Damasco, SIRIA (Agencia Fides, 05/03/2018) - “¿Cuándo callarán las armas? Nosotros, que
vivimos en Siria, sentimos náusea por la indignación general que se alza
para condenar a quienes defienden sus vidas y su tierra. En estos meses
hemos viajado en repetidas ocasiones a Damasco; fuimos después de que
las bombas rebeldes causaran una masacrado en una escuela, y también
estábamos allí hace unos días, al día siguiente del lanzamiento de 90
misiles desde el suburbio de Goutha, contra la parte gubernamental de la
ciudad. Hemos escuchado a los niños que viven con temor de salir de
casa e ir a la escuela, el terror de tener que ver a sus compañeros
saltar por los aires, no pueden dormir por la noche, por el miedo de que
un misil les caiga en su tejado. Miedo, lágrimas, sangre, muerte. ¿No
son también dignos de nuestra atención estos niños?”. Lo escriben en un
mensaje enviado a la Agencia Fides, las monjas trapenses que viven en
Azeir, una pequeña aldea siria en la frontera con el
Líbano, a mitad de camino entre Homs y Tartus. Allí se alza el
monasterio de una pequeña comunidad de seis monjas cistercienses (entre
las cuales una novicia siria), que viven su “presencia humilde de
personas orantes”. Las cuatro hermanas han querido seguir “la
experiencia de nuestros hermanos de Tibhirine”, los monjes trapenses
presentes en Argelia, que fueron asesinados por los terroristas.
Las religiosas añaden: “¿Por qué la opinión pública no se ha
inmutado?¿porque nadie se ha indignado?¿por qué no se han lanzado
llamamientos humanitarios por estas personas inocentes? ¿Y por qué
solamente cuando el gobierno sirio interviene en favor de los ciudadanos
sirios, que se sienten ofendidos por tanto horror, nos indignamos por
la ferocidad de la guerra y no antes?”
El análisis de las religiosas señala que “cuando el ejército sirio
bombardea también hay mujeres, niños, civiles, heridos o muertos.
Rezamos por ellos también. No solo por los civiles: también oramos por
los yihadistas, porque cada hombre que elige el mal es un hijo perdido,
es un misterio escondido en el corazón de Dios. El juicio lo debemos
dejar a Dios, Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y
viva”. Y añaden: “En Damasco, los atraques contra los civiles que viven
en la parte controlada por el gobierno.
Han comenzado desde la zona de
Goutha y no al revés. El mismo lugar en el que los civiles que no
apoyaban a los yihadistas fueron puestos en jaulas de hierro: hombres,
mujeres, expuestos al aire libre y utilizados como escudos humanos.
Goutha: el barrio donde los civiles que quieren escapar, y refugiarse en
la parte gubernamental, aprovechando la tregua concedida, son blanco de
los francotiradores rebeldes”. “¿Por qué, tanta ceguera de
Occidente?, ¿como es posible que quienes informan, también en el
contexto eclesial, sean tan unilaterales?”, se preguntan en el texto
recibido en la Agencia Fides.
“No podemos escandalizarnos por la brutalidad de la guerra y guardar
silencio sobre quiénes han querido y siguen queriendo todavía la guerra,
sobre los gobiernos que en los últimos años han mandado sus armas cada
vez más potentes a Siria; sin mencionar a los mercenarios a los que se
ha dejado entrar deliberadamente en Siria pasando por los países
vecinos. No podemos guardar silencio sobre los gobiernos que han sacado
beneficio de esta guerra” , continúa el llamamiento de las trapenses.
“Todavía no hemos llegado a la meta - dice el texto -, allí donde el
lobo y el cordero moraran juntos. Se puede escoger la no violencia,
hasta morir. Pero es una elección personal, que puede poner en juego la
vida de aquellos que lo eligen, no podemos pedirlo a toda una nación, a
todo un pueblo”.
La última reflexión de las monjas, se refiere a los cristianos en Siria,
y es la siguiente: “Cristo quiere que los suyos sean levadura en la
masa, es decir, esa presencia que poco a poco, desde adentro, hace
crecer una situación y la orienta hacia la verdad y el bien. La sostiene
allí dónde lo necesita, la cambia donde se debe cambiar. Con valentía,
sin dobleces, sino desde adentro”.
La guerra en Siria ha herido de muchos modos la convivencia
interreligiosa, pero la esperanza no muere: incluso si “cuesta mucho
perdonar”, dicen las monjas para concluir “todavía vivimos juntos, por
el bien de todos: y las muchas obras de caridad, ayuda, desarrollo
dirigidas por cristianos y musulmanes juntos dan testimonio de ello”.