martes, 13 de febrero de 2018

Homilías del Papa FRANCISCO en la Santa Misa que celebra en Casa Santa Marta [Feb. 5 y 1° Enero 9 y 8]

CIUDAD DEL VATICANO (http://w2.vatican.va) — Homilías del Papa FRANCISCO en la Santa Misa que celebra en Casa Santa Marta.


PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Enseñar a adorar

Lunes, 5 de febrero de 2018


Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 6, viernes 9 de febrero de 2018.


Los cristianos deben aprender la «oración de adoración». Y los pastores deben querer la formación de los fieles en esta fundamental forma de oración. Lo subrayó el Papa FRANCISCO el lunes 5 de febrero durante la misa celebrada en Santa Marta, en la cual participó un grupo de párrocos de reciente nombramiento. Dirigiéndose directamente a ellos, el Pontífice les exhortó:


«Enseñad al pueblo a adorar en silencio» para que «así aprendan desde ahora qué haremos todos allí, cuando por la gracia de Dios lleguemos al cielo».


La adoración como objetivo del «camino» del creyente estuvo en el centro de la homilía de FRANCISCO, que comenzó desde la primera lectura del día (1 Reyes 8, 1-7, 9-13), en la que se habla sobre el rey Salomón que «congregó a su pueblo para subir hacia los montes del Señor, hacia la ciudad, hacia el templo», llevando en procesión el arca de la alianza en el Santo de los Santos.


En este camino que preveía un recorrido en ascenso, fatigoso — «el camino fácil es aquel en llanura» observó el Papa— el pueblo llevaba consigo «la propia historia, la memoria de la elección, la memoria de la promesa y la memoria de la alianza». Y con este cargo de memoria se acercaba al templo. No solo: el pueblo, añadió FRANCISCO, llevaba también «la desnudez de la alianza», es decir, simplemente las «dos tablas de piedra, desnuda, así como lo había hecho Dios» y no como lo habían aprendido «de los escribas, que la habían “hecho barroca” con tantos preceptos». Era ese su tesoro: «la alianza desnuda: yo te amo, tú me amas. El primer mandamiento, amar a Dios; segundo, amar al prójimo. Desnuda, así».


Después, continuó el Pontífice, «con esa memoria de la elección, de la promesa y de la alianza, el pueblo sube y lleva la alianza arriba. Al llegar arriba, “cuando llegaron todos los ancianos, alzaron el arca, introdujeron el arca en el santuario y en el arca no había nada más que las dos tablas de piedra”». He aquí la «desnudez de la alianza». Y en el pasaje bíblico se lee que «al salir los sacerdotes del Santo, la nube llenó la Casa de Yahveh». Era «la alegría del Señor» que tomaba residencia en el templo. Es en ese momento, explicó el Papa, cuando el «pueblo entró en adoración», pasando «de la memoria a la adoración, haciendo camino en cuesta». Comenzó así la adoración «en silencio». He aquí el recorrido cumplido por los israelitas: «de los sacrificios que hacía en el camino en ascenso, al silencio, a la humillación de la adoración».


Es precisamente en este punto cuando el Pontífice vinculó la palabra de Dios a la realidad actual de las comunidades cristianas: «Tantas veces pienso que nosotros no enseñamos a nuestro pueblo a adorar. Sí, les enseñamos a rezar, a cantar, a alabar a Dios, pero a adorar...». La oración de adoración, dijo, «nos aniquila sin aniquilarnos: en el aniquilamiento de la adoración nos da nobleza y grandeza».


Y a esa experiencia en la que se anticipa la vida en el cielo, añadió, se puede llegar solamente «con la memoria de haber sido elegidos, de tener dentro del corazón una promesa que nos empuja a ir y con la alianza en la mano y en el corazón».


Por lo tanto «siempre en camino: camino difícil, camino en cuesta, pero en camino hacia la adoración», hacia ese momento en el que «las palabras desaparecen frente a la gloria de Dios: no se puede hablar, no se sabe qué decir».


Las únicas palabras que emergen de este pasaje de la Escritura vendrán evidenciadas en la liturgia del martes 6 de febrero, en la que proseguirá la lectura del pasaje del libro de los Reyes. Al hacerlo presente el Papa anticipó que el rey «Salomón solamente osa decir dos palabras, en medio de la adoración: “Escucha y perdona”, solamente eso. No se puede decir más. Adorar en silencio con toda una historia al lado» y pedir a Dios: «Escucha y perdona».


Concluyendo su meditación, el Papa sugirió: «Nos hará bien, hoy, tomar un poco de tiempo de oración» y en eso hacer «memoria de nuestro camino, la memoria de las gracias recibidas, la memoria de la elección, de la promesa, de la alianza».


Un recorrido interior en el que «buscar ir arriba, hacia la adoración y en medio de la adoración, con tanta humildad decir solamente esta pequeña oración: “Escucha y perdona”».


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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

No somos ni eternos ni efímeros

Jueves, 1° de febrero de 2018


Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 6, viernes 9 de febrero de 2018.


La muerte es «un hecho, una herencia y una memoria» que nos recuerda que no somos «dueños del tiempo», ni «efímeros» ni «eternos», y nos salva del riesgo de permanecer «presos en el laberinto egoísta del momento presente». Pero precisamente la mirada a la muerte que ayuda a vivir bien la vida es el mensaje que el Papa FRANCISCO ha propuesto en la misa celebrada el jueves 1° de febrero en Santa Marta.


«La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David» hizo notar el Pontífice, refiriéndose al pasaje tomado del primer libro de Reyes (2, 1-4, 10-12). «Los días de David se habían acercado a la muerte» porque, afirmó FRANCISCO, también «él, el gran rey, el hombre que había consolidado precisamente el reino, debe morir, no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa y él continúa en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino».


Por otro lado, explicó FRANCISCO, «nosotros no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en camino en el tiempo, tiempo que comienza y tiempo que termina». Y «esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo para no convertirse en prisioneros del momento que está siempre cerrado en sí mismo». Así, afirmó el Papa, «delante de este pasaje del primer libro de los Reyes», que cuenta «la muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria».


Sobre todo, explicó FRANCISCO, «la muerte es un hecho: nosotros podemos pensar muchas cosas, también imaginarnos ser eternos, pero el hecho viene». Antes o después la muerte llega y «es un hecho que nos toca a todos nosotros». Porque «nosotros estamos en camino, nosotros somos vagabundos u hombres y mujeres en laberintos». No, advirtió el Papa, «está la tentación del momento que se adueña de la vida y te lleva a ir dando vueltas en el momento en este laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta». Y «el camino termina en la muerte: todos lo sabemos».


Por esta razón, hizo presente el Pontífice, «la Iglesia siempre ha tratado de hacer reflexionar sobre este fin nuestro: la muerte». A propósito FRANCISCO sugirió un recuerdo personal: «Cuando estábamos en el seminario nos hacían hacer el ejercicio de la buena muerte: asustaba un poco porque parecía una cámara mortuoria». Pero «hay un ejercicio de la buena muerte que cada uno puede hacer dentro de sí mismo: yo no son el dueño del tiempo; hay un hecho: yo moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe». Pero seguro «moriré».


«Repetir esto ayuda» dijo el Papa, precisamente porque es un hecho «realista puro» que «nos salva de esa ilusión del momento de tomar la vida como una cadena de anillos de momentos que no tiene sentido». Sin embargo la realidad es que «yo estoy en camino y debo mirar adelante».


Dando espacio a la confidencia, FRANCISCO compartió el «recuerdo» de cuando «de niño aprendía a leer, tenía cuatro años. Una de las primeras cosas que aprendí a leer, porque la abuela me lo hizo leer, era un cartel que ella tenía bajo el cristal de la cómoda y decía así: “Piensa que Dios te mira. Piensa que te está mirando. Piensa que morirás y tú no sabes cuándo”». Esa frase, confió el Papa, «la he recordado hasta hoy y me ha hecho mucho bien, en los momentos de suficiencia, de clausura, donde el momento era el rey». Por tanto «el tiempo, el hecho: todos nosotros moriremos». Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo me voy por el camino de cada hombre en la tierra». Y así ha sido.


La segunda idea es «la herencia». A menudo sucede que cuando, muriendo, se tiene que ver con «una herencia llegan enseguida los sobrinos para buscar cuánto dinero el tío ha dejado a este, a aquel, al otro». Y «esta historia es tan antigua como la historia del mundo». En realidad cuenta «la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo?».


Volviendo al pasaje bíblico actual, «David ¿qué herencia deja?». FRANCISCO recordó que David fue también «un gran pecador, ¡hizo muchas!». Pero fue también «un gran arrepentido» hasta ser «un santo» incluso «con las grandes que había hecho». Y David es santo, explicó el Pontífice, precisamente «porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes de a sí mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio». Por eso siempre es oportuno preguntarse «¿qué herencia dejaré a los míos?». Seguramente «la herencia material, buena porque es el fruto del trabajo». Pero, insistió el Papa, «¿qué herencia personal, de testimonio? ¿Cómo la de David o la vacía?». Por eso a la pregunta «¿qué ha dejado?» no se debe responder solo indicando «las propiedades» sino sobre todo «el testimonio de vida».


«Es verdad que si nosotros vamos a un funeral —prosiguió el Pontífice— el muerto siempre era santo», tanto que «hay dos lugares para canonizar a la gente: la plaza de San Pedro y los funerales, porque siempre es un santo y porque ya no te amenaza».


«La verdadera herencia» es, por tanto, el testimonio de vida. Así es oportuno «preguntarnos qué herencia» dejo «si Dios me llama hoy, qué herencia dejo como testimonio de vida». Esta «es una bonita pregunta para hacernos» afirmó FRANCISCO, y así «prepararnos para que todos nosotros, ninguno de nosotros permanezca “de reliquia”: no, todos iremos sobre este camino». Con la cuestión fundamental: «¿Cuál será le herencia que yo dejaré como testimonio de vida?».


La tercera idea —junto al «hecho» y a la «herencia»— que el Papa sugirió respecto a la muerte es «la memoria». Porque, explicó, «también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás». Por tanto «memoria» y «también luz en este momento de la vida». Pero, prosiguió FRANCISCO, la pregunta para hacerse a uno mismo es «cuando yo muera, ¿qué me hubiera gustado hacer hoy en esta decisión que yo debo tomar hoy, en el modo de vivir de hoy?». Y esta «es una memoria anticipada que ilumina el momento de hoy». Se trata, en sustancia, de «iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que yo debo tomar cada día».


«Es bonito este pasaje del segundo capítulo del primer libro de los Reyes» relanzó, en conclusión, el Pontífice. «Si hoy tenéis tiempo leedlo, es bellísimo, os hará bien» sugirió. Invitando «también a pensar: yo estoy en camino, el hecho “yo moriré”; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve a mí la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy». Una meditación, aseguró, que «nos hará bien a todos».


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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

La cercanía de Jesús

Martes, 9 de enero de 2018


Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 2, viernes 12 de enero de 2018


«La doble vida de los pastores es una herida en la Iglesia»: pero si incluso han perdido la autoridad, que viene solo de la «cercanía a Dios y a la gente», no deben nunca perder la esperanza de encontrar «coherencia» y capacidad de «conmoverse». Celebrando la misa en Santa Marta, el martes 9 de enero, el Papa FRANCISCO puso en guardia a los pastores sobre «celebrar los sacramentos mecánicamente, como un papagayo», y sobre abrir la puerta a la gente solo en horarios fijos. Porque perderían la autoridad, de hecho, incluso si predicaran la verdad no podrían entender los problemas de la gente ni llegarles al corazón.


«En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado dos veces se dice la palabra “autoridad”» hizo presente inmediatamente el Pontífice, refiriéndose al pasaje del evangelista Marcos (1, 21-28) propuesto por la liturgia. En la sinagoga de Cafarnaúm, de hecho, explicó repitiendo las palabras del Evangelio «la gente estaba conmocionada “por su enseñanza: él, de hecho, les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como los escribas”».


Es evidente, continuó FRANCISCO, que estamos frente a «una enseñanza nueva, impartida con autoridad: “Manda incluso a los espíritus impuros ¡y le obedecen!”». Y «la novedad de Jesús es esta autoridad» afirmó el Papa. Porque «la gente estaba acostumbrada a los escribas, a los doctores de la ley: ellos hablaban y la gente pensaba en otra cosa, porque lo que decían no llegaba al corazón». Y así «hablaban de ideas, de doctrinas, también de la ley y decían la verdad: esto es cierto, hasta el punto de que Jesús dice a la gente: “escuchadles, haced lo que os dicen”».


Por lo tanto, los doctores de la ley «decían la verdad, pero no llegaba al corazón, estaba todo calmado, tranquilo» remarcó el Papa, haciendo presente que «en cambio, la enseñanza de Jesús provoca estupor», el «movimiento en el corazón: “¿Pero qué sucede?”». Así, «la gente lo sigue, va detrás de Él porque entiende lo que dice aquel hombre y lo dice con autoridad».


A este respecto, FRANCISCO invitó a reflexionar bien sobre el concepto de autoridad. De hecho, precisó, «la autoridad no es: “yo mando, tú haces”. No, es otra cosa, es un don, es una coherencia». Y «Jesús recibió este don de la autoridad: dicen don, no sé si es justa la palabra, pero Él lo recibió». Así, «cuando, al final del Evangelio de Mateo, se lee el envío de los apóstoles en misión por el mundo, Él dice: se me ha dado cada autoridad, sobre el cielo y la tierra. Yo soy un hombre de autoridad. Id, pero con esta autoridad». Como diciendo: Id «con esta coherencia».


«Es una autoridad divina, que viene de Dios» afirmó de nuevo el Papa. Por eso, «cuando los discípulos lo interrogan sobre la fecha del fin del mundo Él dice: “Ninguno lo sabe, ni siquiera el Hijo”. Es un tiempo que tiene el Padre en su autoridad». Y «esto es lo que Jesús tenía, como pastor y el pueblo hablaba de una “enseñanza nueva”, un modo de enseñar nuevo que asombraba, llegaba al corazón. No como los escribas». Jesús, repitió el Papa, «enseñaba con autoridad: era un pastor que enseñaba con autoridad».


«¿Pero qué hacían los escribas?» se preguntó el Pontífice. «Ellos —respondió— enseñaban las cosas que habían aprendido: en la escuela rabínica, que era la Universidad de aquel tiempo, leyendo la Torá. Enseñaban la verdad. No enseñaban cosas malas: ¡absolutamente no! Enseñaban las cosas verdaderas de la ley»: pero no llegaban a la gente «porque ellos enseñaban precisamente desde la cátedra y no se interesaban por la gente». «Porque lo que da autoridad —una de las cosas que da la autoridad— es la cercanía y Jesús tenía autoridad porque se acercaba a la gente» subrayó FRANCISCO. De este modo, «él “entendía” los problemas de la gente, entendía los dolores de la gente, entendía los pecados de la gente». Por ejemplo, explicó el Papa, Jesús «entendió bien que aquel paralítico en la piscina de Betsaida era un pecador» y «después de haberlo sanado, ¿qué le dijo? “No peques más”. Lo mismo dijo a la adúltera».


El Señor podía decir estas palabras, continuó el Pontífice «porque era cercano, entendía, acogía, curaba y enseñaba con cercanía». Por lo tanto, «lo que a un pastor le da autoridad o despierta la autoridad que ha sido dada por el Padre es la cercanía: cercanía a Dios en la oración —un pastor que no reza, un pastor que no busca a Dios ha perdido parte— y la cercanía a la gente» Es un hecho, añadió, que «el pastor separado de la gente no llega a la gente con el mensaje».


Por eso, insistió FRANCISCO, es necesaria «cercanía, esta doble cercanía». Y «esta es la “unción” del pastor que se conmueve frente al don de Dios en la oración y se puede conmover frente a los pecados, el problema, las enfermedades de la gente: deja conmover al pastor».


En cambio. «estos escribas, esta gente no se dejaba conmover: habían perdido esa capacidad, porque no eran cercanos y no eran cercanos ni a la gente ni a Dios» reafirmó el Papa. Y «cuando se pierde esta cercanía, ¿dónde termina el pastor? En la incoherencia de la vida». Jesús, señaló FRANCISCO, «es claro en esto: “Haced lo que dicen” —dicen la verdad— “pero no lo que hacen”». Es la cuestión de la «doble vida».


«Es feo ver pastores de doble vida: es una herida en la Iglesia», dijo el Papa. Es feo ver «a pastores enfermos, que han perdido la autoridad y avanzan en esta doble vida». Pero, añadió, «hay tantos modos de llevar adelante la doble vida y Jesús es muy fuerte con ellos: no solo dice a la gente que les escuchen, sino que no hagan lo que hacen. Pero a ellos, ¿qué les dice? “Vosotros sois sepulcros blanqueados”: hermosísimos en la doctrina, por fuera; pero dentro, putrefacción». Y precisamente «este es el final del pastor que no tiene cercanía con Dios en la oración y con la gente en la compasión».


Tal vez, afirmó el Papa, algún pastor podría reconocer haber «perdido la cercanía» diciéndose a sí mismo: «no rezo; cuando celebro los sacramentos lo hago mecánicamente, como un papagayo; la gente me cansa; estoy disponible para la gente de tal hora a tal hora, pongo el cartel en la puerta; no soy cercano: ¿He perdido todo, padre?”».


A este respecto, confió FRANCISCO, «me viene al corazón una figura bíblica de un sacerdote que me produce ternura: pecador, pero da ternura». Es la historia «del viejo Elí, presentada en la lectura bíblica del primer libro de Samuel (1, 9-20). Elí «era un débil, había perdido la cercanía a Dios y a la gente y dejaba hacer», explicó FRANCISCO, evidenciando que «los hijos maltrataban a la gente, eran sacerdotes, llevaban adelante las cosas y él les dejaba, pero estaba allí, siempre, no había dejado el templo». Un día, Elí vio a Ana rezar «y algo llamó la atención sobre aquella mujer y la miró», pensando que estuviera «ebria». De ahí, su invitación a ir a casa para pasar la embriaguez.
Pero Ana, se lee en el pasaje del Antiguo testamento, reveló a Elí que no estaba bebida, sino sobre todo «amargada por esto, por esto, por esto». Responde, de hecho, Ana: «no consideres a tu esclava una mujer perversa, porque hasta ahora me ha hecho hablar del exceso de mi dolor y de mi angustia». Y precisamente «mientras ellas hablaba —señaló el Pontífice— él fue capaz de acercarse a aquel corazón: el fuego sacardotal salió de debajo de las cenizas de una vida mediocre, no buena, de pastor». Y entonces él respondió a la mujer: «Ve en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido».


Por lo tanto, Elí, «que había perdido la cercanía con Dios y con la gente —continuó el Papa— por curiosidad se acercó a una mujer, pero después de escucharla se dio cuenta de que se había equivocado y salió de su corazón la bendición y la profecía». Y FRANCISCO quiso reproponer la actualidad de la historia de Elí: «Yo diré a los pastores que han vivido la vida separados de Dios y del pueblo, de la gente: no perdáis la esperanza, siempre está la posibilidad». Tanto que a Elí «le fue suficiente mirar, acercarse a una mujer, escucharla y despertar la autoridad para bendecir y profetizar: esa profecía se hizo y el hijo vino a la mujer».


«La autoridad —concluyó el Papa— es regalo de Dios, viene solo de Él y Jesús se la da a los suyos: autoridad al hablar que viene de la cercanía con Dios y con la gente, siempre ambas juntas; autoridad que es coherencia, no doble vida». Y «si un pastor pierde la autoridad, que al menos no pierda la esperanza, como Elí: hay siempre tiempo de acercarse y redespertar la autoridad y la profecía».


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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Si se ofende a los débiles

Lunes, 8 de enero de 2018


Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 2, viernes 12 de enero de 2018


Agredir y despreciar a la persona más débil, porque es extranjera o discapacitada, es una «marca del pecado original» y de la «obra de Satanás». Y es impresionante constatar hoy que graves episodios de acoso suceden también en las escuelas, y ven como protagonistas a niños y jóvenes. El Papa FRANCISCO —en la misa celebrada el lunes 8 de enero en Santa Marta— pidió no ceder a la crueldad y a la maldad de tomársela con los más débiles, con los que sin embargo es necesario ser cercanos con la auténtica compasión. Y quiso también compartir un conmovedor recuerdo personal de cuando era niño en Buenos Aires.


En la «primera lectura empieza la historia de Samuel —hizo notar FRANCISCO en la homilía, refiriéndose al paso bíblico tomado precisamente del libro de Samuel (1, 1-8)— y hay una cosa que llama la atención: este hombre, que será el padre de Samuel, es un hombre —se llamaba Elcaná— y tenía dos mujeres. Una tenía dos hijos, la otra no. Y esta que tenía dos hijos —Peninná, se llamaba; la otra se llamaba Ana, que sería la madre de Samuel— no tenía, era estéril». Pero Peninná, explicó el Papa, «en vez de ayudarla o consolarla, la afligía con dureza. La maltrataba y humillaba: “Tú eres estéril”. Se burlaba».


«Lo mismo sucede —observó el Pontífice— con Agar y Sara, la mujer de Abraham, la esclava y la mujer. Agar tenía un hijo, Sara era estéril y Agar la insultaba, la maltrataba, se burlaba de ella. Porque no tenían una riqueza, que es un hijo». Y aún más: «Podemos pensar también, por no pensar solamente en los pecados de las mujeres, en Goliat, ese soldado grande que tenía todo, todas las posibilidades de vencer, era el más fuerte, cuando vio a David lo despreció». En realidad Goliat «se burlaba del débil». Además, prosiguió FRANCISCO, «podemos también pensar en la mujer de Job», en «cómo viéndolo enfermo, humillado, lo despreció, lo maltrató». Lo mismo «también la mujer de Tobías».


Delante de estas realidades, dijo el Papa, «yo me pregunto: ¿qué hay dentro de estas personas? ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos lleva a despreciar, a maltratar, a burlarnos de los más débiles?». En efecto «se entiende, al límite, que uno se la toma con uno que es más fuerte: puede ser la envidia que te lleva». Pero ¿por qué tomársela con «los más débiles? ¿Qué hay dentro que nos lleva a comportarnos así?». Se trata de «algo que es habitual, como si yo necesitara despreciar al otro para sentirme seguro. Como una necesidad». A este propósito FRANCISCO quiso compartir un episodio de su vida. «Yo recuerdo —esto sucede también entre los niños— de niño, tendría siete años: en el barrio había una mujer, sola, un poco loca. Y ella todo el día caminaba por el barrio, saludaba, decía tonterías y nadie entendía qué decía, no hacía mal a nadie. Las mujeres del barrio la daban de comer, alguna también algún vestido. Vivía sola. Daba vueltas todo el día y después se iba a su habitación, vivía en una habitación pobre, allí».


Esa mujer, recordó el Pontífice, «se llamaba Angiolina, y nosotros niños nos burlábamos de ella. Uno de los juegos que teníamos era: “vamos a buscar a Angiolina para divertirnos un poco”. Todavía, cuando pienso en esto pienso: “¡Pero cuánta maldad también en los niños! ¡Tomársela con el más débil!” Y hoy lo vemos continuamente, en las escuelas, con el fenómeno del acoso escolar: agredir al más débil, porque tú estás gordo o porque tú eres así o tú eres extranjero o porque eres negro, por esto agredir, agredir. Los niños, los jóvenes». Por eso, no se la tomaron con los más débiles «solo Peninná o Agar o las mujeres de Tobías o de Job»; lo hacen «también los niños».


«Esto significa que hay algo dentro de nosotros que nos lleva a esto, a la agresión del débil» afirmó el Pontífice. Y «creo que sea una de las marcas del pecado original, porque esto —agredir al débil— ha sido el trabajo de Satanás desde el principio: lo hizo con Jesús y lo hace con nosotros, con nuestras debilidades». Pero «nosotros lo hacemos con los otros. No hay compasión en Satanás: no hay lugar para la compasión. Y cuando se agrede al débil, falta compasión. Siempre hay necesidad de manchar al otro, de agredir al otro, como hacía esta mujer» en el pasaje bíblico propuesto por la liturgia.


«Se trata de una agresión que viene desde dentro y quisiera abatir al otro porque es débil» reiteró el Papa. «Los psicólogos darán buenas explicaciones, profundas —añadió— pero yo solamente digo» que lo hacen «también los niños»; y «esta es una de las marcas del pecado original, esta es obra de Satanás». Así «como cuando tenemos un buen deseo de hacer una buena obra, una obra de caridad, decimos: “Es el Espíritu que me inspira para hacer esto”. Cuando nosotros nos damos cuenta que tenemos dentro de nosotros este deseo de agredir a ese porque es débil, no dudemos: está el diablo, ahí. Porque esta es obra del diablo, agredir al débil».


En conclusión, el Papa sugirió pedir «al Señor que nos ayude a vencer esta crueldad», conscientes de que «todos nosotros tenemos la posibilidad de hacerlo: ¡todos nosotros!». Y deseó también que el Señor «nos dé la gracia de la compasión, la que es de Dios: Dios que tiene compasión de nosotros, padece con nosotros y nos ayuda a caminar».


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