Esta
jornada en la que se celebra el septuagésimo aniversario de la
fundación de la FAO, pone en un primer plano a tantos hermanos nuestros
que, no obstante los esfuerzos realizados, pasan hambre y malnutrición,
sobre todo por la distribución inicua de los frutos de la tierra, pero
también por la falta de desarrollo agrícola. Vivimos en una época donde
la búsqueda afanosa del beneficio, la concentración en intereses
particulares y los efectos de políticas injustas frenan iniciativas
nacionales o impiden una cooperación eficaz en el seno de la comunidad
internacional. En este sentido, queda mucho por hacer por lo que se
refiere a la seguridad alimentaria, que se divisa aún como una meta
lejana para muchos. Este doloroso escenario, Señor Director General,
está reclamando con urgencia que se retome la inspiración que condujo al
nacimiento de esta Organización y nos compromete a buscar los medios
necesarios para librar a la humanidad del hambre y promover una
actividad agrícola capaz de satisfacer las necesidades reales de las
diversas áreas del planeta.
Se
trata ciertamente de un objetivo ambicioso, pero improrrogable, que se
debe perseguir con renovada voluntad en un mundo donde aumentan las
diferencias en los niveles de bienestar, ingresos, consumos, acceso a la
asistencia sanitaria, educación y por lo que concierne a una mayor
esperanza de vida. Somos testigos, a menudo mudos y paralizados, de
situaciones que no se pueden vincular exclusivamente a fenómenos
económicos, porque cada vez más la desigualdad es el resultado de esa
cultura que descarta y excluye a muchos de nuestros hermanos y hermanas
de la vida social, que no tiene en cuenta sus capacidades, llegando
incluso a considerar superflua su contribución a la vida de la familia
humana.
El
tema elegido para la Jornada Mundial de la Alimentación de este año:
Protección social y agricultura para romper el ciclo de la pobreza
rural, es importante. Un problema que pone de relieve la responsabilidad
hacia los dos tercios de la población mundial que carece de protección
social, incluso mínima. Un dato aún más alarmante por el hecho de que la
mayoría de esas personas viven en las zonas más desfavorecidas de
aquellos países donde ser pobre es una realidad olvidada y la única
fuente de supervivencia está ligada a una escasa producción agrícola, a
la pesca artesanal o a la cría de ganado en pequeña escala. En efecto,
la carencia de protección social afecta sobre todo a los pequeños
agricultores, ganaderos, pescadores y agentes forestales, obligados a
vivir precariamente, porque el fruto de su trabajo depende con
frecuencia de condicionamientos naturales, que a menudo escapan de su
control, y a la falta de medios para enfrentar las malas cosechas o para
obtener las herramientas técnicas necesarias.
Paradójicamente,
además, incluso cuando la producción es abundante, se encuentran con
serias dificultades para el transporte, la comercialización y el
almacenamiento de los frutos de su trabajo.
Durante
los viajes y las visitas pastorales, he tenido numerosas oportunidades
de escuchar a estas personas expresar sus penosas dificultades, y es
natural que yo me haga portavoz de las arduas preocupaciones que me han
confiado. Su vulnerabilidad, en efecto, tiene repercusiones muy gravosas
en su vida personal y familiar, ya abrumada por el peso de tantas
contrariedades o por jornadas agotadoras y sin límite de tiempo, como no
sucede en tantas otras categorías de trabajadores.
Las
condiciones de las personas hambrientas y malnutridas pone de
manifiesto que no es suficiente ni podemos contentarnos con un llamado
general a la cooperación o al bien común. Tal vez la pregunta sea otra:
¿Es aún posible concebir una sociedad en la que los recursos queden en
manos de unos pocos y los menos favorecidos se vean obligados a recoger
sólo las migajas?
La respuesta
no puede limitarse a buenas intenciones y propósitos, radica más bien
en ''la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto
orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia
distributiva, cuya violación siempre genera violencia''. En efecto, para
las personas y las comunidades, la falta de protección social es un
factor negativo en sí mismo y no puede restringirse sólo a las posibles
amenazas para el orden público, puesto que la desigualdad afecta a los
elementos fundamentales del bienestar individual y colectivo, como, por
ejemplo, la salud, la educación, la calidad de vida, la participación en
los procesos de decisión.
Pienso
en los más desfavorecidos, en aquellos que, por la falta de protección
social, sufren las nocivas consecuencias de una crisis económica
persistente o de fenómenos relacionados con la corrupción y el mal
gobierno, además de padecer los cambios climáticos que afectan a su
seguridad alimentaria. Son personas, no números, y reclaman que las
apoyemos, para poder mirar el futuro con un mínimo de esperanza. Piden a
los gobiernos y a las instituciones internacionales que actúen cuanto
antes, haciendo todo lo posible, aquello que dependa de su
responsabilidad.
Tener
en cuenta los derechos de los hambrientos y acoger sus aspiraciones
significa ante todo una solidaridad transformada en gestos tangibles,
que requiere compartir y no sólo una mejor gestión de los riesgos
sociales y económicos o una ayuda puntual con motivo de catástrofes y
crisis ambientales. Es esto lo que se pide a la FAO, a sus decisiones y a
las iniciativas y programas concretos que se lleven a cabo en los
distintos lugares.
Esta
perspectiva antropológica, sin embargo, muestra que la protección social
no puede limitarse al incremento de los beneficios, o quedar reducida a
la mera idea de invertir en medios para mejorar la productividad
agrícola y la promoción de un justo desarrollo económico. Se debe
concretizar en ese ''amor social'' que es la clave de un auténtico
desarrollo. Si se considera en su componente esencialmente humana, la
protección social podrá aumentar en los más desfavorecidos su capacidad
de resiliencia, de asumir y sobreponerse a las dificultades y
contratiempos, y a todos hará comprender el justo sentido del uso
sostenible de los recursos naturales y del pleno respeto de la casa
común.
Pienso,
en particular, en la función que la protección social puede desarrollar
para favorecer la familia, en cuyo seno sus miembros aprenden desde el
inicio lo que significa compartir, ayudarse recíprocamente, protegerse
los unos a los otros. Garantizar la vida familiar significa promover el
crecimiento económico de la mujer, consolidando así su papel en la
sociedad, como también apoyar el cuidado de los ancianos y permitir a
los jóvenes continuar su formación escolar y profesional, para que
accedan bien capacitados al mundo laboral.
La
Iglesia no tiene la misión de tratar directamente estos problemas desde
el punto de vista técnico. Sin embargo, los aspectos humanos de estas
situaciones no la dejan indiferente. La creación y los frutos de la
tierra son dones de Dios concedidos a todos los seres humanos, que son
al mismo tiempo custodios y beneficiarios. Por ello han de ser
compartidos justamente por todos. Esto exige una firme voluntad para
afrontar las injusticias que nos encontramos cada día, en particular las
más graves, las que ofenden la dignidad humana y afectan profundamente
nuestra conciencia. Son hechos que no permiten a los cristianos
abstenerse de prestar su contribución activa y su profesionalidad, sobre
todo a través de diversas organizaciones, que tanto bien hacen en las
zonas rurales.
Ante
las dificultades, no puede prevalecer el pesimismo o la indiferencia.
Lo que hasta ahora se ha hecho, no obstante la complejidad de los
problemas, es ya motivo de aliciente para toda la Comunidad
internacional, para sus instituciones y sus líneas de acción. Entre
ellas, pienso en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, aprobada
recientemente por las Naciones Unidas. Espero que no se quede sólo en un
conjunto de reglas o de posibles acuerdos. Confío que inspire un modelo
diverso de protección social, tanto en el plano internacional como
nacional. Se evitará así utilizarla en beneficio de intereses contrarios
a la dignidad humana, o que no respetan plenamente la vida, o para
omitir responsabilidades que dejan los problemas sin resolver, agravando
de esta manera las situaciones de desigualdad.
Que
cada uno, en aquello que dependa de él, dé lo mejor de sí mismo en
espíritu de genuino servicio a los demás. En este esfuerzo, la acción de
la FAO será fundamental si dispone de los medios necesarios para
asegurar la protección social en el marco del desarrollo sostenible y de
la promoción de cuantos viven de la agricultura, la ganadería, la pesca
y los bosques.
Con
estos deseos, invoco sobre usted, Señor Director General, y sobre
cuantos colaboran en este servicio a la familia humana, la bendición de
Dios rico en misericordia.