Han concelebrado con el Papa, los cardenales, obispos y sacerdotes pertenecientes a órdenes, congregaciones e institutos religiosos.





En el curso del rito, que se abrió con la bendición de las velas y la procesión y prosiguió con la celebración eucarística, el Papa ha pronunciado la siguiente homilía:
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA PARA LOS CONSAGRADOS
HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO
Basílica Vaticana
Viernes, 2 de febrero de 2018
Basílica Vaticana
Viernes, 2 de febrero de 2018
Cuarenta días después de Navidad celebramos al Señor que, entrando en
el templo, va al encuentro de su pueblo. En el Oriente cristiano, a
esta fiesta se la llama precisamente la «Fiesta del encuentro»: es el
encuentro entre el Niño Dios, que trae novedad, y la humanidad que
espera, representada por los ancianos en el templo.
En el templo sucede también otro encuentro, el de dos parejas: por
una parte, los jóvenes María y José, por otra, los ancianos Simeón y
Ana. Los ancianos reciben de los jóvenes, y los jóvenes de los ancianos.
María y José encuentran en el templo las raíces del pueblo, y
esto es importante, porque la promesa de Dios no se realiza
individualmente y de una sola vez, sino juntos y a lo largo de la
historia. Y encuentran también las raíces de la fe, porque la fe
no es una noción que se aprende en un libro, sino el arte de vivir con
Dios, que se consigue por la experiencia de quien nos ha precedido en el
camino. Así los dos jóvenes, encontrándose con los ancianos, se
encuentran a sí mismos. Y los dos ancianos, hacia el final de sus días,
reciben a Jesús, que es el sentido a sus vidas. En este episodio se
cumple así la profecía de Joel: «Vuestros hijos e hijas profetizarán,
vuestros ancianos tendrán sueños y visiones» (3,1). En ese encuentro los
jóvenes descubren su misión y los ancianos realizan sus sueños. Y todo
esto porque en el centro del encuentro está Jesús.
Mirémonos a nosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados. Todo
comenzó gracias al encuentro con el Señor. De un encuentro y de una
llamada nació el camino de la consagración. Es necesario hacer memoria
de ello. Y si recordamos bien veremos que en ese encuentro no estábamos
solos con Jesús: estaba también el pueblo de Dios —la Iglesia—, jóvenes y
ancianos, como en el Evangelio. Allí hay un detalle interesante:
mientras los jóvenes María y José observan fielmente las prescripciones
de la Ley —el Evangelio lo dice cuatro veces—, y no hablan nunca, los
ancianos Simeón y Ana acuden y profetizan. Parece que debería ser al
contrario: en general, los jóvenes son quienes hablan con ímpetu del
futuro, mientras los ancianos custodian el pasado. En el Evangelio
sucede lo contrario, porque cuando uno se encuentra en el Señor no
tardan en llegar las sorpresas de Dios. Para dejar que sucedan en la
vida consagrada es bueno recordar que no se puede renovar el encuentro
con el Señor sin el otro: nunca dejar atrás, nunca hacer descartes
generacionales, sino acompañarse cada día, con el Señor en el centro.
Porque si los jóvenes están llamados a abrir nuevas puertas, los
ancianos tienen las llaves. Y la juventud de un instituto está en ir a
las raíces, escuchando a los ancianos. No hay futuro sin este encuentro
entre ancianos y jóvenes; no hay crecimiento sin raíces y no hay
florecimiento sin brotes nuevos. Nunca profecía sin memoria, nunca
memoria sin profecía; y, siempre encontrarse.
La vida frenética de hoy lleva a cerrar muchas puertas al encuentro, a
menudo por el miedo al otro —las puertas de los centros comerciales y
las conexiones de red permanecen siempre abiertas—. Que no sea así en la
vida consagrada: el hermano y la hermana que Dios me da son parte de mi
historia, son dones que hay que custodiar. No vaya a suceder que
miremos más la pantalla del teléfono que los ojos del hermano, o que nos
fijemos más en nuestros programas que en el Señor. Porque cuando se
ponen en el centro los proyectos, las técnicas y las estructuras, la
vida consagrada deja de atraer y ya no comunica; no florece porque
olvida «lo que tiene sepultado», es decir, las raíces.
La vida consagrada nace y renace del encuentro con Jesús tal como es:
pobre, casto y obediente. Se mueve por una doble vía: por un lado, la
iniciativa amorosa de Dios, de la que todo comienza y a la que siempre
debemos regresar; por otro lado, nuestra respuesta, que es de amor
verdadero cuando se da sin peros ni excusas, y cuando imita a
Jesús pobre, casto y obediente. Así, mientras la vida del mundo trata de
acumular, la vida consagrada deja las riquezas que son pasajeras para
abrazar a Aquel que permanece. La vida del mundo persigue los placeres y
los deseos del yo, la vida consagrada libera el afecto de toda posesión
para amar completamente a Dios y a los demás. La vida del mundo se
empecina en hacer lo que quiere, la vida consagrada elige la obediencia
humilde como la libertad más grande. Y mientras la vida del mundo deja
pronto con las manos y el corazón vacíos, la vida según Jesús colma de
paz hasta el final, como en el Evangelio, en el que los ancianos llegan
felices al ocaso de la vida, con el Señor en sus manos y la alegría en
el corazón.
Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor «en brazos» (Lc
2,28). No sólo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo
lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al
teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor
en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo
desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al
devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con
Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad,
es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia. Dejarse encontrar por
Jesús, ayudar a encontrar a Jesús: este es el secreto para mantener viva
la llama de la vida espiritual. Es la manera de escapar a una vida
asfixiada, dominada por los lamentos, la amargura y las inevitables
decepciones. Encontrarse en Jesús como hermanos y hermanas, jóvenes y
ancianos, para superar la retórica estéril de los «viejos tiempos
pasados» —esa nostalgia que mata el alma—, para acabar con el «aquí no
hay nada bueno». Si Jesús y los hermanos se encuentran todos los días,
el corazón no se polariza en el pasado o el futuro, sino que vive el hoy
de Dios en paz con todos.
Al final de los Evangelios hay otro encuentro con Jesús que puede
ayudar a la vida consagrada: el de las mujeres en el sepulcro. Fueron a
encontrar a un muerto, su viaje parecía inútil. También vosotros vais
por el mundo a contracorriente: la vida del mundo rechaza fácilmente la
pobreza, la castidad y la obediencia. Pero, al igual que aquellas
mujeres, vais adelante, a pesar de la preocupación por las piedras
pesadas que hay que remover (cf. Mc 16,3). Y al igual que aquellas mujeres, las primeras que encontraron al Señor resucitado y vivo, os abrazáis a Él (cf. Mt
28,9) y lo anunciáis inmediatamente a los hermanos, con los ojos que
brillan de alegría (cf. v. 8). Sois por tanto el amanecer perenne de la
Iglesia: vosotros, consagrados y consagradas, sois el alba perenne de la
Iglesia. Os deseo que reavivéis hoy mismo el encuentro con Jesús,
caminando juntos hacia Él; y así se iluminarán vuestros ojos y se
fortalecerán vuestros pasos.
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