CIUDAD DEL VATICANO (http://press.vatican.va - 20 de junio de 2019).- El Cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, ha clausurado esta
mañana con la celebración de la santa misa los trabajos del II Congreso
Eucarístico de la diócesis de Oppido Mamertina-Palmi (Italia).
En la homilía pronunciada durante la celebración, el Cardenal Parolin
subrayó que “la Eucaristía hace la Iglesia y es, al mismo tiempo, un
inmenso recurso ofrecido a la existencia del mundo”.
“Ante todo –explicó- la eucaristía hace la Iglesia. Efectivamente,
según la afirmación repetida de san Pablo, "la Iglesia es el cuerpo de
Cristo" (Ef 1,22-23; Col 1:24).
En primer lugar, es importante recordar que la Iglesia es un cuerpo,
es decir, una realidad social visible y no un ideal puro. La Iglesia no
se experimenta a través de una pertenencia puramente interna, sino que
es una realidad externa, visible y concreta, que se inserta activamente
en la historia del mundo. Sin embargo, ese cuerpo, que es la Iglesia,
"es el cuerpo de Cristo", un cuerpo vivificado y formado por el Espíritu
de Cristo, de tal manera que la forma social de la Iglesia manifiesta
la presencia de Cristo en el mundo de hoy.
La palabra que proclama la Iglesia no es suya, sino de Cristo. Los
sacramentos que celebra la Iglesia no son suyos sino de Cristo. El amor
que la Iglesia busca vivir no es el amor que proviene de ella, sino de
Cristo el Señor.
Por esta razón, el que encuentra a la Iglesia puede, en ella y a través
de ella, encontrarse verdaderamente con Cristo, más allá de las
limitaciones y los límites que son inevitables en las personas que la
componen.
Si no tuviéramos la Eucaristía, ¿cómo podría la Iglesia crecer como
un cuerpo hacia su cabeza, Cristo (cf. Col 1,18)? Ciertamente,
tendríamos la Palabra de Dios, que es como una semilla que da forma a la
vida de la Iglesia, pero la Palabra necesita interpretarse para ser
vivida; algo que no siempre es fácil. Con la Eucaristía, la Palabra
tiene su perfecto criterio de interpretación: "Este es mi cuerpo entregado por vosotros".”
“La Eucaristía es, al mismo tiempo, un recurso ofrecido a la
existencia del mundo –prosiguió- El mundo mismo se vuelve mejor si hay
algunos que conocen y viven la Eucaristía.
¿Qué se injerta en las estructuras del mundo, a través de la
Eucaristía, si no es una fuerza de amor, perdón y reconciliación? ¿Y no
son precisamente esas fuerzas, amor, perdón y reconciliación. las que
mantienen al mundo en pie,?
A menudo hay quienes piensan que el mundo se apoya en el
entrelazamiento de tantos egoísmos diferentes. Cada uno busca su interés
y la sociedad se forma porque los intereses de uno están entrelazados
con los de los demás; por eso nos soportamos y apoyamos mutuamente. Sin
embargo, este análisis es incompleto y si se toma como absoluto es
perjudicial.
El mundo está en pie porque hay personas que realmente aman, que
cargan no solo con el peso de sus vidas, sino también con el peso de las
vidas de otros, que renuncian a sus éxitos y honores para dejar espacio
a la afirmación y al bien de los demás. Si eliminamos todo esto, el
mundo se convierte en un infierno y cuando el mundo se convierte en
infierno, el deseo de vivir y el deseo de dar vida a otros desaparecen.
Por eso el mundo necesita la Eucaristía. No porque evidentemente
ella sea la fuente exclusiva de amor en el mundo; ciertamente, Dios ha
puesto la capacidad y el deseo de amar en cada corazón, y la experiencia
misma de nacer, de ser bienvenido por alguien se convierte en un fuerte
impulso que nos impulsa a amar.
Pero es importante reiterar que, de hecho, la Eucaristía es una
fuente inmensa de amor concreto. Y si retomamos la historia de la
caridad en Occidente, es decir, en nuestra cultura, podemos ver cuánto
de esta caridad tiene su origen en la Eucaristía, cuánto de la atención a
los pobres, a los enfermos, a los ancianos, y a los niños deben a la
experiencia de la Eucaristía.”.