En una entrevista en video de hace unos años, que puede consultarse en los medios oficiales de los Focolares, Margaret Karram cuenta cómo su nacimiento en Galilea, su origen familiar y el largo tramo de su vida pasado en Oriente Medio han marcado con rasgos imborrables su espiritualidad, sus expectativas internas y su mirada hacia las cosas del mundo.
“Nuestra casa”, explica Margaret en el vídeo, “estaba en el Monte Carmelo, en un barrio judío. Éramos la única familia árabe cristiana católica de origen palestino. Recuerdo que de niña, tenía seis años, unos niños empezaron a ofenderme con dureza diciéndome que era árabe y que no podía estar en ese barrio. Corrí hacia mi mamá llorando, preguntándole el motivo de esa situación. En respuesta, mi mamá me pidió que invitara a estos niños a casa. Había preparado pan árabe y se lo dio, rogándoles que se lo llevaran a sus familias. Este pequeño gesto dio lugar a los primeros contactos con los vecinos judíos que querían conocer a esta mujer que había hecho tal gesto”.
Margaret Karram trabajó durante 14 años en el Consulado de Italia en Jerusalén, durante la época de la Intifada, que también estuvo marcada por sangrientos ataques a lugares públicos, “incluso en los autobuses que solía ir a trabajar todos los días. Tenía miedo. Seguí adelante gracias a que tenía conmigo una comunidad que compartía la espiritualidad de los Focolares. Y finalmente encontré mi verdadera identidad: la de ser cristiana, católica, testigo de esperanza. Fue una etapa importante de mi vida, que me liberó de miedos e incertidumbres. Podía amar a todos, árabes e israelíes, respetar su historia y hacer todo lo posible para crear espacios de diálogo, tender puentes, confiar, presenciar pequeños milagros, he visto a judíos y musulmanes cambiar de actitud e intentar juntos hacer algo por la paz”.
En junio de 2014, Margaret Karram formó parte de la delegación cristiana presente en la oración de “invocación por la paz” compartida en los Jardines del Vaticano por el Papa Francisco junto con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, el presidente israelí Shimon Peres y el presidente palestino Abu Mazen. Después de esa reunión, se reanudó la guerra en la Franja de Gaza. “Entiendo” dice Margaret, recordando aquel tiempo “que sólo Dios puede cambiar el corazón de los hombres. Debemos seguir invocando la paz de Dios. Como los olivos que plantamos ese día, que la paz eche raíces y se puedan ver los frutos”.