HOMILÍAS DEL PAPA FRANCISCO
ABRIL 2014
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Iglesia de San Ignacio de Loyola en Campo Marzio, Roma
Jueves 24 de abril de 2014
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Ungidos con óleo de alegría
Queridos hermanos en el sacerdocio. En el Hoy del Jueves Santo, en el que Cristo nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), hacemos memoria del día feliz de la Institución del sacerdocio y del de nuestra propia ordenación sacerdotal. El Señor nos ha ungido en Cristo con óleo de alegría y esta unción nos invita a recibir y hacernos cargo de este gran regalo: la alegría, el gozo sacerdotal. La alegría del sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir.
ABRIL 2014
SANTA MISA Y CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS JUAN XXIII YJUAN PABLO II
Plaza de San Pedro
II Domingo de Pascua (o de la Divina Misericordia), 27 de abril de 2014
II Domingo de Pascua (o de la Divina Misericordia), 27 de abril de 2014
En el centro de este domingo, con el que se termina la
octava de pascua, y que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina
Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.
Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los
apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la
resurrección. Pero Tomás aquella tarde, como hemos escuchado, no
estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor,
respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo
creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo,
en medio de los discípulos: Tomás también estaba; se dirigió a él y lo
invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel
hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló
delante de Jesús y dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe.
Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen,
permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de
Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5).
San Juan XXIII y san Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado.
No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él,
de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf. Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.
Fueron sacerdotes y obispos y papas del siglo XX.
Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más
fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor
de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se
manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte, la cercanía materna de
María.
En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia
había «una esperanza viva», junto a un «gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual,
purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la
cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la
amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos
papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez
dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un
reconocimiento eterno.
Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad de los creyentes,
en Jerusalén, de la que hablan los Hechos de los Apóstoles (cf.
2,42-47), como hemos escuchado en la segunda Lectura. Es una comunidad
en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.
Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII yJuan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria,
la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No
olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y
hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, san Juan XXIII
demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó
conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado, guiado por el
Espíritu. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; por eso me gusta
pensar en él como el Papa de la docilidad al Espíritu santo.
En este servicio al Pueblo de Dios, san Juan Pablo II fue el Papa de la familia.
Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como
el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.
Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios
intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino
sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la
familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de
Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que
siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.
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MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CANONIZACIÓN DE
SAN JOSÉ DE ANCHIETA,
SACERDOTE DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
SAN JOSÉ DE ANCHIETA,
SACERDOTE DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Iglesia de San Ignacio de Loyola en Campo Marzio, Roma
Jueves 24 de abril de 2014
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio que acabamos de escuchar los discípulos
no alcanzan a creer la alegría que tienen, porque no pueden creer a
causa de esa alegría. Así dice el Evangelio. Miremos la escena: Jesús ha
resucitado, los discípulos de Emaús han narrado su experiencia, Pedro
también cuenta que lo vio, luego el mismo Señor se aparece en la sala y
les dice: “Paz a ustedes”. Varios sentimientos irrumpen en el corazón de
los discípulos: miedo, sorpresa, duda y, por fin, alegría. Una alegría
tan grande que por esta alegría “no alcanzaban a creer”. Estaban
atónitos, pasmados, y Jesús, casi esbozando una sonrisa, les pide algo
de comer y comienza a explicarles, despacio, la Escritura, abriendo su
entendimiento para que puedan comprenderla. Es el momento del estupor,
del encuentro con Jesucristo, donde tanta alegría nos parece mentira;
más aún, asumir el gozo y la alegría en ese momento nos resulta
arriesgado y sentimos la tentación de refugiarnos en el escepticismo,
“no es para tanto”. Es más fácil creer en un fantasma que en Cristo
vivo. Es más fácil ir a un nigromante que te adivine el futuro, que te
tire las cartas, que fiarse de la esperanza de un Cristo triunfante, de
un Cristo que venció la muerte. Es más fácil una idea, una imaginación,
que la docilidad a ese Señor que surge de la muerte y ¡vaya a saber a
qué cosas te invita! Ese proceso de relativizar tanto la fe que nos
termina alejando del encuentro, alejando de la caricia de Dios. Es como
si “destiláramos” la realidad del encuentro con Jesucristo en el
alambique del miedo, en el alambique de la excesiva seguridad, del
querer controlar nosotros mismos el encuentro. Los discípulos le tenían
miedo a la alegría… Y nosotros también.
La lectura de los Hechos de los apóstoles nos habla de un
paralítico. Escuchamos solamente la segunda parte de esa historia, pero
todos conocemos la trasformación de este hombre, lisiado de nacimiento,
postrado a la puerta del Templo para pedir limosna, sin atravesar nunca
su umbral, y cómo sus ojos se clavaron en los apóstoles, esperando que
le diesen algo. Pedro y Juan no le podían dar nada de lo que él buscaba:
ni oro, ni plata. Y él, que se había quedado siempre a la puerta, ahora
entra por su pie, dando brincos, y alabando a Dios, celebrando sus
maravillas. Y su alegría es contagiosa. Eso es lo que nos dice hoy la
Escritura: la gente se llenaba de estupor, y asombrada acudía corriendo,
para ver esa maravilla. En medio de ese barullo, de esa admiración,
Pedro anuncia el mensaje. Es que la alegría del encuentro con
Jesucristo, esa que nos da tanto miedo de asumir, es contagiosa y grita
el anuncio; y ahí crece la Iglesia, el paralítico, cree.“La Iglesia no
crece por proselitismo, crece por atracción”; la atracción testimonial
de este gozo que anuncia a Jesucristo, ese testimonio que nace de la
alegría asumida y luego transformada en anuncio. Es la alegría fundante.
Sin este gozo, sin esta alegría, no se puede fundar una Iglesia, no se
puede fundar una comunidad cristiana. Es una alegría apostólica, que se
irradia, que se expande. Me pregunto: Como Pedro, ¿soy capaz de sentarme
junto al hermano y explicar despacio el don de la Palabra que he
recibido, y contagiarle mi alegría? ¿Soy capaz de convocar a mi
alrededor el entusiasmo de quienes descubren en nosotros el milagro de
una vida nueva, que no se puede controlar, a la cual debemos docilidad
porque nos atrae, nos lleva, esa vida nueva nacida del encuentro con
Cristo?
También san José de Anchieta supo comunicar lo que él
había experimentado con el Señor, lo que había visto y oído de Él. Lo
que el Señor le comunicó en sus Ejercicios. Él, junto a Nóbrega, es el
primer jesuita que Ignacio envía a América. Chico de 19 años. Era tal la
alegría que tenía, tal el gozo que fundó una nación. Puso los
fundamentos culturales de una nación en Jesucristo. No había estudiado
teología. No había estudiado filosofía. Era un chico. Pero había sentido
la mirada de Jesucristo y se dejó alegrar, y optó por la luz. Ésa fue y
es su santidad. No le tuvo miedo a la alegría.
San José de Anchieta tiene un hermoso himno a la Virgen
María, a quien, inspirándose en el cántico de Isaías 52, compara con el
mensajero que proclama la paz, que anuncia el gozo de la Buena Noticia.
Que Ella, que en esa madrugada del domingo, insomne por la esperanza, no
le tuvo miedo a la alegría, nos acompañe en nuestro peregrinar,
invitando a todos a levantarse, a renunciar a la parálisis, para entrar
juntos en la paz y la alegría que Jesús, el Señor Resucitado, nos
promete.
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Basílica Vaticana
Sábado Santo, 19 de abril de 2014
Sábado Santo, 19 de abril de 2014
El Evangelio de la resurrección de Jesucristo comienza
con el ir de las mujeres hacia el sepulcro, temprano en la mañana del
día después del sábado. Se dirigen a la tumba, para honrar el cuerpo del
Señor, pero la encuentran abierta y vacía. Un ángel poderoso les dice:
«Vosotras no tengáis miedo» (Mt 28,5), y les manda llevar la
noticia a los discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por
delante de vosotros a Galilea» (v. 7). Las mujeres se marcharon a toda
prisa y, durante el camino, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «No
temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán» (v. 10). «Non tengáis miedo», «no temáis»: es una voz que anima a
abrir el corazón para recibir este mensaje».
Después de la muerte del Maestro, los discípulos se
habían dispersado; su fe se deshizo, todo parecía que había terminado,
derrumbadas las certezas, muertas las esperanzas. Pero entonces, aquel
anuncio de las mujeres, aunque increíble, se presentó como un rayo de
luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús ha resucitado, como
había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea; las mujeres lo
habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús mismo:
«Que vayan a Galilea; allí me verán». «No temáis» y «vayan a Galilea»
Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó.
Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la
orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes.
Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4,18-22).
Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir
de la cruz y de la victoria; sin miedo, «no temáis». Releer todo: la
predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las
defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es
un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor.
También para cada uno de nosotros hay una «Galilea»
en el comienzo del camino con Jesús. «Ir a Galilea» tiene un
significado bonito, significa para nosotros redescubrir nuestro bautismo
como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de
nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo
volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó
al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el
hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con
esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende
el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena.
En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también, otra «Galilea», una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo,
que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este
sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria
viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con
misericordia, me pidió de seguirlo; volver a Galilea significa recuperar
la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los
míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba.
Hoy, en esta noche, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria, regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea?
¿La recuerdo? ¿La he olvidado? Búscala y la encontrarás. Allí te espera
el Señor. He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar.
Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí
para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia. No tengáis
miedo, no temáis, volved a Galilea.
El evangelio es claro: es necesario volver allí, para ver
a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es
un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra. Volver a Galilea sin miedo.
«Galilea de los gentiles» (Mt 4,15; Is 8,23): horizonte del Resucitado, horizonte de la Iglesia; deseo intenso de encuentro… ¡Pongámonos en camino!
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Basílica Vaticana
Jueves Santo, 17 de abril de 2014
Jueves Santo, 17 de abril de 2014
Ungidos con óleo de alegría
Queridos hermanos en el sacerdocio. En el Hoy del Jueves Santo, en el que Cristo nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), hacemos memoria del día feliz de la Institución del sacerdocio y del de nuestra propia ordenación sacerdotal. El Señor nos ha ungido en Cristo con óleo de alegría y esta unción nos invita a recibir y hacernos cargo de este gran regalo: la alegría, el gozo sacerdotal. La alegría del sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir.
Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de
alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y
el Señor desea que la alegría de este Amor “esté en nosotros” y “sea
plena” (Jn 15,11). Me gusta pensar la alegría contemplando a
Nuestra Señora: María, la “madre del Evangelio viviente, es manantial de
alegría para los pequeños” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288),
y creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy
pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el
ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres. El
sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su
pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio
de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el
más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en
medio del rebaño. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus
propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia
del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró
con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48). Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. ¡Alegría en nuestra pequeñez!
Encuentro tres rasgos significativos en nuestra alegría
sacerdotal: es una alegría que nos unge (no que nos unta y nos vuelve
untuosos, suntuosos y presuntuosos), es una alegría incorruptible y es una alegría misionera que irradia y atrae a todos, comenzando al revés: por los más lejanos.
Una alegría que nos unge. Es decir: penetró en lo
íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció
sacramentalmente. Los signos de la liturgia de la ordenación nos hablan
del deseo maternal que tiene la Iglesia de transmitir y comunicar todo
lo que el Señor nos dio: la imposición de manos, la unción con el santo
Crisma, el revestimiento con los ornamentos sagrados, la participación
inmediata en la primera Consagración… La gracia nos colma y se derrama
íntegra, abundante y plena en cada sacerdote. Ungidos hasta los huesos… y
nuestra alegría, que brota desde dentro, es el eco de esa unción.
Una alegría incorruptible. La integridad del Don, a
la que nadie puede quitar ni agregar nada, es fuente incesante de
alegría: una alegría incorruptible, que el Señor prometió, que nadie nos
la podrá quitar (cf. Jn 16,22). Puede estar adormecida o
taponada por el pecado o por las preocupaciones de la vida pero, en el
fondo, permanece intacta como el rescoldo de un tronco encendido bajo
las cenizas, y siempre puede ser renovada. La recomendación de Pablo a
Timoteo sigue siendo actual: Te recuerdo que atices el fuego del don de
Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (cf. 2 Tm 1,6).
Una alegría misionera. Este tercer rasgo lo quiero
compartir y recalcar especialmente: la alegría del sacerdote está en
íntima relación con el santo pueblo fiel de Dios porque se trata de una
alegría eminentemente misionera. La unción es para ungir al santo pueblo
fiel de Dios: para bautizar y confirmar, para curar y consagrar, para
bendecir, para consolar y evangelizar.
Y como es una alegría que solo fluye cuando el pastor
está en medio de su rebaño (también en el silencio de la oración, el
pastor que adora al Padre está en medio de sus ovejitas) es una “alegría
custodiada” por ese mismo rebaño. Incluso en los momentos de tristeza,
en los que todo parece ensombrecerse y el vértigo del aislamiento nos
seduce, esos momentos apáticos y aburridos que a veces nos sobrevienen
en la vida sacerdotal (y por los que también yo he pasado), aun en esos
momentos el pueblo de Dios es capaz de custodiar la alegría, es capaz de
protegerte, de abrazarte, de ayudarte a abrir el corazón y reencontrar
una renovada alegría.
“Alegría custodiada” por el rebaño y custodiada también
por tres hermanas que la rodean, la cuidan, la defienden: la hermana
pobreza, la hermana fidelidad y la hermana obediencia.
La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la pobreza.El
sacerdote es pobre en alegría meramente humana ¡ha renunciado a tanto! Y
como es pobre, él, que da tantas cosas a los demás, la alegría tiene
que pedírsela al Señor y al pueblo fiel de Dios. No se la tiene que
procurar a sí mismo. Sabemos que nuestro pueblo es generosísimo en
agradecer a los sacerdotes los mínimos gestos de bendición y de manera
especial los sacramentos.
Muchos, al hablar de crisis de identidad
sacerdotal, no caen en la cuenta de que la identidad supone pertenencia.
No hay identidad –y por tanto alegría de ser– sin pertenencia activa y
comprometida al pueblo fiel de Dios (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 268).
El sacerdote que pretende encontrar la identidad sacerdotal buceando
introspectivamente en su interior quizá no encuentre otra cosa que
señales que dicen “salida”: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la
adoración, sal y dale a tu pueblo lo que te fue encomendado, que tu
pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te
llamas, cuál es tu identidad y te alegrará con el ciento por uno que el
Señor prometió a sus servidores. Si no sales de ti mismo el óleo se
vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda. Salir de sí mismo supone
despojo de sí, entraña pobreza.
La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la fidelidad.
No principalmente en el sentido de que seamos todos “inmaculados”
(ojalá con la gracia lo seamos) ya que somos pecadores, pero sí en el
sentido de renovada fidelidad a la única Esposa, a la Iglesia. Aquí es
clave la fecundidad. Los hijos espirituales que el Señor le da a cada
sacerdote, los que bautizó, las familias que bendijo y ayudó a caminar,
los enfermos a los que sostiene, los jóvenes con los que comparte la
catequesis y la formación, los pobres a los que socorre… son esa
“Esposa” a la que le alegra tratar como predilecta y única amada y serle
renovadamente fiel. Es la Iglesia viva, con nombre y apellido, que el
sacerdote pastorea en su parroquia o en la misión que le fue
encomendada, la que lo alegra cuando le es fiel, cuando hace todo lo que
tiene que hacer y deja todo lo que tiene que dejar con tal de estar
firme en medio de las ovejas que el Señor le encomendó: Apacienta mis
ovejas (cf. Jn 21,16.17).
La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la obediencia.
Obediencia a la Iglesia en la Jerarquía que nos da, por decirlo así, no
sólo el marco más externo de la obediencia: la parroquia a la que se me
envía, las licencias ministeriales, la tarea particular… sino también
la unión con Dios Padre, del que desciende toda paternidad. Pero también
la obediencia a la Iglesia en el servicio: disponibilidad y prontitud
para servir a todos, siempre y de la mejor manera, a imagen de “Nuestra
Señora de la prontitud” (cf. Lc 1,39: meta spoudes), que
acude a servir a su prima y está atenta a la cocina de Caná, donde falta
el vino. La disponibilidad del sacerdote hace de la Iglesia casa de
puertas abiertas, refugio de pecadores, hogar para los que viven en la
calle, casa de bondad para los enfermos, campamento para los jóvenes,
aula para la catequesis de los pequeños de primera comunión…. Donde el
pueblo de Dios tiene un deseo o una necesidad, allí está el sacerdote
que sabe oír (ob-audire) y siente un mandato amoroso de Cristo
que lo envía a socorrer con misericordia esa necesidad o a alentar esos
buenos deseos con caridad creativa.
El que es llamado sea consciente de que existe en este
mundo una alegría genuina y plena: la de ser sacado del pueblo al que
uno ama para ser enviado a él como dispensador de los dones y consuelos
de Jesús, el único Buen Pastor que, compadecido entrañablemente de todos
los pequeños y excluidos de esta tierra que andan agobiados y oprimidos
como ovejas que no tienen pastor, quiso asociar a muchos a su
ministerio para estar y obrar Él mismo, en la persona de sus sacerdotes,
para bien de su pueblo.
En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que haga
descubrir a muchos jóvenes ese ardor del corazón que enciende la
alegría apenas uno tiene la audacia feliz de responder con prontitud a
su llamado.
En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que
cuide el brillo alegre en los ojos de los recién ordenados, que salen a
comerse el mundo, a desgastarse en medio del pueblo fiel de Dios, que
gozan preparando la primera homilía, la primera misa, el primer
bautismo, la primera confesión… Es la alegría de poder compartir
–maravillados– por vez primera como ungidos, el tesoro del Evangelio y
sentir que el pueblo fiel te vuelve a ungir de otra manera: con sus
pedidos, poniéndote la cabeza para que los bendigas, tomándote las
manos, acercándote a sus hijos, pidiendo por sus enfermos… Cuida Señor
en tus jóvenes sacerdotes la alegría de salir, de hacerlo todo como
nuevo, la alegría de quemar la vida por ti.
En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que
confirme la alegría sacerdotal de los que ya tienen varios años de
ministerio. Esa alegría que, sin abandonar los ojos, se sitúa en las
espaldas de los que soportan el peso del ministerio, esos curas que ya
le han tomado el pulso al trabajo, reagrupan sus fuerzas y se rearman:
“cambian el aire”, como dicen los deportistas. Cuida Señor la
profundidad y sabia madurez de la alegría de los curas adultos. Que
sepan rezar como Nehemías: “la alegría del Señor es mi fortaleza” (cf. Ne 8,10).
Por fin, en este Jueves sacerdotal, pido al Señor Jesús
que resplandezca la alegría de los sacerdotes ancianos, sanos o
enfermos. Es la alegría de la Cruz, que mana de la conciencia de tener
un tesoro incorruptible en una vasija de barro que se va deshaciendo.
Que sepan estar bien en cualquier lado, sintiendo en la fugacidad del
tiempo el gusto de lo eterno (Guardini). Que sientan, Señor, la alegría
de pasar la antorcha, la alegría de ver crecer a los hijos de los hijos y
de saludar, sonriendo y mansamente, las promesas, en esa esperanza que
no defrauda.
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Plaza de San Pedro
XXIX Jornada Mundial de la Juventud
Domingo 13 de abril de 2014
XXIX Jornada Mundial de la Juventud
Domingo 13 de abril de 2014
Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos
de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan,
alaban a Jesús.
Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la
muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del
Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién
soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en
Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las
distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?
Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de
dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos
maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la
oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?
También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas.
¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no
entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida,
¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que
significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería
resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas,
que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo?
¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda
prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando
hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?
¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone
difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando
que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?
¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba
de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a
Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.
¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?
¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?
¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban
de Jesús : «¡Él era tan valiente!... Que baje de la cruz y creeremos
en él»? Mofarse de Jesús...
¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?
¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?
¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?
¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a
Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no
haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para
defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?
¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.
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VISITA PASTORAL A LA
PARROQUIA ROMANA DE SAN GREGORIO MAGNO
PARROQUIA ROMANA DE SAN GREGORIO MAGNO
V Domingo de Cuaresma, 6 de abril de 2014
Las tres Lecturas de hoy nos hablan de Resurrección, nos hablan de vida. La hermosa promesa del Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos» (Ez 37, 12), es la promesa del Señor que tiene la vida y tiene la fuerza de dar vida, para que los que están muertos puedan recuperar la vida. La segunda lectura nos dice que estamos bajo el Espíritu Santo y Cristo en nosotros, su Espíritu, nos resucitará. Y en la tercera lectura, el Evangelio, hemos visto cómo Jesús dio la vida a Lázaro. Lázaro, que estaba muerto, volvió a la vida.
Sencillamente quiero decir una cosa pequeña, pequeña. Todos nosotros tenemos dentro algunas zonas, algunas partes de nuestro corazón que no están vivas, que están un poco muertas; y algunos tienen muchos sectores del corazón muertos, una auténtica necrosis espiritual. Y cuando nosotros estamos en esta situación y nos damos cuenta de ello, tenemos ganas de salir de allí, pero no podemos. Sólo el poder de Jesús, el poder de Jesús es capaz de ayudarnos a salir de estas zonas muertas del corazón, estas tumbas de pecado, que todos nosotros tenemos. ¡Todos somos pecadores! Pero si estamos muy apegados a estos sepulcros y los custodiamos dentro de nosotros y no queremos que todo nuestro corazón resucite a la vida, nos convertimos en corruptos y nuestra alma comienza a dar, como dice Marta, «mal olor» (cf. Jn 11, 39), el olor de esa persona que está apegada al pecado. Y la Cuaresma es un poco para esto. Para que todos nosotros, que somos pecadores, no acabemos apegados al pecado, sino que podamos escuchar lo que Jesús dijo a Lázaro: «Gritó con voz potente: “Lázaro, sal afuera”» (Jn 11, 43).
Hoy os invito a pensar un momento, en silencio, aquí: ¿dónde está mi necrosis dentro? ¿Dónde está la parte muerta de mi alma? ¿Dónde está mi tumba? Pensad, un minutito, todos en silencio. Pensemos: ¿cuál es esa parte del corazón que se puede corromper, porque estoy apegado a los pecados o al pecado o a algún pecado? Y quitar la piedra, quitar la piedra de la vergüenza y dejar que el Señor nos diga, como dijo a Lázaro: «Sal afuera». Para que toda nuestra alma quede curada, resucite por el amor de Jesús, por la fuerza de Jesús. Él es capaz de perdonarnos. Todos tenemos necesidad de ello. Todos. Todos somos pecadores, pero debemos estar atentos para no convertirnos en corruptos. Pecadores lo somos, pero Él nos perdona. Escuchemos la voz de Jesús que, con el poder de Dios, nos dice: «Sal afuera. Sal de esa tumba que tienes dentro. Sal. Yo te doy la vida, te doy la felicidad, te bendigo, y te quiero para mí».
Que el Señor hoy, en este domingo, que tanto nos habla de la Resurrección, nos dé a todos nosotros la gracia de resucitar de nuestros pecados, de salir de nuestras tumbas; con la voz de Jesús que nos llama, salir afuera, ir a Él.
Y otra cosa: en el quinto domingo de Cuaresma, los que se preparaban para el Bautismo en la Iglesia recibían la Palabra de Dios. También esta comunidad hoy, hará el mismo gesto. Y yo quiero daros el Evangelio; que vosotros llevéis el Evangelio a casa. Este Evangelio es un Evangelio de bolsillo para llevar siempre con nosotros, para leer un poquito, un pasaje; abrirlo así y leer algo del Evangelio, cuando debo hacer una fila o cuando estoy en el autobús; pero cuando estoy cómodo en el autobús, porque si no estoy cómodo, debo estar atento a los bolsillos. Leer siempre un trocito del Evangelio. Nos hará mucho bien, nos hará mucho bien. Un poco todos los días. Es un regalo, que os he traído para toda vuestra comunidad, para que así, hoy, quinto domingo de Cuaresma, recibáis la Palabra de Dios y también, así, podáis escuchar la voz de Jesús que os dice: «Sal afuera. Ven. Ven afuera», y prepararos de este modo para la noche de Pascua.
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