CIUDAD DEL VATICANO (Agencia Fides, 07/10/2019) – “Ser fieles a la novedad del
Espíritu es una gracia que debemos pedir en la oración. Que Él, que hace
nuevas todas las cosas, nos dé su prudencia audaz, inspire nuestro
Sínodo para renovar los caminos de la Iglesia en Amazonia, de modo que
no se apague el fuego de la misión”. Es el llamamiento del Papa
Francisco resonó en la Basílica del Vaticano ayer por la mañana, domingo
6 de octubre, durante la Misa que inauguró de la Asamblea Especial del
Sínodo de los Obispos sobre el tema “Amazonia: nuevos caminos para la
Iglesia y para una ecología integral”. Junto con el Santo Padre 185
padres sinodales, de los cuales 113 proceden de la región panamazónica
representando a los nueve estados de la Región (Brasil, Venezuela,
Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Guyana Francesa, la República
Cooperativa de Guyana y Surinam).
El Santo Padre se inspiró en las palabras del apóstol Pablo, “el mayor
misionero de la historia de la Iglesia, que nos ayuda a “hacer Sínodo”, a
“caminar juntos”: “Lo que escribe Timoteo parece referido a nosotros,
pastores al servicio del Pueblo de Dios”.
“Somos obispos porque hemos recibido un don de Dios. No hemos firmado un
acuerdo, no nos han entregado un contrato de trabajo “en propia mano”,
sino la imposición de manos sobre la cabeza, para ser también nosotros
manos que se alzan para interceder y se extienden hacia los hermanos.
Hemos recibido un don para ser dones. Un don no se compra, no se cambia y
no se vende: se recibe y se regala. Si nos aprovechamos de él, si nos
ponemos nosotros en el centro y no el don, dejamos de ser pastores y nos
convertimos en funcionarios: hacemos del don una función y desaparece
la gratuidad, así terminamos sirviéndonos de la Iglesia para servirnos a
nosotros mismos. Nuestra vida, sin embargo, por el don recibido, es
para servir”.
Recordó que, para ser fiel a la misión recibida, los obispos están
llamados a “reavivar” el don de Dios”: “El fuego de Dios, como en el
episodio de la zarza ardiente, arde pero no se consume. Es fuego de amor
que ilumina, calienta y da vida, no fuego que se extiende y devora.
Cuando los pueblos y las culturas se devoran sin amor y sin respeto, no
es el fuego de Dios, sino del mundo. Y, sin embargo, cuántas veces el
don de Dios no ha sido ofrecido sino impuesto, cuántas veces ha habido
colonización en vez de evangelización. Dios nos guarde de la avidez de
los nuevos colonialismos. El fuego aplicado por los intereses que
destruyen, como el que recientemente ha devastado la Amazonia, no es el
del Evangelio. El fuego de Dios es calor que atrae y reúne en unidad. Se
alimenta con el compartir, no con los beneficios. El fuego devorador,
en cambio, se extiende cuando se quieren sacar adelante solo las propias
ideas, hacer el propio grupo, quemar lo diferente para uniformar
todos y todo”. También el Papa habló sobre el testimonio: “el apóstol
pide testimoniar el Evangelio, sufrir por el Evangelio, en una palabra,
vivir por el Evangelio. El anuncio del Evangelio es el primer criterio
para la vida de la Iglesia. Poco después Pablo escribe: «Pues yo estoy a
punto de ser derramado en libación» (4,6). Anunciar el Evangelio es
vivir el ofrecimiento, es testimoniar hasta el final, es hacerse todo
para todos (cf. 1 Cor 9,22), es amar hasta el martirio”.
El Santo Padre concluyó su homilía invitando a mirar a Jesús Crucificado
“al corazón traspasado por nosotros. Comencemos desde allí, porque
desde allí ha brotado el don que nos ha generado; desde allí ha sido
infundido el Espíritu Santo que renueva (cf. Jn 19,30). Desde allí
sintámonos llamados, todos y cada uno, a dar la vida. Muchos hermanos y
hermanas en Amazonia llevan cruces pesadas y esperan la consolación
liberadora del Evangelio y la caricia de amor de la Iglesia. Por ellos,
con ellos, caminemos juntos”.