CIUDAD DEL VATICANO (http://press.vatican.va - 6 de abril de 2019).- Discurso pronunciado la mañana del 3 de abril por el Cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin al final de los trabajos del Simposio Stand Together to Defend International Religious Freedom en la sede de la Embajada de los Estados Unidos ante la Santa Sede.
Excelencias, queridos amigos,
Me complace tener esta ocasión para presentar algunas breves
observaciones al final de este Simposio Internacional de Libertad
Religiosa, organizado por la Embajada de los Estados Unidos ante la
Santa Sede con la cooperación de otras instituciones. Un agradecimiento
especial para el Embajador Gingrich por su amable invitación para
presentar algunas reflexiones finales sobre el tema: “Unidos juntos para
defender la libertad religiosa internacional”.
Un breve examen de las numerosas violaciones de la libertad religiosa
en el escenario mundial y del número impresionante de personas
inocentes que sufren persecución, debido a sus creencias, incluidos
muchos cristianos, no deberían dejar lugar a dudas de que estamos
enfrentando un ataque agresivo dirigido al corazón de los derechos
humanos fundamentales, que son necesarios para el florecimiento de la
persona humana, de la sociedad en su conjunto y para la coexistencia
pacífica entre las naciones.
A pesar de tantos esfuerzos para promover y reforzar el derecho
humano fundamental a la libertad religiosa, somos, en cambio, testigos
de un deterioro continuo, incluso podríamos decir de un asalto, a este
derecho inalienable en muchas partes del mundo. La religión siempre ha
sido objeto de gran consideración, como se ve en su regulación por parte
de los sistemas jurídicos nacionales o internacionales. La elección de
la fe y la consiguiente adhesión a una religión afectan todos los
niveles de la vida, así como las esferas sociales y políticas. Por lo
tanto, la elección y la práctica de la propia fe deben estar libres de
restricciones y coerción. No obstante la fuerte protección que la
libertad religiosa tiene en el marco del derecho internacional, incluida
su clara presentación en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos (1948), así como en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos, seguimos presenciando graves violaciones de este derecho
fundamental básico, a menudo efectuadas con impunidad y que, a veces,
reciben poca o ninguna atención en los medios de comunicación.
Dicho esto, el tema de los dos grupos de debate de esta mañana es
bastante apropiado. La sensibilización de la opinión pública sobre la
realidad de la persecución religiosa, en particular a través de los
rápidos medio de la era digital sigue siendo un paso útil para enfrentar
las violaciones de la libertad religiosa. Más aún, los que trabajan en
el sector de los medios de comunicación y las redes sociales deben sacar
a la luz los hechos que amenazan el bien común de la familia humana.
Las groseras violaciones de la libertad de religión deben considerarse
una de esas amenazas.
El segundo grupo plantea un tema aún más difícil, el de una
cooperación internacional que no sea simplemente un "estar juntos"
sino un "trabajar juntos" en todos los niveles para defender y promover
la libertad religiosa. Por lo que se refiere a este aspecto, la Iglesia
católica busca continuamente todos los medios posibles para fomentar el
respeto mutuo y la colaboración entre las naciones, los pueblos y las
religiones para favorecer la coexistencia pacífica, para fomentar un
ambiente social y político que respete la libertad de la conciencia de
la persona y sus creencias respetando la igualdad de sus derechos, como
los de cualquier otro ciudadano, especialmente en aquellos contextos en
los que su creencias no sean las de la mayoría.
En efecto, reflexionando sobre los dos sectores principales que han
sido objeto de discusión en los grupos, resulta evidente que
concientizar sobre la realidad brutal de la persecución religiosa en el
mundo sería inútil a menos que haya un intento serio y concreto de
trabajar juntos para abordar y superar las causas que están en la raíz
de este problema. Esto es, por supuesto, un gran desafío, porque al
pasar de "palabras" a "acciones" siempre se encuentran varias
complicaciones.
Un aspecto importante es que, al discutir de la libertad religiosa,
nunca debemos perder de vista las bases antropológicas de este derecho.
No hacerlo es correr el riesgo de entender la libertad religiosa como
algo accesorio a la persona humana, como algo concedido desde “fuera” a
la persona, incluso por el Estado, en lugar de como un don de Dios, de
hecho un don arraigado en la dimensión trascendente de la naturaleza
humana. Claramente, las autoridades civiles tienen la obligación de
proteger y defender la libertad religiosa, pero no en el sentido de ser
sus autores, sino más bien sus custodios.
La protección y las limitaciones son los dos elementos clave
que atañen a cualquier debate sobre la libertad religiosa como un
derecho fundamental debido a su conexión directa con la persona humana.
De hecho, también cumple un papel estratégico en la evaluación y la
garantía de la adecuada atención y garantía otorgada por las autoridades
públicas. Esta interpretación refleja el proceso de afirmación de los
derechos humanos que ha caracterizado la historia de los últimos siglos,
colocando a la persona humana y sus derechos en el centro de las
acciones jurídicas, políticas, culturales y religiosas. En efecto, la
libertad religiosa plantea la cuestión de la indivisibilidad de
los derechos humanos, que se ha convertido en un principio rector y un
supuesto fundamental del derecho internacional acerca de los derechos
humanos.
La libertad religiosa es un derecho fundamental, que refleja la más
alta dignidad humana, la capacidad de buscar la verdad y conformarse a
ella, y reconoce en ello una condición, que es indispensable para la
capacidad de desplegar toda la potencialidad propia. La libertad
religiosa no es solo la de la creencia o la del culto privado. Es la
libertad de vivir, tanto en privado como en público, de acuerdo con los
principios éticos que resultan de los principios religiosos. Este es un
gran desafío en el mundo globalizado, donde las convicciones débiles
también rebajan el nivel ético general y, en nombre de un concepto falso
de tolerancia, se termina por perseguir a quienes defienden su fe.
Otro aspecto que requiere nuestra atención es el de ser juiciosos en
nuestra evaluación de los desafíos y amenazas a la libertad religiosa.
Si bien las violaciones de este derecho abarcan una amplia variedad de
formas, parece que, sin querer simplificar la discusión, existen dos
fuerzas conceptuales que conducen a violaciones de este derecho, que se
prestan a ser fácilmente politizadas. Por un lado, y quizás el más
obvio, se trata de la actitud de intolerancia religiosa, un determinado
enfoque miope, que considera cualquier religión o creencia fuera de la
propia no solo meramente inferior sino como algo que merece ser
degradado o categorizado como de segunda clase. Se observa, con
demasiada frecuencia, en situaciones políticas, sociales o culturales,
por ejemplo con los cristianos, que son tratados como ciudadanos de
segunda clase. Por otro lado, hay una tendencia a atacar la libertad
religiosa desde lo que podríamos llamar un punto de vista "ideológico",
el que toma, por ejemplo, el principio que se encuentra en el marco de
derechos humanos que considera a los derechos humanos como
"intersectoriales" y "transversales". En este contexto, algunos de los
llamados "nuevos derechos humanos" a veces tienden a entrar en conflicto
con los derechos humanos fundamentales reconocidos universalmente,
incluida la libertad religiosa y el derecho a la vida.
Por ejemplo, el ejercicio de la libertad religiosa, especialmente en
la plaza pública, con respecto a la institución del matrimonio o en
relación con el derecho inviolable a toda vida humana, a menudo se
enfrenta a los llamados "nuevos derechos" que tienden a presentarse en
completa contradicción con estos derechos humanos fundamentales o a
invadir su campo.
Dada su importancia, parece que estas dos fuerzas conceptuales deben
permanecer en primer plano en nuestras discusiones. Perderlas de vista
nos haría correr el riesgo de "no entender" de lo que realmente sea la
libertad religiosa. La libertad religiosa ciertamente significa el
derecho a adorar a Dios, individualmente y en comunidad, como lo dicta
nuestra conciencia. Pero, la libertad religiosa, por su naturaleza,
trasciende los lugares de culto y la esfera privada de individuos y
familias. Nuestras diversas tradiciones religiosas sirven a la sociedad
principalmente por el mensaje que proclaman. Llaman a los individuos y a
las comunidades a adorar a Dios, la fuente de toda vida, libertad y
felicidad. Nos recuerdan la dimensión trascendente de la existencia
humana y nuestra libertad irreductible frente a toda pretensión de poder
absoluto.
Para concluir, me gustaría reafirmar que la Santa Sede seguirá
participando plenamente en la promoción de la libertad religiosa, ya que
este derecho fundamental está estrechamente relacionado con la
protección de la conciencia y la defensa de la persona humana. Un
ejemplo reciente de esta prioridad para la Iglesia es el documento
"Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común", firmado
por el Papa Francisco y el Gran Imán Ahmad al-Tayyib en Abu Dabi el 4 de
febrero. Os animo a leer el documento completo, si todavía no lo habéis
hecho y quisiera terminar citando uno de los pasajes, que para mí
parece ser el centro de este simposio.
“Declaramos también la importancia de reavivar el sentido religioso y
la necesidad de reanimarlo en los corazones de las nuevas generaciones,
a través de la educación sana y la adhesión a los valores morales y a
las enseñanzas religiosas adecuadas, para que se afronten las tendencias
individualistas, egoístas, conflictivas, el radicalismo y el extremismo
ciego en todas sus formas y manifestaciones ".
Gracias por vuestra atención.