jueves, 8 de mayo de 2014

FRANCISCO: Ángelus y Regina Coeli de Abril (27, 21, 13 y 6)

ÁNGELUS Y REGINA COELI DEL PAPA FRANCISCO
ABRIL 2014


REGINA COELI


Plaza de San Pedro
Domingo de la Divina Misericordia, 27 de abril de 2014





Queridos hermanos y hermanas:


Antes de concluir esta fiesta de la fe, quiero saludar y dar las gracias a todos vosotros.
Doy las gracias a los hermanos cardenales y a los numerosísimos obispos y sacerdotes de todas las partes del mundo.


Mi agradecimiento se dirige a las delegaciones oficiales de numerosos países, llegadas para rendir homenaje a dos Pontífices que contribuyeron de manera indeleble a la causa del desarrollo de los pueblos y de la paz. Un agradecimiento especial dirijo a las autoridades italianas por la preciosa colaboración.


Con gran afecto saludo a los peregrinos de las diócesis de Bérgamo y de Cracovia. Queridísimos hermanos, honrad la memoria de los dos Papas santos siguiendo fielmente sus enseñanzas.


Expreso mi agradecimiento a todos aquellos que con gran generosidad han preparado estas jornadas memorables: a la diócesis de Roma con el cardenal Vallini, al ayuntamiento de Roma con el alcalde Ignazio Marino, a las fuerzas del orden y a las diversas organizaciones, a las asociaciones y a los numerosos voluntarios. ¡Gracias a todos!


Mi saludo se dirige a todos los peregrinos —aquí en la plaza de San Pedro, en las calles adyacentes y en otros lugares de Roma—; así como a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión; y gracias a los dirigentes y a los operadores de los medios de comunicación, que han dado la posibilidad de participar a muchas personas. Llegue un saludo especial a los enfermos y a los ancianos, a quienes los nuevos santos estuvieron especialmente cercanos.


Y ahora nos dirigimos en oración a la Virgen María, a la que san Juan XXIII y san Juan Pablo II amaron como sus hijos auténticos.


Regina caeli…


 ----- 0 -----


REGINA COELI

Plaza de San Pedro
Lunes de Pascua, 21 de abril de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


¡Feliz Pascua! «Cristòs anèsti! — Alethòs anèsti!», «¡Cristo ha resucitado! — ¡Verdaderamente ha resucitado!». Está entre nosotros, ¡aquí en la plaza! En esta semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual, como si fuese un único día. Es el gran día que hizo el Señor.


El sentimiento dominante que brota de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de asombro, ¡pero un asombro grande! ¡La alegría que viene de dentro! Y en la liturgia revivimos el estado de ánimo de los discípulos por las noticias que las mujeres les habían llevado: ¡Jesús ha resucitado! ¡Nosotros lo hemos visto!


Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestro corazón y se transparente en nuestra vida. Dejemos que el asombro gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en las actitudes, en los gestos y en las palabras... ¡Ojalá fuésemos así de luminosos! Pero esto no es un maquillaje. Viene de dentro, de un corazón inmerso en la fuente de este gozo, como el de María Magdalena, que lloraba la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos al verlo resucitado. Quien experimenta esto se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido resucita él mismo, resucita ella misma. De este modo es capaz de llevar un «rayo» de la luz del Resucitado a las diversas situaciones: a las que son felices, haciéndolas más hermosas y preservándolas del egoísmo; a las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.


En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer los capítulos que hablan de la Resurrección de Jesús. ¡Nos hará mucho bien! Tomar el libro, buscar los capítulos y leer eso. Nos hará bien, en esta semana, pensar también en la alegría de María, la Madre de Jesús. Tan profundo fue su dolor, tanto que traspasó su alma, así su alegría fue íntima y profunda, y de ella se podían nutrir los discípulos. Tras pasar por la experiencia de la muerte y resurrección de su Hijo, contempladas, en la fe, como la expresión suprema del amor de Dios, el corazón de María se convirtió en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza y de misericordia. Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación en la Pascua de Jesús. Desde el viernes al domingo por la mañana, Ella no perdió la esperanza: la hemos contemplado Madre dolorosa, pero, al mismo tiempo, Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la Madre de la Iglesia, es Madre de esperanza.


A Ella, silenciosa testigo de la muerte y resurrección de Jesús, pidamos que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos recitando el Regina caeli, que en el tiempo pascual sustituye a la oración del Ángelus.


Después del Regina Coeli


Dirijo un cordial saludo a todos vosotros, queridos peregrinos llegados de Italia y de diversos países para participar en este encuentro de oración.


Recordad esta semana de tomar el Evangelio, buscar los capítulos donde habla de la Resurrección y leer, cada día, un pasaje de esos capítulos. Nos hará bien, en esta semana de la Resurrección de Jesús.


A cada uno os expreso el deseo de vivir en la alegría y en la serenidad este lunes «dell’Angelo», en el que se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo.


¡Feliz y santa Pascua a todos! ¡Buen almuerzo y hasta la vista!


----- 0 -----


ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo de Ramos, 13 de abril de 2014





Al término de esta celebración, dirijo un saludo especial a los 250 delegados —obispos, sacerdotes, religiosos y laicos— que participaron en el encuentro sobre las Jornadas mundiales de la juventud organizado por el Consejo pontificio para los laicos. Comienza así el camino de preparación para el próximo encuentro mundial, que tendrá lugar en julio de 2016 en Cracovia y que tendrá por tema «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7).


Dentro de poco los jóvenes brasileños entregarán a los jóvenes polacos la Cruz de las Jornadas mundiales de la juventud. La entrega de la cruz a los jóvenes la realizó hace treinta años el beato Juan Pablo II: él les pidió que la llevasen por todo el mundo como signo del amor de Cristo a la humanidad.


El próximo 27 de abril tendremos todos la alegría de celebrar la canonización de este Papa, junto con Juan XXIII. Juan Pablo II, que fue el iniciador de las Jornadas mundiales de la juventud, se convertirá en su gran patrono; en la comunión de los santos seguirá siendo un padre y un amigo para los jóvenes del mundo.


Pidamos al Señor que la Cruz, junto con el icono de María Salus Populi Romani, sean signos de esperanza para todos revelando al mundo el amor invencible de Cristo.


[Paso de la cruz y del icono de las JMJ de manos de los jóvenes brasileños a las de sus coetáneos polacos].


Saludo a todos los romanos y a los peregrinos. Saludo en especial a las delegaciones de Río de Janeiro y de Cracovia, encabezadas por sus arzobispos, los cardenales Orani João Tempesta y Stanisław Dziwisz.


En este contexto tengo la alegría de anunciar que, si Dios quiere, el 15 de agosto próximo, en Daejeon, en la República de Corea, me reuniré con los jóvenes de Asia en su gran encuentro continental.


Y ahora nos dirigimos a la Virgen Madre, para que nos ayude a seguir siempre con fe el ejemplo de Jesús.

  ----- 0 -----


 
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
V Domingo de Cuaresma, 6 de abril de 2014


 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la resurrección de Lázaro. Es la cumbre de los «signos» prodigiosos realizados por Jesús: es un gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los sumos sacerdotes, quienes, al conocer el hecho, tomaron la decisión de matar a Jesús (cf. Jn 11, 53).


Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 25-26). Basados en esta Palabra del Señor creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús que resucitó con el propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él.


Ante la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús «gritó con voz potente: “Lázaro, sal afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario» (vv. 43-44). Este grito perentorio se dirige a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos nosotros; es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos «la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Cristo no se resigna a los sepulcros que nos hemos construido con nuestras opciones de mal y de muerte, con nuestros errores, con nuestros pecados. Él no se resigna a esto. Él nos invita, casi nos ordena salir de la tumba en la que nuestros pecados nos han sepultado. Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre. «Sal afuera», nos dice, «Sal afuera». Es una hermosa invitación a la libertad auténtica, a dejarnos aferrar por estas palabras de Jesús que hoy repite a cada uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las «vendas», de las vendas del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de nosotros mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. Nuestra resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a este mandamiento de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando caen de nuestro rostro las máscaras —muchas veces estamos enmascarados por el pecado, las máscaras tienen que caer— y volvemos a encontrar el valor de nuestro rostro original, creado a imagen y semejanza de Dios.


El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia de Dios, y, por lo tanto, hasta dónde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio. Pero escuchad bien: no existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos. No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos, recordad bien esta frase. Y podemos decirla todos juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». Digámoslo juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina ofrecida a todos». El Señor está siempre dispuesto a quitar la piedra de la tumba de nuestros pecados, que nos separa de Él, la luz de los vivientes. 




Después del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:


Se tendrá mañana en Ruanda la conmemoración del XX aniversario del inicio del genocidio perpetrado contra los Tutsis en 1994. En esta circunstancia deseo expresar mi paternal cercanía al pueblo ruandés, alentándolo a seguir, con determinación y esperanza, el proceso de reconciliación que ya ha dado sus frutos, y el compromiso de reconstrucción humana y espiritual del país. A todos os digo: ¡No tengáis miedo! Sobre la roca del Evangelio construid vuestra sociedad, en el amor y en la concordia, porque sólo así se genera una paz duradera. Invoco sobre toda la querida nación ruandesa la maternal protección de Nuestra Señora de Kibeho. Recuerdo con afecto a los obispos ruandeses que han estado aquí, en el Vaticano, la semana pasada. Y a todos vosotros os invito, ahora, a rezar a la Virgen, Nuestra Señora de Kibeho.


(Tras recitar un Ave María)


Han pasado exactamente cinco años del terremoto que azotó a L’Aquila y su territorio. En este momento queremos unirnos a esa comunidad que tanto ha sufrido, que aún sufre, lucha y espera, con mucha confianza en Dios y en la Virgen. Recemos por todas las víctimas: que vivan para siempre en la paz del Señor. Y recemos por el camino de resurrección del pueblo de L’Aquila: que la solidaridad y el renacimiento espiritual sean la fuerza de la reconstrucción material.


Recemos también por las víctimas del virus ébola que se ha extendido en Guinea y en los países limítrofes. Que el Señor sostenga los esfuerzos para combatir este inicio de epidemia y para asegurar atención y asistencia a todos los necesitados.


Y ahora quisiera realizar un gesto sencillo para vosotros. Los domingos pasados os he sugerido a todos tener un pequeño Evangelio, para llevarlo consigo durante el día, para poder leerlo con frecuencia. Luego pensé en la antigua tradición de la Iglesia, durante la Cuaresma, de entregar el Evangelio a los catecúmenos, a quienes se preparan para el Bautismo. Entonces hoy quiero ofreceros a vosotros que estáis en la plaza —pero como signo para todos— un Evangelio de tamaño bolsillo [muestra el librito], que se os distribuirá gratuitamente. Hay sitios en la plaza para esta distribución. Yo los veo allí, allí, allí,... Acercaos a esos sitios y tomad el Evangelio. Tomadlo, llevadlo con vosotros, y leedlo cada día: es precisamente Jesús quien os habla allí. Es la Palabra de Jesús: esta es la Palabra de Jesús.


Y como Él os digo: gratuitamente habéis recibido, gratuitamente dad, dad el mensaje del Evangelio. Pero tal vez alguno de vosotros no cree que esto sea gratuito. «¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto debo pagar, padre?». Hagamos una cosa: a cambio de este regalo, realizad un acto de caridad, un gesto de amor gratuito, una oración por los enemigos, una reconciliación, algo...


Hoy se puede leer el Evangelio incluso con muchos instrumentos tecnológicos. Se puede llevar consigo toda la Biblia en un móvil, en una tableta. Lo importante es leer la Palabra de Dios, con todos los medios, pero leer la Palabra de Dios: es Jesús quien nos habla allí. Y acogerla con corazón abierto. Entonces la buena semilla da fruto.


Os deseo un feliz domingo y un buen almuerzo. ¡Hasta la vista!


© Copyright - Libreria Editrice Vaticana