CIUDAD DEL VATICANO (http://catolicidad.blogspot.mx - 7 de octubre de 2019).- Después del discurso del Santo Padre FRANCISCO y de la Relación del
Secretario General, Su Eminencia el Cardenal Lorenzo Baldisseri, ha
proseguido el Aula del Sínodo en el Vaticano la 1ª Congregación General
de la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región
Panamazónica, sobre el tema: "Amazonia: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral"
(6-27 de octubre de 2019), con la presentación de la Relación
Introductoria del Relator General, S.E. el Cardenal Cláudio Hummes,
O.F.M., Arzobispo Emérito de Sao Paulo (Brasil), Presidente de la
Comisión Episcopal para la Amazonia de la Conferencia Nacional de
Obispos de Brasil y Presidente de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM).
Relación de S.E. el cardenal Cláudio Hummes, O.F.M.
El tema del Sínodo que estamos inaugurando es: “Amazonia: Nuevos
caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. El asunto retoma
las grandes directrices pastorales propias de Papa Francisco. Trazar
nuevas trayectorias. Desde el principio de su ministerio papal Francisco
ha venido destacando que la Iglesia necesita caminar. Ella no puede
permanecer sentada en su casa, cuidando sólo de sí misma, encerrada
entre paredes protectoras. Y menos aun mirando hacia atrás, añorando los
tiempos pasados. La Iglesia necesita abrir sus puertas de par en par,
derrumbar los muros que la rodean y construir puentes, salir y echar a
caminar a lo largo de la historia. En estos tiempos de cambio de época
necesita caminar al lado de todos y cada uno, sobre todo los que viven
en las periferias de la humanidad. Iglesia “en salida”. Para qué salir.
Para encender luces y calentar corazones que ayuden a la gente, las
comunidades, los países y la humanidad toda a encontrar el sentido de la
vida y de la historia. Estas luces son, primeramente, el anuncio de la
persona y el reino de Jesús Cristo muerto y resucitado, y la práctica de
la misericordia, la caridad y la solidaridad sobre todo para con los
pobres, los que sufren, los olvidados y los marginados del mundo actual,
los migrantes y los indígenas.
Caminar permite a la Iglesia ser fiel a su verdadera tradición. Una
cosa es el tradicionalismo que queda vinculado por el pasado, y otra es
la verdadera tradición, que es la historia viva de la Iglesia, en la
cual toda promoción al acoger el legado de las anteriores, como la
comprensión y la experiencia de fe en Jesús Cristo, enriquece dicha
tradición en el presente con su propia experiencia y comprensión de la
fe en Jesús Cristo.
Las luces: el anuncio de Jesús Cristo y la práctica incansable de la
misericordia en la tradición viva de la Iglesia señalan la senda por
seguir caminado de forma inclusiva, invitando, acogiendo y alentando a
todo el mundo sin excepciones hacia el futuro, como amigos y hermanos en
el mutuo respeto a las diferencias.
“Nuevos caminos”. Nuevos. No tener miedo a la novedad. Ya en la
homilía de Pentecostés de 2013 Papa Francisco mantuvo: “La novedad nos
da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos
todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos,
planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos
(...) tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque
de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas,
para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación,
cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—,
trasforma y pide confianza total en Él”. En la Evangelii Gaudium (n.
11), el Papa muestra a Jesús Cristo como “una eterna novedad”. Él
siempre es la novedad. Él siempre es el mismo, la novedad, “ayer, hoy y
por los siglos” (Heb 13,8). Por ello la Iglesia reza: “Envía tu Espíritu
y será una nueva creación y renovarás la faz de la tierra”. Entonces,
no tengamos miedo a la novedad. No le tengamos miedo a Cristo, la
novedad. Este Sínodo busca nuevos caminos.
En su discurso a los obispos brasileños, durante la Jornada Mundial
de la Juventud en el año 2013 en Río de Janeiro el Papa, equiparando
la Amazonia a un “tornasol, un banco de prueba para la Iglesia y la
sociedad brasileña”, exhorta a que la “obra de la Iglesia sea
ulteriormente relanzada [en la Amazonia]”, se fortalezca “el rostro
amazónico de la Iglesia” y se forme “un clero autóctono”; además, añade:
“Para ello les pido por favor que sean valientes, que sean
intrépidos”. Estas palabras aluden necesariamente a la historia de la
Iglesia en aquella región. Desde los albores de la colonización de la
Amazonia hubo allí misioneros católicos ya sea para brindar asistencia
espiritual a los colonizadores o para evangelizar a los indígenas. Así
empezó la misión evangelizadora de la Iglesia en la región. Entre luces y
sombras – seguro que más luces que sombras – las generaciones sucesivas
de misioneros y misioneras, sobre todo Órdenes y Congregaciones
religiosas, pero también sacerdotes diocesanos y laicos – mujeres
especialmente – intentaron llevar a Jesús Cristo a los pueblos locales
edificando comunidades católicas. Es justo recordar, reconocer y
exaltar, en este sínodo, la historia de heroísmo – y con frecuencia de
martirio – de todos los misioneros y las misioneras de antaño, y también
de aquellos y aquellas que se encuentran hoy en la Panamazonia Al lado
de estos misioneros siempre ha habido líderes laicos e indígenas que por
su heroico testimonio a menudo han sido asesinados, y siguen siéndolo.
Además, no se puede olvidar que a lo largo de toda su historia la
Iglesia misionera de la Amazonia ha destacado por brindar grandes y
fundamentales servicios a la población local en el tema de la educación,
la salud, la lucha contra la pobreza y la violación de los derechos
humanos. La historia de la Iglesia en la Panamazonia demuestra que
siempre ha habido gran escasez de recursos materiales y de misioneros
para que las comunidades pudieran desarrollarse en plenitud: destaca la
ausencia casi total de la Eucaristía y de otros sacramentos esenciales
para la vida cristiana de todos los días.
El rostro amazónico de la Iglesia local debe ser fortalecido, dijo
Papa FRANCISCO en el ya citado discurso a los obispos brasileños, al
igual que su rostro indígena en las comunidades indígenas, según mantuvo
en la exhortación en Puerto Maldonado (19.01.2018). Ya en el anuncio
del Sínodo, el Papa dijo claramente que la relación de la Iglesia con
los pueblos indígenas y la selva amazónica es uno de sus temas
centrales. De hecho, al anunciar el Sínodo explicando sus metas,
FRANCISCO señaló: “El objetivo principal de esta convocatoria es
identificar nuevos caminos de evangelización para esa porción del Pueblo
de Dios, especialmente de los indígenas, frecuentemente olvidados y sin
la perspectiva de un futuro sereno, también como resultado de la crisis
de los bosques amazónicos, pulmón de capital importancia para nuestro
planeta” (Vaticano, 15.10.17). Y en Puerto Maldonado dijo a los pueblos
indígenas: “Y he querido venir a visitarlos y escucharlos, para estar
juntos en el corazón de la Iglesia, unirnos a sus desafíos y con ustedes
reafirmar una opción sincera por la defensa de la vida, defensa de la
tierra y defensa de las culturas”. En el proceso de escucha sinodal, los
pueblos indígenas manifestaron de varias formas su voluntad de ser
respaldados por la Iglesia en la defensa de sus derechos y la
construcción de su futuro. Y exhortaron a la Iglesia a ser su fiel
aliada. Porque la humanidad tiene una deuda grande con los pueblos
indígenas de los diversos continentes de la tierra, y con los de la
Amazonia también. Hace falta que a los pueblos indígenas se les devuelva
y garantice el derecho a protagonizar su propia historia, a ser sujetos
del espíritu, y no objetos o víctimas del colonialismo. Sus culturas,
lenguas, historias, identidades, espiritualidades constituyen la riqueza
de la humanidad y deben ser respetadas, preservadas e incluidas en la
cultura mundial.
La misión de la Iglesia hoy en la Amazonia es el nudo central del
Sínodo. Un Sínodo de la Iglesia para la Iglesia: no una Iglesia
encerrada en sí misma, sino integrada en la historia y en la realidad
del territorio – la Amazonia en este caso – atenta al grito de auxilio y
a las aspiraciones de la población y de la “Casa Común” [la creación],
abierta al diálogo, sobre todo interreligioso e intercultural, acogedora
y deseosa de compartir un camino sinodal con las otras iglesias y
religiones, la ciencia, los gobiernos, las instituciones, los pueblos,
las comunidades y las personas, respetuosa de las diferencias, defensora
de la vida de las poblaciones de la región, ante todo de aquellas
originarias, y de la biodiversidad en el territorio amazónico. Una
Iglesia actualizada, “semper reformanda”, según la Evangelii Gaudium,
vale decir una Iglesia en salida, misionera, que lleve el anuncio
explícito de Jesús Cristo, una Iglesia dialogante y acogedora, dispuesta
a caminar al lado de las personas y las comunidades, misericordiosa,
pobre, para los pobres y con los pobres, y por lo tanto priorizándolos a
ellos en su misión, inculturada, intercultural y cada vez más sinodal.
Una Iglesia de dimensión mariana, alimentada por la devoción a María
Santísima con sus muchos nombres locales, primeramente, el de María de
Nazaret, cuya celebración en Belém do Pará reúne cada año a millones de
fieles y peregrinos. San Juan Pablo II dijo que la inculturación de la
fe cristiana en las diversas culturas de los pueblos es muy necesaria:
“Es ésta (la inculturación) una exigencia que ha marcado todo su camino
histórico (de la Iglesia), pero hoy es particularmente aguda y urgente.”
(Redemptoris Missio, 52). Sin embargo la inculturación en el proceso de
evangelización de los pueblos amazónicos también requiere de una
atención especial a la interculturalidad, porque las culturas son muchas
y muy diversificadas, aunque tienen raíces en común. La tarea de la
inculturación y la interculturalidad se desarrolla ante todo por la
liturgia, el diálogo interreligioso y ecuménico, la piedad popular, la
catequesis, la convivencia mediante el diálogo cotidiano con las
poblaciones autóctonas, las obras sociales y caritativas, la vida
consagrada y la pastoral urbana.
Sin embargo no se puede olvidar que hoy en día la Iglesia, desde hace
mucho tiempo, padece una gran escasez de recursos materiales en la
Amazonia, recursos necesarios para llevar a cabo su misión: por esta
razón necesita acrecentar su potencial de comunicación (radio y
televisión).
En este marco, Iglesia y ecología integral en el territorio amazónico
van juntas. La Iglesia de la Amazonia está consciente de que su misión
religiosa, consistentemente con su fe en Jesús Cristo, implica “el
cuidado de la Casa Común”. Este vínculo es la prueba de que el grito de
la tierra y el grito de los pobres de la región son el mismo grito.
Quizá la vida en la Amazonia nunca haya sido tan amenazada como ahora
“por la destrucción y explotación ambiental, por la sistemática
violación a los derechos humanos básicos de la población amazónica. En
especial la violación de los derechos de los pueblos originarios, como
ser el derecho al territorio, a la auto-determinación, a la demarcación
de los territorios, y a la consulta y consentimiento previos.” (IL,14).
En el proceso de escucha sinodal de la población surgió que la amenaza a
la vida en la Amazonia se debe a los intereses económicos y políticos
de los sectores predominantes de la sociedad actual, en especial las
empresas que al extraer de forma predatoria e irresponsable (legal y
ilegalmente) las riquezas del subsuelo alteran la biodiversidad,
frecuentemente con el respaldo o el permisivismo de los gobiernos
locales o nacionales, y en ocasiones incluso con el consentimiento de
autoridades indígenas.
La consulta sinodal registra que también las comunidades opinan que
la amenaza a la vida en la Amazonia se debe principalmente a: a) la
criminalización y asesinato de líderes y defensores del territorio; (b)
apropiación y privatización de bienes de la naturaleza, como la misma
agua; (c) concesiones madereras legales e ingreso de madereras ilegales;
(d) caza y pesca predatorias, principalmente en ríos; (e)
mega-proyectos: hidroeléctricas, concesiones forestales, tala para
producir monocultivos, carreteras y ferrovías, proyectos mineros y
petroleros; (f) contaminación ocasionadas por toda la industria
extractiva que produce problemas y enfermedades, sobre todo a los
niños/as y jóvenes; (g) narcotráfico; (h) los consecuentes problemas
sociales asociados a estas amenazas como alcoholismo, violencia contra
la mujer, trabajo sexual, tráfico de personas, pérdida de su cultura
originaria y de su identidad (idioma, prácticas espirituales y
costumbres), y toda condición de pobreza a las que están condenados los
pueblos de la Amazonia” (IL,15).
La ecología integral nos hace entender que seres humanos y naturaleza
están conectados: todos los seres vivos del planeta son hijos de la
tierra. El cuerpo humano está formado por el “polvo de la tierra” en el
cual Dios “sopló” aliento de vida, según reza la Biblia (cf. Gen 2,7).
En consecuencia, todo lo que daña a la tierra, daña a los seres humanos y
todos los otros seres vivos del planeta, lo que viene a decir que
ecología, economía, cultura etcétera no se pueden abordar por separado.
En la Laudato si’ se mantiene que una ecología ambiental, económica,
social y cultural deben ser pensadas conjuntamente (cf. LS, cap. IV).
El Hijo de Dios también se encarnó y su cuerpo humano vino del polvo
de la tierra. Con aquel cuerpo Jesús murió en la cruz por nosotros, para
vencer el mal y la muerte, resucitó de entre los muertos y hoy está
sentado a la derecha de Dios Padre, en la gloria eterna e inmortal.
Dice el apóstol Pablo: “por cuanto agradó al Padre que en él (Jesús
resucitado) habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar
consigo todas las cosas (…) las que están en la tierra como las que
están en los cielos (Cl 1,19-20). En la Laudato si’ se lee: “Esto nos
proyecta al final de los tiempos, cuando el Hijo entregue al Padre todas
las cosas y ‘Dios sea todo en todos’ (1 Co 15,28). De ese modo, las
criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad
meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y
las orienta a un destino de plenitud” (LS, 100). Vemos entonces que Dios
mismo está conectado por completo con toda su creación. Este misterio
se cumple en el sacramento de la Eucaristía. El Sínodo se desarrolla en
un contexto de grave y urgente crisis climática y ecológica que afecta a
todo el planeta. El calentamiento global debido al efecto invernadero
ha producido un desequilibrio en el clima de gravedad sin precedentes,
como demuestran la Laudato Si’ y la COP21 de París: al final de la
conferencia prácticamente todos los países del mundo suscribieron el
Acuerdo sobre el Clima, aunque a fecha de hoy, a pesar de la urgencia,
casi no se ha aplicado. Al mismo tiempo los recursos naturales el
Planeta están siendo devastados, depredados y degradados a un ritmo
acelerado por un paradigma tecnocrático de la globalización, predatorio y
devastador que también aparece denunciado en la Laudato si’. La tierra
ya no aguanta.
La desmesurada dimensión urbana de la Amazonia, debido en parte a las
migraciones internas, y la presencia de la Iglesia en las ciudades es
otro tema central de este Sínodo, porque la Iglesia tiene que
desarrollar y fortalecer su rostro amazónico también en las ciudades. No
puede ser una copia de la Iglesia urbana de otras regiones. Su misión
en la Amazonia incluye el cuidado y la defensa de la selva amazónica y
de sus pueblos: indígenas, caboclos, ribeirinhos, quilombolas, pobres de
todo tipo, pequeños agricultores, pescadores, siringueros, rompedoras
de cocos y demás, dependiendo de la región. Seguro no será un peso esta
misión, sino una alegría como sólo puede brotar del Evangelio.
Actualmente las migraciones son un fenómeno mundial y marcan el presente
de la Panamazonia: en el pasado los migrantes fueron haitianos, hoy son
venezolanos, pero siempre los indígenas y otros colectivos pobres del
interior de la región han estado migrando internamente. La Iglesia se ha
esforzado mucho para acoger, pero hay que considerar la migración de
los indígenas hacia las ciudades: se trata de miles de personas que
necesitan una atención concreta y misericordiosa a fin de no sucumbir
humana y culturalmente a la miseria, el desamparo, el desprecio y el
rechazo que en los centros urbanos provocan en su interior un vacío
desesperante. “El indígena en la ciudad es un migrante, un ser humano
sin tierra y un sobreviviente de una batalla histórica por la
demarcación de su tierra, con su identidad cultural en crisis.” (IL,
132). Por muchos motivos está obligado a ser invisible. El grito de los
indígenas urbanizados, a menudo silencioso pero no por ello menos real y
desgarrador, tiene que ser escuchado. La Iglesia urbana debe afrontar
el problema social y religioso de sus periferias pobres, y la
evangelización de todos los colectivos de la población urbana. Otra
cuestión es la carencia de presbíteros al servicio de las comunidades
locales, lo que implica que no se celebran la Eucaristía dominical u
otros sacramentos. También escasean los sacerdotes, lo que se traduce en
una pastoral de visitas puntuales en vez de una pastoral adecuada de
presencia cotidiana. Ahora bien, la Iglesia se alimenta de la Eucaristía
y la Eucaristía edifica a la Iglesia (San Juan Pablo II). La
participación en la celebración de la Eucaristía, por lo menos el
domingo, es fundamental para el desarrollo pleno y progresivo de las
comunidades cristianas y la verdadera experiencia de la Palabra de Dios
en la vida personal. Habrá que trazar caminos hacia el futuro. En el
proceso de escucha las comunidades indígenas, aun confirmando el gran
valor que atribuyen al carisma del celibato en la Iglesia, solicitaron
que se abra camino a la ordenación sacerdotal de los hombres casados que
en ellas habitan, considerada la gran carencia de curas que aflige a la
mayoría de las comunidades católicas de la Amazonia. Asimismo, siendo
hoy muchas las mujeres al frente de las comunidades amazónicas, han
reclamado que su servicio sea reconocido y fortalecido mediante la
creación de un ministerio para las mujeres que están al frente de las
comunidades.
Otra cuestión de primera importancia es el agua,“porque es
indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas
terrestres y acuáticos” (LS 28). La escasez de agua potable y segura es
una amenaza creciente en todo el planeta. “la cuestión no es marginal,
sino fundamental y muy urgente (...). Toda persona tiene derecho a
acceder al agua potable y segura; es un derecho humano fundamental y
una de las cuestiones cruciales del mundo actual”, mantuvo Papa
FRANCISCO en un discurso de 24 de febrero de 2017. La Amazonia es una de
las reservas de agua dulce más grandes del planeta. “La cuenca del río
Amazonas y los bosques tropicales que la circundan nutren los suelos y
regulan, a través del reciclado de humedad, los ciclos del agua, energía
y carbono a nivel planetario. Sólo el río Amazonas arroja cada año en
el océano Atlántico el 15% del total de agua dulce del planeta. Por
ello la Amazonia es esencial para la distribución de las lluvias en
otras regiones remotas de América del Sur y contribuye a los grandes
movimientos de aire alrededor del planeta. También nutre la naturaleza,
la vida y culturas de miles de comunidades indígenas, campesinos,
afro-descendientes, ribereños y de las ciudades (...). La
sobreabundancia natural de agua, calor y humedad hace que los
ecosistemas de la Amazonia alberguen alrededor del 10 al 15% de la
biodiversidad terrestre ” (IL,9). Además, hay que tener en cuenta la
función de la selva y de los pueblos indígenas. De hecho, en la Amazonia
la selva cuida del agua y el agua de la selva, produciendo juntas la
biodiversidad; por su parte, los pueblos indígenas son los guardianes
milenarios de este sistema. Por este motivo la Iglesia también se siente
convocada para cuidar del agua de la “Casa Común”, amenazada en la
Amazonia ante todo por el calentamiento del clima, la deforestación y la
contaminación producida por las minas y los pesticidas.
Para finalizar, propongo desarrollar algunos temas durante las
labores de esta asamblea sinodal: a) Iglesia en salida en la Amazonia y
sus nuevos caminos; b) El rostro amazónico de la Iglesia: inculturación e
interculturalidad en ámbito misional-eclesial; c) La ministerialidad en
la Iglesia de la Amazonia: presbiterado, diaconado, ministerios, el
papel de la mujer; d) La acción de la Iglesia en el cuidado de la Casa
Común: escuchar a la tierra y a los pobres; ecología integral:
ambiental, económica, social y cultural; e) La Iglesia amazónica en la
realidad urbana; f) La cuestión del agua; g) Otros.
Concluyo invitando a todo el mundo a dejarse llevar por el Espíritu
Santo en estas jornadas sinodales. Déjense envolver en el manto de la
Madre de Dios, Reina de la Amazonia. No cedamos a la autorreferencia,
sino a la misericordia hacia el grito de los pobres de la tierra. Será
necesario rezar mucho, meditar y discernir una práctica concreta de
comunión eclesial y espíritu sinodal. Este Sínodo es como una mesa que
Dios ha preparado para sus pobres, y nos pide que atendamos esta mesa.