miércoles, 2 de marzo de 2016

FRANCISCO: Homilías de febrero 2016 (22, 10, 9 y 2)

HOMILÍAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO
FEBRERO 2016 


JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

 



Basílica Vaticana
Lunes 22 de febrero de 2016



La fiesta litúrgica de la Cátedra de san Pedro nos congrega para celebrar el Jubileo de la Misericordia como comunidad de servicio de la Curia romana, de la Gobernación y de las Instituciones vinculadas con la Santa Sede. Hemos atravesado la Puerta Santa y llegamos a la tumba del Apóstol Pedro para hacer nuestra profesión de fe. Y hoy la Palabra de Dios ilumina de modo especial nuestros gestos.


En este momento, el Señor Jesús repite a cada uno de nosotros su pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15). Una pregunta clara y directa, ante la cual no es posible huir o permanecer neutrales, ni postergar la respuesta o delegarla a otro. Pero en ello no hay nada de inquisitorio, es más, ¡está llena de amor! El amor de nuestro único Maestro, que hoy nos llama a renovar la fe en Él, reconociéndolo como Hijo de Dios y Señor de nuestra vida. Y el primero en ser llamado a renovar su profesión de fe es el Sucesor de Pedro, que tiene la responsabilidad de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22, 32).


Dejemos que la gracia modele de nuevo nuestro corazón para creer, y abra nuestra boca para hacer la profesión de fe y obtener la salvación (cf. Rm 10, 10). Así, pues, hagamos nuestras las palabras de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Que nuestro pensamiento y nuestros ojos estén fijos en Jesucristo, inicio y fin de cada acción de la Iglesia. Él es el fundamento y nadie puede poner otro cimiento (1 Cor 3, 11). Él es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Lo recuerda con palabras expresivas san Agustín cuando escribe que la Iglesia, que viéndose agitada y sacudida por las vicisitudes de la historia, «no se cae, porque está cimentada sobre la piedra de donde Pedro tomó el nombre, pues “piedra” no viene de “Pedro”, sino “Pedro” de “piedra”; como tampoco “Cristo” viene de “cristiano”, sino “cristiano” de “Cristo”. […] La roca es el Mesías, cimiento sobre el que también Pedro mismo está edificado» (In Joh 124, 5: pl 35, 1972).


De esta profesión de fe surge para cada uno de nosotros la tarea de corresponder a la llamada de Dios. A los Pastores, ante todo, se les pide tener como modelo a Dios mismo, que cuida su rebaño. El profeta Ezequiel describió el modo de obrar de Dios: Él va en busca de la oveja perdida, conduce de nuevo al aprisco a la descarriada, venda y cura a la enferma (34, 16). Un comportamiento que es signo del amor que no conoce límites. Es una entrega fiel, constante, incondicional, para que su misericordia pueda llegar a todos los más débiles. Pero no tenemos que olvidar que la profecía de Ezequiel se inspira en la constatación de las faltas de los pastores de Israel. Por lo tanto, nos hace bien también a nosotros, llamados a ser Pastores en la Iglesia, dejar que el rostro de Dios Buen Pastor nos ilumine, nos purifique, nos transforme y nos restituya plenamente renovados a nuestra misión. Que también en nuestros ambientes de trabajo podamos sentir, cultivar y practicar un fuerte sentido pastoral, sobre todo hacia las personas con las que nos encontramos todos los días. Que nadie se sienta ignorado o maltratado, sino que cada uno pueda experimentar, sobre todo aquí, el cuidado atento del Buen Pastor.


Estamos llamados a ser los colaboradores de Dios en una empresa tan fundamental y única como es testimoniar con nuestra vida la fuerza de la gracia que transforma y el poder del Espíritu que renueva. Dejemos que el Señor nos libere de toda tentación que aleja de lo que es esencial en nuestra misión, y redescubramos la belleza de profesar la fe en el Señor Jesús. La fidelidad al ministerio se conjuga bien con la misericordia que queremos experimentar. En la Sagrada Escritura, por otro lado, fidelidad y misericordia son un binomio inseparable. Donde está una, allí está también la otra, y precisamente en su reciprocidad y complementariedad se puede ver la presencia misma del Buen Pastor. La fidelidad que se nos pide es obrar según el corazón de Cristo. Como hemos escuchado de las palabras del apóstol Pedro, tenemos que apacentar el rebaño con «espíritu generoso» y llegar a ser un «modelo» para todos. De este modo, «cuando aparecerá el Pastor supremo» podremos recibir la «corona inmarcesible de la gloria» (1 Pe 5, 4).


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JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

 
 

Basílica Vaticana
Miércoles de Ceniza, 10 de febrero de 2016


La Palabra de Dios, al inicio del camino cuaresmal, dirige a la Iglesia y a cada uno de nosotros dos invitaciones.


La primera es la invitación de san Pablo: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Cor 5, 20). No es simplemente un buen consejo paterno y tampoco sólo una sugerencia. Es una auténtica súplica en nombre de Cristo: «Os suplicamos en nombre de Cristo: dejaos reconciliar con Dios» (ibíd.). ¿Por qué un llamamiento tan solemne y sentido? Porque Cristo sabe cuán frágiles y pecadores somos, conoce la debilidad de nuestro corazón; lo ve herido por el mal que hemos cometido y sufrido; sabe cuánto necesitamos el perdón, sabe que necesitamos sentirnos amados para realizar el bien. Nosotros solos no podemos hacerlo: por ello el Apóstol no nos dice que hagamos algo, sino que nos dejemos reconciliar por Dios, que le permitamos perdonarnos, con confianza, porque «Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3, 20). Él derrota el pecado y nos levanta de la miseria, si se las entregamos. Nos corresponde a nosotros reconocernos necesitados de misericordia: es el primer paso del camino cristiano. Se trata de entrar a través de la puerta abierta que es Cristo, donde nos espera Él mismo, el Salvador, y nos ofrece una vida nueva y gozosa.


Puede haber algunos obstáculos que cierran las puertas del corazón. Está la tentación de blindar las puertas, o sea de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándose siempre, pensando que no somos peores que los demás. Así, sin embargo, se bloquean las cerraduras del alma y quedamos encerrados dentro, prisioneros del mal. Otro obstáculo es la vergüenza de abrir la puerta  secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma, porque indica que queremos tomar distancia del mal; pero nunca debe transformarse en temor o en miedo. Y hay una tercera insidia: la de alejarnos de la puerta. Esto sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias, cuando hurgamos continuamente, relacionando entre sí las cosas negativas, hasta llegar a sumergirnos en los sótanos más oscuros del alma. De este modo llegamos a convertirnos incluso en familiares de la tristeza que no queremos, nos desanimamos y somos más débiles ante las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos con nosotros mismos, encerrándonos y escapando de la luz. Y sólo la gracia del Señor nos libera. Dejémonos, entonces, reconciliar, escuchemos a Jesús que dice a quién está cansado y oprimido «venid a mí» (Mt 11, 28). No permanecer en uno mismo, sino ir a Él. Allí hay descanso y paz.


En esta celebración están presentes los Misioneros de la Misericordia, para recibir el mandato de ser signos e instrumentos del perdón de Dios. Queridos hermanos, que podáis ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que vuestras manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de vosotros la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas.


Hay una segunda invitación de Dios, que, por medio del profeta Joel, dice: «Volved a mí con todo el corazón» (2, 12). Si hay necesidad de volver es porque nos hemos alejado. Es el misterio del pecado: nos hemos alejado de Dios, de los demás, de nosotros mismos. No es difícil darse cuenta de ello: todos sabemos cuánto nos cuesta tener verdadera confianza en Dios, confiar en Él como Padre, sin miedo; cuán difícil es amar a los demás, sin llegar a pensar mal de ellos; cómo nos cuesta realizar nuestro bien verdadero, mientras que nos atraen y seducen muchas realidades materiales, que desaparecen y al final nos empobrecen. Junto a esta historia de pecado, Jesús inauguró una historia de salvación. El Evangelio que abre la Cuaresma nos invita a ser sus protagonistas abrazando tres remedios, tres medicinas que curan del pecado (cf. Mt  6, 1-6.16-18). En primer lugar la oración, expresión de apertura y de confianza en el Señor: es el encuentro personal con Él, que acorta las distancias creadas por el pecado. Rezar significa decir: «no soy autosuficiente, te necesito, Tú eres mi vida y mi salvación». En segundo lugar la caridad, para superar el sentido de extrañeza en la relación con los demás. El amor verdadero, en efecto, no es un acto exterior, no es dar algo de modo paternalista para tranquilizar la conciencia, sino aceptar a quien necesita de nuestro tiempo, de nuestra amistad, de nuestra ayuda. Es vivir el servicio, venciendo la tentación de complacernos. En tercer lugar el ayuno, la penitencia, para liberarnos de las dependencias de las cosas que pasan y ejercitarnos para ser más sensibles y misericordiosos. Es una invitación a la sencillez y a la fraternidad: quitar algo de nuestra mesa y de nuestros bienes para reencontrar el verdadero bien de la libertad.


«Volved a mí —dice el Señor—, volved con todo el corazón»: no sólo con algún gesto externo, sino desde la profundidad de nosotros mismos. En efecto, Jesús nos llama a vivir la oración, la caridad y la penitencia con coherencia y autenticidad, venciendo la hipocresía.


Que la Cuaresma sea un tiempo de beneficiosa «podadura» de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia: para no pensar que todo está bien si yo estoy bien; para comprender que lo que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso, sino la limpieza del corazón y de la vida; para volver a encontrar la identidad cristiana, es decir el amor que sirve, no el egoísmo que se sirve.


Pongámonos en camino juntos, como Iglesia, recibiendo la Ceniza —también nosotros nos convertiremos en ceniza— y teniendo fija la mirada en el Crucificado. Él, amándonos, nos invita a dejarnos reconciliar con Dios y a volver a Él, para encontrarnos a nosotros mismos.


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SANTA MISA CON LOS FRAILES CAPUCHINOS



Basílica Vaticana, Altar de la Cátedra
Martes 9 de febrero de 2016


En la liturgia de la Palabra de hoy encontramos dos actitudes. Una actitud de grandeza delante de Dios, que se expresa en la humildad del rey Salomón; y otra actitud, de mezquindad, que es descrita por el mismo Jesús: como hacían los doctores de la ley, para los que todo era preciso, y que dejaban aparte la ley para observar sus pequeñas tradiciones.


Vuestra tradición de capuchinos es una tradición de perdón, de dar el perdón. Entre vosotros hay muchos buenos confesores: porque se sienten pecadores, como nuestro fray Cristóbal. Saben que son grandes pecadores y delante de la grandeza de Dios continuamente rezan: «Escucha Señor y perdona» (cf. 1 Re 8, 30). Y porque saben rezar así, saben perdonar. En cambio cuando alguien se olvida de la necesidad que tiene de perdón, lentamente se olvida de Dios, se olvida de pedir perdón y no sabe perdonar. El humilde, quien se siente pecador, es un gran perdonador en el confesonario. Los otros, como estos doctores de la ley que se sienten «los puros», los maestros, solamente saben condenar.


Os hablo como hermano, y en vosotros querría hablarle a todos los confesores, especialmente en este Año de la Misericordia: el confesonario es para perdonar. Y si tú no puedes dar la absolución —hago esta hipótesis— por favor no «varees». La persona que viene, viene a buscar consuelo, perdón y paz en su alma; que encuentre a un padre que lo abraza, que le dice: «Dios te quiere mucho» y ¡que se lo haga sentir! Me disgusta decirlo, pero cuánta gente — creo que la mayoría de nosotros lo hemos oído— dice: «No voy más a confesarme porque una vez me hicieron estas preguntas, me hicieron esto…». Por favor...


Pero vosotros capuchinos tenéis este don especial del Señor: perdonar. Y os pido: ¡no os canséis de perdonar! Me acuerdo de uno que conocí en mi otra diócesis, un hombre de gobierno, que después, acabado su tiempo de gobierno como guardián y provincial, a los 70 años fue enviado a un santuario a confesar. Este hombre tenía una fila de gente, todos, todos: sacerdotes, fieles, ricos, pobres, ¡todos! Un gran perdonador. Siempre encontraba el modo de perdonar o al menos de dejar esa alma en paz con un abrazo. Y una vez lo encontré y me dijo: «Escúchame, tú que eres obispo, tú puedes decírmelo: yo creo que peco porque perdono mucho y me viene este escrúpulo...» — «¿Y por qué?» — «No sé, pero siempre encuentro cómo perdonar...» — «¿Y qué haces cuando te sientes así?» — «Voy a la capilla delante del tabernáculo y le digo al Señor: Discúlpame Señor, perdóname, creo que hoy he perdonado demasiado. Pero Señor, ¡has sido Tú quien me ha dado el mal ejemplo!». Sed hombres de perdón, de reconciliación y de paz.


Hay muchos lenguajes en la vida: el lenguaje de la palabra, pero también el lenguaje de los gestos. Si una persona se acerca a mí, al confesonario, es porque siente algo que le pesa, que quiere quitarse. Quizás no sabe cómo decirlo, pero el gesto es este. Si esta persona se acerca es porque quiere cambiar, y lo dice con el gesto de acercarse. No es necesario hacer preguntas: «¿Pero tú, tú...?». Y si una persona viene es porque en su alma quisiera no hacerlo más. Pero muchas veces no pueden, porque están condicionados por su psicología, por su vida y su situación... «Ad impossibilia nemo tenetur».


Corazón amplio... El perdón... El perdón es una semilla, es una caricia de Dios. Tened confianza en el perdón de Dios. ¡No caed en el pelagianismo! «Tú tienes que hacer esto, esto, esto….». Vosotros tenéis ese carisma de confesores. Hay que retomarlo y renovarlo siempre. Y sed grandes perdonadores, porque quien no sabe perdonar termina como estos doctores del Evangelio: es una gran condenador, que siempre acusa... ¿Y quién es el gran acusador en la Biblia? ¡El diablo! O haces el oficio de Jesús, que perdona dando la vida, y la oración, tantas horas allí sentado, como [san Leopoldo y san Pío]; o haces el oficio del diablo que condena y acusa... No sé, no logro deciros otra cosa. En vosotros, se lo digo a todos, a todos los sacerdotes que van a confesar. Si no os sentís capaces, sed humildes y decid: «No, no, yo celebro la Misa, limpio el suelo, pero no confieso porque no sé hacerlo bien». Y pedid al Señor la gracia, la gracia que pido para cada uno de vosotros, para todos vosotros, para todos los confesores y también para mí.


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Basílica Vaticana
Martes 2 de febrero de 2016


Durante la homilía de la misa celebrada el 2 de febrero en la basílica vaticana con la cual se concluía el año de la vida consagrada. el Papa dijo que este tiempo «vivido con mucho entusiasmo» era un río que «confluye ahora en el mar de la misericordia, en este inmenso misterio de amor que estamos experimentando con el Jubileo extraordinario». 


Hoy ante nuestra mirada se presenta un hecho sencillo, humilde y grande: Jesús es llevado por María y José al templo de Jerusalén. Es un niño como muchos, como todos, pero es único: es el Unigénito venido para todos. Este Niño nos ha traído la misericordia y la ternura de Dios: Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre. Es éste el ícono que el Evangelio nos ofrece al final del Año de la vida consagrada, un año vivido con mucho entusiasmo. Este, como un río, confluye ahora en el mar de la misericordia, en este inmenso misterio de amor que estamos experimentando con el Jubileo extraordinario.


A la fiesta de hoy, sobre todo en Oriente, se la llama fiesta del encuentro. En efecto, en el Evangelio que ha sido proclamado, vemos diversos encuentros (cf. Lc 2, 22-40). En el templo Jesús viene a nuestro encuentro y nosotros vamos a su encuentro. Contemplamos el encuentro con el viejo Simeón, que representa la espera fiel de Israel y el júbilo del corazón por el cumplimiento de las antiguas promesas. Admiramos también el encuentro con la anciana profetisa Ana, que, al ver al Niño, exulta de alegría y alaba a Dios. Simeón y Ana son la espera y la profecía, Jesús es la novedad y el cumplimiento: Él se nos presenta como la perenne sorpresa de Dios; en este Niño nacido para todos se encuentran el pasado, hecho de memoria y de promesa, y el futuro, lleno de esperanza.


En esto podemos ver el inicio de la vida consagrada. Los consagrados y las consagradas están llamados sobre todo a ser hombres y mujeres del encuentro. De hecho, la vocación no está motivada por un proyecto nuestro pensado «con cálculo», sino por una gracia del Señor que nos alcanza, a través de un encuentro que cambia la vida. Quien encuentra verdaderamente a Jesús no puede quedarse igual que antes. Él es la novedad que hace nuevas todas las cosas. Quien vive este encuentro se convierte en testigo y hace posible el encuentro para los demás; y también se hace promotor de la cultura del encuentro, evitando la autorreferencialidad que nos hace permanecer encerrados en nosotros mismos.


El pasaje de la Carta a los Hebreos, que hemos escuchado, nos recuerda que el mismo Jesús, para salir a nuestro encuentro, no dudó en compartir nuestra condición humana: «Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre» (v. 14). Jesús no nos ha salvado «desde el exterior», no se ha quedado fuera de nuestro drama, sino que ha querido compartir nuestra vida. Los consagrados y las consagradas están llamados a ser signo concreto y profético de esta cercanía de Dios, de este compartir la condición de fragilidad, de pecado y de heridas del hombre de nuestro tiempo. Todas las formas de vida consagrada, cada una según sus características, están llamadas a estar en permanente estado de misión, compartiendo «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Gaudium et spes, 1).


El Evangelio nos dice también que «Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño» (v. 33). José y María custodian el estupor por este encuentro lleno de luz y de esperanza para todos los pueblos. Y también nosotros, como cristianos y como personas consagradas, somos custodios del estupor. Un estupor que pide ser renovado siempre; cuidado con la costumbre en la vida espiritual; cuidado con cristalizar nuestros carismas en una doctrina abstracta: los carismas de los fundadores —como he dicho otras veces— no son para sellar en una botella, no son piezas de museo. Nuestros fundadores han sido movidos por el Espíritu y no han tenido miedo de ensuciarse las manos con la vida cotidiana, con los problemas de la gente, recorriendo con coraje las periferias geográficas y existenciales. No se detuvieron ante los obstáculos y las incomprensiones de los demás, porque mantuvieron en el corazón el estupor por el encuentro con Cristo. No han domesticado la gracia del Evangelio; han tenido siempre en el corazón una sana inquietud por el Señor, un deseo vehemente de llevarlo a los demás, como han hecho María y José en el templo. También hoy nosotros estamos llamados a realizar elecciones proféticas y valientes.


Finalmente, de la fiesta de hoy aprendemos a vivir la gratitud por el encuentro con Jesús y por el don de la vocación a la vida consagrada. Agradecer, acción de gracias: Eucaristía. Qué hermoso es encontrarse el rostro feliz de personas consagradas, quizás ya de avanzada edad como Simeón o Ana, felices y llenas de gratitud por la propia vocación. Esta es una palabra que puede sintetizar todo lo que hemos vivido en este Año de la vida consagrada: gratitud por el don del Espíritu Santo, que siempre anima a la Iglesia a través de los diversos carismas.


El Evangelio concluye con esta expresión: «El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (v. 40). Que el Señor Jesús pueda, por la maternal intercesión de María, crecer en nosotros, y aumentar en cada uno el deseo del encuentro, la custodia del estupor y la alegría de la gratitud. Entonces los demás serán atraídos por su luz, y podrán encontrar la misericordia del Padre. 




Al concluir la eucaristía, el Papa salió a la plaza de San Pedro para dirigir unas palabras de forma improvisada a los fieles que habían seguido desde allí la celebración.


Queridos hermanos y hermanas consagrados, ¡muchas gracias! Habéis participado en la Eucaristía con un poco de fresco. ¡Pero el corazón arde!


Gracias por terminar así, todos juntos, este Año de la vida consagrada. ¡Sigan hacia adelante! Cada uno de nosotros tiene un sitio, un trabajo en la Iglesia. Por favor, no os olvidéis de la primera vocación, la primera llamada. ¡Haced memoria! Con ese amor con el que fuisteis llamados, hoy el Señor os sigue llamando. Que no disminuya, que no disminuya esa belleza del estupor de la primera llamada. Después, continuad trabajando. ¡Es bonito! Continuad. Siempre hay algo que hacer. Lo principal es rezar. El «meollo» de la vida consagrada es la oración: ¡rezad! Y así envejeceréis, envejeceréis como el buen vino.


Os digo una cosa. A mí me gusta mucho encontrar a los religiosos o religiosas ancianos, pero con los ojos brillantes porque tienen el fuego de la vida espiritual encendido. No se apagó, no se apagó ese fuego. Seguid hacia adelante hoy, cada día, y continuad trabajando y mirando el mañana con esperanza, pidiendo siempre al Señor que nos envíe nuevas vocaciones, así nuestra obra de consagración podrá seguir adelante. La memoria: ¡no os olvidéis de la primera llamada! El trabajo de todos los días, y después la esperanza de ir hacia adelante y sembrar bien. Que los otros que vienen detrás de nosotros puedan recibir la herencia que nosotros les dejaremos.


Ahora rezamos a la Virgen. Ave María... [Bendición]


Buena tarde y ¡rezad por mí!


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