Pocos meses antes del final del primer conflicto mundial, la preocupación por las misiones extranjeras había aumentado al tiempo que los países europeos terminaban la guerra con el saldo de una economía en crisis y una industria bélica que debían convertir en industria civil. La presencia misionera en las colonias se percibía muchas veces como una presencia extranjera al servicio de intereses nacionales, grupos o individuos. Tal percepción era, en parte, alimentada por “ciertas revistas de misiones”, como lamentaba Benedicto XV.
En este contexto, pocos años después, el Consejo Superior General de la Pontificia Obra de la Propagación de la Fe, en su reunión de abril de 1927, decidía el nacimiento de la Agencia Fides, la primera agencia misionera de la Iglesia y entre las primeras agencias de información del mundo. Tuvieron que pasar más de treinta años para que el Concilio Vaticano II afirmase con claridad la contribución de los medios de comunicación social “para extender y consolidar el Reino de Dios” (Inter mirifica, 2) (...)
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