CIUDAD DEL VATICANO (http://press.vatican.va - 1° de marzo de 2018). Carta “Placuit Deo” de la Congregación
para la Doctrina de la Fe a los obispos de la Iglesia Católica sobre
algunos aspectos de la salvación cristiana
Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta Placuit Deo
a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la salvación cristiana
I. Introducción
1. «Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef
1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo
encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen
consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 P 1,
4). […] Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación
humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo
mediador y plenitud de toda la revelación»[1].
La enseñanza sobre la salvación en Cristo requiere siempre ser
profundizada nuevamente. Manteniendo fija la mirada en el Señor Jesús,
la Iglesia se dirige con amor materno a todos los hombres, para
anunciarles todo el designio de la Alianza del Padre que, a través del
Espíritu Santo, quiere «recapitular en Cristo todas las cosas» (cf. Ef
1,1 0). La presente Carta pretende resaltar, en el surco de la gran
tradición de la fe y con particular referencia a la enseñanza del Papa
Francisco, algunos aspectos de la salvación cristiana que hoy pueden ser
difíciles de comprender debido a las recientes transformaciones
culturales.
II. El impacto de las transformaciones culturales de hoy en el significado de la salvación cristiana
2. El mundo contemporáneo percibe no sin dificultad la confesión
de la fe cristiana, que proclama a Jesús como el único Salvador de toda
el hombre y de toda la humanidad (cf. Hch 4, 12; Rm 3, 23-24; 1 Tm 2, 4-5; Tt 2, 11-15).[2]
Por un lado, el individualismo centrado en el sujeto autónomo tiende a
ver al hombre como un ser cuya realización depende únicamente de su
fuerza.[3]
En esta visión, la figura de Cristo corresponde más a un modelo que
inspira acciones generosas, con sus palabras y gestos, que a Aquel que
transforma la condición humana, incorporándonos en una nueva existencia
reconciliada con el Padre y entre nosotros a través del Espíritu (cf. 2 Co 5, 19; Ef
2, 18). Por otro lado, se extiende la visión de una salvación meramente
interior, la cual tal vez suscite una fuerte convicción personal, o un
sentimiento intenso, de estar unidos a Dios, pero no llega a asumir,
sanar y renovar nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado.
Desde esta perspectiva, se hace difícil comprender el significado de la
Encarnación del Verbo, por la cual se convirtió miembro de la familia
humana, asumiendo nuestra carne y nuestra historia, por nosotros los
hombres y por nuestra salvación.
3. El Santo Padre Francisco, en su magisterio ordinario, se ha
referido a menudo a dos tendencias que representan las dos desviaciones
que acabamos de mencionar y que en algunos aspectos se asemejan a dos
antiguas herejías: el pelagianismo y el gnosticismo.[4]
En nuestros tiempos, prolifera una especia de neo-pelagianismo para el
cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo,
sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de
los demás. La salvación es entonces confiada a las fuerzas del
individuo, o las estructuras puramente humanas, incapaces de acoger la
novedad del Espíritu de Dios.[5] Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo,[6] que consiste en elevarse «con el intelecto hasta los misterios de la divinidad desconocida».[7]
Se pretende, de esta forma, liberar a la persona del cuerpo y del
cosmos material, en los cuales ya no se descubren las huellas de la mano
providente del Creador, sino que ve sólo una realidad sin sentido,
ajena de la identidad última de la persona, y manipulable de acuerdo con
los intereses del hombre.[8]
Por otro lado, está claro que la comparación con las herejías pelagiana
y gnóstica solo se refiere a rasgos generales comunes, sin entrar en
juicios sobre la naturaleza exacta de los antiguos errores. De hecho, la
diferencia entre el contexto histórico secularizado de hoy y el de los
primeros siglos cristianos, en el que nacieron estas herejías, es grande[9].
Sin embargo, en la medida en que el gnosticismo y el pelagianismo son
peligros perennes de una errada comprensión de la fe bíblica, es posible
encontrar cierta familiaridad con los movimientos contemporáneos apenas
descritos.
4. Tanto el individualismo neo-pelagiano como el desprecio
neo-gnóstico del cuerpo deforman la confesión de fe en Cristo, el
Salvador único y universal. ¿Cómo podría Cristo mediar en la Alianza de
toda la familia humana, si el hombre fuera un individuo aislado, que se
autorrealiza con sus propias fuerzas, como lo propone el
neo-pelagianismo? ¿Y cómo podría llegar la salvación a través de la
Encarnación de Jesús, su vida, muerte y resurrección en su verdadero
cuerpo, si lo que importa solamente es liberar la interioridad del
hombre de las limitaciones del cuerpo y la materia, según la nueva
visión neo-gnóstica? Frente a estas tendencias, la presente Carta desea
reafirmar que la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, quien,
con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo
orden de relaciones con el Padre y entre los hombres, y nos ha
introducido en este orden gracias al don de su Espíritu, para que
podamos unirnos al Padre como hijos en el Hijo, y convertirnos en un
solo cuerpo en el «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29).
III. Aspiración humana a la salvación
5. El hombre se percibe a sí mismo, directa o indirectamente, como
un enigma: ¿Quién soy yo que existo, pero no tengo en mí el principio
de mi existir? Cada persona, a su modo, busca la felicidad, e intenta
alcanzarla recurriendo a los recursos que tiene a disposición. Sin
embargo, esta aspiración universal no necesariamente se expresa o se
declara; más bien, es más secreta y oculta de lo que parece, y está
lista para revelarse en situaciones particulares. Muy a menudo coincide
con la esperanza de la salud física, a veces toma la forma de ansiedad
por un mayor bienestar económico, se expresa ampliamente a través de la
necesidad de una paz interior y una convivencia serena con el prójimo.
Por otro lado, si bien la cuestión de la salvación se presenta como un
compromiso por un bien mayor, también conserva el carácter de
resistencia y superación del dolor. A la lucha para conquistar el bien,
se une la lucha para defenderse del mal: de la ignorancia y el error, de
la fragilidad y la debilidad, de la enfermedad y la muerte.
6. Con respecto a estas aspiraciones, la fe en Cristo nos enseña,
rechazando cualquier pretensión de autorrealización, que solo se pueden
realizar plenamente si Dios mismo lo hace posible, atrayéndonos hacia Él
mismo. La salvación completa de la persona no consiste en las cosas que
el hombre podría obtener por sí mismo, como la posesión o el bienestar
material, la ciencia o la técnica, el poder o la influencia sobre los
demás, la buena reputación o la autocomplacencia.[10]
Nada creado puede satisfacer al hombre por completo, porque Dios nos ha
destinado a la comunión con Él y nuestro corazón estará inquieto hasta
que descanse en Él.[11] «La vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina».[12]
La revelación, de esta manera, no se limita a anunciar la salvación
como una respuesta a la expectativa contemporánea. «Si la redención, por
el contrario, hubiera de ser juzgada o medida por la necesidad
existencial de los seres humanos, ¿cómo podríamos soslayar la sospecha
de haber simplemente creado un Dios Redentor a imagen de nuestra propia
necesidad?».[13]
7. Además es necesario afirmar que, de acuerdo con la fe bíblica,
el origen del mal no se encuentra en el mundo material y corpóreo,
experimentada como un límite o como una prisión de la que debemos ser
salvados. Por el contrario, la fe proclama que todo el cosmos es bueno,
en cuanto creado por Dios (cf. Gn 1, 31; Sb 1, 13-14; 1 Tm 4 4), y que el mal que más daña al hombre es el que procede de su corazón (cf. Mt 15, 18-19; Gn
3, 1-19). Pecando, el hombre ha abandonado la fuente del amor y se ha
perdido en formas espurias de amor, que lo encierran cada vez más en sí
mismo. Esta separación de Dios – de Aquel que es fuente de comunión y de
vida – que conduce a la pérdida de la armonía entre los hombres y de
los hombres con el mundo, introduciendo el dominio de la disgregación y
de la muerte (cf. Rm 5, 12). En consecuencia, la salvación que la
fe nos anuncia no concierne solo a nuestra interioridad, sino a nuestro
ser integral. Es la persona completa, de hecho, en cuerpo y alma, que
ha sido creada por el amor de Dios a su imagen y semejanza, y está
llamada a vivir en comunión con Él.
IV. Cristo, Salvador y Salvación
8. En ningún momento del camino del hombre, Dios ha dejado de ofrecer su salvación a los hijos de Adán (cf. Gn 3, 15), estableciendo una alianza con todos los hombres en Noé (cf. Gn 9, 9) y, más tarde, con Abraham y su descendencia (cf. Gn
15, 18). La salvación divina asume así el orden creativo compartido por
todos los hombres y recorre su camino concreto a través de la historia.
Eligiéndose un pueblo, a quien ha ofrecido los medios para luchar
contra el pecado y acercarse a Él, Dios ha preparado la venida de «un
poderoso Salvador en la casa de David, su servidor» (Lc 1, 69).
En la plenitud de los tiempos, el Padre ha enviado a su Hijo al mundo,
quien anunció el reino de Dios, curando todo tipo de enfermedades (cf. Mt
4, 23). Las curaciones realizadas por Jesús, en las cuales se hacía
presente la providencia de Dios, eran un signo que se refería a su
persona, a Aquel que se ha revelado plenamente como el Señor de la vida y
la muerte en su evento pascual. Según el Evangelio, la salvación para
todos los pueblos comienza con la aceptación de Jesús: «Hoy ha llegado
la salvación a esta casa» (Lc 19, 9). La buena noticia de la
salvación tienen nombre y rostro: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador.
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea,
sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un
nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[14]
9. La fe cristiana, a través de su tradición centenaria, ha
ilustrado, a través de muchas figuras, esta obra salvadora del Hijo
encarnado. Lo ha hecho sin nunca separar el aspecto curativo de la
salvación, por el que Cristo nos rescata del pecado, del aspecto
edificante, por el cual Él nos hace hijos de Dios, partícipes de su
naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4). Teniendo en cuenta la
perspectiva salvífica que desciende (de Dios que viene a rescatar a los
hombres), Jesús es iluminador y revelador, redentor y liberador, el que
diviniza al hombre y lo justifica. Asumiendo la perspectiva ascendiente
(desde los hombres que acuden a Dios), Él es el que, como Sumo Sacerdote
de la Nueva Alianza, ofrece al Padre, en el nombre de los hombres, el
culto perfecto: se sacrifica, expía los pecados y permanece siempre vivo
para interceder a nuestro favor. De esta manera aparece, en la vida de
Jesús, una admirable sinergia de la acción divina con la acción humana,
que muestra la falta de fundamento de la perspectiva individualista. Por
un lado, de hecho, el sentido descendiente testimonia la primacía
absoluta de la acción gratuita de Dios; la humildad para recibir los
dones de Dios, antes de cualquier acción nuestra, es esencial para poder
responder a su amor salvífico. Por otra parte, el sentido ascendiente
nos recuerda que, por la acción humana plenamente de su Hijo, el Padre
ha querido regenerar nuestras acciones, de modo que, asimilados a
Cristo, podamos hacer «buenas obras, que Dios preparó de antemano para
que las practicáramos» (Ef 2, 10).
10. Está claro, además, que la salvación que Jesús ha traído en su
propia persona no ocurre solo de manera interior. De hecho, para poder
comunicar a cada persona la comunión salvífica con Dios, el Hijo se ha
hecho carne (cf. Jn 1, 14). Es precisamente asumiendo la carne (cf. Rm 8, 3; Hb 2, 14: 1 Jn 4, 2), naciendo de una mujer (cf. Ga 4, 4), que «se hizo el Hijo de Dios Hijo del Hombre»[15] y nuestro hermano (cf. Hb
2, 14). Así, en la medida en que Él ha entrado a formar pare de la
familia humana, «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»[16]
y ha establecido un nuevo orden de relaciones con Dios, su Padre, y con
todos los hombres, en quienes podemos ser incorporado para participar a
su propia vida. En consecuencia, la asunción de la carne, lejos de
limitar la acción salvadora de Cristo, le permite mediar concretamente
la salvación de Dios para todos los hijos de Adán.
11. En conclusión, para responder, tanto al reduccionismo
individualista de tendencia pelagiana, como al reduccionismo
neo-gnóstico que promete una liberación meramente interior, es necesario
recordar la forma en que Jesús es Salvador. No se ha limitado a
mostrarnos el camino para encontrar a Dios, un camino que podríamos
seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e imitando su
ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se
ha convertido Él mismo en el camino: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6).[17]
Además, este camino no es un camino meramente interno, al margen de
nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado. Por el
contrario, Jesús nos ha dado un «camino nuevo y viviente que él nos
abrió a través del velo del Templo, que es su carne» (Hb 10, 20).
En resumen, Cristo es Salvador porque ha asumido nuestra humanidad
integral y vivió una vida humana plena, en comunión con el Padre y con
los hermanos. La salvación consiste en incorporarnos a nosotros mismos
en su vida, recibiendo su Espíritu (cf. 1 Jn 4, 13). Así se ha convirtió «en cierto modo, en el principio de toda gracia según la humanidad».[18] Él es, al mismo tiempo, el Salvador y la Salvación.
V. La Salvación en la Iglesia, cuerpo de Cristo
12. El lugar donde recibimos la salvación traída por Jesús es la
Iglesia, comunidad de aquellos que, habiendo sido incorporados al nuevo
orden de relaciones inaugurado por Cristo, pueden recibir la plenitud
del Espíritu de Cristo (Rm 8, 9). Comprender esta mediación
salvífica de la Iglesia es una ayuda esencial para superar cualquier
tendencia reduccionista. La salvación que Dios nos ofrece, de hecho, no
se consigue sólo con las fuerzas individuales, como indica el
neo-pelagianismo, sino a través de las relaciones que surgen del Hijo de
Dios encarnado y que forman la comunión de la Iglesia. Además, dado que
la gracia que Cristo nos da no es, como pretende la visión
neo-gnóstica, una salvación puramente interior, sino que nos introduce
en las relaciones concretas que Él mismo vivió, la Iglesia es una
comunidad visible: en ella tocamos el carne de Jesús, singularmente en
los hermanos más pobres y más sufridos. En resumen, la mediación
salvífica de la Iglesia, «sacramento universal de salvación»,[19]
nos asegura que la salvación no consiste en la autorrealización del
individuo aislado, ni tampoco en su fusión interior con el divino, sino
en la incorporación en una comunión de personas que participa en la
comunión de la Trinidad.
13. Tanto la visión individualista como la meramente interior de
la salvación contradicen también la economía sacramental a través de la
cual Dios ha querido salvar a la persona humana. La participación, en la
Iglesia, al nuevo orden de relaciones inaugurado por Jesús sucede a
través de los sacramentos, entre los cuales el bautismo es la puerta,[20] y la Eucaristía, la fuente y cumbre.[21]
Así vemos, por un lado, la inconsistencia de las pretensiones de
auto-salvación, que solo cuentan con las fuerzas humanas. La fe
confiesa, por el contrario, que somos salvados por el bautismo, que nos
da el carácter indeleble de pertenencia a Cristo y a la Iglesia, del
cual deriva la transformación de nuestro modo concreto de vivir las
relaciones con Dios, con los hombres y con la creación (cf. Mt
28, 19). Así, limpiados del pecado original y de todo pecado, estamos
llamados a una vida nueva existencia conforme a Cristo (cf. Rm 6,
4). Con la gracia de los siete sacramentos, los creyentes crecen y se
regeneran continuamente, especialmente cuando el camino se vuelve más
difícil y no faltan las caídas. Cuando, pecando, abandonan su amor a
Cristo, pueden ser reintroducidos, a través del sacramento de la
Penitencia, en el orden de las relaciones inaugurado por Jesús, para
caminar como ha caminado Él (cf. 1 Jn 2, 6). De esta manera,
miramos con esperanza el juicio final, en el que se juzgará a cada
persona en la realidad de su amor (cf. Rm 13, 8-10), especialmente para los más débiles (cf. Mt 25, 31-46).
14. La economía salvífica sacramental también se opone a las
tendencias que proponen una salvación meramente interior. El
gnosticismo, de hecho, se asocia con una mirada negativa en el orden
creado, comprendido como limitación de la libertad absoluta del espíritu
humano. Como consecuencia, la salvación es vista como la liberación del
cuerpo y de las relaciones concretas en las que vive la persona. En
cuanto somos salvados, en cambio, «por la oblación del cuerpo de
Jesucristo» (Hb 10, 10; cf. Col 1, 22), la verdadera salvación, lejos de ser liberación del cuerpo, también incluye su santificación (cf. Ro 12,
1). El cuerpo humano ha sido modelado por Dios, quien ha inscrito en él
un lenguaje que invita a la persona humana a reconocer los dones del
Creador y a vivir en comunión con los hermanos.[22]
El Salvador ha restablecido y renovado, con su Encarnación y su
misterio pascual, este lenguaje originario y nos lo ha comunicado en la
economía corporal de los sacramentos. Gracias a los sacramentos, los
cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en
consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha
dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado
de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras
de misericordia corporales y espirituales.[23]
VI. Conclusión: comunicar la fe, esperando al Salvador
15. La conciencia de la vida plena en la que Jesús Salvador nos
introduce empuja a los cristianos a la misión, para anunciar a todos los
hombres el gozo y la luz del Evangelio.[24]
En este esfuerzo también estarán listos para establecer un diálogo
sincero y constructivo con creyentes de otras religiones, en la
confianza de que Dios puede conducir a la salvación en Cristo a «todos
los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia».[25]
Mientras se dedica con todas sus fuerzas a la evangelización, la
Iglesia continúa a invocar la venida definitiva del Salvador, ya que «en
esperanza estamos salvados» (Rm 8, 24). La salvación del hombre
se realizará solamente cuando, después de haber conquistado al último
enemigo, la muerte (cf. 1 Co 15, 26), participaremos plenamente
en la gloria de Jesús resucitado, que llevará a plenitud nuestra
relación con Dios, con los hermanos y con toda la creación. La salvación
integral del alma y del cuerpo es el destino final al que Dios llama a
todos los hombres. Fundados en la fe, sostenidos por la esperanza,
trabajando en la caridad, siguiendo el ejemplo de María, la Madre del
Salvador y la primera de los salvados, estamos seguros de que «somos
ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como
Salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo
mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que
tiene para poner todas las cosas bajo su dominio» (Flp 3, 20-21).
El Sumo Pontífice Francisco, en la Audiencia concedida el día 16
de febrero de 2018. Ha aprobado esta Carta, decidida en la Sesión
Ordinaria de esta Congregación el 24 de enero de 2018, y ha ordenado su
publicación.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, el 22 de febrero de 2018, Fiesta de la Cátedra de San Pedro.
X Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Prefecto
X Giacomo Morandi
Arzobispo titular de Cerveteri
Secretario
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[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 2.
[2] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 de agosto del 2000), nn. 5-8: AAS 92 (2000), 745-749.
[3] Cf. FRANCISCO, Exhort. apost. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), n. 67: AAS 105 (2013), 1048.
[4] Cf. Id., Carta enc. Lumen fidei (29 de junio de 2013), n. 47: AAS 105 (2013), 586-587; Exhort. apost. Evangelii gaudium, nn. 93-94: AAS (2013), 1059; Encuentro con los participantes en el V Congreso de la Iglesia Italiana, Florencia (10 de noviembre de 2015): AAS 107 (2015), 1287.
[5] Cf. Id., Encuentro con los participantes en el V Congreso de la Iglesia Italiana, Florencia (10 de noviembre de 2015): AAS 107 (2015), 1288.
[6] Cf. Id., Exhort. apost. Evangelii gaudium, n. 94: AAS
105 (2013), 1059: «la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en
el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una
serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e
iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia
de su propia razón o de sus sentimientos»; Consejo Pontificio de la
Cultura –– Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era” (enero de 2003), Ciudad del Vaticano 2003.
[7] FRANCISCO, Carta. enc. Lumen fidei, n. 47: AAS 105 (2013), 586-587.
[8] Cf. Id., Discurso del Santo Padre FRANCISCO a los participantes en la peregrinación de la diócesis de Brescia (22 de junio de 2013): AAS
95 (2013), 627: «en este mundo donde se niega al hombre, donde se
prefiere caminar por la senda del gnosticismo, […] del “nada de carne”
—un Dios que no se hizo carne».
[9]
Según la herejía pelagiana, desarrollada durante el siglo V alrededor
de Pelagio, el hombre, para cumplir los mandamientos de Dios y ser
salvado, necesita de la gracia solo como una ayuda externa a su libertad
(a manera de luz, ejemplo, fuerza), pero no como una curación y
regeneración radical de la libertad, sin mérito previo, para que pueda
hacer el bien y alcanzar la vida eterna.
Más complejo es el movimiento gnóstico, que surgió en los
siglos I y II, y que tiene formas muy diferentes entre ellas. En
general, los gnósticos creían que la salvación se obtiene a través de un
conocimiento esotérico o "gnosis". Esta gnosis revela al gnóstico su
verdadera esencia, es decir, una chispa del Espíritu divino que reside
en su interioridad, que debe ser liberada del cuerpo, ajeno a su
verdadera humanidad. Sólo de esta manera el gnóstico regresa a su ser
original en Dios, del cual se había alejado debido a una caída
primordial.
[10] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 2.
[11] Cf. San Agustín, Confesiones, I, 1: Corpus Christianorum, 27, 1.
[12] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 22.
[13] Comisión Teológica Internacional, Algunas cuestiones sobre la teología de la Redención, 1995, n. 2.
[14] Benedicto XVI, Carta. enc. Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), n. 1: AAS 98 (2006), 217; cf. Francisco, Exhort. apost. Evangelii gaudium, n. 3: AAS 105 (2013), 1020.
[15] San Ireneo, Adversus haereses, III 19, 1: Sources Chrétiennes, 211, 374.
[16] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, n. 22.
[17] Cf. San Agustín, Tractatus in Ioannem, 13, 4: Corpus Christianorum, 36, 132: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6).
Si buscas la verdad, mantén el camino, porque el Camino es el mismo
que la Verdad. Ella en persona es adónde vas, ella en persona es por
donde vas; no vas por una realidad a otra, no vienes a Cristo por otra
cosa; por Cristo vienes a Cristo. ¿Cómo «por Cristo a Cristo»? Por
Cristo hombre a Cristo Dios; por la Palabra hecha carne a la Palabra
que en el principio era Dios en Dios».
[18] Santo Tomás de Aquino, Quaestio de veritate, q. 29, a. 5, co.
[19] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, n. 48.
[20] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 63, a. 3.
[21] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, n. 11; Cost. dogm. Sacrosanctum Concilium, n. 10.
[22] Cf. FRANCISCO, Carta enc. Laudato si’ (24 de mayo de 2015), n. 155, AAS 107 (2015), 909-910.
[23] Cf. Id., Carta apost. Misericordia et misera (20 de noviembre de 2016), n. 20: AAS 108 (2016), 1325-1326.
[24] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), n. 40: AAS 83 (1991), 287-288; Francisco, Exhort. apost. Evangelii gaudium, nn. 9-13: AAS 105 (2013), 1022-1025.
[25] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, n. 22