DISCURSOS DEL SANTO PADRE FRANCISCO
FEBRERO 2016
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE LA ENCÍCLICA
«DEUS CARITAS EST» DE BENEDICTO XVI,
EN EL DÉCIMO ANIVERSARIO DE SU PUBLICACIÓN
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A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE LA ENCÍCLICA
«DEUS CARITAS EST» DE BENEDICTO XVI,
EN EL DÉCIMO ANIVERSARIO DE SU PUBLICACIÓN
Palacio Apostólico Vaticano
Sala Clementina
Viernes 26 de febrero de 2016
Viernes 26 de febrero de 2016
Queridos hermanos y hermanas:
Les doy la bienvenida a esta audiencia al fin de su Congreso Internacional sobre el tema: «La caridad no pasará jamás (1 Co 13,8). Perspectivas a los 10 años de la encíclica Deus caritas est», organizado por el Consejo pontificio Cor Unum, y agradezco a Mons. Dal Toso las palabras de saludo que me ha dirigido en nombre de todos ustedes.
La primera encíclica del papa Benedicto XVI trata un tema que permite
recorrer toda la historia de la Iglesia que, entre otras cosas, es una historia de caridad.
Es la historia del amor que hemos recibido de Dios y debemos llevar al
mundo: esta caridad recibida y dada es el fundamento de la historia de
la Iglesia y de la historia de cada uno de nosotros. El acto de caridad,
en efecto, no es sólo una limosna para limpiar la propia conciencia;
incluye «una atención de amor puesta en el otro» (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), al que considera «como uno consigo» (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae,
II-II, q. 27, art. 2) y desea compartir la amistad con Dios. La
caridad, por tanto, está en el centro de la vida de la Iglesia, y es
verdaderamente su corazón, como decía santa Teresa del Niño Jesús. Para
cada uno de los fieles, como para la comunidad cristiana en su conjunto,
vale la palabra de Jesús, según la cual la caridad es el primer
mandamiento y el más alto: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser… Amarás a
tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,30-31).
El Año jubilar que estamos viviendo nos brinda también la ocasión de volver a este corazón palpitante de nuestra vida y de nuestro testimonio, al centro del anuncio de fe: «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). Dios no tiene simplemente el deseo o la capacidad de amar; Dios es
caridad: la caridad es su esencia, su naturaleza. Él es único, pero no
es solitario; no puede estar solo, no puede cerrarse en sí mismo, porque
es comunión, es caridad, y la caridad por naturaleza se comunica, se
difunde. Así, Dios asocia al hombre a su vida de amor y, aunque
el hombre se aleje de él, él no permanece distante sino que le sale al
encuentro. Este salir al encuentro del hombre, que culmina en la
encarnación del Hijo, es su misericordia; es su modo de
expresarse con nosotros, que somos pecadores, es su rostro que nos mira y
vela por nosotros. El programa de Jesús —está escrito en la encíclica— es «un “corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia» (n. 31).
Caridad y misericordia están tan estrechamente vinculadas porque son el
modo de ser y de actuar de Dios: su identidad y su nombre.
El primer aspecto que la encíclica nos recuerda es precisamente el
rostro de Dios: quién es el Dios que podemos encontrar en Cristo, cuán
fiel e insuperable es su amor: «Nadie tiene amor más grande que el que
da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Cualquier forma de amor,
de solidaridad, de compartir es sólo un reflejo de la caridad que es
Dios. Él derrama incansablemente su caridad sobre nosotros y nosotros
estamos llamados a ser testigos de este amor en el mundo. Por eso,
debemos ver la caridad divina como la brújula que orienta nuestra vida,
antes de encaminarnos en cualquier actividad: en ella encontramos la
dirección, de ella aprendemos cómo mirar a los hermanos y al mundo. «Ubi amor, ibi oculus», decían los hombres medievales: donde está el amor, está la capacidad de ver. Sólo «si permanecemos en su amor» (cf. Jn 15,1-17), sabremos comprender y amar a quien vive a nuestro lado.
La encíclica
—y este es el segundo aspecto que quisiera subrayar— nos recuerda que
esta caridad quiere verse reflejada cada vez más en la vida de la
Iglesia. Cuánto desearía que en la Iglesia cada fiel, cada institución,
cada actividad revelara que Dios ama al hombre. La misión que desempeñan
nuestros organismos de caridad es importante, porque acercan a muchas
personas pobres a una vida más digna, más humana, y esto es algo muy necesario; es una misión importantísima porque, no con palabras, sino con el amor concreto
puede hacer sentir a todo hombre que el Padre le ama, que es hijo suyo,
destinado a la vida eterna con Dios. Quisiera dar las gracias a todos
aquellos que trabajan diariamente en esta misión, que interpela a todo
cristiano. En este Año jubilar he querido resaltar que todos podemos
vivir la gracia del Jubileo, precisamente poniendo in práctica las obras
de misericordia corporales y espirituales: vivir las obras de
misericordia significa conjugar el verbo amar como lo hizo Jesús. Y así,
todos juntos, contribuimos concretamente a la gran misión de la Iglesia
de comunicar el amor de Dios, que desea extenderse.
Queridos hermanos y hermanas, la encíclica Deus caritas est
conserva intacta la frescura de su mensaje, con el que indica la
perspectiva siempre actual para el camino de la Iglesia. Y todos seremos cristianos más auténticos cuanto más vivamos con este espíritu.
Les agradezco de nuevo su trabajo y todo lo que puedan realizar en
esta misión de caridad. Que les asista siempre la Virgen Madre y les
acompañe mi bendición. Por favor, hagan un acto de caridad y no se
olviden de rezar por mí. Gracias.
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ENCUENTRO CON LOS MISIONEROS DE LA MISERICORDIA
Palacio Apostólico Vaticano
Sala Regia
Martes 9 de febrero de 2016
Martes 9 de febrero de 2016
Queridos hermanos sacerdotes, ¡buenas tardes!
Os encuentro con gran placer antes de daros el mandato de ser
misioneros de la Misericordia. Este es un signo de especial importancia
porque caracteriza el Jubileo y permite que todas las Iglesias locales
vivan el misterio insondable de la misericordia del Padre. Ser misionero
de la Misericordia es una responsabilidad que se os confía porque
requiere de vosotros que seáis en primera persona testigos de la
cercanía de Dios y de su forma de amar. No a nuestra modo, siempre
limitado y, a veces contradictorio, sino a su manera de amar y a su
manera de perdonar que es, precisamente, la misericordia. Me gustaría
ofrecer algunas breves reflexiones, para que el mandato que recibiréis
pueda llevarse a cabo de manera coherente y como una ayuda concreta para
las muchas personas que se acercarán a vosotros.
Antes de nada deseo recordaros que en este ministerio estáis llamados
a expresar la maternidad de la Iglesia. La Iglesia es Madre porque
siempre genera nuevos hijos en la fe; la Iglesia es Madre porque nutre
la fe; y la Iglesia es Madre también porque ofrece el perdón de Dios,
regenerando a una nueva vida, fruto de la conversión. No podemos correr
el riesgo de que un penitente no perciba la presencia materna de la
Iglesia que lo acoge y lo ama. Si faltara esta percepción, debido a
nuestra rigidez, sería un daño grave en primer lugar para la fe misma,
porque impediría al penitente considerarse incluido en el Cuerpo de
Cristo. Además, limitaría mucho su sentirse parte de una comunidad. En
cambio, nosotros estamos llamados a ser expresión viva de la Iglesia
que, como Madre, acoge a quien se acerque a ella, sabiendo que a través
de ella es incluido en Cristo. Al entrar en el confesonario, recordemos
siempre que es Cristo quien acoge, es Cristo quien escucha, es Cristo
quien perdona, es Cristo quien da paz. Nosotros somos sus ministros, y
siempre necesitamos ser perdonados por Él primero. Por lo tanto, sea
cual sea el pecado que se confiese — o que la persona no se atreve a
decir pero con que lo dé a entender es suficiente— cada misionero está
llamado a recordar la propia existencia de pecador y a ofrecerse
humildemente como «canal» de la misericordia de Dios. Y, os confieso
fraternalmente que para mí es una fuente de alegría la confesión del 21
de septiembre del 53, que reorientó mi vida. ¿Qué me dijo el sacerdote?
No lo recuerdo. Recuerdo una sonrisa, y luego no sé qué pasó. Pero es
acoger como padre…
Otro aspecto importante es saber ver el deseo de perdón presente en
el corazón del penitente. Es un deseo fruto de la gracia y de su acción
en la vida de las personas, que permite sentir la nostalgia de Dios, de
su amor y de su casa. No nos olvidemos de que es precisamente este deseo
el que se encuentra en el inicio de la conversión. El corazón se dirige
a Dios reconociendo el mal realizado, pero con la esperanza de obtener
el perdón. Y este deseo se refuerza cuando se decide en el corazón
cambiar de vida y no querer pecar más. Es el momento en que uno se
confía a la misericordia de Dios, y se tiene plena confianza en que nos
entienda, nos perdone y nos sostenga. Concedamos gran espacio a este
deseo de Dios y de su perdón; hagamos que emerja como una verdadera
expresión de la gracia del Espíritu que mueve a la conversión del
corazón. Y aquí recomiendo entender no sólo el lenguaje de la palabra,
sino también el de los gestos. Si alguien viene a confesarse es porque
siente que hay algo que debería quitarse pero que tal vez no logra
decirlo, pero tú comprendes.. y está bien, lo dice así, con el gesto de
venir. Primera condición. Segunda, estar arrepentido. Si alguien viene a
ti es porque querría no caer en estas situaciones, pero no se atreve a
decirlo, tiene miedo de decirlo y después no puedo hacerlo. Pero si no
puede hacerlo, ad impossibilia nemo tenetur. Y el Señor entiende
estas cosas, el lenguaje de los gestos. Los brazos abiertos, para
entender lo que está en el corazón que no puede ser dicho o dicho así
... un poco es la vergüenza... me entendéis. Vosotros recibís a todos
con el lenguaje con el que pueden hablar.
Quisiera, por último, recordar un elemento del que no se habla mucho,
pero que es, por el contrario, determinante: la vergüenza. No es fácil
ponerse frente a otro hombre, incluso sabiendo que representa a Dios, y
confesar el propio pecado. Se siente vergüenza tanto por lo que se ha
cometido, como por tener que confesarlo a otro. La vergüenza es un
sentimiento íntimo que incide en la vida personal y que exige por parte
del confesor una actitud de respeto y de ánimo. Muchas veces la
vergüenza te deja mudo y.... El gesto, el lenguaje del gesto. Desde las
primeras páginas, la Biblia habla de la vergüenza. Después del pecado de
Adán y Eva, el autor sagrado observa de inmediato: «Se les abrieron los
ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron
hojas de higuera y se las ciñeron» (Gen 3, 7). Le primera reacción de
esta vergüenza es la de esconderse delante de Dios (cf. Gén 3, 8-10).
Hay otro pasaje del Génesis que me llama la atención, y es la
historia del arca de Noé. Todo lo conocemos, pero rara vez se recuerda
el episodio en el que él se emborrachó. Noé en la Biblia se considera un
hombre justo; sin embargo, no está exento de pecado: su estar ebrio nos
hace darnos cuenta de lo mucho que él también era débil, hasta el punto
de menoscabar su dignidad, que la Escritura expresa con la imagen de la
desnudez. Dos de sus hijos, sin embargo, toman el manto y lo cubren
para restituirle la dignidad de padre (cf. Gén 9, 18-23).
Este pasaje me hace decir lo importante que es nuestro papel en la
confesión. Frente a nosotros hay una persona «desnuda», con su debilidad
y sus límites, con la vergüenza de ser un pecador, y muchas veces sin
lograr decirlo. No lo olvidemos: frente a nosotros no hay pecado, sino
el pecador arrepentido, el pecador que quisiera no ser así, pero no
puede. Una persona que siente el deseo de ser acogida y perdonada. Un
pecador que promete que ya no quiere alejarse de la casa del Padre y
que, con las pocas fuerzas que le quedan, quiere hacer de todo para
vivir como hijo de Dios. Por lo tanto, no estamos llamados a juzgar, con
un sentimiento de superioridad, como si nosotros fuésemos inmunes al
pecado; al contrario, estamos llamados a actuar como Sem y Jafet, los
hijos de Noé, que tomaron una manta para salvaguardar al propio padre de
la vergüenza. Ser confesor, según el corazón de Cristo, equivale a
cubrir al pecador con la manta de la misericordia, para que ya no se
avergüence y para que pueda recobrar la alegría de su dignidad filial y
pueda saber dónde se encuentra.
No es, pues, con el mazo del juicio que lograremos llevar a la oveja
perdida al redil sino con la santidad de vida que es principio de
renovación y de reforma en la Iglesia. La santidad se nutre de amor y
sabe llevar sobre sí el peso de los más débiles. Un misionero de la
misericordia lleva siempre sobre sus hombros al pecador, y lo consuela
con la fuerza de la compasión. Y el pecador que va allí, la persona que
va allí, encuentra a un padre. Vosotros habéis escuchado, yo también he
oído, a mucha gente que dice: «No, yo no voy más, porque fui una vez y
el cura me vareó, me regañó mucho, o fui y me hizo preguntas un poco
oscuras, de curiosidad». Por favor, esto no es el buen pastor, este es
el juez que cree que tal vez no ha pecado, o es el pobre enfermo que
fisgonea con preguntas. A mí me gusta decirle a los confesores: si no se
la acoge con el corazón de padre, no vayas al confesonario, mejor haz
otra cosa. Porque se puede hacer mucho daño, mucho mal, a un alma si no
se cumple con el corazón de un padre, con el corazón de la Madre
Iglesia. Hace unos meses hablando con un sabio cardenal de la curia
romana sobre las preguntas que algunos sacerdotes hacen en la confesión,
él me dijo: «Cuando una persona comienza y veo que quiere tirar algo
fuera, y me doy cuenta, le digo: ¡Comprendo!, ¡Esté tranquilo! ". Y
hacia adelante. Esto es un padre.
Os acompaño en esta aventura misionera, dándoos como ejemplo dos
santos ministros del perdón de Dios, san Leopoldo y san Pío —ahí entre
los italianos hay un capuchino que se parece mucho a san Leopoldo:
pequeña, con barba...—, junto a muchos otros sacerdotes que en su vida
han sido testigos de la misericordia de Dios. Ellos os ayudarán. Cuando
sintáis el peso de los pecados que os confiesan, y la limitación de
vuestra persona y de vuestras palabras, confiad en la fuerza de la
misericordia que sale al encuentro de todos como amor y que no conoce
fronteras. Y decid como muchos santos confesores: «Señor, yo perdono,
ponlo en mi cuenta». Que os ayude la Madre de la Misericordia y os
proteja en este servicio así de precioso. Que os acompañe mi bendición; y
vosotros, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.
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JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA
JUBILEO DE LOS GRUPOS DE ORACIÓN DEL PADRE PÍO
Plaza de San Pedro
Sábado 6 de febrero de 2016
Sábado 6 de febrero de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Os doy mi bienvenida —veo que sois muy numerosos— y agradezco a monseñor Castoro por las palabras que me ha dirigido.
Dirijo un saludo a todos los que habéis venido de diferentes países y
regiones, unidos por el afecto y agradecimiento a san Pío de
Pietrelcina. Le estáis muy agradecidos, porque os ayudó a descubrir el
tesoro de la vida, que es el amor de Dios, y a experimentar la belleza
del perdón y de la misericordia del Señor. Y esto es una ciencia que
tenemos que aprender todos los días, porque es hermoso: la belleza del
perdón y de la misericordia del Señor.
Podemos decir que el padre Pío fue un servidor de la misericordia. Lo fue a tiempo completo, practicando, a veces hasta el agotamiento, «el apostolado de la escucha».
Se convirtió, a través del ministerio de la confesión, en una caricia
viviente del Padre, que sana la heridas del pecado y refresca el
corazón con la paz. San Pío nunca se cansó de acoger a las personas y de
escucharlas, de dedicar tiempo y fuerzas para difundir el perfume del
perdón del Señor. Podía hacerlo porque estaba siempre unido a la fuente:
se aferraba continuamente a Jesús Crucificado, y así se convertía en
canal de misericordia.
Ha llevado en el corazón a tantas personas y tantos sufrimientos,
uniendo todo al amor de Cristo que se ha entregado «hasta el extremo» (Jn 13, 1). Ha vivido el gran misterio del dolor ofrecido por amor.
De este modo su pequeña gota se convirtió en un gran río de
misericordia, que ha regado muchos corazones desiertos y ha creado oasis
de vida en muchas partes del mundo.
Pienso en los grupos de oración, que san Pío ha definido «viveros de
fe, hogares de amor»; no sólo centros de encuentro para estar bien, con
los amigos y consolarse un poco», sino hogares de amor divino. ¡Esto son los grupos de oración!
La oración, de hecho, es una auténtica misión, que trae el
fuego del amor a toda la humanidad. Padre Pío dijo que la oración es
«una fuerza que mueve el mundo». ¡La oración es una fuerza que mueve el
mundo! Sin embargo, ¿creemos en esto? Es así. ¡Haced la prueba! Esta
—añadió— «expande la sonrisa y la bendición de Dios en cada languidez y
debilidad» (2ª Conferencia Internacional de los grupos de oración 5 de
mayo de 1966).
La oración, entonces, no es una buena práctica para poner un poco de
paz en el corazón, ni tampoco un medio devoto para obtener de Dios lo
que nos hace falta. Si fuese así, sería movida por un egoísmo sutil: yo
rezo para estar bien, como tomarse una aspirina. No es así: «Yo rezo
para obtener esto». Esto es un negocio, no es así, la oración es otra
cosa. Es otra cosa.
La oración, por el contrario, es una obra de misericordia espiritual,
que quiere llevar todo al corazón de Dios. «Tómalo Tú, que eres Padre»,
sería así, por decirlo de forma simple. La oración es decir: «Tómalo
Tú, que eres Padre», es simple. Esta es la relación con el Padre.
La oración es así. Es un don de fe y de amor, una intercesión que se necesita como el pan. En una palabra, significa encomendar:
encomendar la Iglesia, a las personas, las situaciones, al Padre —«yo
te encomiendo esto»— para que las cuide. Para esto la oración, como le
gustaba decir al Padre Pío, es «la mejor arma que tenemos, una llave que
abre el corazón de Dios. Una llave que abre el corazón de Dios: es una
llave fácil. El corazón de Dios no está «blindado» como muchos medios de
seguridad. Tú puedes abrirlo con una llave común, con la oración.
Porque tiene un corazón de amor, un corazón de padre. Es la fuerza más
grande de la Iglesia, que no debemos dejar nunca, porque la Iglesia da
fruto si hace como la Virgen y los Apóstoles», que «perseveraban
unánimes en la oración» (Hch 1, 14) cuando esperaban el Espíritu Santo. Perseverantes y unánimes en la oración.
De lo contrario se corre el riesgo de apoyarse en otras cosas: en los
medios, el dinero, el poder; después la evangelización desaparece y la
alegría se apaga y el corazón se vuelve aburrido. ¿Vosotros tenéis un
corazón aburrido? [La gente: ¡No!]. ¿Queréis tener un corazón alegre?
[¡Sí!]. ¡Rezad! Esta es la receta.
Al tiempo que os agradezco por vuestro compromiso, os animo a que los
grupos de oración sean «centrales de misericordia»: centrales siempre
abiertas y activas, que con el poder humilde de la oración provean de la
luz de Dios al mundo y la energía del amor a la Iglesia.
Padre Pío, que se definía solo «un pobre fraile que reza», escribió
que la oración es «el apostolado más alto que un alma pueda ejercer en
la Iglesia de Dios» (Epistolario II, 70). ¡Sed siempre apóstoles alegres de la oración! La oración hace milagros. El apostolado de la oración hace milagros.
Al lado de la obra de misericordia espiritual de los grupos de oración, san Pío quiso una extraordinaria obra de misericordia corporal:
la «Casa Alivio del Sufrimiento», inaugurada hace 60 años. Él deseaba
que no fuera solo un excelente hospital, sino un templo de ciencia y de
oración». En efecto, «se trata de seres humanos, y los seres humanos
necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta.
Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial» (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est,
31). Es muy importante esto: tratar la enfermedad, pero sobre todo
cuidar del enfermo. Son dos cosas diferentes, y las dos importantes:
tratar la enfermedad y cuidar del enfermo.
Puede suceder que, mientras se medican las heridas del cuerpo se
agraven las heridas del alma, que son más lentas y a menudo difíciles de
sanar. También los moribundos, a veces aparentemente inconscientes,
participan en la oración hecha con fe cercana a ellos, y se confían en
Dios, en su misericordia. Recuerdo la muerte de un amigo sacerdote
amigo. Él era un apóstol, un hombre de Dios. Estaba en coma desde hacía
mucho tiempo, mucho tiempo...
Los médicos decían: «No sabemos cómo aún es capaz de respirar». Llegó
otro amigo sacerdote, se acercó a él y le habló. Se escuchaba «Déjate
llevar por el Señor. Déjate llevar hacia adelante. Ten confianza,
encomiéndate al Señor». Y con estas palabras, se dejó ir en paz.
Muchas personas necesitan, muchos enfermos, que se les diga palabras,
que se les de caricias, que les den fuerza para llevar a la enfermedad o
ir al encuentro del Señor. Ellos necesitan que se les ayude a confiar
en el Señor.
Estoy muy agradecido a vosotros y a cuantos servís a los enfermos con
competencia, amor y fe viva. Pidamos la gracia de reconocer la
presencia de Cristo en los enfermos y en quienes sufren; como repetía
Padre Pío, «el enfermo es Jesús». El enfermo es Jesús. Es la carne de
Cristo.
También me gustaría extender un saludo especial a los fieles de la
Arquidiócesis de Manfredonia-Vieste-San Giovanni Rotondo. San Juan Pablo II dijo que «quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su
misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva
de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del padre Pío
resplandecía la luz de la resurrección». (Homilía para la beatificación del padre Pío de Pietrelcina, 2 de mayo de 1999: Enseñanzas
XXII, 1 [1999], 862). Que cualquiera que se acerca a vuestra hermosa
tierra —yo quiero ir allí!— también puede encontrar en vosotros ¡un
reflejo de la luz del Cielo! Muchas gracias, y os pido que por favor
recéis por mí. Gracias.
Todos juntos rezamos, llamamos a la puerta del corazón de Dios que es Padre de la Misericordia: Padre nuestro…
Y nosotros no somos una Iglesia huérfana: tenemos una madre. Rezamos a nuestra madre, rezamos a nuestra madre. Ave María...
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JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA
JUBILEO DE LA VIDA CONSAGRADA
Aula Pablo VI
Lunes 1° de febrero de 2016
Lunes 1° de febrero de 2016
Queridos hermanos y hermanas:
He preparado un discurso para esta ocasión sobre los temas de la vida consagrada y sobre tres pilares; existen otros, pero tres son importantes para la vida consagrada. El primero es la profecía, el otro es la proximidad y el tercero es la esperanza. Profecía, proximidad y esperanza. He entregado al cardenal prefecto el texto porque leerlo es un poco aburrido y prefiero hablar con vosotros de lo que me sale del corazón. ¿De acuerdo?
Religiosos y religiosas, es decir hombres y mujeres consagrados al servicio del Señor que ejercitan en la Iglesia este camino de una pobreza fuerte, de un amor casto que los lleva a una paternidad y a una maternidad espiritual para toda la Iglesia, una obediencia… Pero, en esta obediencia nos falta siempre algo, porque la perfecta obediencia es la del Hijo de Dios que se ha abajado, se ha hecho hombre por obediencia hasta la muerte de Cruz. Pero hay entre vosotros hombres y mujeres que viven una obediencia fuerte, una obediencia —no militar, no, esto no; eso es disciplina, es otra cosa— una obediencia de donación del corazón. Y esto es profecía. «Pero, ¿tú no tienes ganas de hacer esta cosa, aquella otra?...» — «Sí, pero… según las reglas debo hacer esto, esto y esto. Y según las disposiciones esto, esto y esto. Y si no veo claro algo, hablo con el superior, con la superior y, después del dialogo, obedezco». Esta es la profecía contra la semilla de la anarquía que siembra el diablo. «¿Tú que haces?» — «Yo hago lo que me gusta». La anarquía de la voluntad es hija del demonio, no es hija de Dios. El Hijo de Dios no ha sido anárquico, no ha llamado a los suyos para hacer una fuerza de resistencia contra sus enemigos; Él también le dijo a Pilato: «Si yo fuera un rey de este mundo habría llamado a mis soldados para defenderme». Pero Él ha obedecido al Padre. Ha pedido solamente: «Padre, por favor ,no, este cáliz no... Pero se haga lo que tú quieres». Cuando vosotros aceptáis por obediencia una cosa, que quizás muchas veces no os gusta... [hace el gesto de tragar] ... se debe tragar esa obediencia pero se hace. Por lo tanto, la profecía. La profecía es decir a la gente que hay un camino de felicidad, de grandeza, un camino que llena de alegría, que es el camino de Jesús. Es el camino de estar cerca de Jesús. Es un don, es un carisma la profecía y se le debe pedir al Espíritu Santo: que yo sepa decir esa palabra, en aquel momento justo; que yo haga esa cosa en aquel momento justo, que mi vida, toda, sea una profecía. Hombres y mujeres profetas. Y esto es muy importante. «Pero, hagamos como todo el mundo....». No. La profecía es decir que hay algo más verdadero, más bello, más grande, más bueno al cual todos estamos llamados. Luego la otra palabra es la proximidad. Hombres y mujeres consagrados, pero no para alejarme de la gente y tener todas las comodidades, no, para acercarme y entender la vida de los cristianos y de los no cristianos, los sufrimientos y los problemas, las muchas cosas que solamente se entienden si un hombre y una mujer consagrada se hacen próximo: en la proximidad. «Pero, Padre, yo soy una religiosa de clausura, ¿qué debo hacer?». Pensad en Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, que con su corazón ardiente era próxima a la gente. Proximidad. Hacerse consagrados no significa subir uno, dos, tres escalones en la sociedad. Es verdad, muchas veces escuchamos a los padres: «Sabe padre, ¡yo tengo una hija religiosa, yo tengo un hijo fraile!». Y lo dicen con orgullo. ¡Y es verdad! Es una satisfacción para los padres tener hijos consagrados; esto es verdad. Pero para los consagrados no es un estatus de vida que me hace ver a los otros así [con indiferencia ] La vida consagrada me debe llevar a la cercanía con la gente: cercanía física, espiritual, conocer a la gente. «Ah, sí, Padre, en mi comunidad la superiora nos ha dado el permiso de salir, ir los barrios pobres con la gente...» — «Y en tu comunidad, ¿hay religiosas ancianas?» — «Sí, sí... Esta la enfermería en el tercer piso» — «Y, ¿cuántas veces al día tú vas a visitar a tus religiosas, las ancianas que pueden ser tu mamá o tu abuela?» — «Sabe, Padre, yo estoy muy ocupada en el trabajo y no logro ir…». ¡Proximidad! ¿Quién es el primer prójimo de un consagrado o de una consagrada? El hermano o la hermana de la comunidad. Este es vuestro primer prójimo. Es también una proximidad hermosa, buena, con amor. Yo sé que en sus comunidades jamás se murmura, jamás, jamás… Un modo de alejarse de los hermanos y de las hermanas de la comunidad es propio este: el terrorismo de los chismorreos. Escuchad bien: no al chismorreo, al terrorismo de los chismorreos, porque quien habla mal es un terrorista. Es un terrorista dentro la propia comunidad, porque lanza como una bomba la palabra contra este, contra aquel, y luego se va tranquilo. ¡Destruye ¡Quien hace esto destruye como una bomba y él se aleja. Esto, el apóstol Santiago decía que era la virtud quizás más difícil, la virtud humana y espiritual más difícil de tener, aquella de dominar la lengua. Si te entras ganas de decir algo contra un hermano o una hermana, lanzar una bomba de chismorreos, ¡muérdete la lengua! ¡Fuerte! Terrorismo en las comunidades, ¡no! «Pero, Padre, si hay algo, un defecto, algo que corregir — Tú se lo dices a la persona: tú tienes esta actitud que me fastidia o que no está bien. O si no es conveniente —porque a veces no es prudente— tú se lo dices a la persona que lo puede remediar, que puede resolver el problema y a ningún otro. ¿Entendido? Los chismorreos no sirven. «Pero, ¿en el capítulo?». ¡Ahí sí! En público todo lo que sientes que debes decir, porque existe la tentación de no decir las cosas en el capítulo y luego afuera: «¿Has visto a la superiora? ¿Has visto a la abadesa? ¿Has visto al superior?...». Pero, ¿por qué no lo has dicho, ahí, en el capítulo?... ¿Es claro esto? ¡Son virtudes de proximidad! Y los santos tenían esto, y los Santos consagrados tenían esto. Santa Teresa del Niño Jesús jamás, jamás se ha lamentado del trabajo, del fastidio que le daba esa religiosa que debía llevar al comedor, todas las tardes: de la capilla al comedor. ¡Jamás! Porque la pobre religiosa era muy anciana, casi paralítica, caminaba mal, tenía dolores —¡también yo la entiendo!—, era también un poco neurótica… Jamás, jamás ha ido a otra religiosa a decir: «¡pero esta como da fastidio!». ¿Qué es lo que hacía? La ayudaba a acomodarse, le llevaba la servilleta, le partía el pan y le hacía una sonrisa. Esto se llama proximidad. ¡Proximidad! Si tú lanzas la bomba de un chismorreo en tu comunidad, esto no es proximidad: ¡esto es hacer la guerra! Esto es alejarte, esto es provocar distancias, provocar anarquismo en la comunidad. Y si, en este Año de la Misericordia, cada uno de vosotros lograse no hacer nunca el terrorista de hachismorreos, sería un éxito para la Iglesia, ¡un éxito de grande santidad! ¡Animáos! La proximidad. Y luego la esperanza. Y os confieso que a mí me cuesta mucho cuando veo el descenso de las vocaciones, cuando recibo a los obispos y les pregunto: «¿Cuántos seminaristas tenéis?» — «4, 5...». Cuando vosotros, en vuestras comunidades religiosas? —masculinas o femeninas— tenéis un novicio, una novicia, dos... y la comunidad envejece y envejece... Cuando hay monasterios, grandes monasterios, y el Cardenal Amigo Vallejo [se dirige a él] puede contarnos, en España, cuántos hay, que son llevados adelante por 4 o 5 religiosas ancianas, hasta el final… Y a mí esto me provoca una tentación que va contra la esperanza: «Pero, Señor, ¿qué cosa sucede? ¿Por qué el vientre de la vida consagrada se hace tan estéril?». Algunas congregaciones hacen el experimento de la «inseminación artificial». ¿Qué es lo que hacen? Reciben...: «Sí, ven, ven, ven…». Y luego los problemas que hay ahí adentro… No. ¡Se debe recibir con seriedad! Se debe discernir bien si esta es una verdadera vocación y ayudarla a crecer. Y creo que contra la tentación de perder la esperanza, que nos da esta esterilidad, debemos rezar más. Y rezar sin cansarnos. A mí me hace mucho bien leer ese pasaje de la escritura, en el cual Ana —la mamá de Samuel— rezaba y pedía un hijo. Rezaba y movía sus labios, y rezaba… Y el viejo sacerdote, que era un poco ciego y que no veía bien, pensaba que estaba ebria. Pero el corazón de aquella mujer [decía a Dios]: «¡Quiero un hijo!». Yo os pregunto a vosotros: ¿vuestros corazones, ante este descenso de las vocaciones, reza con esta intensidad? «Nuestra congregación tiene necesidad de hijos, nuestra congregación tiene necesidad de hijas…». El Señor que ha sido tan generoso no faltará a su promesa. Pero debemos pedirlo. Debemos tocar la puerta de su corazón. Porque hay un peligro —y esto es feo, pero debo decirlo—: cuando una congregación religiosa ve que no tiene hijos y nietos y comienza a ser más pequeña y más pequeña, se apega al dinero. Y vosotros sabéis que el dinero es el estiércol del diablo. Cuando no pueden tener la gracia de tener vocaciones e hijos, piensan que el dinero salvará la vida y piensan en la vejez: que no me falte esto, que no falte este otro… ¡Y así no hay esperanza! ¡La esperanza está solo en el Señor! El dinero no te la dará jamás. Al contrario: ¡te tirará abajo! ¿Entendido? Esto quería deciros, en vez de leer las notas que el Cardenal Prefecto os dará luego…
Os agradezco mucho por todo lo que hacéis. Los consagrados —cada uno con su carisma. Y quiero subrayar las consagradas, las religiosas. ¿Qué sería de la Iglesia si no existirían las religiosas? Esto lo dije una vez: cuando tú vas al hospital, a los colegios, a las parroquias, en los barrios, en las misiones, hombres y mujeres que han dado su vida… En el último viaje en África —esto lo he contado, creo, en una audiencia— encontré a una religiosa de 83 años, italiana. Ella me dijo: «Desde que tenía —no recuerdo si me dijo 23 o 26 años— que estoy aquí. Soy enfermera en un hospital». Pensemos: ¡desde los 26 años hasta los 83! «Y he escrito a los míos en Italia que no regresare jamás». Cuando tú vas a un cementerio y ves que hay muchos misioneros religiosos muertos y tantas religiosas muertas a los 40 años porque se han enfermado, estas fiebres de estos países, han dedicado sus vidas… Tú dices: ¡estos son santos! ¡Estos son semillas! Debemos decir al Señor que baje un poco sobre estos cementerios y vea que cosa han hecho nuestros antepasados y nos dé más vocaciones, ¡porque tenemos necesidad! Os agradezco mucho por esta visita, agradezco al Cardenal Prefecto, al Mons. Secretario, a los subsecretarios por lo que habéis hecho en este Año de la Vida Consagrada. Pero, por favor, no os olvidéis de la profecía de la obediencia, de la cercanía, el prójimo más importante, el prójimo más próximo es el hermano y la hermana de la comunidad, y luego la esperanza. Que el Señor haga nacer hijos e hijas en vuestras congregaciones. Y rezad por mí. Gracias.
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