domingo, 3 de abril de 2016

FRANCISCO: Discursos de marzo (25, 18, 17, 12, 4 y 3)

DISCURSOS DEL PAPA FRANCISCO
MARZO 2016






Palatino
Viernes Santo 25 de marzo de 2016


Oh Cruz de Cristo


Oh Cruz de Cristo, símbolo del amor divino y de la injusticia humana, icono del supremo sacrificio por amor y del extremo egoísmo por necedad, instrumento de muerte y vía de resurrección, signo de la obediencia y emblema de la traición, patíbulo de la persecución y estandarte de la victoria.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo alzada en nuestras hermanas y hermanos asesinados, quemados vivos, degollados y decapitados por las bárbaras espadas y el 
silencio infame.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los rostros de los niños, de las mujeres y de las personas extenuadas y amedrentadas que huyen de las guerras y de la violencia, y que con frecuencia sólo encuentran la muerte y a tantos Pilatos que se lavan las manos.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los doctores de la letra y no del espíritu, de la muerte y no de la vida, que en vez de enseñar la misericordia y la vida, amenazan con el castigo y la muerte y condenan al justo.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ministros infieles que, en vez de despojarse de sus propias ambiciones, despojan incluso a los inocentes de su propia dignidad.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los corazones endurecidos de los que juzgan cómodamente a los demás, corazones dispuestos a condenarlos incluso a la lapidación, sin fijarse nunca en sus propios pecados y culpas.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los fundamentalismos y en el terrorismo de los seguidores de cierta religión que profanan el nombre de Dios y lo utilizan para justificar su inaudita violencia.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los que quieren quitarte de los lugares públicos y excluirte de la vida pública, en el nombre de un cierto paganismo laicista o incluso en el nombre de la igualdad que tú mismo nos has enseñado.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los poderosos y en los vendedores de armas que alimentan los hornos de la guerra con la sangre inocente de los hermanos, y dan de comer a sus hijos el pan ensangrentado.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los traidores que por treinta denarios entregan a la muerte a cualquier persona.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ladrones y en los corruptos que en vez de salvaguardar el bien común y la ética se venden en el miserable mercado de la inmoralidad.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los necios que construyen depósitos para conservar tesoros que perecen, dejando que Lázaro muera de hambre a sus puertas.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los destructores de nuestra «casa común» que con egoísmo arruinan el futuro de las generaciones futuras.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ancianos abandonados por sus propios familiares, en los discapacitados, en los niños desnutridos y descartados por nuestra sociedad egoísta e hipócrita.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en nuestro mediterráneo y en el Mar Egeo convertidos en un insaciable cementerio, imagen de nuestra conciencia insensible y anestesiada.


Oh Cruz de Cristo, imagen del amor sin límite y vía de la Resurrección, aún hoy te seguimos viendo en las personas buenas y justas que hacen el bien sin buscar el aplauso o la admiración de los demás.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ministros fieles y humildes que alumbran la oscuridad de nuestra vida, como candelas que se consumen gratuitamente para iluminar la vida de los últimos.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en el rostro de las religiosas y consagrados –los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico, las llagas de la pobreza y de la injusticia.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los misericordiosos que encuentran en la misericordia la expresión más alta de la justicia y de la fe.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en las personas sencillas que viven con gozo su fe en las cosas ordinarias y en el fiel cumplimiento de los mandamientos.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los arrepentidos que, desde la profundidad de la miseria de sus pecados, saben gritar: Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los beatos y en los santos que saben atravesar la oscuridad de la noche de la fe sin perder la confianza en ti y sin pretender entender tu silencio misterioso.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en las familias que viven con fidelidad y fecundidad su vocación matrimonial.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los voluntarios que socorren generosamente a los necesitados y maltratados.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los perseguidos por su fe que con su sufrimiento siguen dando testimonio auténtico de Jesús y del Evangelio.


Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los soñadores que viven con un corazón de niños y trabajan cada día para hacer que el mundo sea un lugar mejor, más humano y más justo.


En ti, Cruz Santa, vemos a Dios que ama hasta el extremo, y vemos el odio que domina y ciega el corazón y la mente de los que prefieren las tinieblas a la luz.


Oh Cruz de Cristo, Arca de Noé que salvó a la humanidad del diluvio del pecado, líbranos del mal y del maligno. Oh Trono de David y sello de la Alianza divina y eterna, despiértanos de las seducciones de la vanidad. Oh grito de amor, suscita en nosotros el deseo de Dios, del bien y de la luz.


Oh Cruz de Cristo, enséñanos que el alba del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche. Oh Cruz de Cristo, enséñanos que la aparente victoria del mal se desvanece ante la tumba vacía y frente a la certeza de la Resurrección y del amor de Dios, que nada lo podrá derrotar u oscurecer o debilitar. Amén.

 
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A LOS MIEMBROS DEL MOVIMIENTO NEOCATECUMENAL

Palacio Apostólico Vaticano
Aula Pablo VI
Viernes 18 de marzo de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Estoy contento de encontraros y os agradezco, porque hoy habéis venido numerosos. ¡Un saludo especial a los que están por partir! Habéis recibido la llamada a evangelizar: bendigo al Señor por esto, por el don del Camino y por el don de cada uno de vosotros. Querría subrayar tres palabras que el Evangelio os ha apenas entregado, como un mandato para la misión: unidad, gloria y mundo.


Unidad. Jesús ora al Padre para que los suyos sean «perfectamente uno» (Jn 17, 23): quiere que sean entre ellos «uno» (v. 22), como Él y el Padre. Es su última petición antes de la Pasión, la más sentida: que haya comunión en la Iglesia. La comunión es esencial. El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, no puede nada contra el Evangelio, contra la humilde fuerza de la oración y de los sacramentos, pero puede hacer mucho daño a la Iglesia tentando nuestra humanidad. Provoca la presunción, el juicio sobre los demás, las cerrazones y las divisiones. Él mismo es «el que divide» y a menudo comienza haciéndonos creer que somos buenos, quizá mejor que los demás: así tiene el terreno listo para sembrar la cizaña. Es la tentación de todas las comunidades y se puede insinuar también en los carismas más bonitos de la Iglesia.


Vosotros habéis recibido un gran carisma, para la renovación bautismal de la vida. Se entra en la Iglesia por el Bautismo; de hecho, entramos en la Iglesia por medio del Bautismo. Cada carisma es una gracia de Dios para aumentar la comunión. Pero el carisma puede deteriorarse cuando nos cerramos o jactamos, cuando queremos distinguirnos de los demás. Por eso, es necesario custodiarlo. ¡Cuidad vuestro carisma! ¿Cómo? Siguiendo la vía maestra: la unidad humilde y obediente. Es siempre necesario vigilar el carisma, purificando los eventuales excesos humanos mediante la búsqueda de la unidad con todos y la obediencia a la Iglesia. Así se respira en la Iglesia y con la Iglesia; así se permanece hijos dóciles de la «santa madre Iglesia jerárquica», con «el ánimo aparejado y pronto» para la misión (cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 353).


Subrayo este aspecto: la Iglesia es nuestra Madre. Como los hijos llevan impresa en sus rostro la semejanza con la madre, así todos nosotros nos asemejamos a nuestra Madre, la Iglesia. Después del Bautismo no vivimos más como individuos aislados, sino que nos convertimos en hombres y mujeres de comunión, llamados a ser agentes de comunión en el mundo. Porque Jesús no sólo ha fundado la Iglesia para nosotros, sino que nos ha fundado a nosotros como Iglesia. La Iglesia no es un instrumento para nosotros: nosotros somos la Iglesia. De ella hemos renacido, de ella somos nutridos con el Pan de vida, de ella recibimos palabras de vida, somos perdonados y acompañados a casa. Esta es la fecundidad de la Iglesia, que es Madre: no una organización que busca adeptos, o un grupo que va adelante siguiendo la lógica de sus ideas, sino que es una Madre que transmite la vida recibida de Jesús.


Esta fecundidad se expresa a través del ministerio y la guía de los Pastores. De hecho, también la institución es un carisma, porque tiene sus raíces en la misma fuente, que es el Espíritu Santo. Él es el agua viva, pero el agua puede continuar dando vida sólo si la planta está bien cuidada y podada. Saciad vuestra sed en la fuente del amor, el Espíritu, y cuidad, con delicadeza y respeto, el entero organismo eclesial, especialmente las partes más frágiles, para que crezca todo junto, armonioso y fecundo.


Segunda palabra: gloria. Antes de la Pasión, Jesús pre-anuncia que será «glorificado» en la cruz: ahí aparecerá su gloria (cf. Jn 17, 5). Pero es una gloria nueva: la gloria mundana se manifiesta cuando se es importante, admirado, cuando se tiene bienes y éxito. En cambio, la gloria de Dios se revela en la cruz: es el amor, que ahí resplandece y se difunde. Es una gloria paradójica: sin fragor, sin ganancia y sin aplausos. Pero sólo esta gloria hace el Evangelio fecundo. Así también la Madre Iglesia es fecunda cuando imita el amor misericordioso de Dios, que se propone y nunca se impone. Es humilde, actúa como la lluvia en la tierra, como el aire que se respira, como una pequeña semilla que lleva fruto en el silencio. Quien anuncia el amor no puede dejar de hacerlo con el mismo estilo de amor.


Y la tercera palabra que hemos escuchado es mundo. «Tanto amó Dios al mundo» que envió a Jesús (cf. Jn 3, 16). Quien ama no está lejos, sino que va al encuentro. Vosotros iréis al encuentro de muchas ciudades, de muchos países. A Dios no le atrae la mundanidad, al contrario, la detesta; pero ama el mundo que ha creado, y ama a sus hijos en el mundo así como son, dondequiera que vivan, incluso si están «lejos». No será fácil para vosotros la vida en países lejanos, en otras culturas, no os será fácil. Pero es vuestra misión. Y esto lo hacéis por amor, por amor a la Madre Iglesia, a la unidad de esta madre fecunda; lo hacéis para que la Iglesia sea madre y fecunda. Mostrad a los hijos la mirada tierna del Padre y considerad un don las realidades que encontraréis; familiarizaos con las culturas, las lenguas y los usos locales, respetándolas y reconociendo las semillas de gracia que el Espíritu ya ha sembrado. Sin ceder a la tentación de trasplantar modelos adquiridos, sembrad el primer anuncio: «que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 35). Es la buena noticia que siempre debe volver, de lo contrario la fe corre el riesgo de convertirse en una doctrina fría y sin vida. Después, evangelizar como familias, viviendo la unidad y la simplicidad, es ya un anuncio de vida, un hermoso testimonio, por el cual os agradezco mucho. Y os doy las gracias, en nombre mío, pero también en nombre de toda la Iglesia por este gesto de ir, ir hacia lo desconocido y también a sufrir. Porque habrá sufrimiento, pero también la alegría de la gloria de Dios, la gloria que está en la Cruz. Os acompaño y os animo, y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Yo me quedo aquí, pero con el corazón voy con vosotros.


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A LOS PARTICIPANTES EN UN ENCUENTRO ORGANIZADO
POR EL HARVARD WORLD MODEL UNITED NATIONS

Palacio Apostólico Vaticano
 Aula Pablo VI
Jueves 17 de marzo de 2016


Queridos amigos, ¡buenos días!


Me complace daros la bienvenida a todos vosotros en el Vaticano, y espero que vuestra estancia en Roma, para participar en el «2016 Harvard World Model United Nations”», haya sido fructuosa. Agradezco al señor Joseph Hall, secretario general de vuestro encuentro, las palabras que pronunció también en vuestro nombre. Me alegra de forma especial saber que vosotros representáis a numerosas naciones y culturas, y por ello reflejáis la rica diversidad de nuestra familia humana.


Como estudiantes universitarios, os dedicáis de modo particular a la búsqueda de la verdad y de la comprensión, al crecimiento en la sabiduría, no sólo en vuestro beneficio sino para el bien de vuestras comunidades locales y de toda la sociedad. Espero que esta experiencia os lleve a apreciar la necesidad y la importancia de estructuras de cooperación y de solidaridad, que fueron forjadas por la comunidad internacional a lo largo de muchos años. Estas estructuras son particularmente eficaces cuando están orientadas al servicio de quienes en el mundo son más vulnerables y marginados. Rezo a fin de que las Naciones Unidas, y cada uno de los Estados miembros, estén siempre dispuestos para ese servicio y para esa atención.


Sin embargo, el fruto más grande de vuestro encuentro aquí en Roma no es el aprendizaje sobre la diplomacia, los sistemas institucionales y las organizaciones, que son importantes y que merecen ser estudiadas por vosotros. El fruto más grande es el tiempo que pasáis juntos, vuestro encuentro con personas de todos los sitios del mundo, que representan no sólo los numerosos desafíos contemporáneos, sino sobre todo la rica variedad de talentos y potencialidades de la familia humana.


Los temas y las problemáticas que habéis tratado no están privadas de un rostro. En efecto, cada uno de vosotros puede describir las esperanzas y los sueños, los desafíos y los sufrimientos que caracterizan a la gente de vuestro país. En estos días aprenderéis mucho los unos de los otros y os recordaréis mutuamente que, detrás de cada dificultad que el mundo afronta, hay hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, personas como vosotros. Hay familias e individuos que viven cada día luchando, que tratan de cuidar a sus hijos y de darles a ellos lo necesario no sólo para el futuro, sino también para las necesidades elementales de hoy. Así también, muchos de los que son golpeados por los problemas más graves del mundo actual, por la violencia y por la intolerancia, se han convertido en refugiados, trágicamente obligados a abandonar sus casas, privados de su tierra y de su libertad.


Estos son los que necesitan vuestra ayuda, que os piden a gran voz que los escuchéis, y que son más dignos que nunca de cada uno de vuestros esfuerzos por la justicia, la paz y la solidaridad. San Pablo nos dice que tenemos que alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran (cf. Rm 12, 15). En definitiva, nuestra fuerza como comunidad, a cualquier nivel de vida y de organización social, se apoya no tanto en nuestros conocimientos y habilidades personales, como en la compasión que mostramos los unos hacia los otros, sobre el cuidado que tenemos especialmente de quienes no pueden cuidarse a sí mismos.


Espero también que vuestra experiencia os haya conducido a ver el compromiso de la Iglesia católica en el servicio a las necesidades de los pobres y de los refugiados, en apoyar a las familias y a las comunidades y en proteger la inalienable dignidad y los derechos de cada miembro de la familia humana. Nosotros, los cristianos, creemos que Jesús nos llama a servir a nuestros hermanos y hermanas, a hacernos cargo de los demás, prescindiendo de su proveniencia y de las circunstancias. Sin embargo, esto no es sólo un distintivo de los cristianos, sino que es una llamada universal, enraizada en nuestra humanidad común, es algo que tenemos como personas, que tenemos dentro como personas humanas.


Queridos jóvenes amigos, aseguro mi oración a vosotros y a vuestras familias. Que Dios omnipotente os bendiga con la felicidad que prometió a los que tienen hambre y sed de la justicia y trabajan en favor de la paz. ¡Gracias!


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A LOS PARTICIPANTES EN UN CURSO ORGANIZADO 
POR EL TRIBUNAL DE LA ROTA ROMANA

Palacio Apostólico Vaticano
 Aula Pablo VI
Sábado 12 de marzo de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Os saludo a todos vosotros, que habéis participado en el curso de formación, promovido por la Rota romana, sobre el nuevo procedimiento matrimonial y el procedimiento super rato. Agradezco a monseñor Pinto su compromiso en favor de estos cursos formativos y le doy las gracias por sus palabras.


Durante el reciente itinerario sinodal sobre la familia, habían surgido fuertes expectativas para hacer más ágiles y eficaces los procedimientos para la declaración de nulidad matrimonial. Muchos fieles, en efecto, sufren al ver que su matrimonio se acaba y a menudo están oprimidos por la duda si el mismo fuese o no válido. Es decir, se preguntan si ya habría algo en las intenciones o en los hechos que impida la efectiva realización del sacramento. Pero estos fieles en muchos casos encontraban dificultad para acceder a las estructuras jurídicas eclesiales y percibían la necesidad de que los procedimientos fuesen simplificados.


La caridad y la misericordia, además de la reflexión sobre la experiencia, han impulsado a la Iglesia a hacerse aún más cercana a estos hijos suyos, yendo al encuentro de un legítimo deseo de justicia. El pasado 15 de agosto fueron promulgados los documentos Mitis Iudex Dominus Iesus y Mitis et Misericors Iesus, que han recogido los frutos del trabajo de la comisión especial instituida el 27 de agosto de 2014: casi un año de trabajo. Tales disposiciones tienen un objetivo eminentemente pastoral: mostrar la solicitud de la Iglesia hacia los fieles que esperan una rápida verificación de su situación matrimonial. En particular, se ha abolido la doble sentencia de conformidad y se ha dado espacio al así llamado proceso breve, volviendo a poner en el centro la figura y el papel del obispo diocesano, o del obispo eparquial en el caso de las Iglesias orientales, como juez de las causas. De este modo se ha ulteriormente valorizado el papel del obispo o del obispo eparquial en materia matrimonial. En efecto, además de la verificación por vía administrativa —rato y no consumado—, a él ahora se le dispensa de la responsabilidad de la vía judicial en orden a la verificación de la validez del vínculo.


Es importante que la nueva normativa sea acogida y profundizada, en el contenido y en el espíritu, especialmente por los agentes de los Tribunales eclesiásticos, para ofrecer un servicio de justicia y de caridad a las familias. Para mucha gente, que ha vivido una experiencia matrimonial no feliz, la verificación de la validez o no del matrimonio representa una posibilidad importante; y estas personas deben ser ayudadas a recorrer el camino de la forma más ágil posible. De aquí también el valor del curso que habéis hecho. Os aliento a aprovechar lo que habéis recibido en estos días y actuar teniendo siempre fija la mirada en la salus animarum, que es la ley suprema de la Iglesia.


La Iglesia es madre y quiere mostrar a todos el rostro de Dios fiel a su amor, misericordioso y siempre capaz de volver a donar fuerza y esperanza. Lo que más nos importa en relación a los separados que viven una nueva unión es su participación en la comunidad eclesial. Pero, mientras que nos ocupamos de las heridas de quienes piden la verificación de la verdad sobre su matrimonio que ha fracasado, miramos con admiración a quienes, incluso en condiciones difíciles, permanecen fieles al vínculo sacramental. Estos testigos de la fidelidad matrimonial deben ser alentados y señalados como ejemplos a imitar. Muchas mujeres y muchos hombres soportan situaciones pesadas, de gran peso, para no destruir la familia, para ser fieles en la salud y en la enfermedad, en las dificultades y en la vida serena: es la fidelidad. ¡Es buena gente!
Os doy las gracias por vuestro compromiso en favor de la justicia y os exhorto a vivirlo no como una profesión o, peor aún, como un poder, sino como un servicio a las almas, especialmente a las más heridas. Que el Señor os bendiga y la Virgen os proteja. Por favor, acordaos de rezar por mí.


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A LOS PARTICIPANTES EN EL CURSO ORGANIZADO POR
 LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA

Palacio Apostólico Vaticano
Sala Regia
Viernes 4 de marzo de 2016


Queridos hermanos, ¡buenos días!


Me complace encontrarme con vosotros, durante la Cuaresma del Año jubilar de la Misericordia, con ocasión del curso anual sobre el fuero interno. Saludo cordialmente al cardenal Piacenza, penitenciario mayor, y le agradezco sus amables palabras. Saludo al regente —que tiene cara de bueno, debe ser un buen confesor—, a los prelados, a los oficiales y al personal de la Penitenciaría, a los Colegios de los penitenciarios ordinarios y extraordinarios de las basílicas papales —cuyas presencias fueron ampliadas con ocasión del Jubileo— y a todos vosotros, participantes en el Curso, que se propone ayudar a los nuevos sacerdotes y a los seminaristas ya cercanos a la ordenación a formarse para administrar bien el Sacramento de la Reconciliación. La celebración de este Sacramento requiere, en efecto, una adecuada y actualizada preparación, a fin de que quienes se acercan al mismo puedan «experimentar la grandeza de la misericordia, fuente de auténtica paz interior» (cf. Bula Misericordiae Vultus, 17).


«El misterio della fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra —“misericordia”—. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret» (ibid., 1). En este sentido, la misericordia, antes de ser una actitud o una virtud humana, es la elección definitiva de Dios en favor de cada ser humano para su eterna salvación; elección sellada con la sangre del Hijo de Dios.


Esta divina misericordia puede llegar gratuitamente a todos los que la invocan. En efecto, la posibilidad del perdón está verdaderamente abierta a todos, es más, está abierta de para en par, como la más grande de las «puertas santas», porque coincide con el corazón mismo del Padre, que ama y espera a todos sus hijos, de modo particular a los que más se han equivocado y están lejos. La misericordia del Padre puede llegar a cada persona de muchas formas: a través de la apertura de una conciencia sincera; por medio de la lectura de la Palabra de Dios que convierte el corazón; mediante un encuentro con una hermana o un hermano misericordiosos; en las experiencias de la vida que nos hablan de heridas, de pecado, de perdón y de misericordia.


Está, también, la «vía cierta» de la misericordia, recorriendo la cual se pasa de la posibilidad a la realidad, de la esperanza a la certeza. Esta vía es Jesús, quien tiene «el poder sobre la tierra de perdonar los pecados» (Lc 5, 24) y transmitió esta misión a la Iglesia (cf. Jn 20, 21-23). El sacramento de la Reconciliación es, por lo tanto, el lugar privilegiado para experimentar la misericordia de Dios y celebrar la fiesta del encuentro con el Padre. Nosotros, con mucha facilidad, olvidamos este último aspecto: voy, pido perdón, siento el abrazo del perdón y me olvido de hacer fiesta. Esto no es doctrina teológica, pero yo diría, forzando un poco, que la fiesta es parte del Sacramento: es como si de la penitencia formase también parte la fiesta que debo hacer con el Padre que me ha perdonado.


Cuando, como confesores, vamos al confesionario para acoger a los hermanos y a las hermanas debemos recordarnos siempre que para ellos somos instrumentos de la misericordia de Dios. Por lo tanto, estemos atentos a no poner obstáculo a este don de salvación. El confesor es, él mismo, un pecador, un hombre siempre necesitado de perdón; él, en primer lugar, no puede renunciar a la misericordia de Dios, que lo ha «elegido» y lo ha «constituido» (cf. Jn 15, 16) para esta gran tarea. A la cual debe disponerse siempre con una actitud de fe humilde y generosa, teniendo como único deseo que cada fiel pueda experimentar el amor del Padre. En esto no nos faltan hermanos santos que podemos contemplar: pensemos en Leopoldo Mandić y Pío de Pietrelcina, cuyos restos hemos venerado hace un mes en el Vaticano. Y también —me permito— uno de mi familia: el padre Cappello.


Cada fiel arrepentido, después de la absolución del sacerdote, tiene la certeza, por fe, de que sus pecados ya no existen. ¡Ya no existen! Dios es omnipotente. A mí me gusta pensar que tiene una debilidad: una mala memoria. Una vez que Él te perdona, se olvida. ¡Y esto es grande! Los pecados ya no existen, fueron cancelados por la divina misericordia. Cada absolución es, en cierto modo, un jubileo del corazón, que alegra no sólo al fiel y a la Iglesia, sino sobre todo a Dios mismo. Jesús lo dijo: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). Es importante, por lo tanto, que el confesor sea también un «canal de alegría» y que el fiel, después de recibir el perdón, ya no se sienta oprimido por las culpas, sino que guste la obra de Dios que lo ha liberado, viviendo en acción de gracias, dispuesto a reparar el mal cometido y yendo al encuentro de los hermanos con corazón bueno y disponible.


Queridos hermanos, en este tiempo nuestro, marcado por el individualismo, por tantas heridas y la tentación de encerrarse, es un auténtico don ver y acompañar a las personas que se acercan a la misericordia. Esto comporta también, para todos nosotros, una obligación aún mayor de coherencia evangélica y benevolencia paterna; somos custodios, y nunca dueños, tanto de las ovejas como de la gracia.


Volvamos a poner en el centro —y no sólo en este Año jubilar— el Sacramento de la Reconciliación, verdadero espacio del Espíritu en el cual todos, confesores y penitentes, podemos experimentar el único amor definitivo y fiel, el amor de Dios por cada uno de sus hijos, un amor que no decepciona jamás. San Leopoldo Mandić repetía que «la misericordia de Dios es superior a cada una de nuestras expectativas». Acostumbraba también decir a quien sufría: «Tenemos en el cielo el corazón de una madre. La Virgen, nuestra Madre, que al pie de la Cruz experimentó todo el sufrimiento posible para una criatura humana, comprende nuestros errores y nos consuela». Que sea siempre María, Refugio de los pecadores y Madre de Misericordia, quien guíe y sostenga el ministerio tan importante de la Reconciliación.


¿Y qué hago si me encuentro ante un problema y no puedo dar la absolución? ¿Qué se debe hacer? Ante todo, buscar si hay un camino, que muchas veces se lo encuentra. Segundo: no quedarse sólo en el lenguaje hablado, sino también en el lenguaje de los gestos. Hay gente que no puede hablar, y con el gesto expresa el arrepentimiento, el dolor. Y tercero: si no se puede dar la absolución, hablar como un padre: «Mira, por esto yo no puedo [absolverte], pero puedo asegurarte que Dios te ama, que Dios te espera. Recemos juntos a la Virgen, para que te cuide; y ven, regresa, porque yo te esperaré como te espera Dios»; y dar la bendición. Esta persona, así, sale del confesionario y piensa: «He encontrado a un padre y no me ha apaleado». Cuántas veces habéis escuchado gente que dice: «Yo nunca me confieso, porque una vez fui y me reprendió». Incluso en el caso límite en el cual no puedo absolver, que sienta la calidez de un padre, que lo bendiga, que le diga que regrese. Y que rece un poco con él o con ella. Siempre es este el punto: allí hay un padre. También esto es fiesta, y Dios sabe cómo perdonar las cosas mejor que nosotros. Pero que al menos podamos ser imagen del Padre.


Doy las gracias a la Penitenciaría apostólica por su valioso servicio, y os bendigo de corazón a todos vosotros y el ministerio que desempeñáis como canales de misericordia, especialmente en este tiempo jubilar. Recordaos, por favor, de rezar también por mí. Y hoy también yo iré allí, con vuestros penitenciarios, a confesar en San Pedro.


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A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA ACADEMIA PONTIFICIA PARA LA VIDA

Palacio Apostólico Vaticano
 Sala Clementina
Jueves 3 de marzo de 2016


Queridos hermanos y hermanas:


Os doy la bienvenida a todos vosotros, reunidos para la asamblea general de la Academia pontificia para la vida. Me complace de manera especial ver al cardenal Sgreccia, ¡siempre activo, gracias! Estos días estarán dedicados al estudio de las virtudes en la ética de la vida, un tema de interés académico, que dirige un mensaje importante a la cultura contemporánea: el bien que el hombre realiza no es el resultado de cálculos o estrategias, ni tampoco es el producto del orden genético o de los condicionamientos sociales, sino que es el fruto de un corazón bien dispuesto, de la libre elección que tiende al bien auténtico. No bastan la ciencia y la técnica: para realizar el bien es necesaria la sabiduría del corazón.
De diversos modos la Sagrada Escritura nos dice que las intenciones buenas y malas no entran en el hombre desde el exterior, sino que brotan de su «corazón». «De dentro —afirma Jesús—, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 21). En la Biblia, el corazón es el órgano no sólo de los afectos, sino también de las facultades espirituales, la razón y la voluntad, es la sede de las decisiones, del modo de pensar y de obrar. La sabiduría de las elecciones, abierta al movimiento del Espíritu Santo, compromete también el corazón. De aquí nacen las obras buenas, pero también las que son fruto de una equivocación, cuando se rechaza la verdad y las sugerencias del Espíritu. El corazón, en definitiva, es la síntesis de la humanidad plasmada por las manos mismas de Dios (cf. Gen 2, 7) y contemplada por su Creador con una complacencia única (cf. Gen 1, 31). En el corazón del hombre Dios derrama su propia sabiduría.


En nuestro tiempo, algunas orientaciones culturales ya no reconocen la huella de la sabiduría divina en las realidades creadas y tampoco en el hombre. La naturaleza humana, de este modo, queda reducida en materia, modelable según un designio cualquiera. Nuestra humanidad, en cambio, es única y muy valiosa a los ojos de Dios. Por esto, la primera naturaleza que se debe custodiar, a fin de que dé fruto, es nuestra humanidad misma. Tenemos que darle el aire limpio de la libertad y el agua vivificante de la verdad, protegerla de los venenos del egoísmo y de la mentira. En el terreno de nuestra humanidad podrá brotar, entonces, una gran variedad de virtudes.


La virtud es la expresión más auténtica del bien que el hombre, con la ayuda de Dios, es capaz de realizar. Ella «permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma» (Catecismo de la Iglesia católica, 1803). La virtud no es un simple hábito, sino la actitud constantemente renovada a elegir el bien. La virtud no es emoción, no es una habilidad que se adquiere con un curso de actualización, y menos aún un mecanismo bioquímico, sino que es la expresión más elevada de la libertad humana. La virtud es lo mejor que ofrece el corazón del hombre. Cuando el corazón se aleja del bien y de la verdad contenida en la Palabra de Dios, corre muchos peligros, se ve privado de orientación y correo el riesgo de llamar bien al mal y mal al bien; las virtudes se pierden, tiene más fácilmente espacio el pecado, y luego el vicio. Quien emprende esta pendiente resbaladiza cae en el error moral y se ve oprimido por una creciente angustia existencial.


La Sagrada Escritura nos presenta la dinámica del corazón endurecido: cuanto más el corazón está inclinado al egoísmo y al mal, es más difícil cambiar. Dice Jesús: «Todo el que comete pecado es un esclavo» (Jn 8, 34). Cuando el corazón se corrompe, son graves las consecuencias para la vida social, como lo recuerda el profeta Jeremías. Cito: «Tus ojos y tu corazón no están más que a tu granjería. Y a la sangre inocente para verterla. Y al atropello y al entuerto» (22, 17). Tal condición no puede cambiar ni en virtud de teorías ni por efecto de reformas sociales o políticas. Sólo la obra del Espíritu Santo, si nosotros colaboramos, puede reformar nuestro corazón: Dios mismo, en efecto, aseguró su gracia eficaz a quien lo busca y a quien se convierte «de todo corazón» (cf. Jl 2, 12 ss.).


Hoy son muchas las instituciones comprometidas en el servicio a la vida, en el ámbito de la investigación o de la asistencia; ellas promueven no sólo acciones buenas, sino también la pasión por el bien. Pero existen también muchas estructuras preocupadas más por el interés económico que por el bien común. Hablar de virtud significa afirmar que la elección del bien hace partícipe y compromete a toda la persona; no es una cuestión «cosmética», un embellecimiento exterior, que no daría fruto: se trata de arrancar del corazón los deseos deshonestos y buscar el bien con sinceridad.


En el ámbito de la ética de la vida, las normas, que incluso siendo necesarias, y que ratifican el respeto de las personas, por sí solas no son suficientes para realizar plenamente el bien del hombre. Son las virtudes de quien realiza en la promoción de la vida la última garantía de que el bien será realmente respetado. Hoy no faltan los conocimientos científicos y los instrumentos técnicos capaces de ofrecer apoyo a la vida humana en las situaciones en las que se muestra débil. Pero muchas veces falta la humanidad. La acción buena no es la correcta aplicación del saber ético, sino que presupone un interés real por la persona frágil. Que los médicos y todos los agentes sanitarios nunca dejen de conjugar ciencia, técnica y humanidad.


Así, pues, aliento a las Universidades a considerar todo esto en sus programas de formación, a fin de que los estudiantes puedan madurar las disposiciones del corazón y de la mente que son indispensables para acoger y cuidar la vida humana, según la dignidad que en cualquier circunstancia les pertenece. Invito también a los directores de las estructuras sanitarias y de investigación a hacer que los empleados consideren también el trato humano como parte integrante de su cualificado servicio. En todo caso, que quienes se dedican a la defensa y a la promoción de la vida puedan mostrar ante todo su belleza. En efecto, como «la Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 14), así la vida humana sólo se defiende y se promueve eficazmente cuando se la conoce y se muestra su belleza. Viviendo una genuina compasión y las demás virtudes, seréis testigos privilegiados de la misericordia del Padre de la vida.


La cultura contemporánea conserva aún los criterios para afirmar que el hombre, sean cuales fueran sus condiciones de vida, es un valor que se debe proteger; sin embargo, ella es a menudo víctima de incertezas morales, que no le permiten defender la vida de manera eficaz. Más bien a menudo, luego, puede suceder que bajo el nombre de virtud, se enmascaren «espléndidos vicios». Por ello es necesario no sólo que las virtudes formen realmente el modo de pensar y de obrar del hombre, sino que sean cultivadas a través de un continuo discernimiento y estén arraigadas en Dios, fuente de toda virtud. Quisiera repetir aquí una cosa que he dicho algunas veces: debemos estar atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas que invaden el pensamiento humano, también el cristiano, bajo la forma de virtud, de modernidad, de actitudes nuevas, pero son colonizaciones, es decir, quitan la libertad, y son ideológicas, es decir, tienen miedo de la realidad así como Dios la ha creado. Pidamos la ayuda del Espíritu Santo, a fin de que nos sustraiga del egoísmo y de la ignorancia: renovados por Él, podemos pensar y obrar según el corazón de Dios y mostrar su misericordia a quien sufre en el cuerpo y en el espíritu.


Os deseo que los trabajos de estos días sean fecundos y que os acompañen a vosotros y a quienes encontráis en vuestro servicio en un camino de crecimiento virtuoso. Os doy las gracias y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. ¡Gracias!


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