Esta mañana, antes de dejar su residencia, el Santo Padre FRANCISCO saludó, además del personal del Al Mushrif Palace, al Nuncio Apostólico en los Emiratos Árabes Unidos y Delegado Apostólico de la Península Arábiga, S.E. Mons. Francisco Montecillo Padilla, con sus familiares y un grupo de frailes capuchinos y Sacerdotes del Vicariato, acompañados por S.E. Mons. Paul Hinder, O.F.M. Cap., Vicario Apostólico de Arabia del Sur. Luego se trasladó a la St. Joseph Cathedral una de las dos iglesias católicas de Abu Dabi.
Visita a la St. Joseph Cathedral
A su llegada, el Papa fue recibido por el Vicario Apostólico de Arabia del Sur, por el Vicario General y el Párroco. Luego, mientras se entonaba un canto, el Papa FRANCISCO entró en procesión en la Catedral, dentro de la cual había una representación de la comunidad católica compuesta por unos trescientos fieles. S. E. Mons. Hinder presentó al Papa la comunidad de fieles presentes y el Santo Padre, dirigiéndose a ellos con un breve saludo, dijo que para él era una gran alegría visitar las iglesias jóvenes como la de los Emiratos y agradeció a los fieles su testimonio.
Después de haber depositado en el altar un ramo de flores que le dio una familia y tras un breve momento de meditación, el Papa FRANCISCO bendijo a los presentes y se trasladó en automóvil a la Zayed Sports City para la celebración de la Santa Misa.
Misa en la Zayed Sports City de Abu Dabi
Después de visitar la St. Joseph Cathedral en Abu Dabi, el Santo Padre FRANCISCO se desplazó a la Zayed Sports City para la celebración de la Santa Misa, a la que asistieron fieles católicos de cien nacionalidades diferentes y alrededor de cuatro mil musulmanes. Después de dar una vuelta en papamóvil entre los fieles, a las 10.30 hora local (7.30 en Roma), el Papa celebró la Santa Misa "Por la paz y la justicia" [en inglés y en latín]. Después de la proclamación del evangelio, pronunció la homilía.
Al final de la celebración eucarística, S.E. Mons. Paul Hinder, O.F.M. Cap., Obispo titular de Macon y Vicario Apostólico de Arabia del Sur, dirigió un breve saludo al Santo Padre. Sucesivamente, antes de la bendición final, el Papa dirigió a los ciento ochenta mil fieles y peregrinos presentes dentro y fuera del estadio unas palabras de saludo y de agradecimiento.
Inmediatamente después, el Santo Padre dejó la Zayed Sports City y se trasladó en automóvil al Aeropuerto Presidencial de Abu Dabi para la ceremonia de despedida de los Emiratos Árabes Unidos.
Texto de la homilía y el saludo final del Papa durante la Santa Misa:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO
A LOS EMIRATOS ÁRABES UNIDOS
A LOS EMIRATOS ÁRABES UNIDOS
3-5 DE FEBRERO DE 2019
(3-5 DE FEBRERO DE 2019)
SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Zayed Sports City, Abu Dabi
Martes, 5 de febrero de 2019
Martes, 5 de febrero de 2019
Bienaventurados: es la palabra con la que Jesús comienza su
predicación en el Evangelio de Mateo. Y es el estribillo que él repite
hoy, casi como queriendo fijar en nuestro corazón, ante todo, un mensaje
fundamental: si estás con Jesús; si amas escuchar su palabra como los
discípulos de entonces; si buscas vivirla cada día, eres bienaventurado.
No serás bienaventurado, sino que eres bienaventurado:
esa es la primera realidad de la vida cristiana. No consiste en un
elenco de prescripciones exteriores para cumplir o en un complejo
conjunto de doctrinas que hay que conocer. Ante todo, no es esto; es
sentirse, en Jesús, hijos amados del Padre. Es vivir la alegría de esta
bienaventuranza, es entender la vida como una historia de amor, la
historia del amor fiel de Dios que nunca nos abandona y quiere vivir
siempre en comunión con nosotros. Este es el motivo de nuestra alegría,
de una alegría que ninguna persona en el mundo y ninguna circunstancia
de la vida nos puede quitar. Es una alegría que da paz incluso en el
dolor, que ya desde ahora nos hace pregustar esa felicidad que nos
aguarda para siempre. Queridos hermanos y hermanas, en la alegría de
encontraros, esta es la palabra que he venido a deciros: bienaventurados.
Ahora bien, Jesús llama bienaventurados a sus discípulos, sin
embargo, llaman la atención los motivos de las diversas
bienaventuranzas. En ellas vemos una transformación total en el modo de
pensar habitual, que considera bienaventurados a los ricos, los
poderosos, los que tienen éxito y son aclamados por las multitudes. Para
Jesús, en cambio, son bienaventurados los pobres, los mansos, los que
se mantienen justos aun corriendo el riesgo de ser ridiculizados, los
perseguidos. ¿Quién tiene razón, Jesús o el mundo? Para entenderlo,
miremos cómo vivió Jesús: pobre de cosas y rico de amor, devolvió la
salud a muchas vidas, pero no se ahorró la suya. Vino para servir y no
para ser servido; nos enseñó que no es grande quien tiene, sino quien
da. Fue justo y dócil, no opuso resistencia y se dejó condenar
injustamente. De este modo, Jesús trajo al mundo el amor de Dios.
Solo
así derrotó a la muerte, al pecado, al miedo y a la misma mundanidad,
solo con la fuerza del amor divino. Todos juntos, pidamos hoy en este
lugar, la gracia de redescubrir la belleza de seguir a Jesús, de
imitarlo, de no buscar más que a él y a su amor humilde. Porque el
sentido de la vida en la tierra está aquí, en la comunión con él y en el
amor por los otros. ¿Creéis esto?
He venido también a daros las gracias por el modo como vivís el
Evangelio que hemos escuchado. Se dice que entre el Evangelio escrito y
el que se vive existe la misma diferencia que entre la música escrita y
la interpretada. Vosotros aquí conocéis la melodía del Evangelio y vivís
el entusiasmo de su ritmo. Sois un coro compuesto por una variedad de
naciones, lenguas y ritos; una diversidad que el Espíritu Santo ama y
quiere armonizar cada vez más, para hacer una sinfonía. Esta alegre
sinfonía de la fe es un testimonio que dais a todos y que construye la
Iglesia. Me ha impactado lo que Mons. Hinder dijo una vez, que no solo
él se siente vuestro Pastor, sino que vosotros, con vuestro ejemplo,
sois a menudo pastores para él. ¡Gracias por esto!
Ahora bien, vivir como bienaventurados y seguir el camino de Jesús no
significa estar siempre contentos. Quien está afligido, quien sufre
injusticias, quien se entrega para ser artífice de la paz sabe lo que
significa sufrir. Ciertamente, para vosotros no es fácil vivir lejos de
casa y quizá sentir la ausencia de las personas más queridas y la
incertidumbre por el futuro. Pero el Señor es fiel y no abandona a los
suyos. Nos puede ayudar un episodio de la vida de san Antonio abad, el
gran fundador del monacato en el desierto. Él había dejado todo por el
Señor y se encontraba en el desierto. Allí, durante un largo tiempo,
sufrió una dura lucha espiritual que no le daba tregua, asaltado por
dudas y oscuridades, tentado incluso de ceder a la nostalgia y a las
cosas de la vida pasada. Después de tanto tormento, el Señor lo consoló y
san Antonio le preguntó: «¿Dónde estabas? ¿Por qué no apareciste antes
para detener los sufrimientos? ¿Dónde estabas!». Entonces percibió con
claridad la respuesta de Jesús: «Antonio, yo estaba aquí» (S. Atanasio, Vida de Antonio,
10). El Señor está cerca. Frente a una prueba o a un período difícil,
podemos pensar que estamos solos, incluso después de estar tanto tiempo
con el Señor. Pero en esos momentos, aun si no interviene rápidamente,
él camina a nuestro lado y, si seguimos adelante, abrirá una senda
nueva. Porque el Señor es especialista en hacer nuevas las cosas, y sabe
abrir caminos en el desierto (cf. Is 43,19).
Queridos hermanos y hermanas: Quisiera deciros también que para vivir
las Bienaventuranzas no se necesitan gestos espectaculares. Miremos a
Jesús: no dejó nada escrito, no construyó nada imponente. Y cuando nos
dijo cómo hemos de vivir no nos ha pedido que levantemos grandes obras o
que nos destaquemos realizando hazañas extraordinarias. Nos ha pedido
que llevemos a cabo una sola obra de arte, al alcance de todos: la de
nuestra vida. Las Bienaventuranzas son una ruta de vida: no nos
exigen acciones sobrehumanas, sino que imitemos a Jesús cada día.
Invitan a tener limpio el corazón, a practicar la mansedumbre y la
justicia a pesar de todo, a ser misericordiosos con todos, a vivir la
aflicción unidos a Dios. Es la santidad de la vida cotidiana, que no
tiene necesidad de milagros ni de signos extraordinarios. Las
Bienaventuranzas no son para súper-hombres, sino para quien afronta los
desafíos y las pruebas de cada día. Quien las vive al modo de Jesús
purifica el mundo. Es como un árbol que, aun en la tierra árida, absorbe
cada día el aire contaminado y devuelve oxígeno. Os deseo que estéis
así, arraigados en Cristo, en Jesús y dispuestos a hacer el bien a todo
el que está cerca de vosotros. Que vuestras comunidades sean oasis de
paz.
Por último, quisiera detenerme brevemente en dos Bienaventuranzas. La primera: «Bienaventurados los mansos» (Mt
5,4). No es bienaventurado quien agrede o somete, sino quien tiene la
actitud de Jesús que nos ha salvado: manso, incluso ante sus acusadores.
Me gusta citar a san Francisco, cuando da instrucciones a sus hermanos
sobre el modo como han de presentarse ante los sarracenos y los no
cristianos. Escribe: «No entablen litigios ni contiendas, sino que estén
sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son
cristianos» (Regla no bulada, XVI). No entablen litigios ni contiendas —y
esto vale también para los sacerdotes— ni litigios ni contiendas: en
ese tiempo, mientras tantos marchaban revestidos de pesadas armaduras,
san Francisco recordó que el cristiano va armado solo de su fe humilde y
su amor concreto. Es importante la mansedumbre: si vivimos en el mundo
al modo de Dios, nos convertiremos en canales de su presencia; de lo
contrario, no daremos frutos.
La segunda Bienaventuranza: «Bienaventurados los que trabajan por la
paz» (v. 9). El cristiano promueve la paz, comenzando por la comunidad
en la que vive. En el libro del Apocalipsis, hay una comunidad a la que
Jesús se dirige, la de Filadelfia, que creo se parece a la vuestra. Es
una Iglesia a la que el Señor, a diferencia de casi todas las demás, no
le reprocha nada. En efecto, ella ha conservado la palabra de Jesús, sin
renegar de su nombre, y ha perseverado, es decir que, a pesar de las
dificultades, ha seguido adelante. Y hay un aspecto importante: el
nombre Filadelfia significa amor entre hermanos. El amor
fraterno. Una Iglesia que persevera en la palabra de Jesús y en el amor
fraterno es agradable a Dios y da fruto. Pido para vosotros la gracia de
conservar la paz, la unidad, de haceros cargo los unos de los otros,
con esa hermosa fraternidad que hace que no haya cristianos de primera y
de segunda clase.
Jesús, que os llama bienaventurados, os da la gracia de seguir
siempre adelante sin desanimaros, creciendo en el amor mutuo y en el
amor a todos (cf. 1 Ts 3,12).
SALUDO DEL SANTO PADRE
AL FINAL DE LA SANTA MISA
AL FINAL DE LA SANTA MISA
Antes de concluir esta celebración, que me ha dado mucha alegría,
quisiera extender mi saludo cordial a todos los que habéis participado:
fieles caldeos, coptos, greco-católicos, greco-melquitas, latinos,
maronitas, sirio-católicos, siro-malabares, siro-malankares.
Agradezco sinceramente a Monseñor Hinder la preparación de esta
visita y todo su trabajo pastoral. Un “gracias” sentido a los
patriarcas, a los arzobispos mayores y a los otros obispos presentes, a
los sacerdotes, a los consagrados y a tantos laicos comprometidos con
generosidad y espíritu de servicio en las comunidades y con los más
pobres.
Saludo y doy las gracias a “eyal Zayid fi dar Zayid / los hijos de Zayid en la casa de Zayid”.
Que Nuestra Madre María Santísima os mantenga en el amor por la
Iglesia y en el testimonio gozoso del Evangelio. Por favor, no os
olvidéis de rezar mí.
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