Brasilia, BRASIL (Agencia Fides, 04/09/2018) - “Los graves y, a menudo, irreversibles daños y
violaciones de los derechos humanos y de los derechos de la naturaleza
causados por el modelo de minería actual promovido, apoyado y alimentado
por el enriquecimiento inmoral, inhumano y antinatural de las grandes
corporaciones mineras y sus países de origen, significan una nueva fase,
más agresiva, de la colonización y el saqueo” que como consecuencia
hace que “nuestros pueblos estén condenados a un presente y un futuro
destrucción y muerte”. Por tanto, “es urgente poner límites a este
modelo del desarrollo extractivo como pide el Papa Francisco”.
Este es un extracto de la “Carta pública a nuestras Iglesias,
organizaciones y sociedades”, que recoge los frutos de la reunión
celebrada en Brasilia, del 7 al 10 de agosto, donde representantes de
las organizaciones, movimientos y familias religiosas de varios países
de América Latina y EE.UU., así como de Alemania, se reunieron en la luz
de la encíclica Laudato Si sobre la ecología integral y a la luz de la
carta pastoral, “Discípulos y misioneros, custodios de la Creación” del
Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). El objetivo del encuentro fue
compartir los desafíos, luchas y esperanzas de las comunidades
involucradas en el sector de la minería.
“Este encuentro, - recoge la carta abierta enviada a la Agencia Fides -,
nos ha permitido renovar nuestra misión de ayudar a construir nuevas
relaciones con la naturaleza, no como una productora de riqueza, sino
como una hermana y madre nuestra, con una una vida propia y con derechos
inalienables, que comparte y sostiene la vida de la Creación en busca
de la Buena Vida y el Bienestar de todos los seres que son parte de esta
casa común”.
Al daño causado por la extracción minera se suma la privatización de los
ríos, la multiplicación de las empresas productoras de electricidad y
la expansión de la actividad de extracción de gas natural. “Todos estos
tipos de actividad minera, lejos de avanzar hacia una mayor
responsabilidad en el cuidado del hogar y la vida común, aceleran su
destrucción y condenan a millones de personas a sobrevivir en precarias
condiciones, víctimas de enfermedades derivadas de la contaminación del
agua, la tierra y el aire”.
Durante la reunión se presentaron los dolorosos testimonios de las
víctimas de la minería y de los defensores de la madre tierra, y se
habló de la responsabilidad de esta situación de la que no están exentos
los gobiernos de América Latina: “en nuestro continente, por ejemplo,
el 60% de los asesinatos afectan a defensores de derechos y líderes
comunitarios”.
Llamados a dar, como Iglesias, motivos de fe y de esperanza de que “otro
mundo es posible, donde prevalezca el respeto y el cuidado por la vida
natural de la cual la humanidad es parte”, los participantes hicieron
una serie de recomendaciones. En primer lugar reafirmaron su compromiso
de “denunciar estas prácticas de muerte y buscar cambios estructurales”
tanto para limitar la actividad extractiva y abusiva, como para poner
fin a la “tolerancia cómplice de nuestros gobiernos”. También
reafirmaron su voluntad de continuar “promoviendo la vida, apoyando los
esfuerzos y las luchas de las comunidades involucradas en la minería y
otros proyectos que afectan seriamente la vida y al futuro de la madre
tierra y todos los seres humanos”.
A los líderes de las Iglesias se les pide “asumir un mayor compromiso
con aquellos que sufren las consecuencias de este modelo económico de
producción desenfrenada, de consumismo voraz y de odio sin límites hacia
la naturaleza”. A los Estados se les pide “una mayor responsabilidad en
la administración del bien común, una lucha decisiva contra la
corrupción, activar y controlar estrictamente las reglas y leyes que
garanticen los derechos humanos, individuales y comunitarios, los
derechos de la naturaleza y el derecho fundamental de los pueblos a
decidir sobre su propio desarrollo, garantizando procesos de consulta
efectivos” y el respeto de las decisiones tomadas.
A los empresarios se les pide eliminar “las prácticas criminales de
explotación, irresponsables y depredatorias de vidas, territorios y
culturas”, como se reitera en la última parte, “ha llegado el momento en
el que cada persona debe asumir la responsabilidad de construir otros
modelos de producción para garantizar la vida de las generaciones
futuras y respetar a la madre tierra, apoyando el consumo responsable y
apostando por nuevas formas de entender el desarrollo integral”.