miércoles, 2 de marzo de 2016

FRANCISCO: Audiencias Generales y Jubilares de febrero 2016 (24, 20,10 y 3)



AUDIENCIAS GENERALES Y JUBILARES 
DEL PAPA FRANCISCO
FEBRERO 2016 



Audiencia General
Plaza de San Pedro
 Miércoles 24 de febrero de 2016


Misericordia y poder


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Proseguimos con las catequesis sobre la misericordia en la Santa Escritura. En varios pasajes se habla de los poderosos, los reyes, los hombres que están «en lo alto», y también de su arrogancia y sus abusos. La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles para el bien común, si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero cuando, como ocurre con demasiada frecuencia, si se viven como un privilegio, con egoísmo y prepotencia, se transforman en instrumentos de corrupción y muerte. Esto es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot, que se describe en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 21, sobre el que hoy reflexionamos.


Este texto cuenta como el rey de Israel, Ajab, quiere compara la viña de un hombre llamado Nabot, porque ésta linda con el palacio real. La propuesta parece legítima, incluso generosa, pero en Israel las propiedades de tierras se consideraban casi inalienables. De hecho, el libro de Levítico prescribe: «La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes» (Lv 25, 23). La tierra es sagrada, porque es un don de Dios, y como tal debe ser custodiado y conservado como un signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y garantía de dignidad para todos. Se comprende entonces la respuesta negativa de Nabot al rey: «Líbreme Yaveh de darte la herencia de mis padres» (1 Re 21, 3). El rey Ajab reacciona a esta negativa con amargura e indignación. Él se siente ofendido —él es el rey, el poderoso—, disminuido en su autoridad soberana, y frustrado en la posibilidad de satisfacer su deseo de posesión. Al verlo tan abatido, su esposa Jezabel, una reina pagana que había incrementado los cultos idolátricos y que hacía matar a los profetas del Señor (cf. 1 Re 18, 4), —no era mala, ¡era sumamente mala!— decide intervenir. Las palabras que dirige rey son muy significativas. Escuchad la maldad que esconde esta mujer: ¿Y eres tú el que ejerces la realeza en Israel? Levántate, come y que se alegre tu corazón. Yo te daré la viña de Nabot de Yizreel» (v. 7). Ella enfatiza el prestigio y el poder del rey, que, a su modo de ver, está puesto en entredicho por la negativa de Nabot. Un poder que por el contrario ella considera absoluto, y por el cual todo deseo del rey poderoso se convierte en una orden. El gran san Ambrosio escribió un pequeño libro sobre este episodio. Se llama «Nabot». Nos hará bien leerlo en este tiempo de Cuaresma. Es muy bonito, es muy concreto. Jesús, recordando estas cosas, nos dice: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20, 25-27). Si pierde la dimensión de servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominación y abuso. 

Precisamente esto es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot. Jezabel, la reina, sin ningún escrúpulo, decide eliminar a Nabot y ejecuta su plan. Se sirve de las apariencias engañosas de una legalidad perversa: envía, en nombre del rey, cartas a los ancianos y notables de la ciudad ordenando que falsos testigos que acusen a Nabot públicamente de haber maldecido a Dios y al rey, un crimen castigado con la muerte. De esta forma, una vez que Nabot está muerto, el rey puede apropiarse de su viña. Y esta no es una historia de otro tiempo, es también la historia de hoy, los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro y con el salario mínimo para enriquecer a los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren ¡más y más y más! Es por esto que he dicho que haremos bien en leer ese libro de San Ambrosio sobre Nabot, porque es un libro de actualidad. He aquí donde lleva el ejercicio de una autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia. Y a qué lleva la sed de poder: se convierte en codicia que quiere poseerlo todo. Al respecto hay un texto del profeta Isaías particularmente iluminador. En este, el Señor advierte contra la codicia de los ricos latifundistas que quieren poseer cada vez más casas y terrenos. Y el profeta Isaías dice: «¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país!» (Is 5, 8). Y el profeta Isaías ¡no era un comunista! Pero Dios es más grande que la maldad y que los juegos sucios realizados por los seres humanos. En su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a que Ajab se convierta.


Ahora giramos la página, y ¿cómo sigue la historia? Dios ve este crimen y toca también al corazón de Ajab, y el rey, colocado frente a su pecado, comprende, se humilla, y pide perdón. ¡Qué bonito sería si todos los poderosos explotadores hoy hicieran lo mismo! El Señor acepta su arrepentimiento; sin embargo, un hombre inocente fue asesinado, y la falta cometida tendrá consecuencias inevitables. El mal que se hace, de hecho, deja sus huellas dolorosas, y la historia de los hombres lleva las heridas. La misericordia muestra también en este caso la vía maestra que debe perseguirse. La misericordia puede curar las heridas y puede cambiar la historia. ¡Abre tu corazón a la misericordia! La misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres. ¡Es más fuerte, este es el ejemplo de Ajab! Nosotros conocemos el poder, cuando recordamos la venida del Hijo inocente de Dios que se hizo hombre con el fin de destruir el mal con su perdón. Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente diferente. Su trono es la cruz. Él no es un rey que mata, sino que por el contrario da la vida. Su ir hacia todos, especialmente a los más débiles, derrota la soledad y el destino de muerte al que conduce el pecado. Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores en el espacio de la gracia y el perdón. Y esta es la misericordia de Dios.


Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en especial a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que el ejemplo de Jesús transforme nuestra concepción de poder para que siempre vivamos nuestra responsabilidad como un servicio, en el que manifestar su misericordia a los demás.


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Audiencia Jubilar
Plaza de San Pedro
 Miércoles 24 de febrero de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


El Jubileo es una verdadera oportunidad para profundizar en el misterio de la bondad y del amor de Dios. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a conocer cada vez más al Señor Jesús, y a vivir de manera coherente la fe con un estilo de vida que exprese la misericordia del Padre. Es un compromiso que estamos llamados a asumir para ofrecer a los que encontramos el signo concreto de la cercanía de Dios. Mi vida, mi actitud, la forma de ir por la vida debe ser justamente un signo concreto del hecho de que Dios está cerca de nosotros. Pequeños gestos de amor, de ternura, de cuidado, que hacen pensar que el Señor está con nosotros, está cerca de nosotros. Y así, se abre la puerta de la misericordia.


Hoy quisiera reflexionar brevemente con vosotros sobre el tema de esta palabra que he dicho: el tema del compromiso. ¿Qué es un compromiso? ¿Qué significa comprometerse? Cuando me comprometo quiere decir que asumo una responsabilidad, una tarea hacia alguien; y significa también el estilo, la actitud de fidelidad y de dedicación, de atención particular con la que llevo adelante esta tarea. Cada día se nos pide que pongamos empeño en las cosas que hacemos: en la oración, en el trabajo, en el estudio, pero también en el deporte, en las actividades libres... Comprometerse, en definitiva, quiere decir poner nuestra buena voluntad y nuestras fuerzas para mejorar la vida.


También Dios se ha comprometido con nosotros. Su primer compromiso fue el de crear el mundo, y a pesar de nuestros atentados para destruirlo —y son muchos—, Él se compromete a mantenerlo vivo. Pero su compromiso más grande ha sido donarnos a Jesús. ¡Este es el gran compromiso de Dios! Sí, Jesús es justamente el compromiso extremo que Dios ha asumido para con nosotros. Lo recuerda también san Pablo, cuando escribe que Dios «no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32). Y, en virtud de esto, junto a Jesús el Padre nos dará cualquier cosa que necesitemos.


Y, ¿cómo se ha manifestado este compromiso de Dios por nosotros? Es muy fácil verificarlo en el Evangelio. En Jesús, Dios se ha comprometido completamente para devolver la esperanza a los pobres, a cuantos estaban privados de dignidad, a los extranjeros, a los enfermos, a los prisioneros y a los pecadores, que acogía con bondad. En todo esto, Jesús era expresión viviente de la misericordia del Padre. Y quisiera referirme a esto: Jesús acogía con bondad a los pecadores. Si nosotros pensamos en modo humano, el pecador sería un enemigo de Jesús, un enemigo de Dios, pero Él se acerca a ellos con bondad, los amaba y les cambiaba su corazón. Todos nosotros somos pecadores: ¡todos! Todos tenemos alguna culpa delante de Dios. Pero no debemos tener desconfianza: Él se acerca para darnos el consuelo, la misericordia, el perdón. Este es el compromiso de Dios y para esto ha enviado a Jesús: para acercarse a nosotros, a todos nosotros y abrir la puerta de su amor, de su corazón, de su misericordia. Y esto es muy bonito. ¡Muy bonito!


A partir del amor misericordioso con el que Jesús ha expresado el compromiso de Dios, también nosotros podemos y debemos corresponder a su amor con nuestro compromiso. Y esto sobre todo en las situaciones de mayor necesidad, donde hay más sed de esperanza. Pienso —por ejemplo— en nuestro compromiso con las personas abandonadas, con los que cargan minusvalías muy pesadas, con los enfermos más graves, con los moribundos, con los que no son capaces de expresar gratitud. A todas estas realidades nosotros llevamos la misericordia de Dios a través de un compromiso de vida, que es testimonio de nuestra fe en Cristo. Debemos siempre llevar esa caricia de Dios —porque Dios nos ha acariciado con su misericordia—, llevarla a los demás, a aquellos que tienen necesidad, a aquellos que llevan un sufrimiento en el corazón o están tristes: acercarse con esa caricia de Dios, que es la misma que Él nos ha dado a nosotros.


Que este Jubileo ayude a nuestra mente y a nuestro corazón a tocar con la mano el compromiso de Dios por cada uno de nosotros, y gracias a esto transformar nuestra vida en un compromiso de misericordia para todos.


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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, así como a los grupos venidos de España y Latinoamérica. Que este Jubileo pueda ayudarnos a experimentar el compromiso de Dios sobre cada uno de nosotros y, gracias a ello, transformar nuestra vida en un compromiso de misericordia para todos. Muchas gracias.


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Audiencia General
Plaza de San Pedro
 Miércoles 10 de febrero de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buen camino de Cuaresma!


Es bonito y también significativo tener esta audiencia precisamente el miércoles de Ceniza. Comenzamos el camino de la Cuaresma y hoy nos detenemos sobre la antigua institución del «jubileo», es una cosa antigua, testificada en la Sagrada Escritura. Lo encontramos particularmente en el Libro del Levítico, que lo presenta como un momento culminante de la vida religiosa y social del pueblo de Israel.


Cada 50 años, «el día de la Expiación» (Lev 25, 9), cuando la misericordia del Señoreara invocada sobre todo el pueblo, el son de la trompeta anunciaba un gran evento de liberación. De hecho, leemos en el Libro del Levítico: «Declararéis santo el año cincuenta y promulgaréis por el país la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia […] En este año jubilar cada uno recobrará su propiedad» (25, 10.13). Según estas disposiciones, si alguno había sido obligado a vender su tierra o su casa, en el jubileo podía retomar la posesión; y si alguno había contraído deudas y, no podía pagarlas, hubiese sido obligado a ponerse al servicio del acreedor, podía regresar libre a su familia y recuperar todas las propiedades.


Era una especie de «indulto general», con el cual se permitía a todos regresar a la situación originaria, con la cancelación de todas las deudas, la restitución de la tierra, y la posibilidad de gozar de nuevo de la libertad propia de los miembros del pueblo de Dios. Un pueblo «santo», donde las prescripciones como la del jubileo servían para combatir la pobreza y la desigualdad, garantizando una vida digna para todos y una justa distribución de la tierra sobre la cual habitar y de la cual extraer el sustento. La idea central es que la tierra pertenece originalmente a Dios y ha sido confiada a los hombres (Cf. Gén 1, 28-29), y por eso ninguno puede atribuirse la posesión exclusiva, creando situaciones de desigualdad. 
Esto, hoy en día, podemos pensarlo y volverlo a pensar; cada uno en su corazón creo que tiene demasiadas cosas. Pero ¿por qué no dejar a quienes no tienen nada? El diez por ciento, el cincuenta por ciento... Yo digo: que Espíritu Santo inspire a cada uno de vosotros.


Con el jubileo, quien se había vuelto pobre volvía a tener lo necesario para vivir, y quien se había hecho rico restituía al pobre lo que le había quitado. El fin era una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convirtieran en un bien para todos y no sólo para algunos, como sucede ahora, si no me equivoco... Más o menos, las cifras no son seguras, pero el ochenta por ciento de la riqueza de la humanidad está en manos de menos del veinte por ciento de la población. Es un jubileo —y esto lo digo recordando nuestra historia de salvación— para convertirse, para que nuestro corazón se haga más grande, más generoso, más hijo de Dios, con más amor.


Os digo una cosa: si este deseo, si el jubileo no llega a los bolsillos, no es un verdadero jubileo. ¿Lo entendéis? ¡Y esto está en la Biblia! No lo inventa este Papa: está en la Biblia. El fin —como dije— era una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convirtiesen en un activo para todos y no para algunos. De hecho, el jubileo tenía la función de ayudar al pueblo a vivir una fraternidad concreta, hecha de ayuda recíproca. Podemos decir que el jubileo bíblico era un «jubileo de misericordia», porque era vivido en la búsqueda sincera del bien del hermano necesitado. En la misma línea, también otras instituciones y otras leyes gobernaban la vida del pueblo de Dios, para que se pudiese experimentar la misericordia del Señor a través de la de los hombres. En esas normas encontramos indicaciones válidas también hoy, que nos hacen reflexionar. Por ejemplo, la ley bíblica prescribía el pago del «diezmo» que era destinado a los Levitas, encargados del culto, los cuales no tenían tierra, y a los pobres, los huérfanos, las viudas (Cf. Dt 14, 22-29). Es decir, se preveía que la décima parte de la cosecha, o de lo proveniente de otras actividades, fuese dada a quienes estaban sin protección y en estado de necesidad, favoreciendo así condiciones de relativa igualdad dentro de un pueblo en el cual todos deberían comportarse como hermanos. Estaba también la ley concerniente a las «primicias». ¿Qué es esto? La primera parte de la cosecha, la parte más preciosa, debía ser compartida con los Levitas y los extranjeros (Cf. Dt 18, 4-5; 26, 1-11), que no poseían campos, así que también para ellos la tierra fuese fuente de nutrimiento y de vida. «La tierra es mía, y vosotros sois emigrantes y huéspedes en mi tierra» (Lev 25, 23). Somos todos huéspedes del Señor, en espera de la patria celeste (Cf. Heb 11, 13-16; 1 Pe 2,11)», llamados a hacer habitable y humano el mundo que nos acoge. Y ¡cuantas «primicias» quien es afortunado podría donar a quien está en dificultad! ¡Cuántas primicias! Primicias no sólo de los frutos de los campos, sino de todo otro producto del trabajo, de los sueldos, de los ahorros, de tantas cosas que se poseen y que a veces se desperdician. Esto también sucede hoy. A la Limosnería apostólica llegan muchas cartas con un poco de dinero: «Esta es una parte de mi sueldo para ayudar a otros». Y esto es bonito; ayudar a los demás, a las instituciones de beneficencia, a los hospitales, a las residencias de ancianos...; dar también a los emigrantes, los que son extranjeros y están de paso. Jesús estuvo de paso en Egipto.


Y precisamente pensando en esto, la Sagrada Escritura exhorta con insistencia a responder generosamente a los pedidos de préstamos, sin hacer cálculos mezquinos y sin pretender intereses imposibles: «Si un hermano tuyo se empobrece y no se puede mantener, lo sustentarás como al emigrante o al huésped, para que pueda vivir contigo. No le exigirás interés ni recargo, sino que temerás a tu Dios y dejarás vivir a tu hermano contigo. No le prestarás dinero con interés ni le darás víveres con recargo» (Lev 25, 35-37). Esta enseñanza es siempre actual. ¡Cuántas familias están en la calle, víctimas de la usura! Por favor, recemos porque en este Jubileo el Señor elimine del corazón de todos nosotros este deseo de tener más, la usura. Que se vuelva a ser generosos, grandes. ¡Cuántas situaciones de usura estamos obligados a ver y cuánto sufrimiento y angustia llevan a las familias! Y muchas veces, en su desesperación, muchos hombres terminan en el suicidio porque no lo soportan y no tienen esperanza, no tienen la mano extendida que les ayude; sólo la mano que viene a hacerles pagar los intereses. Es un grave pecado la usura, es un pecado que grita en la presencia de Dios. El Señor en cambio ha prometido su bendición a quien abre la mano para dar con generosidad (Cf. Dt 15,10). Él le dará el doble, tal vez no en dinero, sino en otras cosas, pero el Señor siempre te dará el doble. Queridos hermanos y hermanas, el mensaje bíblico es muy claro: abrirse con coraje al compartir, y ¡esto es la misericordia! Y si queremos la misericordia de Dios comencemos a hacerla nosotros. Es esto: comencemos a hacerla nosotros entre conciudadanos, entre familias, entre los pueblos, entre los continentes. Contribuir en realizar una tierra sin pobres quiere decir construir una sociedad sin discriminación, basada en la solidaridad que lleva a compartir cuanto se posee, en una distribución de los recursos fundada en la fraternidad y en la justicia.


Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Al comenzar hoy el tiempo de cuaresma, pidámosle al Señor que nos ayude a prepararnos para la Pascua abriendo nuestros corazones a su misericordia, para que también nosotros sepamos vivirla en nuestra vida diaria, con las personas que nos rodean. Muchas gracias.
 

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Audiencia General
Plaza de San Pedro
 Miércoles 3 de febrero de 2016



Queridos hermanos y hermanas, buenos días,


La Sagrada Escritura nos presenta a Dios como misericordia infinita, pero también como justicia perfecta. ¿Cómo conciliar las dos cosas? ¿Cómo se articula la realidad de la misericordia con las exigencias de la justicia? Podría parecer que son dos realidades que se contradicen; en realidad no es así, porque es precisamente la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento la verdadera justicia. ¿Pero de qué justicia se trata?


Si pensamos en la administración legal de la justicia, vemos que ahí quien se considera víctima de un abuso se dirige al juicio en el tribunal y pide que se haga justicia. Se trata de una justicia retributiva, que inflige una pena al culpable, según el principio de que a cada uno se le debe dar lo que le es debido. Como dice el libro de los Proverbios: «Quien obra rectamente va derecho a la vida. Quien va tras la maldad camina hacia la muerte» (11, 19). También Jesús habla de ello en la parábola de la viuda que iba continuamente con el juez y le pedía: «Hazme justicia frente a mi adversario» (Lc 18, 3).


Este camino, sin embargo lleva aún a la verdadera justicia porque en realidad no vence al mal, sino que simplemente lo contiene. En cambio, sólo respondiendo a ello con el bien, es como el mal puede ser realmente vencido.


He aquí, entonces, otro modo de hacer justicia, que la Biblia nos presenta como camino principal para recorrer. Se trata de un procedimiento que evita el recurso al tribunal y prevé que la víctima se dirija directamente al culpable para invitarlo a la conversión, ayudando a entender que está haciendo el mal, apelando a su conciencia. De este modo, finalmente arrepentido y reconociendo el propio error, él puede abrirse al perdón que la parte ofendida le está ofreciendo. Y esto es bello: en seguida después de la persuasión de lo que está mal, el corazón se abre al perdón, que se le ofrece. Es este el modo de resolver los contrastes dentro de las familias, en las relaciones entre esposos o entre padres e hijos, donde el ofendido ama al culpable y quiere salvar la relación que lo une a otro. No cortéis esa conexión, esa relación.


Ciertamente, este es un camino difícil. Requiere que quien ha sufrido el mal esté pronto a perdonar y desear la salvación y el bien de quien lo ha ofendido. Pero sólo así la justicia puede triunfar, porque si el culpable reconoce el mal hecho, y deja de hacerlo, he aquí que el mal no existe más, y el que era injusto llega a ser justo, porque es perdonado y ayudado a volver a encontrar el camino del bien. Y aquí tiene que ver precisamente el perdón, la misericordia.


Es así que Dios actúa en relación a nosotros pecadores. El Señor continuamente nos ofrece su perdón y nos ayuda a acogerlo y a tomar conciencia de nuestro mal para podernos liberar de él. Porque Dios no quiere la condenación de nadie. Alguno de vosotros podría hacerme la pregunta: «Pero Padre, ¿Pilato merecía la condena? ¿Dios la quería? No, Dios quería salvar a Pilato y también a Judas, a todos. Él, el Señor de la misericordia quiere salvar a todos. El problema está en dejar que Él entre en el corazón. Todas las palabras de los profetas son una llamamiento de un completo amor que busca nuestra conversión. He aquí lo que el Señor dice a través del profeta Ezequiel: «¿Acaso quiero yo la muerte del malvado [...] y no que se convierte de su condena y viva? (18, 23; cf. 33, 11), es lo que le gusta a Dios.


Y este es el corazón de Dios, un corazón de Padre que ama y quiere que sus hijos vivan en el bien y la justicia, y por ello vivan en plenitud y sean felices. Un corazón de Padre que va más allá de nuestro pequeño concepto de justicia para abrirnos los horizontes inconmensurables de su misericordia. Un corazón de Padre que no nos trata según nuestros pecados y no nos paga según nuestras culpas, como dice el Salmo (103, 9-10). Y precisamente es un corazón de padre el que nosotros queremos encontrar cuando vamos al confesonario. Quizá nos dirá algo para hacernos entender mejor el mal, pero en el confesonario todos vamos para encontrar un padre que nos ayuda a cambiar de vida; un padre que nos da la fuerza para seguir adelante; un padre que nos perdona en el nombre de Dios. Y por esto ser confesores es una responsabilidad muy grande, porque ese hijo, esa hija que viene a ti busca solamente encontrar un padre. Y tu, sacerdote, que estás ahí en el confesonario, tú estás ahí en el lugar del Padre que hace justicia con su misericordia.




Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que el Señor Jesús, rostro misericordioso del Padre, nos conceda, con su fuerza salvadora, acoger el perdón divino y aprender a perdonar a nuestros hermanos. Muchas gracias.


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