el Sábado, en silencio, a la espera de la Resurrección.
Saludos
Saludo cordialmente a los bulliciosos peregrinos de lengua española,
en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que
en estos días santos, acojamos en nuestro corazón la grandeza del amor
divino en el misterio de la Muerte y Resurrección del Señor. Gracias.
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AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 16 de marzo de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el libro del profeta Jeremías, los capítulos 30 y 31 son los
llamados «Libro de la consolación», ya que en ellos la misericordia de
Dios se presenta con toda su capacidad para confortar y abrir el corazón
de los afligidos a la esperanza. Hoy también nosotros queremos escuchar
este mensaje de consuelo.
Jeremías se dirige a los israelitas que habían sido deportados en una
tierra extranjera y les anuncia el regreso a su patria. Esta vuelta es
signo del amor infinito de Dios Padre que no abandona a sus hijos, sino
que los cuida y los salva. El exilio fue una experiencia devastadora
para Israel. La fe vacilaba porque en tierra extranjera, sin el templo,
sin el culto, tras haber visto el país destruido, era difícil seguir
creyendo en la bondad del Señor. Me hace recordar a la vecina Albania y
cómo después de tanta persecución y destrucción consiguió levantarse con
dignidad y con fe. Así habían sufrido los israelitas en el exilio.
También nosotros podemos vivir a veces algún tipo de exilio, cuando
la soledad, el sufrimiento, la muerte, nos hace pensar que hemos sido
abandonados por Dios. Cuántas veces hemos escuchado estas palabras:
«Dios se ha olvidado de mí». Son personas que sufren y se sienten
abandonadas. Y ¡cuántos de nuestros hermanos están viviendo en este
tiempo una real y dramática situación de exilio, lejos de su tierra
natal, con los ojos todavía entre los escombros de sus casas, en el
corazón el miedo y, a menudo, por desgracia, el dolor por la pérdida de
seres queridos ! En estos casos uno puede preguntarse: ¿dónde está Dios?
¿Cómo es posible que tanto sufrimiento pueda golpear a hombres, mujeres
y niños inocentes? Y cuando tratan de entrar en algún otro lugar les
cierran la puerta. Están ahí, en la frontera debido a que muchas puertas
y muchos corazones están cerrados. Los migrantes de hoy que sufren el
frío, sin comida y que no pueden entrar, no se sienten acogidos. ¡Me
encanta ver a las naciones, los gobernantes que abren el corazón y abren
las puertas!
El profeta Jeremías nos da una primera respuesta. El pueblo exiliado
podrá volver a ver su tierra y experimentar la misericordia del Señor.
Es el gran anuncio de consolación: Tampoco hoy Dios está ausente en
estas situaciones dramáticas. Dios está cerca y hace grandes obras de
salvación para quien confía en Él. No debemos caer en la desesperación,
sino seguir estando seguros de que el bien vence al mal y que el Señor
enjugará toda lágrima, y nos liberará de todo miedo. Por consiguiente
Jeremías presta su voz a las palabras de amor de Dios por su pueblo:
«Con amor eterno te he amado: / por eso he reservado gracia para ti. /
Volveré a edificarte y serás reedificada, / virgen de Israel; / aún
volverás a tener el adorno de tus adufes, / y saldrás a bailar entre
gentes festivas» (31, 3-4).
El Señor es fiel, no abandona en la desolación. Dios ama con un amor
sin fin, que ni siquiera el pecado puede frenar, y gracias a Él el
corazón humano se llena de alegría y consuelo.
El sueño consolador del regreso a la patria continúa en las palabras
del profeta, que dirigiéndose a quienes volverán a Jerusalén dice:
«Vendrán y harán hurras en la cima de Sión / y acudirán al regalo de
Yahveh: / al grano, al mosto, y al aceite virgen, / a las crías de
ovejas y de vacas, / y será su alma como huerto empapado, / no volverán a
estar ya macilentos» (31, 12).
En la alegría y el agradecimiento, los exiliados volverán a Sión,
subiendo el monte santo hacia la casa de Dios, y así podrán de nuevo
elevar himnos y oraciones al Señor que los liberó. Este retorno a
Jerusalén y a sus bienes se describe con un verbo que significa
literalmente «afluir, fluir». El pueblo se ve, en un movimiento
paradójico, como un río que fluye hacia lo alto de Sión, volviendo a
subir hacia la cima del monte. ¡Una imagen audaz para decir lo grande
que es la misericordia del Señor!
La tierra, que el pueblo había tenido que abandonar, se había
convertido en presa de los enemigos y había sido desolada. Ahora, sin
embargo, vuelve a la vida y reflorece. Y los propios exiliados serán
como un jardín regado, como una tierra fértil. Israel, traído a casa por
su Señor, asiste a la victoria de la vida sobre la muerte y de la
bendición sobre la maldición.
Así es como el pueblo es fortalecido y consolado por Dios. Esta
palabra es importante: ¡consolado! Los que vuelven reciben vida de una
fuente que gratuitamente los riega.
En este punto, el profeta anuncia la plenitud de la alegría, y
siempre en nombre de Dios proclama: «Cambiaré su duelo en regocijo, / y
les consolaré y alegraré de su tristeza» (31, 13).
El salmo nos dice que cuando regresen a su patria la boca se cubrirá
de una sonrisa: ¡es una alegría tan grande! Es el regalo que el Señor
también nos quiere hacer a cada uno de nosotros, con su perdón que
convierte y reconcilia.
El profeta Jeremías nos lo ha anunciado, presentando el regreso de
los exiliados como un gran símbolo de consuelo dado al corazón que se
convierte. El Señor Jesús, por su parte, ha llevado a plenitud este
mensaje del profeta. El verdadero y radical regreso del exilio y la luz
reconfortante después de la oscuridad de la crisis de fe, se realiza en
la Pascua, en la experiencia plena y definitiva del amor de Dios, amor
misericordioso que da alegría, paz y vida eterna.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en
particular a los venidos de España y Latinoamérica. Hermanos y hermanas,
los animo a no desfallecer ante las dificultades y a confiar siempre en
la fidelidad de Dios. Él, con su misericordia, los consolará y les hará
plenamente felices. Muchas gracias.
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JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA
AUDIENCIA JUBILAR
Sábado 12 de marzo de 2016
Queridos hermanos y hermanas:
En el relato del Evangelio de San Juan, que hemos escuchado, Jesús,
el Maestro, el Señor, lava los pies a sus discípulos, y les manda que
hagan esto mismo entre ellos. Jesús enseña a sus discípulos que el
servicio es el camino que deben recorrer si quieren vivir su fe en él y
dar testimonio del amor. El lavatorio de los pies nos muestra el modo de
actuar de Dios para con el hombre, no con palabras, sino con obras y en
verdad. El amor se concreta en el servicio humilde, hecho en el
silencio y en lo escondido. Este se manifiesta también cuando ponemos a
disposición de la comunidad los dones recibidos del Espíritu Santo, y
cuando compartimos los bienes materiales para que nadie carezca de lo
necesario. El compartir y la donación a los que lo necesitan es un
estilo de vida, un camino de auténtica humanidad, que Dios sugiere
incluso a muchos de los que no son cristianos. Por último, no olvidemos
que la invitación a lavarnos recíprocamente los pies significa vivir en
nuestra vida el mandamiento nuevo del amor, confesando mutuamente
nuestras faltas, perdonándonos de corazón y rezando los unos por los
otros.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en
particular a los grupos provenientes de España, Latinoamérica y Guinea
Ecuatorial. Que en la fiesta ya cercana de la Pascua, aprendamos que ser
misericordiosos como el Padre significa seguir a Jesús por el camino
del servicio. Que Dios los bendiga.
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AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 2 de marzo de 2016
Hablando de la misericordia divina, hemos recordado en más de una ocasión la figura del padre de familia, que ama a sus hijos, les ayuda, se ocupa de ellos, los perdona. Y como padre, los educa y los corrige cuando se equivocan, favoreciendo su crecimiento en el bien.
Así se presenta a Dios en el primer capítulo del profeta Isaías, donde el Señor, como padre afectuoso pero también atento y severo, se dirige a Israel acusándolo de infidelidad y corrupción, para llevarlo nuevamente por el camino de la justicia. Inicia así nuestro texto:
«Oíd, cielos, escucha, tierra,
que habla el Señor:
“Hijos crié y saqué adelante,
y ellos se rebelaron contra mí.
Conoce el buey a su dueño
y el asno el pesebre de su amo.
Israel no conoce,
mi pueblo no discierne”» (1, 2-3).
Dios, mediante el profeta, habla al pueblo con la amargura de un padre desilusionado: crió a sus hijos, y ahora ellos se rebelaron contra Él. Hasta los animales son fieles a su dueño y reconocen la mano que los nutre; el pueblo, en cambio, ya no reconoce a Dios, no quiere comprender. Incluso herido, Dios deja que hable el amor, y hace un llamamiento a la conciencia de estos hijos que se han desviado para que se conviertan y permitan ser amados de nuevo. ¡Esto es lo que hace Dios! Viene a nuestro encuentro para que nos dejemos amar por Él, por nuestro Dios.
La relación padre-hijo, a la que con frecuencia hacen referencia los profetas para hablar de la relación de alianza entre Dios y su pueblo, se ha desnaturalizado. La misión educativa de los padres se orienta a hacer que crezcan en la libertad, que sean responsables, capaces de realizar obras de bien para sí y para los demás. En cambio, a causa del pecado, la libertad se convierte en pretensión de autonomía, pretensión de orgullo, y el orgullo lleva a la contraposición y a la ilusión de autosuficiencia.
He aquí, entonces, que Dios vuelve a llamar a su pueblo: «Os habéis equivocado de camino». Afectuosa y amargamente dice «mi» pueblo. Dios nunca reniega de nosotros; nosotros somos su pueblo, el más malo de los hombres, la más mala de las mujeres, los más malos de los pueblos son sus hijos. Y este es Dios: ¡jamás, jamás reniega de nosotros! Dice siempre: «Hijo, ven». Y este es el amor de nuestro Padre; esta es la misericordia de Dios. Tener un padre así nos da esperanza, nos da confianza. Esta pertenencia debería ser vivida en la confianza y en la obediencia, con la consciencia de que todo es don que viene del amor del Padre. Y, en cambio, he aquí la vanidad, la necedad y la idolatría.
Por ello, ahora el profeta se dirige directamente a este pueblo con palabras severas para ayudarle a comprender la gravedad de su culpa:
«¡Ay, gente pecadora […] hijo de perdición! /
Han dejado al Señor,
han despreciado al Santo de Israel,
se han vuelto de espaldas» (v. 4).
La consecuencia del pecado es un estado de sufrimiento, del cual también sufre las consecuencia el país, devastado y desolado como un desierto, al punto que Sión —es decir Jerusalén— llega a ser inhabitable. Donde hay rechazo de Dios, de su paternidad, ya no hay vida posible, la existencia pierde sus raíces, todo se presenta pervertido y aniquilado. Sin embargo, también este momento doloroso se da con vistas a la salvación. La prueba se presenta para que el pueblo pueda experimentar la amargura de quien abandona a Dios, y, así, confrontarse con el vacío desolador de una elección de muerte. El sufrimiento, consecuencia inevitable de una decisión autodestructiva, debe hacer reflexionar al pecador para abrirlo a la conversión y al perdón.
Y este es el camino de la misericordia divina: Dios no nos trata según nuestras culpas (cf. Sal 103, 10). El castigo se convierte en instrumento para provocar la reflexión. Se comprende así que Dios perdona a su pueblo, lo dispensa y no destruye todo, sino que deja siempre abierta la puerta a la esperanza. La salvación implica la decisión de escuchar y dejarse convertir, pero es siempre don gratuito. Así, pues, el Señor, en su misericordia, indica un camino que no es el de los sacrificios rituales, sino más bien el de la justicia. El culto es criticado no por ser inútil en sí mismo, sino porque, en lugar de expresar la conversión, pretende sustituirla; y se convierte de ese modo en búsqueda de la propia justicia, creando la engañosa convicción de que son los sacrificios los que salvan, no la misericordia divina que perdona el pecado. Para entenderlo bien: cuando uno está enfermo va al médico; cuando uno se siente pecador va al Señor. Pero si en lugar de ir al médico, va a ver a un brujo no se cura. Muchas veces no vamos al Señor, sino que preferimos ir por caminos equivocados, buscando fuera de Él una justificación, justicia, paz. A Dios, dice el profeta Isaías, no le gusta la sangre de toros y de corderos (v. 11), sobre todo si la ofrenda se hizo con manos sucias de la sangre de los hermanos (v. 15). Pienso en algunos bienhechores de la Iglesia que vienen con su limosna —«Tome para la Iglesia este donativo»— que es fruto de la sangre de mucha gente explotada, maltratada y esclavizada con el trabajo mal pagado. A esta gente le digo: «Por favor, llévate tu cheque, quémalo». El pueblo de Dios, es decir la Iglesia, no necesita dinero sucio, necesita corazones abiertos a la misericordia de Dios. Hay que acercarse a Dios con manos purificadas, evitando el mal y practicando el bien y la justicia. Es hermoso cómo termina el profeta:
«Desistid de hacer el mal
aprended a hacer el bien,
buscad lo justo,
dad sus derechos al oprimido,
haced justicia al huérfano,
abogad por la viuda» (vv. 16-17).
Pensad en los numerosos refugiados que desembarcan en Europa y no saben a dónde ir. Entonces, dice el Señor, los pecados, incluso si fueren como la grana, llegarán a ser blancos como la nieve, y cándidos como la lana, y el pueblo podrá alimentarse con los bienes de la tierra y vivir en paz (vv. 18-19). Es este el milagro del perdón que Dios, el perdón que Dios como Padre, quiere donar a su pueblo. La misericordia de Dios se ofrece a todos, y estas palabras del profeta son válidas también hoy para todos nosotros, llamados a vivir como hijos de Dios.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que el Señor Jesús nos alcance la gracia de acoger el perdón y la misericordia que el Padre ofrece gratuitamente a todos, para que aprendamos a vivir como hijos suyos. Muchas gracias.
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