CIUDAD DEL VATICANO (http://press.vatican.va - 3 de octubre de 2017).- Discurso que el Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO,
Mons. Fernando Chica Arellano, ha pronunciado esta mañana en la VI
edición del Congreso Internacional sobre el cambio climático y la pesca
promovido por la onxemar y la FAO dal 3 al 5 de octubre en Vigo,
España, dedicado al tema: “Working towards ensuring decent work in
fisheries and aquaculture” (Para asegurar un trabajo decente en la
pesca y la acuicultura).
Intervención de Mons. Fernando Chica Arellano
Señores Ministros de Agricultura, Pesca y Alimentación y del Medioambiente,
Señora Consejera de Medio Rural y del Mar de la Junta de Galicia,
Señor Secretario General de Pesca del Gobierno de España,
Señor Subdirector General del Departamento de Pesca y Acuicultura de la FAO,
Señor Presidente de Conxemar,
Señores Embajadores y Representantes Permanentes,
Señores Representantes de las Organizaciones de la Sociedad Civil y del Sector Privado,
Señoras y Señores,
Amigos todos:
1. Les estoy agradecido al Director General de la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura y al Presidente de Conxemar por haberme invitado a
participar en el “Congreso Internacional sobre los cambios climáticos y
la pesca”, dándome también la oportunidad de tomar la palabra, en nombre
de la Santa Sede, en esta sesión especial centrada en la temática del
trabajo decente en el sector de la pesca y de la acuicultura.
La comunidad internacional presta una atención particular
a la noción de trabajo decente. Pero, a menudo, este concepto se
analiza exclusivamente en su dimensión objetiva, es decir, haciendo
referencia a la elaboración y a la aplicación de normas relativas a la
seguridad, al salario, a la salud y a otras garantías similares. Sin
embargo, hablar de trabajo decente significa reconocer sobre todo la
centralidad y la dignidad de la persona humana. De hecho, solamente el
reconocimiento de la centralidad y de la dignidad humana hace posible la
promulgación de normas que tutelan el trabajo decente.
En la encíclica Laborem exercens, San Juan Pablo
II indicaba que el trabajo debe considerarse “un bien «digno», es decir,
que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta
dignidad y la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del
trabajo, se debe tener presente ante todo esta verdad. El trabajo es un
bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque mediante el
trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre»” (n. 9).
Sin embargo, hoy la dignidad y la centralidad del hombre,
expresadas a través del trabajo, a menudo no se reconocen o se violan y
muchas personas están obligadas así a vivir en “periferias
existenciales” de las que es muy difícil salir. Esto ocurre en muchos
sectores económicos y sociales, pero se verifica especialmente en
algunos ámbitos del sector de la pesca, en los que se detectan además
graves violaciones de los derechos humanos de los pescadores. A este
respecto, la Santa Sede ha hecho oír su voz en defensa de los pescadores
que, lamentablemente, son víctimas de trata, tráfico y trabajo forzado1.
Esta temática ha sido también objeto de un encuentro que se llevó a
cabo el pasado mes de noviembre, en la sede de la FAO, con ocasión de la
celebración de la Jornada Mundial de la Pesca 2016, y en el cual
participó el Secretario de Estado de Su Santidad, el Señor Cardenal
Pietro Parolin.
2. Sabemos que el sector de la pesca y de la acuicultura es
una de las realidades más importantes a nivel global por lo que se
refiere a la oferta de trabajo. Estimaciones recientes demuestran que
globalmente la pesca y la acuicultura suministran trabajo a alrededor de
57 millones de personas, de las que el 19 por ciento son mujeres, a las
que se añaden aquellos que trabajan en toda la cadena de producción, un
total de casi 200 millones de trabajadores2. La pesca y la
acuicultura son, por lo tanto, esenciales para la prosperidad económica
de muchísimas regiones y particularmente para las comunidades costeras
de numerosos países en vías de desarrollo, en los que las actividades
ligadas a la pesca artesanal se llevan a cabo por un número
significativo de mujeres, que son en torno a un 50% del total de los
trabajadores empleados en esta parcela.
El papel de este sector en términos de ocupación es aún
más relevante si se tienen en cuenta algunos datos relativos a la
contribución que la pesca y la acuicultura ofrecen a la seguridad
alimentaria y nutricional mundial. En este sentido, la FAO ha señalado
que el consumo anual de pescado por persona se ha duplicado
prácticamente desde 1960 hasta hoy. En cuanto a los aspectos
nutricionales, los productos pesqueros representan el 6,7% de todas las
proteínas consumidas en el mundo y aportan el 20% de la necesidad media
de proteínas animales a casi la mitad de la población mundial3.
3. Esta reflexión no quedaría completa si no se pone de
relieve que, según los mismos análisis de la FAO, a nivel global, en la
captura de un tercio de los peces que se pescan no se respeta el ritmo
de los tiempos que se necesitan para asegurar su reproducción en niveles
biológicamente sostenibles4. Esta depredación ha de ser
frenada porque el desarrollo económico y el amplio espectro de
beneficios ligados a este sector no pueden afectar a la salvaguarda del
medioambiente ni dejar de considerar las necesidades de las personas que
vendrán después de nosotros. El mismo trabajo del hombre, de hecho,
pierde su verdadero carácter si ocasiona daños y deteriora gravemente el
medioambiente5. Es decir, es necesario comprender la
profunda conexión existente entre “el ambiente humano” y “el ambiente
natural”. Nos lo recuerda muy bien el Papa Francisco en su encíclica Laudato si', cuando insiste en que hay que promover una “ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales” (n.
137). En efecto, “el ambiente humano y el ambiente natural se degradan
juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si
no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación
humana y social” (Laudato si', n. 48). Algunas vertientes del
sector de la pesca dan testimonio de esta degradación común que es, por
una parte, ambiental y, por la otra, humana y social, y que esconde
formas de violaciones de los derechos humanos, de trabajo forzado y de
tráfico de seres humanos6. Y conviene mencionar igualmente
que estas violaciones tienen entre sus posibles causas precisamente
fenómenos como la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (IUU). De
hecho, como se ha puesto de relieve en estudios recientes7,
el agotamiento gradual de los recursos pesqueros en las aguas costeras
ha obligado a los pescadores a trasladarse hacia zonas más alejadas de
la costa. Esto ha hecho necesario reclutar a tripulaciones que
permanecen en los pesqueros durante largos períodos de tiempo. El
aumento de los costes, en términos de capital y de trabajo, como
consecuencia de una mayor permanencia en el mar, ha provocado el que se
contrate a trabajadores “de bajo coste”, por así decirlo, que permitan
un ahorro salarial.
En general, los miembros de estas tripulaciones provienen
de áreas muy pobres. Son personas sumidas en la miseria y lastradas por
la falta de trabajo. Muchas de ellas son jóvenes, a menudo analfabetos o
con un bajo nivel de educación y que pueden, por lo tanto, ser
fácilmente engañados. Otros, en cambio, poseen un diploma otorgado por
escuelas náuticas y aceptan cualquier trabajo con tal de no esperar
indefinidamente un empleo mejor pagado en la marina mercante.
Las agencias de reclutamiento no tienen escrúpulos.
Proponen el trabajo en los pesqueros como llevadero y bien pagado y
hacen firmar a sus víctimas un contrato que prevé un salario que muy
raramente se puede calificar de justo. Generalmente, es un salario
ínfimo, lejano a lo que realmente debería corresponder a un trabajador
que desarrolla una actividad dura, peligrosa y agotadora. A los
pescadores se les pide incluso pagar una cierta cantidad de dinero con
el fin de obtener el trabajo y son obligados así a endeudarse ellos
mismos y sus familias y a hipotecar la propia tierra. Las agencias de
reclutamiento, finalmente, dado que a menudo los pescadores deben
embarcarse en puertos que se encuentran en el territorio de otro estado,
son las que organizan los traslados de los trabajadores reclutados en
los puertos de embarco a su lugar de destino, y aparentan facilitar la
expedición de visados.
Una vez que han subido a bordo, los pescadores se
encuentran con la cruda realidad. Pueden vivir aislados en los pesqueros
durante varios años, lo cual vuelve imposible el desarrollo de una
normal vida familiar y social. Las naves en donde embarcan son enormes y
no tienen necesidad de atracar en los puertos, pues disponen de
embarcaciones más pequeñas, con las que es posible transportar a tierra
lo que se ha pescado y abastecerse de carburante. La falta de acceso a
los puertos, por lo tanto, impide la huida de los pescadores víctimas de
los atropellos, así como el que puedan solicitar asistencia a las
autoridades, muchas veces implicadas en la trata.
Las condiciones dentro de los pesqueros son terribles:
los pescadores están obligados a trabajar durante 18-20 horas al día, 7
días a la semana, a menudo soportando inclementes condiciones
meteorológicas; frecuentemente andan faltos de alimentos y el agua
potable se distribuye de forma racionada; la privación de horas de
sueño, las enfermedades y la malnutrición facilitan que se produzcan
accidentes laborales; carecen de equipamientos de seguridad, de una
digna y adecuada asistencia médica y de medicinas; los camarotes son
estrechos y no respetan las normas higiénico-sanitarias más elementales.
Los trabajadores sufren abusos físicos y verbales y están
sometidos a castigos que generan tensiones que pueden conducir a
motines, graves incidentes e incluso homicidios. Las mujeres y los niños
a menudo son víctimas de violencia sexual y cuando los pesqueros
atracan en los puertos, muchos se ven obligados a prostituirse. Se han
verificado casos en los que los pescadores han sido asesinados y sus
cuerpos lanzados al mar.
A menudo, los pescadores a bordo de los pesqueros no
consiguen ni siquiera comprender que son víctimas de violaciones de sus
derechos humanos. Creen que la situación que viven es solo fruto de su
mala suerte. La falta de conciencia de su explotación obstaculiza la
posibilidad de petición de intervención y ayuda. Comunicarse con el
exterior les resulta, de todos modos, muy difícil: los dispositivos de
comunicación a bordo, como radio y teléfonos vía satélite, no pueden ser
utilizados. Además, de la naturaleza transnacional de las operaciones
de pesca se deduce que los pescadores deberían recibir la protección del
Estado del pabellón del pesquero. Pero si los estados en los que ha
sido registrado el pesquero no ofrecen garantías en materia de trabajo,
los pescadores corren el riesgo de encontrarse en una situación de
extrema vulnerabilidad.
Como dato paradójico no puedo dejar de señalar que, a
veces, los pescadores están incluso sujetos a sanciones por parte de los
estados ribereños por su participación en actividades de pesca ilegal.
Este fenómeno viene a empeorar la ya compleja e intrincada situación en
la que se ven inmersas dichas personas, lo cual muestra, por un lado,
que las migraciones, como señala el Papa FRANCISCO, están “adquiriendo
cada vez más la dimensión de una dramática cuestión mundial”8
y, por otro, los niveles de inhumanidad que la trata y el tráfico de
seres humanos pueden alcanzar. Con razón el Santo Padre ha definido
recientemente estos flagelos como formas de esclavitud moderna9.
A esto se añade otro asunto crucial de estos tiempos: una
incapacidad, tanto de los sistemas económicos de los países
desarrollados como de aquellos en vías de desarrollo, de crear puestos
de trabajo, que permitan a las personas hacer fructificar los talentos
de los que están dotados y mirar a la cara a los demás con dignidad.
4. Por desgracia, no conocemos el número exacto de pescadores
implicados en este doloroso fenómeno que viola sus derechos humanos,
entre ellos el derecho a un trabajo decente10. Pero sabemos
que en el mundo se cuentan al menos 20,9 millones de personas que
trabajan bajo coacción y que en gran parte están empleados en la
economía informal e ilegal11 y que el 90% del trabajo forzado
concierne a las actividades privadas y, sobre todo, a aquellas
actividades que requieren una elevada mano de obra, entre ellas, la
pesca.
5. Como ha indicado con acierto el cardenal Parolin, para
encauzar este fenómeno es necesario apuntar hacia “tres objetivos
fundamentales: la ayuda para los pescadores explotados y privados de
dignidad, para facilitar su rehabilitación y reintegración; el
cumplimiento por parte de Estados y Gobiernos de la normativa
internacional en vigor sobre pesca, y más concretamente sobre el
trabajo en el sector pesquero; y la lucha contra el tráfico y la trata
utilizando medios, incluyendo medidas coercitivas, para imponer el
estado de derecho y los derechos humanos básicos. El fin último es
salvaguardar en nuestros mares la legalidad que durante siglos ha sido
signo de libertad y civilización”12. Esto se vería facilitado
si los países de procedencia de los pescadores, por ejemplo,
monitorizaran los procesos de reclutamiento de las tripulaciones y
promovieran una contratación colectiva capaz de ofrecer garantías a
quien es contratado. Esto facilitaría asimismo la movilidad laboral para
aquellos que buscan mejorar sus condiciones de vida y, al mismo tiempo,
el respeto de la normativa internacional sobre prevención, represión y
persecución del tráfico y de la trata de seres humanos. Los estados de
los que provienen los pescadores deberían además facilitar y aceptar el
retorno de las víctimas de la trata, del tráfico o del trabajo forzado,
tanto si son ciudadanos como si tienen el derecho a vivir
permanentemente en su territorio. Se podría igualmente configurar el
aumento de las medidas legales y de los procedimientos de tutela a los
que las víctimas de tráfico, trata y trabajo forzado en el sector de la
pesca podrían acogerse, incluso a bordo de los mismos pesqueros. A las
víctimas de este grave fenómeno podrían concedérseles permisos
temporales de estancia en los países del pabellón de los pesqueros con
el fin de poder darles la oportunidad de cooperar con el sistema
judicial.
6. Es importante no pasar de largo sobre estos dramas que he
descrito. Sin embargo, no son pocas las veces que se ignoran o
tergiversan. En otras ocasiones, lamentablemente, ocupan titulares
efímeros en la prensa, para después perderse en la niebla del olvido. Es
una cuestión de humanidad que las voces de los que sufren estas
tragedias puedan ser escuchadas y sus legítimos derechos real y
justamente atendidos. No hay que olvidar tampoco las situaciones de
precariedad que viven aquellos que están empleados en toda la cadena
productiva pesquera y en el sector de la acuicultura y que sufren por la
falta de garantías contractuales mínimas. En efecto, a menudo, los
trabajadores viven en situaciones de precariedad a causa de la
temporalidad de sus contratos, por no verse remunerados suficiente y
adecuadamente o porque se encuentran privados de toda forma de
protección social, necesaria de modo particular cuando suceden
situaciones desagradables. Piensen, por ejemplo, en los percances que
pueden ocurrir en las incubadoras y en las estructuras en las que se
cultiva el pescado.
Todas estas prácticas no solo violan el derecho a un
trabajo decente de los que están empleados en el sector de la pesca y de
la acuicultura, sino que perjudican la reputación de dicho sector y de
todos los que trabajan en el mismo de forma esmerada y legal.
7. Ahora bien, no podemos quedarnos en mencionar solamente
los defectos y fallas del sector. Con el paso del tiempo se perciben
avances y progresos en el mismo. Ha habido situaciones que han mejorado y
a ello ha contribuido grandemente la existencia de instrumentos capaces
de garantizar el trabajo decente en el ámbito de la pesca y de la
acuicultura. Piensen, por ejemplo, en la Convención del OIT sobre el Trabajo Forzado (N. 29) de 1930 y su Protocolo
adoptado en 2014, que entró en vigor en noviembre de 2016 y que
compromete a sus Miembros a tomar medidas eficaces para prevenir y
eliminar la utilización del trabajo forzado, para asegurar a los
trabajadores una protección y el acceso a los mecanismos de recurso y de
resarcimiento adecuados y eficaces, así como de indemnización, y para
reprimir a los responsables de malas prácticas.
En 2007, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) también adoptó la Convención sobre el Trabajo en el sector de la pesca
(N. 188), que entrará en vigor el próximo 16 de noviembre, y que ofrece
un conjunto de garantías a favor de los pescadores en lo relativo a la
edad mínima del trabajador, la asistencia médica o los tiempos de
descanso regulares de la actividad laboral, y todo ello con el fin de
preservar la seguridad y la salud de los trabajadores, la presencia de
suficiente agua y alimentos en el lugar de trabajo, la higiene y la
habitabilidad de los alojamientos. Se trata de brindar información
precisa relativa al reclutamiento de trabajadores y a la estipulación
del contrato de trabajo con el fin de evitar posibles abusos.
También la FAO ha adoptado instrumentos jurídicos que
pueden ofrecer una contribución importante a la causa de los pescadores
explotados en los pesqueros. Un ejemplo es el Acuerdo sobre medidas
del estado rector del puerto destinadas a prevenir, desalentar y
eliminar la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (22 noviembre de 2009),
que entró en vigor en junio de 2016, y que refuerza las inspecciones en
los puertos y permite negar el acceso a los puertos a los pesqueros que
practican la pesca de manera ilegal (IUU), desalentando, por lo tanto, a
aquellos que fomentan la trata, el tráfico y el trabajo forzado de
pescadores. No hay que olvidar, por último, el Código de conducta sobre la pesca responsable (1995) y
las Directivas voluntarias para lograr la sostenibilidad de la pesca en
pequeña escala en el contexto de la seguridad alimentaria y la
erradicación de la pobreza, de 2014.
8. Estas iniciativas jurídicas y medidas normativas son de
gran valor y ha de velarse por su puesta en práctica. Pero, para que el
sector al que nos estamos refiriendo alcance mayores beneficios, es
preciso un complemento. Se trata de la obligación moral de un cambio de
mentalidad. Es decir, hay que abandonar la idea de una economía que
prefiere a toda costa el provecho y que olvida el valor supremo del ser
humano y de sus derechos fundamentales, entre ellos, el derecho a un
trabajo decente. En otras palabras, y a la luz de la Doctrina Social de
la Iglesia, hay que seguir insistiendo en la afirmación de la prioridad
intrínseca del trabajo respecto al capital. El trabajo, de hecho,
precisamente por su carácter subjetivo y personal, es superior respecto a
otros factores de producción, que han de verse en clave instrumental.
Es importante que esta perspectiva se afiance y
fortalezca, de modo que desaparezcan todas aquellas lacras que
ensombrecen un sector tan importante como el pesquero a través de la
superación de intereses particulares y mezquinos, y acabando de una vez
por todas con aquellas injusticias que ocasionan que muchos pescadores
se encuentren, todavía hoy, en pleno siglo XXI, inmersos en dramáticas
situaciones de explotación y abusos, casi como en un régimen de
esclavitud.
9. La Iglesia siempre ha mirado con especial predilección a
los que viven y trabajan en el mar. Ya lo recordaba, en el mensaje para
la Jornada Mundial de la Alimentación, de 1986, San Juan Pablo II,
cuando traía a colación la atención particular que otorga la Iglesia al
sector de la pesca, “en cuanto el Señor Jesús ha elegido a sus primeros
Apóstoles entre los pescadores del lago de Galilea y ha conocido por
experiencia su dura vida”. Por su parte, la Santa Sede, que siempre ha
mostrado una significativa sensibilidad por los trabajadores de la mar,
está dispuesta a ofrecer su propio apoyo a los gobiernos, a las
organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, a
las organizaciones de la sociedad civil y del sector privado y a todos
los que quieran defender el trabajo decente en la pesca y en la
acuicultura.
Nadie ha de quedarse al margen ni sentirse excluido en la
colaboración con una causa tan noble como es la lucha porque cada
trabajador, incluidos aquellos contratados en el sector de la pesca y de
la acuicultura, tengan garantizadas condiciones de justicia, libertad,
dignidad, seguridad económica e iguales oportunidades. Esto será una
feliz realidad con el compromiso de todos, con una firme voluntad
política y un decisivo apoyo social para asegurar a cada trabajador un
trabajo decente y digno, que tenga siempre en su centro la persona
humana y sus derechos fundamentales.
Gracias por su atención.
____________________________________________
1 Cf. PONTIFICIO CONSEJO DE LA PASTORAL PARA LOS MIGRANTES Y LOS ITINERANTES, Mensaje para la Jornada Mundial de la Pesca
(21 de noviembre de 2013). Se pueden consultar también los mensajes de
este dicasterio de los años sucesivos, donde se insiste en los mismos
conceptos.
2 Cf. FAO, El Estado mundial de la pesca y de la acuicultura 2016. Contribución a la seguridad alimentaria y a la nutrición para todos. Roma, 2016.
3 Cf. Ibid.
4 Cf. Ibid.
5.Cf. CARDENAL PETER TURKSON, Discurso
de apertura del Seminario Internacional “Sustainable development and
the future of work in the context of the Jubilee of Mercy”. Roma, 2 de mayo de 2016.
6 Cf. ILO, Caught at Sea - Forced labour and trafficking in fisheries. Geneva, 2013.
7.Cf. ILO, Fishers First: Good Practices to end labour exploitation at sea, Geneva 2016; HLPE, La
pesca y la acuicultura sostenibles para la seguridad alimentaria y la
nutrición. Un informe del Grupo de alto nivel de expertos en seguridad
alimentaria y nutrición del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial. Roma, 2014; ILO, Caught at Sea - Forced labour and trafficking in fisheries. Geneva, 2013.
8 FRANCISCO, Mensaje para la Jornada mundial del Migrante y el Refugiado 2017 (15 de enero de 2017).
9 Cf. FRANCISCO, Ángelus. (30 de julio de 2017).
10 Cf. ILO, Fishers First: Good Practices to end labour exploitation at sea. Geneva, 2016.
11 Cf. ILO, Global Estimates of Forced Labour. Results and methodology. Geneva, 2012.
12 CARDENAL PIETRO PAROLIN, “Romper las cadenas de explotación en el sector pesquero”, en: AA.VV.,
La violación de los derechos humanos en el sector pesquero. Discursos
de presentación durante el Día Mundial de la Pesca en la FAO. Roma, 2017, 21.