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DESDE LA CAPILLA DE LA CASA SANTA MARTA
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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
"La gracia de la fidelidad"
Martes, 14 de abril de 2020
Introducción
Oremos para que el Señor nos dé la gracia de la unidad entre
nosotros. Que las dificultades de esta época nos hagan descubrir la
comunión entre nosotros, la unidad que siempre es superior a cualquier
división.
Homilía
La predicación de Pedro, el día de Pentecostés, traspasó los
corazones de la gente: “A ese a quien vosotros habéis crucificado ha
resucitado” (cf. Hch 2,36). “Al oír esto, dijeron con el corazón
compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ‘¿Qué hemos de hacer,
hermanos?’” (Hch
2,37). Y Pedro es claro: “Convertíos. Convertíos. Cambiad de vida.
Vosotros que habéis recibido la promesa de Dios y vosotros que os habéis
apartado de la Ley de Dios, de muchas cosas vuestras, entre ídolos, y
otras muchas más... convertíos. Volved a la fidelidad” (cf. Hch
2,38). Convertirse es esto: volver a ser fieles. La fidelidad, esa
actitud humana que no es tan común en la vida de las personas, en
nuestras vidas. Siempre hay ilusiones que atraen la atención y muchas
veces queremos ir detrás de estas ilusiones. Fidelidad: en los buenos y
en los malos tiempos.
Hay un pasaje del Segundo Libro de las Crónicas que me llama mucho la
atención. Está en el capítulo XII, al principio. “Tras haber
consolidado y afianzado el reino —dice—, el rey Roboán se sintió seguro y
abandonó la Ley del Señor, y con él todo Israel” (cf. 2 Cr
12,1). Eso dice la Biblia. Es un hecho histórico, pero es un hecho
universal. Muchas veces, cuando nos sentimos seguros empezamos a hacer
nuestros planes y nos alejamos lentamente del Señor, no permanecemos
fieles. Y mi seguridad no es lo que el Señor me da. Es un ídolo. Esto es
lo que le pasó a Roboán y al pueblo de Israel. Se sintió seguro —un
reino consolidado—, se apartó de la ley y comenzó a adorar ídolos. Sí,
podemos decir: “Padre, yo no me arrodillo ante los ídolos”. No, quizás
no te arrodilles, pero que los buscas y tantas veces en tu corazón
adoras a los ídolos, es verdad. Muchas veces. La propia seguridad abre
la puerta a los ídolos.
Pero, ¿está mal la propia seguridad? No, es una gracia. Para estar
seguro, pero también para estar seguro de que el Señor está conmigo.
Pero cuando hay seguridad y yo en el centro, me alejo del Señor, como el
Rey Roboán, me vuelvo infiel. Es tan difícil mantener la lealtad. Toda
la historia de Israel, y luego toda la historia de la Iglesia, está
llena de infidelidad. Llena. Llena de egoísmo, de certezas propias que
hacen que el pueblo de Dios se aleje del Señor, pierda esa fidelidad, la
gracia de la fidelidad. E incluso entre nosotros, entre la gente, la
fidelidad no es una virtud barata, ciertamente. Uno no es fiel al otro,
al otro... “Convertíos, volved a la fidelidad al Señor” (cf. Hch 2,38).
Y en el Evangelio, el icono de la fidelidad: esa mujer fiel que nunca
ha olvidado todo lo que el Señor ha hecho por ella. Ella estaba allí,
fiel, frente a lo imposible, frente a la tragedia, una fidelidad que
también le hace pensar que es capaz de llevarse el cuerpo... (cf. Jn
20,15). Una mujer débil, pero fiel. El icono de la fidelidad de esta
María de Magdala, apóstol de los apóstoles.
Pidamos hoy al Señor la gracia de la fidelidad: de darle las gracias
cuando nos da certezas, pero nunca pensemos que son “mis” certezas y
siempre, miremos más allá de nuestras propias certezas; la gracia de ser
fieles incluso ante las tumbas, ante el hundimiento de tantas
ilusiones. Fidelidad, que siempre permanece, pero no es fácil de
mantener. Que Él, el Señor, sea quien la guarde.
Oración para recibir la Comunión espiritual:
A tus pies me postro, ¡oh Jesús mío!, y te ofrezco el arrepentimiento
de mi corazón contrito, que se hunde en la nada, ante tu santa
Presencia. Te adoro en el Sacramento de tu amor, la inefable Eucaristía,
y deseo recibirte en la pobre morada que te ofrece mi alma. Esperando
la dicha de la comunión sacramental, quiero poseerte en espíritu. Ven a
mí, puesto que yo vengo a ti, ¡oh mi Jesús!, y que tu amor inflame todo
mi ser en la vida y en la muerte. Creo en ti, espero en ti, te amo. Así
sea.
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