Texto del discurso que el Pontífice ha dirigido a los presentes en el encuentro:
DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MISIONEROS DE ÁFRICA (PADRES BLANCOS) Y
A LAS HERMANAS MISIONERAS DE NUESTRA SEÑORA DE ÁFRICA (HERMANAS BLANCAS)
A LOS MISIONEROS DE ÁFRICA (PADRES BLANCOS) Y
A LAS HERMANAS MISIONERAS DE NUESTRA SEÑORA DE ÁFRICA (HERMANAS BLANCAS)
Sala Clementina
Viernes, 8 de febrero de 2019
Viernes, 8 de febrero de 2019
Queridos hermanos y hermanas,
Os recibo con alegría con motivo de la celebración del 150
aniversario de la fundación de la Sociedad de Misioneros de África y de
la Congregación de las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África.
Agradezco a vuestros Superiores Generales las palabras que me han
dirigido, y deseo expresaros mi cordial saludo y mi cercanía espiritual
y, a través de vosotros, a todos los miembros de vuestros institutos
presentes en África y en otras regiones del mundo. Gracias por el
servicio a la misión de la Iglesia, vivido con pasión y generosidad, en
fidelidad a las intuiciones evangélicas de vuestro fundador común, el
Cardenal Lavigerie.
Durante los últimos tres años, os habéis preparado para celebrar este
jubileo. Como miembros de la gran "familia Lavigerie", habéis regresado
a vuestras raíces, habéis mirado vuestra historia con gratitud, para
poder vivir vuestro compromiso actual con una pasión renovada por el
Evangelio y ser sembradores de esperanza. Junto a vosotros doy gracias a
Dios, no solo por los dones que ha concedido a la Iglesia a través de
vuestros Institutos, sino también y sobre todo por la fidelidad de su
amor, que celebráis en este Jubileo. ¡Qué este año jubilar fortalezca en
vosotros la certeza de que "fiel es Dios, por quien habéis sido
llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro"! (1 Co.
1: 9) !Qué vuestra consagración, vuestro ministerio puedan manifestarse
concretamente, en vuestra vida fraterna y en vuestros diversos
compromisos, la fidelidad del amor de Dios y su cercanía, para sembrar
la esperanza en los corazones de aquellos que están heridos, probados,
desanimados y se sienten tan a menudo abandonados!.
Queridos amigos, lo sabéis: cuando Monseñor Lavigerie, entonces
arzobispo de Argel, fue guiado por el Espíritu para fundar la Sociedad
de los Misioneros de África, y luego la Congregación de las Hermanas
Misioneras, tenía en su corazón la pasión por el Evangelio y el deseo de
anunciarlo a todos, convirtiéndose en "todo a todos" (cf. 1 Co. 9:22). Por esta razón, vuestras raíces están marcadas por la misión ad extra:
está en vuestro ADN. Así, siguiendo las huellas del Fundador, vuestra
primera preocupación, vuestra santa inquietud, es " que tantos hermanos
nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con
Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte
de sentido y de vida. "(Exhortación apostólica Evangelii gaudium,
49). Pero, a la luz del camino realizado hasta ahora a partir de
vuestra fundación, sabéis que el anuncio del Evangelio no es sinónimo
de proselitismo; es esa dinámica que nos lleva a estar cerca de otros
para compartir el don recibido, el encuentro de amor que cambió vuestra
vida y os llevó a decidir consagrar la vida al Señor Jesús, Evangelio
para la vida y la salvación del mundo. Siempre es por Él, con Él, y en Él, que se vive la misión. Por lo tanto, os aliento a mantener vuestros ojos fijos en Jesucristo,
para no olvidar nunca que el verdadero misionero es ante todo un
discípulo. Cultivad el vínculo particular que os une al Señor, mediante
la escucha de su Palabra, la celebración de los sacramentos y el
servicio a los hermanos, para que vuestras acciones puedan manifestar su
presencia, su amor misericordioso, su compasión por aquellos a quien el
Espíritu os envía y os conduce. ¡Qué la celebración de vuestro jubileo
os ayude a convertiros en "nómadas del Evangelio", hombres y mujeres que
no temen ir a los desiertos de este mundo y buscar juntos los medios
para acompañar a los hermanos al oasis que es el Señor, para que el agua
viva de su amor apague cualquier sed suya!
Espero que este Año Jubilar contribuya también al desarrollo de los
lazos fraternales entre vosotros, porque el anuncio del Evangelio no se
puede vivir sino gracias a una auténtica comunión misionera. Con la
fuerza del Espíritu Santo, sed testigos de la esperanza que no defrauda
(ver Rom 5: 5), a pesar de las dificultades. En fidelidad a
vuestras raíces, no tengáis miedo de arriesgaros en los caminos de la
misión, de ser “testigos de que Dios siempre es novedad, que nos empuja a
partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido,
hacia las periferias y las fronteras.” (Exhort. Ap. Gaudete et exsultate, 135).
El Espíritu Santo haga de vosotros constructores de puentes entre los
hombres. Qué allí donde el Señor os haya enviado, podáis contribuir a
desarrollar una cultura de encuentro, estar al servicio de un diálogo
que, respetando las diferencias, sepa enriquecerse con la diversidad de
los demás. Y os agradezco en particular el trabajo que habéis hecho ya
en favor del diálogo con el Islam, con los hermanos y hermanas
musulmanes. Con el estilo y la simplicidad del vuestro modo de vivir,
manifestáis también la necesidad de cuidar nuestra casa común, la
tierra.Por último, siguiendo los pasos del cardenal Lavigerie, estáis
llamados a sembrar esperanza, luchando contra todas las formas actuales
de esclavitud; haciéndoos cercanos a los pequeños y a los pobres, a
aquellos que esperan, en las periferias de nuestra sociedad, ser
reconocidos en su dignidad, ser acogidos, protegidos, levantados,
acompañados, promovidos e integrados.
Con esta esperanza, os encomiendo al Señor, por intercesión de la
Virgen María, Nuestra Señora de África. Os imparto la bendición
apostólica así como a todos los miembros de vuestras comunidades, e
invoco la bendición de Dios sobre aquellos cuya vida compartís, allí
donde el Señor os ha enviado. Y por favor no os olvidéis de rezar por
mí. Gracias.
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