domingo, 7 de diciembre de 2014

FRANCISCO: Cartas de noviembre (8 y 6)

CARTAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO
NOVIEMBRE 2014 




A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA GENERAL EXTRAORDINARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA
[ASÍS, 10-13 DE NOVIEMBRE DE 2014]




Queridos hermanos en el episcopado:


Con estas líneas quiero expresar mi cercanía a cada uno de vosotros y a las Iglesias en medio de las cuales el Espíritu de Dios os ha puesto como pastores. Que este mismo Espíritu anime con su sabiduría creativa la Asamblea general que estáis iniciando, dedicada especialmente a la vida y a la formación permanente de los presbíteros.


Al respecto, vuestro encuentro en Asís hace pensar inmediatamente en el gran amor y la veneración que san Francisco sentía por la santa Madre Iglesia jerárquica, y en especial por los sacerdotes, incluidos los que él reconocía como «pauperculos huius saeculi» (del Testamento).


Entre las principales responsabilidades que el ministerio episcopal os confía está la de confirmar, sostener y consolidar a estos vuestros primeros colaboradores, a través de quienes la maternidad de la Iglesia llega a todo el pueblo de Dios. ¡Cuántos de ellos hemos conocido! ¡Cuántos con su testimonio han ayudado a atraernos a una vida de consagración! ¡De cuántos de ellos hemos aprendido y hemos sido formados! En la memoria agradecida cada uno de nosotros conserva de ellos los nombres y los rostros. Los hemos visto entregar su vida entre la gente de nuestras parroquias, educar a los jóvenes, acompañar a las familias, visitar a los enfermos en su casa y en el hospital, hacerse cargo de los pobres, con la conciencia de que «separarse para no mancharse con los demás es la suciedad más grande» (L. Tolstoj). Libres de las cosas y de sí mismos, recuerdan a todos que abajarse sin guardar nada para sí mismo es la senda hacia esa sublimidad que el Evangelio llama caridad; y que la alegría más auténtica se goza en la fraternidad vivida.


Los sacerdotes santos son pecadores perdonados e instrumentos de perdón. Su vida habla la lengua de la paciencia y de la perseverancia; no se quedaron como turistas del espíritu, eternamente indecisos e insatisfechos, porque saben que están en las manos de Uno que no deja de cumplir sus promesas y cuya Providencia hace que nada pueda jamás separarlos de esa pertenencia. Esta conciencia crece con la caridad pastoral con la que rodean de atenciones y de ternura a las personas que se les confían, hasta llegar a conocerlas una por una.


Sí, aún es tiempo de presbíteros de esta magnitud, «puentes» para el encuentro entre Dios y el mundo, centinelas capaces de dejar intuir una riqueza de otro modo perdida.


Sacerdotes así no se improvisan: los forja el precioso trabajo formativo del seminario, y la ordenación los consagra para siempre hombres de Dios y servidores de su pueblo. Pero puede suceder que el tiempo entibie la generosa entrega de los comienzos, y entonces es en vano coser parches nuevos en un vestido viejo: la identidad del presbítero, precisamente porque viene de lo alto, le exige un camino diario de apropriación siempre nuevo, a partir de aquello que lo ha convertido en un ministro de Jesucristo.


La formación de la que hablamos es una experiencia de discipulado permanente, que acerca a Cristo y permite identificarse cada vez más a Él. Por ello la formación no tiene un final, porque los sacerdotes nunca dejan de ser discípulos de Jesús, de seguirlo. Así, pues, la formación en cuanto discipulado acompaña toda la vida del ministro ordenado y se refiere integralmente a su persona y a su ministerio. La formación inicial y la permanente son dos momentos de una sola realidad: el camino del discípulo presbítero, enamorado de su Señor y constantemente en su seguimiento (cf. Discurso a la plenaria de la Congregación para el clero, 3 de octubre de 2014).


Por lo demás, hermanos, vosotros sabéis que no sirven sacerdotes clericales cuyo comportamiento expone a alejar a la gente del Señor, ni presbíteros funcionarios que, mientras desempeñan una función, buscan lejos de Él el propio consuelo. Sólo quien tiene fija la mirada en lo que es de verdad esencial puede renovar el propio sí al don recibido y, en las diversas etapas de la vida, no deja de entregarse; sólo quien se deja conformar al buen Pastor encuentra unidad, paz y fuerza en la obediencia del servicio; sólo quien vive en el horizonte de la fraternidad presbiteral sale de la falsedad de una conciencia que se afirma epicentro de todo, única medida del propio sentir y de las propias acciones.


Os deseo jornadas de escucha y de confrontación, que lleven a trazar itinerarios de formación permanente, capaces de conjugar la dimensión espiritual con la cultural, la dimensión comunitaria con la pastoral: son estos los pilares de vidas formadas según el Evangelio, custodiadas en la disciplina cotidiana, en la oración, en la guarda de los sentidos, en la atención a sí mismo, en el testimonio humilde y profético; vidas que devuelven a la Iglesia la confianza que ella puso antes en ellos.


Os acompaño con mi oración y mi bendición, que extiendo, por intercesión de la Virgen Madre, a todos los sacerdotes de la Iglesia en Italia y a quienes trabajan al servicio de su formación; y os agradezco vuestras oraciones por mí y por mi ministerio.


Vaticano, 8 de noviembre de 2014


FRANCISCO 
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AL PRIMER MINISTRO DE AUSTRALIA CON OCASIÓN DE LA CUMBRE DEL G20
[BRISBANE, 15-16 DE NOVIEMBRE DE 2014]

 

A Su Excelencia Tony Abbott
Primer ministro de Australia



El 15 y 16 de noviembre próximo en Brisbane, Usted presidirá la cumbre de los jefes de Estado y de Gobierno de los 20 países con las más grandes economías, llevando de este modo a término la presidencia australiana del Grupo de los 20 en el año transcurrido. La Presidencia ha sido una excelente ocasión para todos de apreciar la significativa aportación dada por Oceanía en la gestión de las problemáticas mundiales y de sus esfuerzos para promover una integración constructiva de todos los países.


La agenda del G20 en Brisbane está particularmente concentrada en los esfuerzos para relanzar un proyecto de crecimiento sostenible de la economía mundial, alejando de este modo el espectro de la recesión global. Del trabajo preparatorio surgió un punto crucial, o sea el imperativo de crear oportunidades de trabajo dignas, estables y a favor de todos. Esto presupone y requiere una mejora de la calidad del gasto público y de las inversiones, la promoción de inversiones privadas, un moderado y adecuado sistema de tasación, un esfuerzo concertado para combatir la evasión fiscal y una reglamentación del sector financiero, que garantice honradez, seguridad y transparencia.


Quisiera pedir a los jefes de Estado y de Gobierno del G20 que no olviden que detrás de estos debates políticos y técnicos están en juego muchas vidas y que sería de verdad lamentable si tales debates quedaran sólo en declaraciones de principio. En el mundo, incluso dentro de los países pertenecientes al G20, hay demasiadas mujeres y hombres que sufren a causa de la desnutrición severa, por el aumento del número de personas sin empleo, por el altísimo porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social que puede conducir a favorecer la actividad criminal e, incluso, el reclutamiento de terroristas. Además, se verifica una agresión constante al ambiente natural, resultado de un consumismo desenfrenado; y todo ello producirá graves consecuencias para la economía mundial.


Tengo la esperanza de que se logre un consenso sustancial y real sobre los temas del programa. Del mismo modo, espero que la evaluación de los resultados de este consenso no se limite a los índices mundiales, sino que tenga también en cuenta la mejora real en las condiciones de vida de las familias más pobres y la reducción de todas las formas de desigualdad inaceptable. Expreso estas esperanzas de cara a la Agenda post-2015, que será aprobada durante la actual Asamblea de las Naciones Unidas y que debería incluir los temas vitales del trabajo digno para todos y del cambio climático.


Las cumbres del G20, que iniciaron con la crisis financiera del 2008, tuvieron lugar en el dramático marco de los conflictos militares, y esto dio lugar a desacuerdos entre los miembros del Grupo. Es motivo de gratitud que tales desacuerdos no hayan impedido un diálogo genuino en el seno del g20, con referencia tanto a los temas específicamente en programa, como a los de la seguridad global y de la paz. Pero esto no es suficiente. Todo el mundo espera del G20 un acuerdo cada vez más amplio que pueda llevar, en el marco del ordenamiento de las Naciones Unidas, al fin definitivo en Oriente Medio de la injusta agresión contra diferentes grupos, religiosos y étnicos, incluidas las minorías. También tendría que llevar a la eliminación de las causas profundas del terrorismo que ha alcanzado proporciones hasta ahora inimaginables; entre esas causas se cuenta la pobreza, el subdesarrollo y la exclusión. Cada vez es más evidente que la solución a este grave problema no puede ser exclusivamente de naturaleza militar, sino que también debe centrarse en aquellos que de una u otra manera alientan a los grupos terroristas con el apoyo político, el comercio ilegal de petróleo o el suministro de armas y tecnología. También es necesario un esfuerzo educativo y una conciencia más clara de que la religión no puede utilizarse como forma para justificar la violencia.


Estos conflictos dejan cicatrices profundas y producen situaciones humanitarias insoportables en diversas partes del mundo. Aprovecho esta oportunidad para pedir a los Estados miembros del G20 que sean ejemplo de generosidad y solidaridad a la hora de hacer frente a las numerosas necesidades de las víctimas de estos conflictos, especialmente de los refugiados.


La situación en Oriente Medio ha replanteado el debate sobre la responsabilidad de la Comunidad internacional de proteger a las personas y a los pueblos de los ataques extremos a los derechos humanos y del total desprecio del derecho humanitario. La Comunidad internacional y, en particular, los Estados miembros del G20 deberían preocuparse también de la necesidad de proteger a los ciudadanos de cada país de formas de agresión que son menos evidentes, pero igualmente reales y graves. Me refiero específicamente a los abusos en el sistema financiero, tales como las transacciones que condujeron a la crisis de 2008, y en particular a la especulación desligada de vínculos políticos o jurídicos, y a la mentalidad que ve en la maximización de los beneficios el objetivo final de toda actividad económica. Una mentalidad en la que las personas son descartadas, en último término, jamás alcanzará la paz y la justicia. Tanto a nivel nacional como a nivel internacional, la responsabilidad por los pobres y los marginados debe ser, por lo tanto, elemento esencial de toda decisión política.


Con la presente carta deseo expresar mi aprecio por vuestro trabajo, señor primer ministro, y ofrecer mi aliento y mi oración por las deliberaciones que tendrán que adoptar y por el éxito de la Cumbre. Invoco la bendición divina sobre todos los que participan en este encuentro y sobre todos los ciudadanos de los países del G20. De modo especial, expreso mis más sentidas felicitaciones, junto a mi oración, por la feliz conclusión de la presidencia de Australia y de buen grado le aseguro mi más elevada consideración.

Vaticano, 6 de noviembre de 2014



FRANCISCO 


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