ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO
MARZO 2016
REGINA COELI
Plaza de San Pedro
Lunes del Ángel, 28 de marzo de 2016
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Plaza de San Pedro
Domingo de Ramos, 20 de marzo de 2016
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Plaza de San Pedro
V Domingo de Cuaresma, 13 de marzo de 2016
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REGINA COELI
Plaza de San Pedro
Lunes del Ángel, 28 de marzo de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este Lunes después de Pascua, llamado «Lunes del Ángel» nuestros
corazones están aún llenos de la alegría pascual. Después del tiempo
cuaresmal, tiempo de penitencia y de conversión, que la Iglesia ha
vivido con particular intensidad en este Año Santo de la Misericordia;
después de las sugestivas celebraciones del Triduo Santo, nos detenemos
también hoy ante la tumba vacía de Jesús y meditamos con estupor y
gratitud el gran misterio de la resurrección del Señor.
La vida ha vencido a la muerte. ¡La misericordia y el amor han
vencido sobre el pecado! Se necesita fe y esperanza para abrirse a este
nuevo y maravilloso horizonte. Y nosotros sabemos que la fe y la
esperanza son un don de Dios y debemos pedirlo: «¡Señor, dame la fe,
dame la esperanza! ¡La necesitamos tanto!». Dejémonos invadir por las
emociones que resuenan en la secuencia pascual: «¡Sí, tenemos la
certeza: Cristo verdaderamente ha resucitado!». ¡El Señor ha resucitado
entre nosotros! Esta verdad marcó de forma indeleble la vida de los
apóstoles que, después de la resurrección, sintieron de nuevo la
necesidad de seguir a su Maestro y, tras recibir el Espíritu Santo,
fueron sin miedo a anunciar a todos lo que habían visto con sus ojos y
habían experimentado personalmente.
En este Año jubilar estamos llamados a redescubrir y acoger con
especial intensidad el reconfortante anuncio de la resurrección:
«¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!». Si Cristo ha resucitado,
podemos mirar con ojos y corazón nuevos todo evento de nuestra vida,
también los más negativos. Los momentos de oscuridad, de fracaso y
también de pecado pueden transformase y anunciar un camino nuevo. Cuando
hemos tocado el fondo de nuestra miseria y de nuestra debilidad, Cristo
resucitado nos da la fuerza para volvernos a levantar. ¡Si nos
encomendamos a Él, su gracia nos salva! El Señor crucificado y
resucitado es la plena revelación de la misericordia, presente y
operante en la historia. He aquí el mensaje pascual, que resuena aún hoy
y que resonará durante todo el tiempo de Pascua hasta Pentecostés.
María fue testigo silenciosa de los eventos de la pasión y de la
resurrección de Jesús. Ella estuvo de pie junto a la cruz: no se dobló
ante el dolor, sino que su fe la fortaleció. En su corazón desgarrado de
madre permaneció siempre encendida la llama de la esperanza. Pidámosle a
Ella que nos ayude también a nosotros a acoger en plenitud el anuncio
pascual de la resurrección, para encarnarlo en lo concreto de nuestra
vida cotidiana.
Que la Virgen María nos done la certeza de fe, para que cada sufrido
paso de nuestro camino, iluminado por la luz de la Pascua, se convierta
en bendición y alegría para nosotros y para los demás, especialmente
para los que sufren a causa del egoísmo y de la indiferencia.
Invoquémosla, pues, con fe y devoción, con el Regina caeli, la oración que sustituye al Ángelus durante todo el tiempo pascual.
Después del Regina Coeli
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, en el centro de Pakistán, la Santa Pascua fue ensangrentada por
un execrable atentado, que provocó la matanza de muchas personas
inocentes, en su mayoría familias de la minoría cristiana —especialmente
mujeres y niños— reunidas en un parque público para trascurrir con
alegría la festividad pascual. Deseo manifestar mi cercanía a cuantos
han sido golpeados por este crimen vil e insensato, e invito a rezar al
Señor por las numerosas víctimas y por sus seres queridos. Hago un
llamamiento a las autoridades civiles y a todos los componentes sociales
de esa nación, para que realicen todos los esfuerzos para volver a dar
seguridad y serenidad a la población y, de modo especial, a las minorías
religiosas más vulnerables. Repito una vez más que la violencia y el
odio homicida solamente conducen al dolor y a la destrucción; el respeto
y la fraternidad son el único camino para llegar a la paz. Que la
Pascua del Señor suscite en nosotros, de manera aún más fuerte, la
oración a Dios para que se detengan las manos de los violentos, que
siembran terror y muerte, y para que en el mundo puedan reinar el amor,
la justicia y la reconciliación. Recemos todos por los fallecidos en
este atentado, por sus familiares, por las minorías cristianas y étnicas
de esa nación: Avemaría, …
En esta prolongación del tiempo pascual, saludo cordialmente a todos
vosotros, peregrinos venidos de Italia y de diversas partes del mundo
para participar en este momento de oración. Y recordad siempre esa
bonita expresión de la Liturgia: «¡Cristo, mi esperanza, ha
resucitado!». La decimos tres veces todos juntos. ¡Cristo, mi esperanza,
ha resucitado!
Deseo que cada uno transcurra con alegría y serenidad esta Semana en
la que se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo.
Para vivir más intensamente este período nos hará bien leer cada día
un pasaje del Evangelio en el que se habla del evento de la
Resurrección. En cinco minutos, no más, se puede leer un pasaje del
Evangelio. ¡Recordad esto!
¡Feliz y Santa Pascua a todos! Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
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Plaza de San Pedro
Domingo de Ramos, 20 de marzo de 2016
Saludo a todos los que habéis participado en esta celebración y a cuantos estáis unidos a nosotros a través de la televisión, la radio y otros medios de comunicación.
Hoy se celebra la 31ª Jornada mundial de la juventud, que culminará a
finales de julio con el gran encuentro mundial en Cracovia. El tema es
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la
misericordia» (Mt 5, 7).
Mi saludo especial va dirigido a los jóvenes aquí presentes, y se
extiende a todos los jóvenes del mundo. Espero que podáis venir en gran
número a Cracovia, patria de san Juan Pablo II, iniciador de las
Jornadas mundiales de la juventud. A su intercesión confiamos los
últimos meses de preparación de esta peregrinación que, en el marco del
Año santo de la Misericordia, será el Jubileo de los jóvenes a nivel de
la Iglesia universal.
Están aquí con nosotros muchos jóvenes voluntarios de Cracovia.
Cuando regresen a Polonia, llevarán a los responsables de la nación los
ramos de olivo recogidos en Jerusalén, Asís y Montecassino y bendecidos
hoy en esta plaza, como una invitación a cultivar propósitos de paz, de
reconciliación y de fraternidad. Gracias por esta hermosa iniciativa;
¡id adelante con valentía!
Y ahora recemos a la Virgen María, para que nos ayude a vivir con intensidad espiritual la Semana Santa.
[Angelus Domini...]
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Plaza de San Pedro
V Domingo de Cuaresma, 13 de marzo de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma (cf. Jn 8,
1-11), es tan bonito, a mí me gusta mucho leerlo y releerlo. Nos
presenta el episodio de la mujer adúltera, poniendo de relieve el tema
de la misericordia de Dios, que nunca quiere la muerte del pecador, sino
que se convierta y viva. La escena ocurre en la explanada del Templo.
Imaginaosla allí, en el atrio [de la basílica de San Pedro]. Jesús está
enseñando a la gente, y llegan algunos escribas y fariseos que conducen
delante de Él a una mujer sorprendida en adulterio. Esa mujer se
encuentra así en el medio entre Jesús y la multitud (cf. v. 3), entre la
misericordia del Hijo de Dios y la violencia, la rabia de sus
acusadores. En realidad ellos no fueron al Maestro para pedirle su
opinión —era gente mala—, sino para tenderle una trampa. De hecho, si
Jesús siguiera la severidad de la ley, aprobando la lapidación de la
mujer, perdería su fama de mansedumbre y bondad que tanto fascina al
pueblo; si en cambio quisiera ser misericordioso, debería ir contra la
ley, que Él mismo dijo que no quería abolir sino dar cumplimiento (cf. Mt 5, 17). Y Jesús está en medio de esta situación.
Esta mala intención se esconde bajo la pregunta que le plantean a
Jesús: «¿Tú que dices?» (v. 5). Jesús no responde, se calla y realiza un
gesto misterioso: «inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la
tierra» (v. 7). Quizás hacía dibujos, algunos dicen que escribía los
pecados de los fariseos... de cualquier manera, escribía, estaba en otro
lado. De este modo invita a todos a la calma, a no actuar inducidos por
la impulsividad, y a buscar la justicia de Dios. Pero aquellos malvados
insisten y esperan de él una respuesta. Parecía que tenían sed de
sangre. Entonces Jesús levanta la mirada y les dice: «Aquel de vosotros
que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra» (v. 7). Esta
respuesta desubica los acusadores, los desarma a todos en el sentido
estricto de la palabra: todos depusieron las «armas», o sea las piedras
listas para ser arrojadas, tanto las visibles contra la mujer, como las
escondidas contra Jesús. Y mientras el Señor sigue escribiendo en la
tierra, haciendo dibujos, no sé..., los acusadores se van uno tras otro,
con la cabeza baja, comenzando por los más ancianos que eran más
conscientes de no estar sin pecado. ¡Qué bien nos hace ser conscientes
de que también nosotros somos pecadores! Cuando hablamos mal de los
otros —todas estas cosas que nosotros conocemos bien—, ¡qué bien nos
hará tener el coraje de hacer caer en el suelo las piedras que tenemos
para arrojárselas a los demás y pensar un poco en nuestros pecados!
Se quedaron allí solos la mujer y Jesús: la miseria y la misericordia,
una frente a la otra. Y esto cuántas veces nos sucede a nosotros cuando
nos detenemos ante el confesionario, con vergüenza, para hacer ver
nuestra miseria y pedir el perdón. «Mujer, ¿dónde están?» (v. 10), le
dice Jesús. Y basta esta constatación, y su mirada llena de misericordia
y llena de amor, para hacer sentir a esa persona —quizás por primera
vez— que tiene una dignidad, que ella no es su pecado, que ella tiene
una dignidad de persona, que puede cambiar de vida, puede salir de sus
esclavitudes y caminar por una senda nueva.
Queridos hermanos y hermanas, esa mujer nos representa a todos
nosotros, que somos pecadores, es decir adúlteros ante Dios, traidores a
su fidelidad. Y su experiencia representa la voluntad de Dios para cada
uno de nosotros: no nuestra condena, sino nuestra salvación a través de
Jesús. Él es la gracia que salva del pecado y de la muerte. Él ha
escrito en la tierra, en el polvo del que está hecho cada ser humano
(cf. Gén 2, 7), la sentencia de Dios: «No quiero que tu mueras,
sino que tú vivas». Dios no nos clava a nuestro pecado, no nos
identifica con el mal que hemos cometido. Tenemos un nombre y Dios no
identifica este nombre con el pecado que hemos cometido. Nos quiere
liberar y quiere que también nosotros lo queramos con Él. Quiere que
nuestra libertad se convierta del mal al bien, y esto es posible —¡es
posible!— con su gracia.
Que la Virgen María nos ayude a confiarnos completamente a la misericordia de Dios, para convertirnos en criaturas nuevas.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Os saludo a todos, provenientes de Roma, de Italia y de diversos
países, en particular a los peregrinos de Sevilla, Friburgo (Alemania),
Innsbruck y de Ontario (Canadá).
Saludo a los voluntarios de la Casa «Mater Dei» de Vittorio
Veneto. Saludo a los numerosos grupos parroquiales, entre los cuales los
fieles de Boiano, Potenza, Calenzano, Zevio y Agrópoli. Así como a los
jóvenes de tantas partes de Italia: no puedo nombrarlos a todos, pero
recuerdo a los de Compiobbi y Mozzanica, a los de la Acción católica de
la diócesis de Latina-Terracina, Sezze- Priverno, a los recién
confirmados de Scandicci y de Milán - Lambrate.
Y ahora quisiera renovar el gesto de regalaros un Evangelio de
bolsillo. Se trata del Evangelio de Lucas que leemos los domingos de
este año litúrgico. El librito lleva como título: «El Evangelio de la
Misericordia de San Lucas»; de hecho el evangelista reporta las palabras
de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»
(6,36), del cual fue tomado el tema de este año jubilar. Os será
distribuido gratuitamente por los voluntarios del Dispensario pediátrico
«Santa Marta» del Vaticano, y por algunos ancianos y abuelos de Roma.
¡Cuánto mérito tienen estos abuelos y abuelas que transmiten la fe a los
nietos! Os invito a tomar este Evangelio y a leerlo, un pasaje cada
día; así la misericordia del Padre habitará en vuestro corazón y podréis
llevarla a todos los que encontréis. Y al final, en la página 123 están
las siete obras de misericordia corporales y las siete obras de
misericordia espirituales. Sería bonito que os las aprendierais de
memoria, ¡así es más fácil hacerlas! Os invito a tomar este Evangelio,
para que la misericordia del Padre se haga obra en vosotros. Y a
vosotros, voluntarios, abuelos y abuelas que distribuiréis el Evangelio,
pensad en la gente que se encuentra en la plaza Pío XII —se ve que no ha podido entrar— para que ellos también reciban este Evangelio.
Os deseo a todos un feliz domingo. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la próxima.
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Plaza de San Pedro
IV Domingo de Cuaresma, 6 de marzo de 2016
IV Domingo de Cuaresma, 6 de marzo de 2016
En el capítulo quince del Evangelio de san Lucas encontramos las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja encontrada (vv. 4-7), la de la moneda encontrada (vv. 8-10), y la gran parábola del hijo pródigo, o mejor, del padre misericordioso (vv. 11-32). Hoy sería bonito que cada uno de nosotros, tomara el Evangelio, este capítulo xv de Lucas, y leyera las tres parábolas. Dentro del itinerario cuaresmal, el Evangelio nos presenta precisamente esta última parábola del padre misericordioso, que tiene como protagonista a un padre con sus dos hijos. El relato nos hace ver algunas características de este padre: es un hombre siempre preparado para perdonar y que espera contra toda esperanza. Sorprende sobre todo su tolerancia ante la decisión del hijo más joven de irse de casa: podría haberse opuesto, sabiendo que todavía es inmaduro, un muchacho joven, o buscar algún abogado para no darle la herencia ya que todavía estaba vivo. Sin embargo le permite marchar, aún previendo los posibles riesgos. Así actúa Dios con nosotros: nos deja libres, también para equivocarnos, porque al crearnos nos ha hecho el gran regalo de la libertad. Nos toca a nosotros hacer un buen uso. ¡Este regalo de la libertad que nos da Dios, me sorprende siempre!
Pero la separación de ese hijo es sólo física; el padre lo lleva siempre en el corazón; espera con confianza su regreso, escruta el camino con la esperanza de verlo. Y un día lo ve aparecer a lo lejos (cf. v. 20). Y esto significa que este padre, cada día subía a la terraza para ver si su hijo volvía. Entonces se conmueve al verlo, corre a su encuentro, lo abraza y lo besa. ¡Cuánta ternura! ¡Y este hijo había hecho cosas graves! Pero el padre lo acoge así.
La misma actitud reserva el padre al hijo mayor, que siempre ha permanecido en casa, y ahora está indignado y protesta porque no entiende y no comparte toda la bondad hacia el hermano que se había equivocado. El padre también sale al encuentro de este hijo y le recuerda que ellos han estado siempre juntos, tienen todo en común (v. 31), pero es necesario acoger con alegría al hermano que finalmente ha vuelto a casa. Y esto me hace pensar en una cosa: cuando uno se siente pecador, se siente realmente poca cosa, o como he escuchado decir a alguno —muchos—: «Padre, soy una porquería», entonces es el momento de ir al Padre. Por el contrario, cuando uno se siente justo —«Yo siempre he hecho las cosas bien...»—, igualmente el Padre viene a buscarnos porque esa actitud de sentirse justo es una actitud mala: ¡es la soberbia! Viene del diablo. El padre espera a los que se reconocen pecadores y va a buscar a aquellos que se sienten justos. ¡Este es nuestro Padre! En esta parábola también se puede entrever un tercer hijo. ¿Un tercer hijo? ¿Y dónde? ¡Está escondido! Es el que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo» (Fil 2, 6-7). ¡Este Hijo-Siervo es Jesús! Es la extensión de los brazos y del corazón del Padre: Él ha acogido al pródigo y ha lavado sus pies sucios; Él ha preparado el banquete para la fiesta del perdón. Él, Jesús, nos enseña a ser «misericordiosos como el Padre». La figura del padre de la parábola desvela el corazón de Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama más allá de cualquier medida, espera siempre nuestra conversión cada vez que nos equivocamos; espera nuestro regreso cuando nos alejamos de Él pensando que podemos prescindir de Él; está siempre preparado a abrirnos sus brazos pase lo que pase.
Como el padre del Evangelio, también Dios continúa considerándonos sus hijos cuando nos hemos perdido, y viene a nuestro encuentro con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos ser justos. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no rompen la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Reconciliación podemos siempre comenzar de nuevo: Él nos acoge, nos restituye la dignidad de hijos suyos, y nos dice: «¡Ve hacia adelante! ¡Quédate en paz! ¡Levántate, ve hacia adelante!».
En este tramo de la Cuaresma que aún nos separa de la Pascua, estamos llamados a intensificar el camino interior de conversión. Dejémonos alcanzar por la mirada llena de amor de nuestro Padre, y volvamos a Él con todo el corazón, rechazando cualquier compromiso con el pecado. Que la Virgen María nos acompañe hasta el abrazo regenerador con la Divina Misericordia.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Expreso mi cercanía a las Misioneras de la caridad por el grave luto que las golpeó hace dos días con el asesinato de cuatro religiosas en Aden, en Yemen, donde asistían a los ancianos. Rezo por ellas y por las otras personas asesinadas en el ataque, y por los familiares. ¡Estos son los mártires de hoy! No son portada de los periódicos, no son noticia: estos dan su sangre por la Iglesia. Estas personas son víctimas del ataque de los que las mataron y también de la indiferencia, de esta globalización de la indiferencia, a la que no le importan... Que Madre Teresa acompañe en el paraíso a estas hijas suyas mártires de la caridad, e interceda por la paz y el sagrado respeto de la vida humana. Como signo concreto de compromiso por la paz y la vida quisiera citar y expresar admiración por la iniciativa de los corredores humanitarios para los refugiados, puesta en marcha recientemente en Italia. Este proyecto piloto, que une la solidaridad y la seguridad, consiente ayudar a personas que huyen de la guerra y de la violencia, como los cien refugiados ya trasladados a Italia, entre los cuales niños enfermos, personas discapacitadas, viudas de guerra con hijos y ancianos. Me alegro también porque esta iniciativa es ecuménica, siendo sostenida por la Comunidad de San Egidio, la Federación de Iglesias evangélicas italianas y las Iglesias valdenses y metodistas.
Pido por favor que nos recordéis en la oración a mí y a mis colaboradores, que desde este tarde y hasta el viernes haremos los ejercicios espirituales.
Os deseo a todos un feliz domingo. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
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