jueves, 8 de mayo de 2014

FRANCISCO: Discursos de Abril (18, 14, 12 [2], 11 [2], 10 [2], 7 [2], 5 y 3)

DISCURSOS DEL SANTO PADRE FRANCISCO
 ABRIL 2014


PALABRAS DEL  PAPA AL FINALIZAR EL VÍA CRUCIS

Coliseo Romano

Viernes Santo, 18 de Abril 2014

 

 “Dios ha puesto sobre la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por cada Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los prepotentes, toda la arrogancia de los falsos amigos. Era una Cruz pesada, como la noche de las personas abandonadas, pesada como la muerte de las personas queridas, pesada porque resume toda la fealdad del mal”. “No obstante, es también una Cruz gloriosa como el alba de una noche larga, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande de nuestras iniquidades y de nuestras traiciones. En la Cruz vemos la monstruosidad de hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero también vemos la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia”.
De frente a la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos cuánto somos amados eternamente; de frente a la Cruz nos sentimos “hijos” y no “cosas” u “objetos”, como afirmaba San Gregorio Nacianceno dirigiéndose a Cristo con esta oración: «Si no existieras Tú, oh Cristo mío, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento disolver. Como, duermo, descanso y camino, me enfermo y me curo. Me asaltan innumerables afanes y tormentos, gozo del sol y de cuánto la tierra fructifica. Después muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no han pecado. Pero yo, ¿qué cosa tengo más que ellos? Nada, sino Dios. Si no existieras Tú, oh Cristo mío, me sentiría criatura acabada. Oh nuestro Jesús, guíanos desde la Cruz a la resurrección y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón. Oh Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: “Ayer estaba crucificado con Cristo; hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él”».
Finalmente, todos juntos recordemos a los enfermos, recordemos a todas las personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, para que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la Resurrección y del amor de Dios.

 

(Traducción del original italiano: http://catolicidad.blogspot.com

  
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A LA COMUNIDAD DEL PONTIFICIO COLEGIO LEONIANO DE ANAGNI

Palacio Apostólico Vaticano
 Sala Clementina
Lunes 14 de abril de 2014



Queridos hermanos en el episcopado,
sacerdotes y seminaristas:


Os saludo a todos vosotros que formáis la comunidad del Pontificio Colegio Leoniano de Anagni. Agradezco al rector las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Un saludo especial a vosotros, queridos seminaristas, que habéis querido venir a pie a Roma. ¡Valientes! Esta peregrinación es un símbolo muy bonito de vuestro camino formativo, que se ha de recorrer con entusiasmo y perseverancia, en el amor de Cristo y en la comunión fraterna.


El «Leoniano», como seminario regional, ofrece su servicio a algunas diócesis de la región del Lacio. En la senda de la tradición formativa, el mismo está llamado, en el hoy de la Iglesia, a proponer a los candidatos al sacerdocio una experiencia capaz de transformar sus proyectos vocacionales en fecunda realidad apostólica. Como todo seminario, también el vuestro tiene la finalidad de preparar a los futuros ministros ordenados en un clima de oración, de estudio y de fraternidad. Es este clima evangélico, esta vida llena del Espíritu Santo y de humanidad, lo que permite a quienes se sumergen en él asimilar día a día los sentimientos de Jesucristo, su amor al Padre y a la Iglesia, su entrega sin reservas al pueblo de Dios. Oración, estudio, fraternidad y también vida apostólica: son los cuatro pilares de la formación, que interactúan. La vida espiritual, fuerte; la vida intelectual, seria; la vida comunitaria y, por último, la vida apostólica, pero no en orden de importancia. Los cuatro son importantes, si falta uno de ellos la formación no es buena. Y los cuatro interactúan entre sí. Cuatro pilares, cuatro dimensiones sobre las cuales debe vivir un seminario.


Vosotros, queridos seminaristas, no os estáis preparando para desempeñar una profesión, para convertiros en funcionarios de una empresa o de un organismo burocrático. Tenemos muchos, muchos sacerdotes a mitad de camino. Es un dolor que no hayan logrado llegar a la plenitud: tienen algo de los funcionarios, una dimensión burocrática y esto no hace bien a la Iglesia. Por favor, estad atentos en no caer en esto. Vosotros os estáis convirtiendo en pastores a imagen de Jesús Buen Pastor, para ser como Él e in persona Christi en medio de su rebaño, para apacentar a sus ovejas.


Ante esta vocación, podemos responder como María al ángel: «¿Cómo es posible esto?» (cf. Lc 1, 34). Convertirse en «buenos pastores» a imagen de Jesús es algo demasiado grande, y nosotros somos demasiado pequeños... ¡Es verdad! Pensaba en estos días en la Misa crismal del Jueves santo y sentí esto, que con este don tan grande, que nosotros recibimos, nuestra pequeñez es fuerte: estamos entre los más pequeños de los hombres. Es verdad, es demasiado grande; pero no es obra nuestra. Es obra del Espíritu Santo, con nuestra colaboración. Se trata de ofrecerse a sí mismo con humildad, como arcilla para ser modelada, para que el alfarero, que es Dios, la trabaje con el agua y el fuego, con la Palabra y el Espíritu. Se trata de entrar en lo que dice san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Sólo así se puede ser diáconos y presbíteros en la Iglesia, sólo así se puede apacentar al pueblo de Dios y guiarlo no por nuestros caminos, sino por la senda de Jesús, es más, por la Vía que es Jesús.


Es verdad que, al inicio, no siempre existe una total rectitud de intención. Pero yo me atrevería a decir: es difícil que exista. Todos nosotros siempre hemos tenido estas pequeñas cosas que no contaban con la rectitud de intención, pero esto con el tiempo se resuelve, con la conversión de cada día. Pensemos en los Apóstoles. Pensad en Santiago y en Juan, que querían convertirse uno en el primer ministro y el otro en el ministro de economía, porque era más importante. Los Apóstoles no tenían aún esta rectitud, pensaban otra cosa y el Señor con mucha paciencia hizo la corrección de la intención y al final era tal la rectitud de su intención que dieron la vida en la predicación y en el martirio. ¡No os asustéis! «Pero yo no estoy seguro si quiero ser sacerdote para promoción...». «¿Pero tú amas a Jesús?». «Sí». «Habla con tu padre espiritual, habla con tus formadores, reza, reza, reza y verás que la rectitud de intención irá adelante».


Y este camino significa meditar cada día el Evangelio, para transmitirlo con la vida y la predicación; significa experimentar la misericordia de Dios en el sacramento de la Reconciliación. Y esto no dejarlo jamás. Confesarse, siempre. Y así llegaréis a ser ministros generosos y misericordiosos porque sentiréis la misericordia de Dios en vosotros. Significa alimentarse con fe y con amor de la Eucaristía, para alimentar con ella al pueblo cristiano; significa ser hombres de oración, para convertirse en voz de Cristo que alaba al Padre e intercede continuamente por los hermanos (cf. Hb 7, 25). La oración de intercesión, la que hacían esos grandes hombres —Moisés, Abrahán— que luchaban con Dios en favor del pueblo, esa oración valiente ante Dios. Si vosotros —pero esto lo digo desde el corazón, sin ofender—, si vosotros, si alguno de vosotros, no estáis dispuestos a seguir este camino, con estas actitudes y estas experiencias, es mejor que tengáis el valor de buscar otro camino. 
Hay muchas formas, en la Iglesia, de dar testimonio cristiano y muchos caminos que llevan a la santidad. En el seguimiento ministerial de Jesús no hay sitio para la mediocridad, esa mediocridad que conduce siempre a usar el santo pueblo de Dios para beneficio propio. ¡Ay de los malos pastores que se apacientan a sí mismos y no al rebaño! —exclamaban los profetas (cf. Ez 34, 1-6), ¡con cuánta fuerza! Y Agustín toma esta frase profética en su De Pastoribus, que os recomiendo leer y meditar. Pero atención a los malos pastores, porque el seminario, digamos la verdad, no es un refugio para las muchas limitaciones que podamos tener, un refugio de deficiencias psicológicas o un refugio porque no tengo el valor de ir adelante en la vida y busco allí un sitio que me defienda. No, no es esto. Si vuestro seminario fuese esto, se convertiría en una hipoteca para la Iglesia. No, el seminario es precisamente para ir adelante, adelante por este camino. Y cuando escuchamos que los profetas dicen «¡ay!», que este «¡ay!» os haga reflexionar seriamente sobre vuestro futuro. Pío xi una vez dijo que era mejor perder una vocación que arriesgar con un candidato no seguro. Era alpinista, conocía estas cosas.


Queridos hermanos, os doy las gracias por vuestra visita. Os agradezco haber venido a pie. Os acompaño con mi oración y mi bendición, y os encomiendo a la Virgen, que es Madre. ¡No la olvidéis nunca! Los místicos rusos decían que en el momento de las turbulencias espirituales hay que refugiarse bajo el manto de la Santa Madre de Dios. ¡No salir jamás de allí! Cubiertos con el manto. Y, por favor, rezad por mí!


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A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ PONTIFICIO DE CIENCIAS HISTÓRICAS

Palacio Apostólico Vaticano
 Sala de los Papas
Sábado 12 de abril de 2014




Queridos hermanos y hermanas:


Os recibo al término de vuestra asamblea plenaria, en la que, como ha recordado el presidente, conmemoráis el sexagésimo aniversario de la institución del Comité pontificio de ciencias históricas, por parte del venerable Pío XII. Doy las gracias por los sentimientos que el padre Ardura ha expresado en nombre vuestro, y sobre todo agradezco el compromiso con el cual ponéis al servicio de la Iglesia y de la Santa Sede vuestras competencias y vuestra profesionalidad.


Sigue siendo siempre válida la célebre afirmación de Cicerón en De Oratore, parcialmente retomada por el beato Juan XXIII, tan apasionado por los estudios históricos, en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II: Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae. El estudio de la historia representa, en efecto, una de las sendas para la investigación apasionada de la verdad, que desde siempre inunda el alma del hombre.


En vuestros estudios y en vuestra enseñanza, os confrontáis, en especial, con las vicisitudes de la Iglesia que camina en el tiempo, con su historia gloriosa de evangelización, de esperanza, de lucha diaria, de vida entregada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 96), así como de infidelidad, de negaciones, de pecados. Vuestras investigaciones, marcadas juntamente por una auténtica pasión eclesial y por un amor sincero a la verdad, pueden ser de gran ayuda a quienes tienen la tarea de discernir lo que el Espíritu Santo quiere decir a la Iglesia de hoy.


El Comité de ciencias históricas está integrado ya desde hace largo tiempo en el diálogo y en la cooperación con instituciones culturales y centros académicos de numerosas naciones, acogido con respeto en el sector mundial de estudios históricos. En el encuentro y en la colaboración con investigadores de toda cultura y religión, vosotros podéis ofrecer una aportación específica al diálogo entre la Iglesia y el mundo contemporáneo.


Entre las iniciativas que tenéis programadas, pienso, en especial, en el congreso internacional en la conmemoración del centenario del estallido de la primera guerra mundial. En dicho congreso reflexionaréis sobre las más recientes adquisiciones de la investigación, con especial atención a las iniciativas diplomáticas de la Santa Sede durante ese trágico conflicto y la aportación dada por los católicos y por los demás cristianos al auxilio de los heridos, refugiados, huérfanos y viudas, a la búsqueda de los dispersos, así como también en la reconstrucción de un mundo desgarrado por lo que Benedicto XV definió «inútil carnicería» (Carta a los jefes de los pueblos beligerantes, 1 de agosto de 1917). Y resuena aún hoy, más actual que nunca, el dolorido llamamiento de Pío XII: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra» (Radiomensaje, 24 de agosto de 1939). Cuando volvemos a escuchar esas palabras proféticas, nos damos verdaderamente cuenta de que la historia esmagistra vitae.


Queridos amigos, os deseo un camino de estudios siempre proficuo, y os aliento a proseguir con entusiasmo en la investigación y en el servicio de la verdad. Os bendigo de corazón y os pido un recuerdo en la oración. ¡Gracias!


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A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
DE LA SOCIEDAD ITALIANA DE CIRUGÍA ONCOLÓGICA



Palacio Apostólico Vaticano
Sala Clementina
Sábado 12 de abril de 2014


Queridos hermanos y hermanas:


Os doy la bienvenida a todos vosotros que participáis en el Congreso de la Sociedad italiana de cirugía oncológica, organizado por la Universidad «La Sapienza» de Roma y el hospital «Sant’Andrea». Al acogeros, pienso en todos los hombres y mujeres que vosotros atendéis, y rezo por ellos.


La investigación científica ha multiplicado las posibilidades de prevención y tratamiento, ha descubierto terapias para el tratamiento de las más diversas patologías. También vosotros trabajáis por esto: un compromiso de alto valor, para dar respuesta a las expectativas y esperanzas de muchos enfermos en todo el mundo.


Pero para que se pueda hablar de salud plena es necesario no perder de vista que la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es unidad de cuerpo y espíritu. 
Los griegos eran más precisos: cuerpo, alma y espíritu. Es esa unidad. Estos dos elementos se pueden distinguir pero no separar, porque la persona es una. Por lo tanto, también la enfermedad, la experiencia del dolor y del sufrimiento, no conciernen sólo a la dimensión corpórea, sino al hombre en su totalidad. De ahí la exigencia de una atención integral, que considere a la persona en su conjunto y una a la atención médica —al tratamiento «técnico»— también el apoyo humano, psicológico y social, porque el médico debe curar todo: el cuerpo humano, con la dimensión psicológica, social y también espiritual; y el acompañamiento espiritual y el apoyo a los familiares del enfermo. Por ello es indispensable que los agentes sanitarios se guíen «por una visión integralmente humana de la enfermedad y, por lo mismo, han de saber entablar una relación plenamente humana con el hombre enfermo y que sufre» (Juan Pablo II, Motu proprio Dolentium hominum, 11 de febrero de 1985).


La participación fraterna con los enfermos nos abre a la auténtica belleza de la vida humana, que comprende también su fragilidad, de tal modo que podamos reconocer la dignidad y el valor de cada ser humano, en cualquier situación que se encuentre, desde la concepción hasta la muerte.


Queridos amigos, mañana comienza la Semana santa, que culmina en el Triduo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Aquí el sufrimiento humano es asumido hasta el final y redimido por Dios. Por Dios-Amor. Sólo Cristo da sentido al escándalo del dolor inocente. Muchas veces, viene al corazón esa angustiada pregunta de Dostoyevski: ¿por qué sufren los niños? Sólo Cristo puede dar sentido a este «escándalo». A Él, crucificado y resucitado, también vosotros podéis mirar siempre en el desempeño cotidiano de vuestro trabajo. Y a los pies de la Cruz de Jesús encontramos también a la Madre dolorosa. Ella es Madre de toda la humanidad, y está siempre presente cerca de sus hijos enfermos. Si nuestra fe vacila, la suya no. Que María os sostenga también a vosotros y vuestro compromiso de investigación y de acción en el trabajo. Y rezo, pido al Señor que os bendiga a todos vosotros. Gracias.


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AL MOVIMIENTO POR LA VIDA ITALIANO

Palacio Apostólico Vaticano
 Sala Clementina
Viernes 11 de abril de 2014



Queridos hermanos y hermanas:


Cuando entré pensé que me había equivocado de puerta, pensé que había entrado en un jardín de infantes... ¡disculpadme!


Doy mi cordial bienvenida a cada uno de vosotros. Saludo al honorable Carlo Casini y le agradezco sus palabras, pero, sobre todo, le expreso mi reconocimiento por todo el trabajo que ha realizado durante tantos años en el Movimiento por la vida. Le deseo que cuando el Señor lo llame, sean los niños quienes le abran la puerta allá arriba. Saludo a los presidentes de los Centros de ayuda a la vida y a los responsables de los diferentes servicios, en especial del «Proyecto Gemma», que en estos veinte años ha permitido, a través de una forma particular de solidaridad concreta, el nacimiento de tantos niños que de lo contrario no habrían visto la luz. Gracias por el testimonio que dais promoviendo y defendiendo la vida humana desde su concepción. Nosotros lo sabemos, la vida humana es sagrada e inviolable. Todo derecho civil se basa en el reconocimiento del primer y fundamental derecho, el de la vida, que no está subordinado a alguna condición, ni cualitativa ni económica, ni mucho menos ideológica. «Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata... Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 53). Y así se descarta también la vida.


Uno de los riesgos más graves a los que se expone nuestra época, es el divorcio entre economía y moral, entre las posibilidades que ofrece un mercado provisto de toda novedad tecnológica y las normas éticas elementales de la naturaleza humana, cada vez más descuidada. Es necesario, por lo tanto, ratificar una firme oposición a todo atentado directo contra la vida, especialmente inocente e indefensa; y el nasciturus en el seno materno es el inocente por antonomasia. Recordemos las palabras del Concilio Vaticano II: «la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables» (Gaudium et spes, 51). Recuerdo una vez, hace mucho tiempo, que tenía una conferencia con los médicos. Después de la conferencia saludé a los médicos —esto sucedió hace mucho tiempo—. Saludaba a los médicos, hablaba con ellos, y uno me llamó aparte. Tenía un paquete y me dijo: «Padre, quiero dejarle esto a usted. Estos son los instrumentos que he utilizado para practicar abortos. He encontrado al Señor, me he arrepentido, y ahora lucho por la vida». Me entregó todos esos instrumentos. ¡Orad por este buen hombre!


A quien es cristiano le corresponde siempre este testimonio evangélico: proteger la vida con valor y amor en todas sus fases. Os animo a hacerlo siempre con el estilo de la cercanía, de la proximidad: que cada mujer se sienta considerada como persona, escuchada, acogida, acompañada.


Hemos hablado de niños: ¡hay muchos aquí! Pero quisiera hablar también de los abuelos, la otra parte de la vida. Porque debemos cuidar también de los abuelos, porque los niños y los abuelos son la esperanza de un pueblo. Los niños, los jóvenes, porque lo llevarán adelante, llevarán adelante este pueblo; y los abuelos porque tienen la sabiduría de la historia, son la memoria de un pueblo. Custodiar la vida en un tiempo en el que los niños y los abuelos entran en esta cultura del descarte y se consideran como material desechable. ¡No! Los niños y los abuelos son la esperanza de un pueblo.


Queridos hermanos y hermanas, que el Señor sostenga el trabajo que realizáis como Centro de ayuda a la vida y como Movimiento por la vida, especialmente el proyecto «Uno de nosotros». Os encomiendo a la celestial intercesión de la Virgen Madre María y de corazón os bendigo a vosotros y a vuestras familias, a vuestros niños, vuestros abuelos, y rezad por mí, que lo necesito.


Cuando se habla de vida se recuerda inmediatamente a la madre. Dirijámonos a nuestra Madre para que proteja a todos. Ave María...

Después de la bendición el Papa añadió las siguientes palabras.


Una última cosa. Para mí, cuando los niños lloran, cuando los niños se quejan, cuando gritan, es una música bellísima. Pero algunos niños lloran de hambre. Por favor, dadles de comer aquí tranquilamente.


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A LA DELEGACIÓN DE LA OFICINA INTERNACIONAL
CATÓLICA DE LA INFANCIA (BICE)



Viernes 11 de abril de 2014




Queridos amigos:


Les doy las gracias por este encuentro. Aprecio sus esfuerzos en favor de los niños: es una expresión concreta y actual de la predilección que el Señor Jesús tiene por ellos.
A mí me gusta decir que en una sociedad bien constituida los privilegios solamente deben ser para los niños y para los ancianos, porque el futuro de un pueblo está en manos de ellos. Los niños porque ciertamente llevarán la fuerza delante de la historia y los ancianos porque son la sede de la sabiduría de un pueblo y tienen que aportar esa sabiduría.


Podemos decir que el BICE nació de la maternidad de la Iglesia. En efecto, tuvo su origen a partir de la intervención del Papa Pío XII en defensa de los niños, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, esta organización se ha comprometido siempre en promover la defensa de los derechos del menor, contribuyendo también a la Convención de las Naciones Unidas de 1989. Y en esta labor colabora constantemente con las oficinas de la Santa Sede en Nueva York, en Estrasburgo y sobre todo en Ginebra.


Ustedes… Usted, con delicado espíritu de “finezza” habló del buen trato. Le agradezco esta expresión suave pero me siento interpelado a hacerme cargo de todo el mal que algunos sacerdotes —bastantes, bastantes en número, no en comparación con la totalidad—, hacerme cargo y a pedir perdón del daño que han hecho por los abusos sexuales de los niños. La Iglesia es consciente de este daño, que es un daño personal, moral, de ellos, pero hombres de Iglesia. Y no vamos a dar un paso atrás en lo que se refiere al tratamiento de estos problemas y a las sanciones que se deben poner, al contrario creo que debemos ser muy fuertes, con los chicos no se juega.


En nuestros días, es importante llevar adelante los proyectos contra el trabajo esclavo, contra el reclutamiento de niños soldados y cualquier tipo de violencia sobre los menores.
Dicho en positivo, es preciso reafirmar el derecho de los niños a crecer en una familia, con un padre y una madre capaces de crear un ambiente idóneo para su desarrollo y su madurez afectiva. Seguir madurando en relación, en confrontación, con lo que es la masculinidad y la feminidad de un padre y una madre, y así armando su madurez afectiva.


Esto comporta al mismo tiempo apoyar el derecho de los padres a la educación moral y religiosa de sus hijos. Y en este punto quisiera manifestar mi rechazo a todo tipo de experimentación educativa con los chicos. Con los niños y jóvenes no se puede experimentar. No son cobayas de laboratorio. Los horrores de la manipulación educativa que hemos vivido en las grandes dictaduras genocidas del siglo XX no han desparecido; conservan su actualidad bajo ropajes diversos y propuestas que, con pretensión de modernidad, fuerzan a caminar a niños y jóvenes por el camino dictatorial del “pensamiento único”. Me decía hace poco más de una semana un gran educador: “A veces uno no sabe si con estos proyectos —se refería a proyectos concretos de educación— manda el chico a la escuela o a un campo de reeducación.


Trabajar por los derechos humanos presupone mantener siempre viva la formación antropológica, estar bien preparados en la realidad de la persona humana, y saber responder a los problemas y desafíos que plantean las culturas contemporáneas y la mentalidad difundida por los medios de comunicación social. Obviamente no se trata de acurrucarnos en cobertizos de protección que hoy día son incapaces de dar vida, que dependen de culturas que ya están pasadas. ¡No, eso no! ¡Eso está mal! Sino enfrentarse con los valores positivos de la persona humana a los nuevos desafíos que nos traen las culturas nuevas .Para ustedes, se trata de ofrecer a sus dirigentes y funcionarios una formación permanente sobre la antropología del niño, porque es ahí donde los derechos y las obligaciones tienen su fundamento. De ella depende el planteamiento de los proyectos educativos. Que obviamente tienen que ir progresando, tienen que ir madurando, tienen que acomodarse a los signos de los tiempos, respetando siempre la identidad humana y la libertad de conciencia.


Gracias de nuevo. Les deseo un buen trabajo. Me viene a la mente el logotipo que la comisión de protección de la niñez y la adolescencia tenía en Buenos Aires, que Norberto conoce muy bien. El logotipo de la Sagrada Familia arriba de un burrito escapando a Egipto, defendiendo ese niño. A veces para defender hay que escapar. A veces hay que quedarse y proteger. A veces hay que pelear. Pero siempre hay que tener ternura.


¡Gracias por lo que hacen!


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A LOS PARTICIPANTES EN LA CONFERENCIA INTERNACIONAL
SOBRE LA TRATA DE PERSONAS


Casina Pío IV, Aula Magna de la Academia Pontificia de las Ciencias
Jueves 10 de abril de 2014




Señores cardenales,
queridos hermanos,
ilustres señores y señoras:


Os saludo a todos vosotros que participáis en este encuentro, el segundo convocado en el Vaticano, para colaborar juntos en contra de la trata de seres humanos. Agradezco al cardenal Nichols y a la Conferencia episcopal de Inglaterra y Gales por haberlo promovido, y a la Academia pontificia de ciencias sociales por acogerlo. Es un encuentro, un encuentro importante, pero es además un gesto: es un gesto de la Iglesia, un gesto de las personas de buena voluntad, que quiere gritar «¡Basta!».


La trata de seres humanos es una llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una llaga en la carne de Cristo, es un delito contra la humanidad. El hecho de encontrarnos aquí, para unir nuestros esfuerzos, significa que queremos que las estrategias y las competencias estén acompañadas y reforzadas por la compasión evangélica, por la cercanía a los hombres y mujeres que son víctimas de este crimen.


Están aquí reunidas las autoridades de la policía, comprometidas, sobre todo, en combatir este triste fenómeno con los instrumentos y el rigor de la ley; junto con los agentes humanitarios, cuya tarea principal es la de ofrecer acogida, calor humano y posibilidad de rescate a las víctimas. Son dos acercamientos diversos, pero que pueden y deben ir juntos. Dialogar y confrontarse a partir de estos dos enfoques complementarios es muy importante. Por este motivo, encuentros como éste, son de gran utilidad, diría necesarios.


Pienso que es un signo importante el hecho de que, a distancia de un año del primer encuentro, hayáis querido volver a encontraros, de distintas partes del mundo, para llevar adelante un trabajo común. Os agradezco mucho esta colaboración y pido al Señor que os ayude y a la Virgen Santa que os proteja. Gracias.


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A LA COMUNIDAD DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD GREGORIANA
Y A LOS MIEMBROS DE LOS ASOCIADOS PONTIFICIO INSTITUTO BÍBLICO
Y PONTIFICIO INSTITUTO ORIENTAL


 Palacio Apostólico Vaticano
 Aula Pablo VI
Jueves 10 de abril de 2014





Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:


Os doy la bienvenida a todos vosotros, profesores, estudiantes y personal no docente de la Pontificia Universidad Gregoriana, del Pontificio Instituto Bíblico y del Pontificio Instituto Oriental. Saludo al padre Nicolás, al padre delegado, y a todos los demás superiores, así como a los cardenales y obispos presentes. ¡Gracias!


Las instituciones a las que pertenecéis —reunidas en Consorcio por el Papa Pío XI en 1928—, están confiadas a la Compañía de Jesús y comparten el mismo deseo de «militar por Dios bajo la bandera de la Cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia su Esposa, a disposición del Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra» (Fórmula, 1). Es importante que entre ellos se desarrolle la colaboración y las sinergias, custodiando la memoria histórica y, al mismo tiempo, haciéndose cargo del presente y mirando al futuro —el padre general decía «mirar lejos», hacia el horizonte—, mirando al futuro con creatividad e imaginación, tratando de tener una visión global de la situación y de los desafíos actuales y un modo compartido de afrontarlos, encontrando caminos nuevos sin miedo.


El primer aspecto que quisiera destacar pensando en vuestro compromiso, tanto como profesores que como estudiantes, y como personal de las instituciones, esvalorar el lugar mismo en el que os encontráis trabajando y estudiando, es decir, la ciudad y sobre todo la Iglesia de Roma. Hay un pasado y hay un presente. Están las raíces de la fe: las memorias de los Apóstoles y de los mártires; y está el «hoy» eclesial, está el camino actual de esta Iglesia que preside en la caridad, al servicio de la unidad y de la universalidad. Todo esto no se debe dar por descontado. Se debe vivir y valorar, con un compromiso que en parte es institucional y en parte es personal, dejado a la iniciativa de cada uno.


Pero al mismo tiempo vosotros traéis aquí la variedad de vuestras Iglesias de proveniencia, de vuestras culturas. Esta es una de las riquezas inestimables de las instituciones romanas. Ella ofrece una preciosa ocasión de crecimiento en la fe y de apertura de la mente y del corazón al horizonte de la catolicidad. Dentro de este horizonte la dialéctica entre «centro» y «periferias» asume una forma propia, es decir, la forma evangélica, según la lógica de Dios que llega al centro partiendo de la periferia y vuelve a la periferia.


El otro aspecto que quería compartir es el de la relación entre estudio y vida espiritual. Vuestro compromiso intelectual, en la enseñanza y en la investigación, en el estudio y en la más amplia formación, será tanto más fecundo y eficaz cuanto más animado esté por el amor a Cristo y a la Iglesia, cuanto más sólida y armoniosa sea la relación entre estudio y oración. Esto no es algo antiguo, esto es el centro.



Este es uno de los desafíos de nuestro tiempo: transmitir el saber y ofrecer al mismo una llave de comprensión vital del mismo, no un cúmulo de nociones no relacionadas entre sí. Hay necesidad de una auténtica hermenéutica evangélica para comprender mejor la vida, el mundo, los hombres, no de una síntesis sino de una atmósfera espiritual de búsqueda y certeza basada en las verdades de razón y de fe. La filosofía y la teología permiten adquirir las convicciones que estructuran y fortalecen la inteligencia e iluminan la voluntad... pero todo esto es fecundo sólo si se hace con la mente abierta y de rodillas. El teólogo que se complace en su pensamiento completo y acabado es un mediocre. El buen teólogo y filósofo tiene un pensamiento abierto, es decir, incompleto, siempre abierto al maius de Dios y de la verdad, siempre en desarrollo, según la ley que san Vicente de Lerins describe así: «annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate» (Commonitorium primum, 23: PL 50, 668): se consolide con los años, se dilate con el tiempo, se profundice con la edad. Este es el teólogo que tiene la mente abierta. Y el teólogo que no reza y no adora a Dios termina hundido en el más desagradable narcisismo. Y esta es una enfermedad eclesiástica. Hace mucho mal el narcisismo de los teólogos, de los pensadores, es desagradable.


La finalidad de los estudios en toda Universidad pontificia es eclesial. La investigación y el estudio se deben integrar con la vida personal y comunitaria, con el compromiso misionero, con la caridad fraterna y el gesto de compartir con los pobres, con la atención a la vida interior en la relación con el Señor. Vuestros institutos no son máquinas para producir teólogos y filósofos; son comunidades en las que se crece, y el crecimiento tiene lugar en la familia. En la familia universitaria está el carisma de gobierno, confiado a los superiores, y está la diaconía del personal no docente, que es indispensable para crear el ambiente familiar en la vida cotidiana, y también para crear una actitud de humanidad y sabiduría concreta, que hará de los estudiantes de hoy personas capaces de construir humanidad, de transmitir la verdad en dimensión humana, de saber que si falta la bondad y la belleza de pertenecer a una familia de trabajo se termina por ser un intelectual sin talento, un moralista sin bondad, un pensador carente del esplendor de la belleza y sólo «maquillado» de formalismos. El contacto respetuoso y cotidiano con la laboriosidad y el testimonio de los hombres y de las mujeres que trabajan en vuestras instituciones os dará esa cuota de realismo tan necesaria a fin de que vuestra ciencia sea ciencia humana y no de laboratorio.


Queridos hermanos, encomiendo a cada uno de vosotros, vuestro estudio y vuestro trabajo a la intercesión de María, Sedes Sapientiae, de san Ignacio de Loyola y de los demás santos patronos vuestros. Os bendigo de corazón y rezo por vosotros. También vosotros, por favor, rezad por mí. ¡Gracias!


Ahora, antes de daros la bendición os invito a rezar a la Virgen, la Madre, para que nos ayude y nos proteja. Ave María...


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             A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ ORGANIZADOR
              DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD EN RÍO DE JANEIRO


Palacio Apostólico Vaticano
Sala Clementina
Lunes 7 de abril de 2014




Queridos amigos:


Nueve meses después de mi inolvidable viaje a Brasil, donde fui acogido con los brazos abiertos por el pueblo carioca, experimento una alegría especial al recibir hoy a este grupo, guiado por el cardenal dom Orani Tempesta, que representa a todos aquellos que de alguna manera colaboraron en la XXVIII Jornada mundial de la juventud, haciendo que el amor de Dios tocase —literalmente— el corazón de millones de personas.


Hablando de corazón, tengo que revelaros un secreto: cuando llegué a Brasil, en mi primer discurso oficial, dije que quería entrar por el portal del inmenso corazón de los brasileños, pidiendo el permiso de llamar delicadamente a su puerta y pasar una semana con el pueblo brasileño. Sin embargo, al término de esa semana, al volver a Roma, lleno de nostalgia, me di cuenta de que los cariocas son «ladrones». Sí, «ladrones», porque han robado mi corazón. Aprovecho vuestra presencia hoy aquí para daros las gracias por ese «robo»: gracias por haberme contagiado con vuestro entusiasmo allí en Río de Janeiro, y porque hoy aquí me ayudáis a «matar» la nostalgia de Brasil.


Como decía antes, todos vosotros aquí reunidos representáis a los laicos, religiosos, sacerdotes y obispos que dieron su generosa aportación durante la Jornada. Sé que no fue fácil organizar un acontecimiento de esas dimensiones. Imagino que, en alguna ocasión, pudo haber alguno que llegase a pensar que no podría acabar bien. Por ello, cuán hermoso es poder mirar hacia atrás y ver que las horas de trabajo, los sacrificios, incluso las faltas pasajeras, fueron poca cosa si se comparan con la grandiosidad de la acción de Dios sobre nuestros pobres recursos humanos. Es la dinámica de la multiplicación de los panes. Cuando Jesús pidió a los apóstoles que dieran de comer a la multitud, ellos sabían que era imposible. Pero fueron generosos. Dieron al Señor todo lo que tenían, y Jesús multiplicó sus esfuerzos. ¿No fue así también en la Jornada mundial de la juventud?


Pero no debemos sólo mirar hacia atrás. Ante todo debemos mirar al futuro, reforzados por la certeza de que Dios multiplicará siempre nuestros esfuerzos. Jesús nos repite constantemente: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). Por ello, este milagro vivido en la Jornada de la juventud se debe repetir cada día, en cada parroquia, en cada comunidad, en el apostolado personal de cada uno. No podemos quedarnos tranquilos sabiendo que aún «tantos hermanos nuestros viven sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 49). Por este motivo es necesario reflexionar nuevamente sobre esas tres ideas que, en cierto sentido, resumen todo el mensaje de la Jornada mundial de la juventud: id, sin miedo, para servir. Debemos ser una «Iglesia que sale» (cf. Ibid., n. 20), como discípulos misioneros que no tienen miedo a las dificultades, porque ya hemos visto que el Señor multiplica nuestros esfuerzos, y por ello estamos cada vez más motivados para servir, entregándonos sin reservas, llenos de la alegría del Evangelio.


Queridos amigos, al realizar esta tarea, miremos el ejemplo de José de Anchieta, el apóstol de Brasil, recientemente declarado santo. En una de sus cartas, escribió: «Nada es difícil para aquellos que custodian en el corazón y tienen como único fin la gloria de Dios y la salvación de las almas, por las cuales no dudan entregar la propia vida» (Carta al padre Tiago Laynez). Por eso, con su intercesión os animo a seguir adelante, con alegría y valor, en la hermosa misión de mantener viva en el corazón de los brasileños la llama de amor a Cristo y a su Iglesia. Os doy las gracias nuevamente por vuestra presencia y os pido que no dejéis nunca de rezar por mí. ¡Gracias!


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A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE TANZANIA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"


Lunes 7 de abril de 2014




Queridos hermanos obispos:


Os doy una cordial bienvenida fraterna con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, que es una oportunidad para fortalecer los vínculos de comunión entre la Iglesia en Tanzania y la Sede de Pedro. Agradezco al arzobispo Ngalalekumtwa las amables palabras que ha pronunciado en vuestro nombre, así como en el de los sacerdotes, religiosos y religiosas y todos los fieles laicos en vuestro país. Os pido que les aseguréis mis oraciones y mi cercanía espiritual.


La Iglesia en Tanzania ha sido bendecida con muchos dones, por los que todos debemos dar gracias a Dios. Pienso, en primer lugar, en la impresionante historia de la obra misionera en toda la región. Llegando con el deseo de hacer conocer y amar «el Nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9), esos evangelizadores, llenos de Espíritu, pusieron sólidos fundamentos para la Iglesia, que inspiraron a las generaciones sucesivas en sus esfuerzos por proclamar el Evangelio y edificar el Cuerpo de Cristo. También hoy, el trabajo misionero debe ser «el paradigma de toda obra de la Iglesia» (Evangelii gaudium, 15). Construyendo con el celo y los sacrificios de los primeros evangelizadores, debéis seguir manteniendo y alimentando este imperativo misionero, para que el Evangelio impregne cada vez más toda obra de apostolado e ilumine todos los ámbitos de la sociedad tanzana. De este modo, se escribirá un capítulo nuevo y dinámico en la gran historia misionera y evangélica de vuestro país.


La obra de evangelización en Tanzania, pues, no es sólo un importante acontecimiento del pasado; no, tiene lugar cada día con el trabajo pastoral de la Iglesia en las parroquias, en la liturgia, en la recepción de los sacramentos, en el apostolado educativo, en las iniciativas sanitarias, en la catequesis y en la vida de los cristianos comunes. Se lleva a cabo cada vez que los fieles creyentes mueven la mente y el corazón de quienes, sea cual fuese la razón, son débiles en vivir la gracia del Evangelio. Se realiza, sobre todo —a través de las palabras y la integridad de vida—, proclamando a Jesucristo crucificado y resucitado a cuantos no conocen la alegría que deriva de amarlo y de entregarle la propia vida. Este es el gran desafío que el pueblo de Dios en Tanzania debe afrontar hoy: dar un testimonio convincente de la amorosa redención de la humanidad por parte de Jesucristo, experimentada y celebrada por la comunidad de los creyentes en la Iglesia.


Pienso aquí, de modo particular, en el testimonio del discipulado misionero (cf.Evangelii gaudium, 119-120) dado por los agentes del apostolado sanitario de la Iglesia, no en último lugar, cuidando a cuantos están enfermos de hiv/sida, y por todos los que solícitamente tratan de educar a las personas en el ámbito de la responsabilidad sexual y de la castidad. Pienso también en todos los que se dedican al desarrollo integral de los pobres, y en particular de las mujeres y de los niños necesitados. Que el Espíritu Santo, que dio fuerza, sabiduría y santidad a los primeros misioneros en Tanzania, siga inspirando a toda la Iglesia local en su testimonio de vida.


Dada la gran importancia del ministerio de enseñar, santificar y gobernar la grey de Cristo, es siempre grande la necesidad de sacerdotes santos, bien formados y celosos. Me uno a vosotros al expresar mi gratitud y aliento por el ministerio de vuestros sacerdotes. Los sacrificios que realizan, que a menudo sólo Dios conoce, son fuente de mucha gracia y santidad. Es vuestra urgente responsabilidad, como sus padres y hermanos en Cristo, asegurar que los sacerdotes reciban una adecuada formación humana, espiritual, intelectual y pastoral no sólo en el seminario, sino también durante toda su vida (cf. Pastores dabo vobis, 43-59). Esto les permitirá dedicarse de modo más pleno al ministerio sacerdotal, con fidelidad a las promesas hechas en la ordenación. Esta formación debe ser permanente; sólo a través de la conversión diaria y el crecimiento en la caridad pastoral madurarán como agentes eficientes de renovación espiritual y de unidad cristiana en sus parroquias y, como Jesús, reunirán a gente «de todo… pueblo y lengua» (Ap 7, 9) para alabar y glorificar a Dios Padre. Como hombres de profunda sabiduría y líderes espirituales auténticos, los sacerdotes serán una fuente de inspiración para su grey y atraerán a muchos jóvenes para que respondan con generosidad a la llamada del Señor a servir a su pueblo en el sacerdocio.


El papel indispensable de los fieles laicos en la evangelización permanente en vuestro país ha sido evidente con claridad por dos acontecimientos eclesiales recientes: el Congreso eucarístico nacional de 2012 y el seminario tenido en proximidad del Año de la fe. Aprecio vuestros esfuerzos por promover semejantes acontecimientos, que contribuyen mucho a fortalecer la fe del pueblo de Dios en Tanzania. Un ejercicio del apostolado laico particularmente extraordinario es el de los catequistas y las catequistas en vuestro país, que se dedican a transmitir el Evangelio y la plenitud de la vida cristiana. En vuestro servicio a la Iglesia local, esforzaos por dar a los catequistas una comprensión completa de la doctrina de la Iglesia. No sólo les servirá para afrontar los desafíos de la superstición, de las sectas agresivas y del secularismo, sino también, más importante aún, para compartir la belleza y la riqueza de la fe católica con los demás, especialmente con los jóvenes. Por tanto, con fidelidad a la misión recibida en el bautismo, cada miembro de la Iglesia podrá renovar la Iglesia y la sociedad como levadura desde su interior. Como discípulos laicos bien formados, sabrán cómo «impregnar de valor moral la cultura y las realizaciones humanas» (Lumen gentium, 36), algo en verdad necesario en nuestro días.


Queridos hermanos, la obra de evangelización inicia en las casas. El don que constituyen las familias íntegras se percibe con particular vitalidad en África. Además, el amor de la Iglesia por la familia y su solicitud pastoral por ella están en el centro de la nueva evangelización. Como sabéis, para final de este año he convocado un Sínodo dedicado a la familia, cuyo cuidado pastoral fue una preocupación central de la ii Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos de 2009. Ojalá que nuestro encuentro de hoy sea un incentivo para examinar vuestra respuesta común a la llamada del Sínodo a un apostolado de la familia más enérgico, a través de una asistencia espiritual y material sin componendas y generosa (cf. Africae munus, 43). Promoviendo la oración, la fidelidad conyugal, la monogamia, la pureza y el humilde servicio recíproco en las familias, la Iglesia sigue dando una contribución inestimable al bienestar social de Tanzania, que, unido a sus apostolados educativo y sanitario, ciertamente favorecerá una estabilidad y un progreso mayores en vuestro país. No hay mejor servicio que la Iglesia pueda prestar que el testimonio de nuestra convicción de la santidad del don de Dios de la vida y del papel fundamental desempeñado por las familias espirituales y estables en la preparación de las generaciones más jóvenes, para que vivan una vida virtuosa y afronten los desafíos del futuro con sabiduría, valentía y generosidad.


Es particularmente alentador para mí saber que Tanzania está comprometida en garantizar a los fieles de las diferentes religiones la libertad de practicar la propia fe. La protección y promoción constante de este derecho humano fundamental fortalece a la sociedad, ayudando a los creyentes a promover, con fidelidad a lo que les impone su conciencia y en el respeto de la dignidad y de los derechos de todos, la unidad social, la paz y el bien común. Agradezco vuestros esfuerzos constantes por promover el perdón, la paz y el diálogo mientras guiáis a vuestro pueblo en situaciones difíciles de intolerancia y, a veces, de violencia y persecución. Vuestra guía orante y unida —que ya está dando frutos mientras afrontáis juntos dichos desafíos— seguirá indicando el camino a cuantos están encomendados a vuestro cuidado pastoral y, más en general, a la sociedad. También os exhorto a trabajar con el Gobierno y con las instituciones civiles en este ámbito, para garantizar relaciones sociales justas y pacíficas. Ruego para que vuestro ejemplo, y el de toda la Iglesia en vuestro país, siga inspirando a todas las personas de buena voluntad que anhelan la paz.


Con estas reflexiones, queridos hermanos obispos, os encomiendo a todos a la intercesión de María, Madre de la Iglesia, y con gran afecto os imparto mi bendición apostólica, que extiendo de buen grado a todos los amados sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a los fieles laicos de vuestro país.


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A LA ASOCIACIÓN NACIONAL MUNICIPIOS ITALIANOS

Palacio Apostólico Vaticano
Sala Clementina
Lunes 5 de abril de 2014





Doy las gracias al señor alcalde de Turín por sus palabras en nombre de todos vosotros. Le agradezco que haya mencionado al cardenal Pellegrino, a quien le estoy muy agradecido: en la posguerra fue él quien ayudó a mi familia a encontrar trabajo. Es un hermoso gesto, el suyo. Recordar a estos hombres de Iglesia, a estos hombres y a estas mujeres de Iglesia —párrocos, religiosas, laicos— que sabían caminar con su pueblo, en medio del pueblo y con el pueblo. Y un poco esta es la identidad del alcalde. Usted comenzó su discurso diciendo: «Este se dirige a alcalde, estos se dirigen al alcalde...». Con todos los que se dirigen al alcalde, pobre alcalde, termina agotado de tantas cosas... Pero este es el trabajo del alcalde, y yo diría vuestra espiritualidad. Pienso un poco en el final de la jornada, y os hablaría del cansancio del alcalde, cuando tras una jornada regresa a casa con tantas cosas que no se han resuelto. Algunas sí, pero muchas no.


El alcalde entre la gente. No se entiende un alcalde que no esté allí, porque él es un mediador, un mediador en medio de las necesidades de la gente. Y el peligro es convertirse en un alcalde que no sea mediador, sino intermediario. Y ¿cuál es la diferencia? La diferencia es que el intermediario explota las necesidades de las partes y toma una parte para sí, como quien tiene un negocio pequeño y uno que le provee y toma de aquí y toma de allá; y ese alcalde, si existe —lo digo como posibilidad— ese alcalde no sabe lo que es ser alcalde. En cambio, mediador es aquel que él, él mismo, es el que paga con su vida por la unidad de su pueblo, por el bienestar de su pueblo, por llevar adelante las diversas soluciones de las necesidades de su pueblo. Después del tiempo dedicado a ser alcalde, este hombre, esta mujer termina cansado, cansada, con las ganas de descansar un poco, pero con el corazón lleno de amor porque ha hecho de mediador. Y os deseo esto: que seáis mediadores. Entre la gente, para crear la unidad, para construir la paz, para resolver los problemas y resolver también las necesidades del pueblo.


Pienso en Jesús: no era alcalde, pero quizá su imagen nos sirve. Pienso en Jesús en un momento de su vida, cuando estaba en medio de la multitud: la multitud lo empujaba hasta el punto —dice el Evangelio — de no poder casi respirar. Así debe ser el alcalde con su gente, con él, con ella, porque esto significa que el pueblo, como con Jesús, lo busca porque él sabe responder. Os deseo esto. Cansancio, en medio de vuestro pueblo, y que la gente os busque porque sabe que vosotros respondéis siempre bien.


Gracias por lo que realizáis, y rezad por mí.


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A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE RUANDA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"


Jueves 3 de abril de 2014




Queridos hermanos en el episcopado:


Os doy la bienvenida a Roma, con ocasión de vuestra visita «ad limina Apostolorum». Deseo de todo corazón que, por la intercesión de san Pedro y san Pablo y a la luz de su testimonio, renovéis en vuestro corazón la fe y la valentía necesarias para vuestra exigente misión pastoral. Agradezco a su excelencia, monseñor Smaradge Mbonyntege, presidente de vuestra Conferencia episcopal, el cordial mensaje que me acaba de dirigir. A través de vosotros expreso mi profundo afecto a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los fieles laicos de vuestras diócesis así como a todos los habitantes de vuestro país.


Ruanda conmemorará dentro de algunos días el vigésimo aniversario del inicio del terrible genocidio que provocó tantos sufrimientos y heridas, que aún no han cicatrizado. Me uno de todo corazón al luto nacional, y os aseguro mi oración por vosotros, por vuestras comunidades a menudo desgarradas, por todas las víctimas y por sus familias, por todo el pueblo ruandés, sin distinción de religión, etnia o tendencia política.


Veinte años después de aquellos trágicos hechos, la reconciliación y la cicatrización de las heridas siguen siendo, ciertamente, la prioridad de la Iglesia en Ruanda. Os animo a perseverar en este compromiso, que ya habéis asumido a través de numerosas iniciativas. El perdón de las ofensas y la reconciliación auténtica, que podrían parecer imposibles a los ojos humanos después de tantos sufrimientos, son, sin embargo, un don que es posible recibir de Cristo mediante la vida de fe y la oración, aunque el camino sea largo y requiera paciencia, respeto recíproco y diálogo. La Iglesia, pues, tiene un papel importante en la reconstrucción de una sociedad ruandesa reconciliada; con todo el dinamismo de vuestra fe y de la esperanza cristiana, id adelante resueltamente, dando sin cesar testimonio de la verdad.


Pero debemos recordar que sólo si estamos unidos en el amor podemos hacer que el Evangelio toque y convierta profundamente los corazones: «Para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 23), nos dice Jesús. Por consiguiente, es importante que, superando los prejuicios y las divisiones étnicas, la Iglesia hable con una sola voz, manifieste su unidad y reafirme su comunión con la Iglesia universal y con el sucesor de Pedro.


En esta perspectiva de reconciliación nacional, también es necesario reforzar las relaciones de confianza entre la Iglesia y el Estado. La celebración, el próximo 6 de junio, del quincuagésimo aniversario del comienzo de las relaciones diplomáticas entre Ruanda y la Santa Sede puede ser la ocasión para recordar los frutos benéficos que todos pueden esperar de dichas relaciones, para el bien del pueblo ruandés. Un diálogo constructivo y auténtico con las autoridades favorecerá la obra común de reconciliación y reconstrucción de la sociedad en torno a los valores de la dignidad humana, de la justicia y la paz. Sed una Iglesia «en salida», capaz de tomar la iniciativa (cf. Evangelii gaudium, 24) y restablecer la confianza.


No tengáis miedo de poner de relieve la aportación insustituible de la Iglesia al bien común. Sé que el trabajo realizado, en particular en los ámbitos de la educación y de la sanidad, es considerable. Al respecto, me alegro por la obra perseverante de los institutos religiosos que, con tantas personas de buena voluntad, se dedican a todos aquellos a quienes la guerra ha herido ya sea en el alma, ya sea en el cuerpo, en particular, a las viudas y a los huérfanos, pero también a las personas ancianas, a los enfermos y a los niños. La vida religiosa, a través de la ofrenda de la adoración y la oración, hace creíble el testimonio que la Iglesia da de Cristo resucitado y de su amor a todos los hombres, especialmente a los más pobres.


La educación de los jóvenes es la clave del futuro en un país donde la población se renueva rápidamente. «Esta juventud es un don y un tesoro de Dios, por el que toda la Iglesia está agradecida al Señor de la vida. Se ha de amar a esta juventud, estimarla y respetarla» (Africae munus, 60). Además, es deber de la Iglesia formar a los niños y a los jóvenes en los valores evangélicos que encontrarán sobre todo en la familiaridad con la Palabra de Dios, que entonces será para ellos una brújula que les indicará el camino a seguir. Que aprendan a ser miembros activos y generosos de la sociedad, porque su futuro se basa en ellos. Para ello es necesario reforzar la pastoral en la universidad y en las escuelas, católicas y públicas, tratando de unir siempre la misión educativa y el anuncio explícito del Evangelio, que no deben separarse jamás (cf. Evangelii gaudium, 132 y 134).


En la tarea de evangelización y de reconstrucción, los laicos tienen un papel fundamental. Aquí, en primer lugar, quiero agradecer afectuosamente a todos los catequistas su compromiso generoso y perseverante. Los laicos están profundamente implicados en la vida de las comunidades eclesiales de base, en los movimientos, en las escuelas y en las obras caritativas, así como en los diversos ámbitos de la vida social. Por lo tanto, hay que dirigir una atención especial a su formación y apoyarles, tanto en su vida espiritual como en su formación humana e intelectual, que debe ser de alta calidad. De hecho, su compromiso en la sociedad será creíble en la medida en que sean competentes y honrados.


Una atención muy especial hay que prestar a las familias, que son las células vivas de la sociedad y de la Iglesia y que hoy se encuentran profundamente amenazadas por el proceso de secularización; además, en vuestro país, numerosas familias se han separado y vuelto a unir. Tienen necesidad de vuestra solicitud, vuestra cercanía y vuestro aliento. Es ante todo en el seno de las familias donde los jóvenes pueden experimentar los valores auténticamente cristianos de integridad, fidelidad, honradez y entrega de sí, que permiten conocer la verdadera felicidad según el corazón de Dios.


En fin, quiero expresar mi gratitud a los sacerdotes que se dedican generosamente al ministerio. Su tarea es aún más difícil porque todavía no son muy numerosos. Os exhorto a perfeccionar constantemente la formación humana, intelectual y espiritual de los seminaristas. Que tengan siempre como formadores modelos alegres de realización sacerdotal. Estad muy atentos a acompañar a los sacerdotes, escucharlos y acogerlos. Su tarea es difícil y necesitan absolutamente vuestro apoyo y vuestro aliento personal. No descuidéis su formación permanente, y os exhorto a multiplicar las ocasiones de encuentro y contacto fraterno.


Queridos hermanos: Os aseguro nuevamente mi afecto a vosotros, a vuestras comunidades diocesanas, a toda Ruanda, y os encomiendo a todos a la protección materna de la Virgen María. La madre de Jesús quiso manifestarse en vuestro país a algunos niños, recordándoles la eficacia del ayuno y la oración, en especial el rezo del rosario. Deseo vivamente que hagáis que el santuario de Kibeho irradie aún más el amor de María a todos sus hijos, en particular a los más pobres y los más heridos, y que sea para la Iglesia en Ruanda, y más allá de ella, una llamada a dirigirse con confianza a «Notre Dame des Douleurs», para que acompañe a cada uno en su camino y le conceda el don de la reconciliación y de la paz. Os imparto de todo corazón la bendición apostólica.


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