Texto del discurso que el Papa ha dirigido a los presentes durante la Audiencia:
DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA ASOCIACIÓN NACIONAL DE MAGISTRADOS
A LA ASOCIACIÓN NACIONAL DE MAGISTRADOS
Sala del Consistorio
Sábado, 9 de febrero de 2019
Sábado, 9 de febrero de 2019
Ilustres Señoras y Señores,
Os saludo cordialmente, así como a vuestro Presidente, a quien
agradezco sus palabras, al Comité Directivo Central y a toda la
Asociación Nacional de Magistrados. Cumple ciento diez años: un
aniversario que se convierte en una ocasión de agradecimiento y de
balance, un momento en que reafirmar vuestros propósitos y recalibrar
los objetivos, a la luz de un contexto que ha cambiado.
Desde hace más de un siglo, a través de iniciativas de carácter
cultural, de asistencia y previsión, la Asociación Nacional de
Magistrados supervisa el correcto funcionamiento de la delicada y
preciosa función del magistrado. Al mismo tiempo, cumple la importante
tarea de vigilancia de las normas democráticas y de promoción de los
valores constitucionales, al servicio del bien común. Al promover estos
valores, a través del debate interno y de los comunicados, de los
congresos nacionales, de la revista y del diálogo con las instituciones,
dais una aportación significativa a las cuestiones más relevantes
relacionadas con la administración de justicia. La pertenencia a vuestra
Asociación de aproximadamente el 90% de los magistrados italianos os
hace interlocutores privilegiados, en particular de los cuerpos
legislativos del Estado, porque os permite aprovechar una amplia gama de
experiencias profesionales, brindándoos un conocimiento directo de la
vida de los ciudadanos y de sus puntos críticos.
Vivimos en un contexto atravesado por tensiones y laceraciones, que
pueden debilitar la consistencia misma del tejido social y diluir la
conciencia cívica de muchos, con un repliegue hacia lo privado que a
menudo genera desinterés y se convierte en caldo de cultivo de la
ilegalidad. La reivindicación de una multiplicidad de derechos, hasta
aquellos de tercera y cuarta generación vinculados a las nuevas
tecnologías, se acompaña, a menudo, a una escasa percepción del propio
deber y a una insensibilidad generalizada por los derechos primarios de
muchos, incluso de multitudes de personas. Por estas razones, hay que
reafirmar con constancia y determinación, con las actitudes y la praxis,
el valor principal de la justicia, indispensable para el correcto
funcionamiento de cada ámbito de la vida pública y para que todos puedan
llevar una vida serena.
La tradición filosófica presenta la justicia como una virtud cardinal
y la virtud cardinal por excelencia, porque las otras también
contribuyen a su realización: la prudencia, que ayuda a aplicar los
principios generales de la justicia a situaciones específicas; la
fortaleza y la templanza, que perfeccionan su realización. La justicia
es, por lo tanto, una virtud, es decir, un ropaje interno
del sujeto: no un traje ocasional o para ponérselo en las fiestas,
sino un ropaje que se lleva siempre, porque te cubre y te envuelve,
influyendo no solo en las decisiones concretas, sino también en las
intenciones y en los propósitos. Y es virtud cardinal, porque
indica la dirección correcta y, como un gozne, es punto de apoyo y
articulación. Sin justicia, toda la vida social se queda atascada, como
una puerta que ya no se puede abrir, o termina chirriando en un
movimiento farragoso.
Por lo tanto, todas las energías positivas presentes en el cuerpo
social deben contribuir al logro de la justicia, para que ésta,
encargada de dar a cada uno lo suyo, se presente como el principal
requisito para lograr la paz. A vosotros, magistrados, se os encomienda
de una manera muy especial la justicia , no solamente para que la
practiquéis con prontitud, sino para que la promováis sin descanso; en
efecto, no es un orden ya realizado para conservar, sino un objetivo
por el cual luchar cada día.
Soy consciente de los miles de dificultades que encontráis en vuestro
servicio diario, obstaculizado en su eficacia por la falta de recursos
para el mantenimiento de las estructuras y para la contratación de
personal, y por la creciente complejidad de las situaciones jurídicas.
Todos los días debéis lidiar, por un lado, con la sobreabundancia de
leyes, que puede causar la superposición o el conflicto entre leyes
diferentes, antiguas y nuevas, nacionales y supranacionales; y, por el
otro, con lagunas legislativas en algunos temas importantes, incluidos
los relacionados con el principio y el final de la vida, el derecho de
familia y la compleja realidad de los inmigrantes. Estos problemas
críticos requieren que el magistrado asuma una responsabilidad que vaya
más allá de sus deberes normales, y exigen que constate los eventos y se
pronuncie sobre ellos con una precisión todavía mayor.
En una época en la que la verdad se falsifica a menudo, y casi
estamos arrollados por un torbellino de informaciones fugaces, es
necesario que seáis los primeros en afirmar la superioridad de la
realidad sobre la idea (ver Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium,
233); de hecho, "la realidad simplemente es, la idea se elabora."
(ibid., 231). Vuestro esfuerzo para determinar la realidad de los
hechos, aunque se vuelva más difícil por la cantidad de trabajo a
vuestro cargo, sea siempre puntual, comunicado con precisión, basado en
un estudio en profundidad y en un esfuerzo continuo de actualización.
Sabrá servirse del diálogo con los diversos saberes extrajudiciales
para comprender mejor los cambios que se están produciendo en la
sociedad y en la vida de las personas, y ser capaz de dar con sabiduría,
cuando sea necesario, una interpretación evolutiva de las leyes, sobre
la base de los principios fundamentales sancionados por la Constitución.
En un contexto social en el que cada vez más se percibe como normal,
sin algún escándalo, la búsqueda del interés individual incluso a
expensas del colectivo, estáis llamado a ofrecer un signo de la
dedicación desinteresada que vuestro Estatuto destaca ya en su primer
artículo, posibilitada por la importante prerrogativa de la
independencia, sobre la que vigiláis siempre como Asociación Nacional.
La independencia exterior, que lleva a la afirmación decidida de vuestro
carácter no político (véase el Estatuto, artículo 2), mantenga
alejados de vosotros el favoritismo y las corrientes, que contaminan
decisiones, relaciones y nombramientos; y la independencia interior
(cf. Estatuto, artículo 1)os libre, en cambio, de buscar ventajas
personales y capaces de rechazar "la presión, la señalización o la
solicitud directa para influir indebidamente sobre los tiempos y los
métodos de administración de justicia" (Estatuto, art. 2).
Precisamente los tiempos y las formas en que se administra la
justicia tocan la carne viva de las personas, especialmente de las más
necesitadas, y dejan en ella signos de alivio y consuelo, o heridas de
olvido y discriminación. Por lo tanto, en vuestra preciosa tarea de
discernimiento y juicio, tratad siempre de respetar la dignidad de cada
persona, "sin discriminación y prejuicios de sexo, cultura, ideología,
raza, religión" (Estatuto, Artículo 9). Vuestra mirada sobre
aquellos a quienes estáis llamados a juzgar sea siempre una mirada de
bondad. “La misericordia es superior al juicio" (Carta de Santiago
2:13), nos enseña la Biblia y nos recuerda que una mirada atenta a la
persona y a sus necesidades logra captar la verdad de una forma todavía
más auténtica. La justicia que administráis sea cada vez más
"inclusiva", atenta a los últimos y a su integración: en efecto, cuando
se trata de dar a cada uno lo debido, no se puede olvidar la extrema
debilidad que afecta a la vida de muchos e influye en sus elecciones.
La elevada inspiración moral, expresada con claridad en vuestro
Código de ética, anime siempre vuestra acción, porque vosotros sois
mucho más que funcionarios; sois un modelo para todos los ciudadanos y
especialmente para los jóvenes. Por eso me congratulo con vosotros
porque recordáis a los magistrados que han sufrido y han perdido sus
vidas cumpliendo fielmente sus deberes. A cada uno de ellos también
dirijo hoy un recuerdo particular y agradecido.
El Señor os bendiga todos, a vuestro trabajo y a vuestras familias. Gracias.
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